La abuela cariñosa

La abuela cariñosa

Elisa Fernández, una mujer enérgica y de carácter fuerte a sus sesenta y pico años, solía decirle a su nieta:

¡Maricruz! Ya he esperado bastante y mi paciencia se está terminando. ¿Me vas a dejar descansar en paz algún día?

La joven morena, de figura delicada, experta en arte, se quedó desconcertada por semejante pregunta.

¿Cuándo te vas a casar? ¿Eh, hija? Así yo podré morirme tranquila, sabiendo que dejas la vida encauzada. ¡Casi tienes ya veintisiete años! siguió insistiendo la abuela. ¿Tú crees que me he pasado todo el verano en la casita del pueblo, aguantando a esa vieja loca de Carmen Vázquez y compadeciéndola veinte veces al día por sus hemorroides para nada? Todo lo hice para que tú arreglaras por fin tu vida personal. ¡Y ni siquiera has conocido a nadie!

Abuela, ¿pero cuándo y dónde quieres que conozca a alguien? Trabajo, clases de inglés, la tesis Y en mi museo, de hombres solteros sólo está don Arcadio Palacios. Ya sabes cómo es

Sí, hija, Arcadio Palacios En tiempos de sequía ni a cangrejo llega, más bien gambo muerto resopló la abuela con resignación.

A la mañana siguiente, Elisa Fernández llamó a la vieja Carmen Vázquez y averiguó que su nieta había conocido a su futuro marido en una discoteca.

Desgraciadamente, Maricruz no era de discotecas, así que Elisa decidió inspeccionar personalmente si allí abundaban candidatos interesantes para su nieta, o si quizá debería buscar otros lugares.

Descubrió que las mujeres entraban gratis en la discoteca desde las nueve hasta las doce de la noche. Sin pensárselo mucho, esa misma tarde le dijo a Maricruz que se iba a dar un pequeño paseo antes de acostarse y puso rumbo al local.

Dejó sin palabras a los porteros, que intentaron balbucear algo sobre la edad, y hasta consiguió que uno de ellos le ayudara a sentarse en un taburete alto junto a la barra. Desde allí, escrutó el ambiente con tanta seriedad que el club entero se puso tenso, como si el director apareciera de pronto en una reunión de padres tras cazar a unos alumnos bebiendo cerveza detrás del polideportivo.

¿Le gusta el ambiente? preguntó tímidamente el camarero, acercándole un vaso alto. Es un cóctel sin alcohol, cortesía de la casa.

Nada, hijo. Aquí no hay futuro para una chica decente sentenció Elisa Fernández. Anda, no seáis rácanos y échame una pizca de coñac en el cóctel. Y dime, ¿el pelirrojo ese de allí baila raro o tiene problemas de cadera?

Hasta fin de año, Elisa Fernández asistió a un concierto de rock, un espectáculo de fuegos, una noche de cantautores melancólicos, una competición de BMX, un torneo de mus y, ya por completo desesperada, un recital de poetas jóvenes. Estos últimos terminaron de rematarla. Ya no tenía fuerzas ni para lanzar el anzuelo, no fuera a ser que alguno picase.

Pues sí, Maricruz, te entiendo decía resignada. Yo en mi época escogí entre tu abuelo y otros diez, tan buenos como él. Hasta la pobre Carmen Vázquez tuvo donde elegir, aunque no apartó la vista de mi marido en toda su vida. Pero los chicos de ahora, hija mía… han menguado mucho, ninguna chispa.

En marzo, al ir a visitar a Carmen Vázquez, Elisa decidió pasar por el trabajo de Maricruz. Al acercarse al museo, resbaló y se cayó, por suerte no en las escaleras. Un militar la ayudó a ponerse en pie. Apoyada en el brazo del buen samaritano, se aseguró de no haberse roto nada, lo miró con atención y le dijo:

Señor comandante, veo que usted es de Caballería. Mi difunto esposo fue jefe de un regimiento de tanques. Dígame, ¿tiene usted una horita libre?

El comandante, temiendo que iba a tener que cargar con la señora hasta su casa y maldiciendo su buen corazón, asintió.

Estupendo. ¿Ha visitado alguna vez este museo histórico? No sabe lo que se pierde. Entre ahora mismo y pida que le enseñe la exposición Maricruz Fernández. ¡Es una guía maravillosa!

Ni siquiera el comandante entendió por qué obedecía aquella abuela, como si estuviera hipnotizado…

***

No hace mucho, Elisa Fernández susurraba dulcemente al oído de su bisnieto Mikel mientras dormía:

Ya vas a ir pronto al colegio, pequeño mío, mi dulce osito. Tu padre terminará la academia militar, tu madre acabará por fin su doctorado… Y yo ya podré marcharme tranquila. Pero, ¿vas a crecer solo, pájaro mío? No, necesitas una hermanita. Y cuando nazca tu hermana y empiece el colegio… Después, ya veremos, corazón mío…

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

5 × two =

La abuela cariñosa
La americana de mi padre. Un relato