La chaqueta de papá. Relato
Faltaban solo tres días para el cumpleaños redondo de Valentín cuando, desde su aldea de Segovia, el padre apareció de improviso. Todos pensaban ir a verlo después, pero él, como siempre, decidió tomar la iniciativa por su cuenta.
Don Víctor Fernández llegó con una bolsa repleta de regalos: desde que se fue la mamá ya no hace mermeladas ni conserva pepinillos, pero su vecina le trae a menudo. Claro, el padre, hombre de los de antes, no va a presentarse nunca en casa del hijo con las manos vacías. Así que trajo varios tarros de frambuesas y grosellas negras, y hasta cuarenta huevos de sus propias gallinas.
La esposa de Valentín, Amparo, apenas pudo evitar una mueca: aquello era demasiado para sus planes.
Don Víctor, ¿cómo se le ocurre traernos tanto de golpe? ¡Se nos va a estropear!
Hija, pensé que como es el cumpleaños de mi hijo, igual podías hacer unas empanadas para los invitados. Su madre se las preparaba con frambuesa cuando era pequeño, ¡cómo le gustaban!
Papá, no hacía falta si vamos a celebrarlo en un restaurante. ¿Te animas a venir con nosotros? dijo Valentín. Amparo, sin embargo, lo miró de reojo invitándole a pensárselo mejor: ¿Al restaurante precisamente con él?.
Se vio que el padre se quedó algo triste. Empezó a abrocharse su vieja americana hasta el último botón, y luego, nervioso, se rascó el cuello.
Hijo, ¿y por qué en un restaurante? La última vez, cuando vivía tu madre, lo celebrasteis aquí en casa. Yo será mejor que no vaya. miró a Valentín, casi suplicante. ¿Qué voy a hacer yo allí? Ni ropa tengo yo para eso, ¿dónde me voy a meter con vosotros?
Estaba claro que le daba miedo, que sentía vergüenza. ¿Qué voy a hacer yo entre toda esa gente? Nunca he estado en un sitio así. Me siento incómodo, me puedo poner nervioso y acabaré dando la nota.
Repetía lo mismo una y otra vez, aunque en verdad se le notaba que por dentro le hacía ilusión haber ido al restaurante aunque fuera solo una vez, como en las películas.
Valentín miró a Amparo. A él lo habían ascendido hacía poco, y en el restaurante estarían sus jefes, sus compañeros Pero era su padre, el único que le quedaba, ya que su madre se había ido. ¿Y debía dejarlo en casa, solo porque desentonase un poco en aquel ambiente? ¿Por ser de pueblo, por vestir como viste, por ser mayor?
Los ojos de don Víctor, bajo sus cejas espesas y canosas, iban de su hijo a su nuera, esperando alguna señal.
Entonces Amparo sorprendió a Valentín. Ella, tan apegada habitualmente a la carrera y reputación de su marido, le habló con la voz temblando:
Valentín, ¿cómo va a celebrarse tu día sin tu padre? Los míos ya se fueron también, y solo nos queda él. Venga, vamos a comprarle una chaqueta nueva, con pantalón, para que se sienta a gusto entre toda esa gente.
¡Pero mujer! ¿Para qué gastar? Si ya tengo todo lo que necesito si me queda poca vida, y me compráis chaqueta el padre se agitó más aún. Pero Valentín sonrió y le respondió:
¡Pues claro! ¡Venga, que juntos elegimos una!
Solo no me pongáis esa corbata. Eso no, por favor protestaba el padre todavía, pero Amparo le tranquilizó y lo tomó del brazo.
Ese mismo día le compraron a don Víctor un traje y una camisa nueva. Él pasaba la mano por la tela, sorprendido por lo suave, y al final pidió:
No lo gastaré apenas, Valentín. Cuando llegue la hora, me enterráis con él, para que tu madre me vea elegante cuando la encuentre en el otro lado.
En el restaurante, no faltaron las bromas sobre lo bien que lucía el padre de Valentín, y cómo animaba con sus chistes y cuentos de pueblo.
El director de la empresa incluso le dio una palmada a su empleado:
¡Menudo hijo eres, Valentín! Tu padre es todo un roble, de los genuinos, con esa fuerza de campo nuestra. ¡Enhorabuena!
El padre, en el centro del banquete, recibía atenciones, sonreía feliz; se notaba que le gustaba la gente del hijo, sus nuevos jefes. Gente decente, sin ínfulas. Y eso le daba orgullo: su hijo iba por buen camino.
Al día siguiente en casa, Amparo horneó empanadas, recordando aquellos tiempos más humildes, cuando los hijos eran niños y el dinero justo.
Y todos sintieron esa calidez especial de tener al padre allí, tanto que nadie quería despedirlo.
Don Víctor volvió a Segovia más orgulloso que nunca, con su traje nuevo y la bolsa llena de empanadas y regalos, para que todo el pueblo lo viera tan elegante. Allí lo esperaban sus gallinas, Vulcano y Mimoso (el perro y el gato), y la vecina que les cuidaba.
Valentín y Amparo insistieron en que se quedara con ellos, pero como siempre, él se negó:
¿Y qué hago yo aquí, en Madrid? Acabaría muriéndome de nostalgia. Allí tengo mis cosas, mis animales. ¡Mejor venid vosotros más a menudo!
Aguantó el invierno, y ellos le visitaron varias veces. Pero en primavera, justo cuando brotaba la hierba, falleció tranquilo, sin llegar a otro verano más.
Meses después, en otoño, Valentín y Amparo ordenaban la casa familiar.
A Valentín aún se le caía el alma al revisar los cajones: fotos de la madre y el padre, cartas viejas, pequeños recuerdos Esta vez abrieron el armario de papá, y allí colgaba todavía aquella chaqueta.
La vecina, a la hora del entierro, había sacado el traje bueno, el que la madre de Valentín había guardado para él, sin que el padre supiera, en una maleta.
Y la chaqueta del cumpleaños seguía allí, colgada orgullosa en el armario, recordando aquella noche de fiesta.
Amparo apareció y, viendo confundido a su marido, le echó sobre los hombros la chaqueta de su suegro y se apoyó en él.
Ellos tampoco eran ya jóvenes, pero en la casa de los padres, siempre volvía el calor y hasta era posible sentirse de nuevo niños, extrañamente.
Y a ambos les parecía sentir, desde algún sitio sin tiempo ni distancia, la mirada orgullosa de sus padres. Y la de don Víctor, con el gesto de siempre bajo sus cejas, cuidando de que no se les subieran los humos, de que no olvidasen volver a aquella casa.
No endurecieron el alma. Recordaban a sus padres. Y eso es, al final, lo más importante.





