El marido pasó toda la noche con su amante y, al regresar a casa por la mañana y abrir la puerta del dormitorio, quedó horrorizado por lo que vio sobre la cama

El hombre pasó toda la noche con su amante. La joven vivía en las afueras de Madrid y el trayecto hasta su casa le llevaba más de dos horas, y si el tráfico era malo, casi tres. Pero esos viajes siempre le hacían ilusión. Ahí podía olvidarse del piso familiar, de su esposa envejecida y algo más ancha que años atrás, de los problemas cotidianos, las facturas, las quejas y las eternas charlas de tenemos que hablar.

Con la amante todo era diferente: risas fáciles, pocas preocupaciones, miradas radiantes. Era veinte años menor y le contemplaba como hacía tiempo que su esposa ya no lo hacía.

Aquella noche estuvieron tan inmersos en su pasión que no se percataron del paso de las horas. Cuando él miró el reloj, el corazón le dio un vuelco: casi las cuatro de la mañana. Se levantó precipitadamente y empezó a vestirse a toda prisa.

¿No te quedas? le preguntó la amante, estirando perezosa la sábana para cubrirse.

No puedo. Tengo a mi mujer en casa.

Pero si ya no la quieres. ¿Para qué esa prisa por volver?

Él ya casi ni la oía. El pánico le dominaba. Agarró las llaves del coche y corrió hacia la calle.

Condujo a toda velocidad, tensando el volante. Durante el trayecto inventaba excusas sobre la marcha. ¿Problemas en la oficina? ¿Una reunión urgente? ¿Trabajo acumulado y se le fue la hora? ¿Un accidente inesperado en la carretera? En el último año, desde que empezó la aventura, había perfeccionado el arte de mentir: lo hacía con soltura, sin titubeos en la voz.

Cuando por fin llegó a su edificio, el cielo ya clareaba. Subió sigiloso por el portal, procurando no hacer ruido. Dejó la chaqueta sobre una silla, se descalzó en el recibidor. En la casa reinaba un silencio extraño, pesado.

Una inquietud empezó a crecer en su interior. Algo no iba bien.

La puerta del dormitorio estaba entornada. Rarosu esposa siempre la cerraba de noche. Avanzó despacio, apenas respirando, y asomó la cabeza al dormitorio y se quedó paralizado. Sobre la cama

La cama estaba perfectamente hecha, ni una arruga en las sábanas, ni el leve rastro de perfume de ella. Allá, en el centro, una nota.

Le temblaron las manos al tomarla.

Hace tiempo que lo sé todo. Aguanté porque te quería. Pero estoy cansada. No me llames ni me busques. Mi abogado contactará contigo.

Nada más. Ni una palabra amarga, ni una lágrima.

Preso de pánico fue directo a revisar la caja fuerte, empotrada en el armario. Marcó el códigole costaba controlar los dedos. Al abrirla

La caja estaba vacía.

Todos sus ahorrosmás de cien mil eurosdesaparecidos. Documentos, dinero en efectivo, incluso las tarjetas bancarias de recambio. Todo.

Se dejó caer al borde de la cama, sin poder comprender lo que ocurría. En ese instante entendió lo más doloroso: su esposa no solo se había marchado. Lo había planeado todo.

Y por primera vez en muchos años, comprendió que aquella noche con la amante le había costado demasiado caro. Hay errores que, una vez cometidos, no permiten marcha atrás. La vida siempre termina poniendo cada cosa en su sitio.

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