La joya familiar

¡No, mamá! ¡Por favor, no intentes convencerme! ¡Voy a hacerlo de todas formas!

Marina, hija, ¿pero por qué? Explícame, ¿por qué necesitas hacerlo?

Porque él entra siempre en clase un minuto antes que yo. Porque no puedo ni mirarme al espejo sin odiar lo que veo. Porque así no voy a poder vivir una vida normal, mamá, ¡de verdad! Ni marido, ni hijos ¡Madre mía! ¿Cómo no lo entiendes? Marina rompió a llorar y lanzó su peine al torpe Tizón.

La almohada que el gato arañaba ferozmente, aprovechando la pelea entre madre e hija, estaba cuidadosamente bordada por Marina. Era un regalo planeado para su abuela, pero una disputa familiar, que dividió a la familia en dos bandos irreconciliables, impidió que el presente llegara a destino. Las bellas rosas bordadas en terciopelo ahora adornaban la cama de Marina, aunque a veces sufrían los ataques salvajes del descarado y peludo miembro felino de la familia Ortega.

Tizón, aquel gato pelma, no estaría en casa de no ser por Marina, que vio cómo un grupo de chicos del barrio casi acaba con él por no tener dueño ni nadie que lo defendiera. Marina, menuda y dulce como su madre deseaba, supo imponerse a los chicos con tal aplomo y con su cinturón negro de kárate que salieron huyendo y la gata quedó a su cargo. El padre de Marina, que siempre quiso que su hija fuera fuerte, disfrutó colocando los trofeos de su hija en la estantería, pese a que ella detestaba limpiarlos y el polvo la desesperaba como lo haría la intrascendencia. Su madre se oponía a quitarlos, insistiendo en que elevaban la autoestima de la joven.

Así, los trofeos ayudaban cada vez que Marina sentía el peso de ser diferente en el conservatorio. Sus dedos, perfectos y seguros durante los estudios, se volvían torpes ante la presencia de su compañero de clase, Alejandro, el amigo de toda la vida. No se veían desde hacía meses, pero en el reencuentro, cuando él la abrazó al pasar, Marina sintió una felicidad tan intensa que prefería quedarse quieta y guardar aquel instante para siempre.

Cuando Alejandro entró en el aula agitando una partitura, riendo y anunciando su regreso, Marina se reprendió. ¡Vaya tontería la suya! Pero el sentimiento seguía clavado, haciendo que evitar la mirada de su príncipe desgreñado fuera un pequeño suplicio. El deseo de hablar con él luchaba contra el miedo feroz a atreverse siquiera a imaginarlo.

No pudo contárselo a nadie. Su madre nunca la entendería, pensaba, y ni se atrevía a hablar de su primer amor con ella. Su relación con Blanca, su madre, era complicada: se querían con locura, pero cualquier descuido podía provocar una tormenta de silencios. En su familia no se gritaba ni se rompían platos: bastaba con cerrar una puerta muy despacio y sumir la casa en un mutismo casi doloroso.

La civilización del desencuentro, decía la abuela Lucía en sus buenos tiempos, y después sentenciaba: ¡Menuda estupidez!

Marina estaba de acuerdo, pero no podía cambiarlo y solía ser la primera en restablecer la paz. Sabía que su madre la amaba como nada en el mundo y que haría cualquier cosa para protegerla, incluso sobreprotegerla. Por eso, salvo en vacaciones familiares, Marina sólo conocía su casa y el conservatorio; ni campamentos, ni vida social. Sólo trataba con los hijos de las amigas aprobadas de su madre, con los que no encajaba.

Lola, siempre haciéndole bromas crueles, y Simón, que el primer día le arrancó la cabeza a su oso de peluche, diciéndole: ¡Así escarmienta! No entendía el motivo, pero desde entonces lloraba cada vez que Simón se acercaba a su cuarto.

¡Qué pena que estos niños no hagan buenas migas! ¡Serían la pareja ideal! decía la madre de Simón, que intentaba consolar a Marina, pero jamás la convencía.

¡Blanca, deja que la niña elija! le decía Lucía a la madre de Marina. Si le robas la opción ahora, lo lamentará toda la vida.

¡Que no, Lucía! ¡Marina es sólo una cría! ¿Qué elecciones puede tomar? Mientras yo tenga la responsabilidad, decido yo.

Pues que no se alargue demasiado esa etapa, y que nunca pienses que tu hija es tu propiedad.

A Marina le marcó ese diálogo más de lo que reconocería, y cada vez que su madre se ponía persistente, repetía:

¡Mamá, no soy tu propiedad!

Eso desquiciaba a Blanca.

Cuando la gran pelea separó a la familia, Marina perdió el contacto con su abuela, que, ya mayor, vendió su piso de Madrid y se marchó a vivir a Marbella. El padre de Marina seguía visitando a Lucía dos veces al año, pero su madre jamás le permitió acompañarlo.

Marina sólo podía mirar la foto de su abuela, guardada entre sus libros más queridos, y pensar en cuán pequeña parecía la llamada gran joya familiar cuando se comparaba ella misma ante el espejo.

Su nariz. Aquella nariz familiar, prodigiosa y escandalosamente bella, según algunos. A Marina sólo le parecía enorme.

¡Es gigantesca! decía Lola cada vez que la veía, estirando su dedo manicurado hacia Marina. ¡Perdón, es que me recuerda a Pinocho! ¿No te molesta besar con eso? ¡No me digas que nunca! Pero si te estás poniendo roja. ¡Qué raro eres! ¡A tu edad y sin novio! ¡Vaya historia!

Marina no sabía cómo logró contenerse. La reunión, organizada por su madre contra su deseo tras años sin verse, resultó una tortura. Pero allí, durante la conversación con Lola, Marina tomó una decisión adulta por primera vez en su vida:

¡Me haré una cirugía estética!

¡No! Blanca se quedó lívida. Eso no lo voy a permitir, hija. ¿Para qué?

No intentes convencerme. Papá ya está de acuerdo. Lo he decidido y punto, mamá.

El resto de la conversación terminó con ambas llorando. Vita llegó de madrugada. Tan fácil y lógica, que Blanca se precipitó al dormitorio a pedirle a su marido el teléfono de Lucía.

Al día siguiente Marina voló a Marbella. Blanca la llevó al aeropuerto y, al despedirse, susurró al oído:

Hija, hacemos tantas tonterías en la vida Perdemos todavía más donde podríamos encontrarlo todo No cometas mis errores. Y recuerda, te quiero más que a mi vida y a todo este mundo junto. Aunque a veces no lo parezca, nunca lo olvides.

Marina sólo pudo asentir, abrazarse a su madre y subirse al avión, sabiendo que la esperaba su abuela y que eso era ahora lo esencial.

Lucía la recibió con tanto cariño que tardaron dos días en poder hablar con calma.

¿Por qué esa sabiduría repentina en tu madre? le preguntó Lucía cuando por fin pudieron charlar.

Supongo que porque he decidido cortarme la nariz, abuela

No digas tonterías. Estás muy guapa. Un poco de maquillaje, quizás, pero ya sabes

¡Abuela, tú también! ¡Si parezco Pinocho!

¿Quién te ha contado esa majadería?

Gente

Marina se mordió los labios, luchando contra las lágrimas. Pensó en Lola, tan perfecta, a la que todos los chicos del mundo perseguirían y que no tendría jamás sus complejos.

Quien se dedica a despreciar la apariencia de los demás, cariño, no merece nuestro respeto. No existen las personas perfectas, y menos las mujeres satisfechas con su cara. Si alguna vez encuentras una, ¡que le creen un museo! bromeó Lucía.

¿Y si me presento yo por el récord Guinness al mejor apéndice nasal? Seguro que gano

¡Espera! Lucía se levantó del sillón y fue a por un grueso álbum de fotos en terciopelo azul.

Toma. Aquí tienes a todas las que no dejaron que la joya familiar frenara su felicidad. Las mujeres de nuestra estirpe dijo, mostrándole generaciones de mujeres retratadas, con narices semejantes a la suya. Tu tía Fátima, por ejemplo, escapó del terror en la Guerra Civil gracias a una vecina que escondió a la niña y le devolvió sus joyas de familia, para que no perdiera completamente sus raíces. Fátima fue cirujana, salvó muchas vidas. Y sí, siempre se molestaba en pedir una mascarilla especial para operar, por culpa de su nariz.

¿Y eso es el tío Miguel? preguntó Marina, señalando una foto en la playa.

El mismo. Y te aseguro que fueron muy felices. Él enfermó años después, y Fátima dejó su trabajo para cuidarlo día y noche. Cuando él se fue, ella le siguió medio año más tarde, incapaz de soltar su propio amor

Qué vidas tan intensas, abuela

Y nadie, nunca, se sintió infeliz por su nariz en nuestra familia. Todas fueron queridas, tuvieron hijos y nietos, y una vida llena. Y ahora te toca a ti heredar esto.

Lucía extrajo una cajita del tocador y le entregó unos pendientes dorados.

Son herencia de la familia. Los forjó tu tatarabuelo para su mujer, Lidia. Pasaron de madre a hija, y ahora, a ti.

¡Abuela, entonces sí tengo una joya familiar!

Igual que tu nariz, hija mía. Piensa: si decido fundir esta obra de arte por anticuada, cambiándola por algo sin historia ni alma, ¿no sería una ofensa a quien la creó?

Marina apretó los puños, escondiendo los pendientes.

Eso no estaría bien.

Entonces, no desafíes a Dios, diciéndole que te hizo mal dijo tiernamente Lucía. Y ahora, dime quién te tiene tan revuelta el corazón

¡Pero tú cómo lo sabes? Marina se sonrojó mucho.

Ay, hija, ¿crees que nunca fui joven?

Se quedaron charlando hasta la medianoche. Marina, por fin, encontró un refugio, alguien con quien compartir sus más íntimos secretos. Sentía que podía respirar y seguir adelante.

A la mañana siguiente sorprendió a su abuela haciendo la maleta.

¿Abuela, a dónde vas?

Es momento de reunir lo roto, hija. Fui terca y cometí errores. Necesito ver a tu madre.

Sin protestar, Marina la ayudó a prepararse y pidió un taxi para el aeropuerto.

Ya de vuelta en casa, Marina, abrazada a Tizón, escuchaba desde su cuarto los silenciosos murmullos en la cocina. Anhelaba unirse a ellas, sentarse juntos y preguntar si habían hecho las paces. Pero sabía que ese momento no había llegado aún, que la reconciliación era frágil, y que a veces la felicidad es tan delicada como el trabajo de un orfebre.

Un año después, Blanca embarazada y fatigada se incorporaba con dificultad tras ayudar a la maquilladora. Luego, ajustaba la flor de lirio en el pendiente de Marina y aseguraba el velo, preguntando:

¿Lista?

¡Un segundo! ¡Voy a retocar la gran joya familiar! Marina se giró al espejo, y al verse recordó aquella primera vez que preguntó a Alejandro si estaba a gusto con su físico.

¡Claro! Eres perfecta, Marina. ¿Por qué lo preguntas?

Su perplejidad era tan sincera que Marina cerró los ojos de pura felicidad.

Con una leve sonrisa, el destello en la mirada y las manos enlazadas al cuello de aquel músico desgreñado que acababa de ganar un concurso internacional, Marina murmuró:

Por nada, amor. Por nada

Comprendió aquel día que la felicidad auténtica nace de aceptar y querer incluso aquello que a veces creemos defectuoso. Las joyas más valiosas, como el propio amor, son las que transmitimos y conservamos intactas, arraigadas en nuestra historia.

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