No apresuraron su amor, porque siempre amaron

No se apresuraban a amar, porque el amor ya los acompañaba siempre.

En la biblioteca municipal de Madrid siempre reinaba el silencio, aunque entraran lectores. Cruz nunca les hacía comentarios; al cruzar el umbral donde se alzaban majestuosos estantes repletos de libros, los visitantes se detenían, miraban a su alrededor y, después, se acercaban tranquilamente a ella.

Buenos días saludaban siempre con cortesía al bibliotecario, y luego pedían el libro que buscaban.

Buenos días respondía ella, con una sonrisa y la atención puesta en el lector que tenía delante.

Cruz era una persona afable y muy educada; el trabajo en la biblioteca le calaba como anillo al dedo. A veces se ponía a pensar:

Qué suerte la mía de haber tomado este camino; no me imagino otro puesto donde pueda trabajar tan despacio y con tanta pasión. Es genial cuando el trabajo es un placer. Además, la mayoría de los usuarios también son muy amables.

Claro que, en alguna ocasión, llegaba algún lector impaciente que exigía algo con premura, mirando el reloj, y Cruz buscaba el libro, rellenaba la ficha y, a pesar de todo, mantenía la paciencia sin dejarse irritar.

Leer era su pasión desde niña, así que la carrera no le supuso una disyuntiva; sabía que los libros eran su elemento. Entre ellos se sentía segura, bien leída, había devorado cientos de títulos.

Mientras sus amigas y conocidos corrían de citas, de trabajo, de la vida cotidiana, tenían hijos, se mudaban, se peleaban y se reconciliaban, Cruz simplemente vivía, tranquila y sin sobresaltos.

Con voz suave y una costumbre de ajustarse las gafas cuando algo no cuadra, con la mirada cálida de sus ojos grisáceos, su pelo rubio siempre recogido en un moño bajo, vestía con pulcritud y rigor.

Cruz tenía veintisiete años y, dos días después de su cumpleaños, entró en la biblioteca un joven apuesto con gafas. Al mirarlo, pensó:

Qué hombre más agradable. Debe de tener unos treinta años, no menos.

Se sorprendió al darse cuenta de que nunca había prestado tanta atención a los hombres que entraban; ahora, de pronto, le llamó la atención.

Buenas tardes saludó el recién llegado, con tono discreto.

Buenas tardes repuso Cruz, igual de cortés.

Necesito un libro dijo él, vacilando un momento, como pensando en el autor o el título, pero después, con seguridad, nombró el libro. ¿ Lo tendrán, espero? señaló los altos estantes y se ajustó las gafas.

Espere unos minutos, está disponible; está en la fila superior contestó Cruz, y se fue a buscarlo mientras el lector observaba la sala de lectura.

Era Julián, un ingeniero tímido que trabajaba en el departamento de arquitectura, repasando viejos planos y diseñando nuevos. Cuando Cruz volvió con el libro en la mano, él le devolvió una sonrisa tibia.

Cruz se sentó en su mostrador y empezó a rellenar la ficha; descubrió que el nombre del solicitante era Julián. Él firmó, pero, con el libro en la mano, se quedó de puntillas, indeciso.

Gracias exclamó, dándose cuenta de que no había agradecido antes.

De nada le replicó ella.

Algo cambió en aquel espacio; los dos se miraron en silencio, él no quería irse, ella no encontraba palabras. Pasó el tiempo, y finalmente Cruz rompió el hielo.

Julián, ¿le queda algún otro libro por buscar?

Pues no dijo él, desconcertado, pero después tomó valor y añadió

Usted conoce mi nombre, ¿y el suyo? Si no es mucho pedir.

Cruz respondió ella, algo tímida.

Cruz qué nombre más bonito, muy español, casi poético comentó él, quedándose callado; ella percibió su timidez y la comprendió, pues ella también se sentía así.

Gracias repitió Julián. Prometo devolver el libro en perfectas condiciones. Hasta luego.

Yo también lo creo, hasta luego respondió ella, educada.

Cruz sabía que él devolvería el libro; su aspecto impecable pantalón planchado, camisa blanca, corbata, traje que le quedaba como anillo al dedo y zapatos relucientes mostraba que cuidaba sus cosas.

Julián salió, pero ella siguió pensando en él.

Somos como almas gemelas pensó de repente. Lo entiendo y lo siento

Luego, recuperada, sonrió.

¡Qué delirio! Nunca me había fijado tanto en los usuarios.

Julián, al salir de la biblioteca, estaba como en una nube.

Qué simpática la Cruz, aquí en la biblioteca tiene su sitio. Qué mirada y yo no supe qué decir mis palabras bonitas se fueron al traste se recriminó. ¿Por qué tan tímido? Mi modestia solo me entorpece. Seguro que ahora no podré trabajar tranquilo; la imagen de Cruz no me sale de la cabeza

A la hora del almuerzo le costó concentrarse en su oficina; los planos pasaban ante sus ojos, pero su pensamiento estaba en la biblioteca.

¿Qué es este espejismo? se preguntaba, intentando distraerse.

Al día siguiente, durante la pausa del almuerzo, volvió a la biblioteca bajo el pretexto de buscar otro libro, ya que estaba cerca.

Buenos días, Cruz le dijo, y ella le devolvió la mirada, sorprendiéndose de la intensidad de su propio gesto.

Buenos días sonrió ella como a un viejo conocido. ¿Necesita otro libro?

Julián, sonrojado y algo cohibido, se atrevió a decir:

En realidad vine por usted, pero pensé que era mejor ser sincero Me gustas mucho perdón

Los ojos de Cruz se iluminaron; sus mejillas se sonrojaron también.

¿Por qué pedir perdón? A mí también me gustaste ayer; sinceramente, no dormí bien anoche.

Él se alegró y contestó:

Yo también. Fue como si no cerrara los ojos.

Hubo una pausa incómoda; ambos callaron. Cruz esperaba alguna frase más, y él, sin saber qué decir, se recuperó.

Cruz, ¿le acompañaría a casa después del trabajo?

Sí, contestó ella modestamente y esbozó una pequeña sonrisa.

Desde entonces sus encuentros se convirtieron en paseos por el Retiro, donde él, entusiasmado, le hablaba de su trabajo, que también amaba, y ella le contaba de libros.

Julián, los libros son como personas, cada uno tiene su alma decía ella, y él no se extrañaba de la comparación; comprendía cuánto le importaba su labor, día a día rodeada de libros, vivía esa vida.

Llegó el otoño frío; Julián y Cruz pasaban largas horas tomando té en su cocina, a veces se quedaban mirando al otro en silencio, consensuando sin palabras:

Sí, nos va bien incluso callados

Compartían sueños y alegrías. Cruz siempre había anhelado visitar Venecia, leía mucho sobre ella y le describía a Julián cómo imaginarían un paseo en góndola por los estrechos canales.

Un día, Julián apareció en su día de descanso con un ramo de rosas rojas.

Para ti, Cruzita. Casémonos, llevo tiempo planeándolo ¿Aceptas?

Acepto respondió ella, sin titubeos, feliz.

Celebraron una boda sencilla, no por no buscar alboroto, sino porque no había prisa. Su vida transcurría a paso lento, tranquila, y ambos eran felices al haberse encontrado. El único nubarrón fue que, tras muchos años juntos, no pudieron tener hijos.

No se desanimaron ni culparon al destino; adoptaron un gato negro llamado Barbas, compraron una casa de campo y la vida siguió: trabajo, campo, libros por la noche, charlas al calor del té y el ronroneo de Barbas. En el campo Julián tallaba comederos para pájaros, ella tejía calcetines y cuidaba los macizos de flores. Los vecinos rara vez los visitaban y murmuraban a sus espaldas:

Viven aburridos, siempre lo mismo.

Y ellos nunca se aburrían. Cada mañana Julián preparaba café en una vieja cafetera y lo servía en bonitas tazas; Cruz repartía pan a los gorriones en la ventana. En verano pasaban más tiempo en la casa de campo, plantando flores; en invierno, al volver, escuchaban el crujir de la leña en la chimenea. Hablaban poco, porque ¿para qué las palabras si todo se entiende sin ellas?

Los años pasaron, envejecieron juntos y, al llegar la jubilación, se refugiaron más en la casa del campo. Les gustaba el silencio, su hogar junto al bosque, el canto de los pájaros y los setas de verano. Los vecinos los respetaban por su vida apacible.

Una tarde, Julián volvió del supermercado con una elegante botella de vino español y unas frutas. Cruz se quedó sorprendida; no solían tomar alcohol. Sacó dos copas del aparador, las limpió con el mismo paño con que ella secaba los platos, y la sentó a la mesa.

Levantó su copa y sonrió:

¿Por nosotros?

No respondió Julián, sacando de su bolsillo dos billetes de avión. Por Venecia.

Cruz se quedó boquiabierta. Habían soñado con ese viaje toda la vida, pero siempre lo postergaban: el trabajo, la casa de campo, el gato enfermo.

Pero ya somos viejos dijo ella.

No viejos, mayores, y por eso nos vamos

Julián y Cruz volaron. Disfrutaron de los estrechos canales, navegando en góndola bajo los puentes, riendo como adolescentes. Pasearon: ella con un sombrero de paja, él con una cámara colgando del cuello. Una noche, cuando el sol se hundía en la laguna, él le volvió a confesar:

Qué feliz soy contigo, Cruzita, cuánto te quiero

Yo agradezco aquel día en que me pediste matrimonio; sabía lo difícil que fue para ti y gracias por cumplir mi sueño. No necesito nada más, solo seguir contigo.

Se rieron juntos, pues era su deseo mutuo. Así continuaron, sin prisas, disfrutando cada instante.

Gracias por leer. ¡Que la vida les regale mucha alegría y buen humor!

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No apresuraron su amor, porque siempre amaron
Lo recuperaré todo, lo prometo