Tres nuevas llaves

Tres llaves nuevas

¿Pero qué te pasa? Tienes una pinta… ¿No estarás otra vez con tus dietas? La voz de mi suegra retumbó en el recibidor nada más abrir la puerta, como si entrar sin saludarle viniera de serie.

Yo estaba en la cocina, en bata vieja, removiendo la avena, pensando que por fin era sábado y el día era mío de principio a fin. Desde las ocho de la mañana hasta bien entrada la noche. Gonzalo se había ido de pesca con Carlos, el del piso de arriba. Me dijo que volvería a la cena. Ya tenía todo planeadísimo: desayuno sin prisa, luego paseo por El Retiro, después sofá y libro, sin que nada ni nadie me empujara a correr. Esos días pasan pocas veces. Vamos, que casi no pasan nunca.

Y, claro.

Me giré. Doña Carmen Sáez ya estaba metiéndose en la cocina, quitándose el abrigo y dejándolo caer por encima de una silla sin mirar siquiera. El abrigo acabó en el suelo. Ni se enteró.

Buenos días, Carmen dije, modulando la voz. Eso ya lo tengo entrenado.

Sí, sí, buenos días. ¿Dónde anda Gonzalo?

Se ha ido de pesca.

Carmen se paró en seco, agarrando el bolso con las dos manos y me miró como si le hubiera dicho que se había fugado a Australia.

¿De pesca? Si a mí no me ha dicho nada.

Seguro que se le olvidó avisarte respondí, dándome la vuelta hacia el fogón.

La avena borboteaba. Bajé el fuego. Fuera, el cielo gris de octubre no amenazaba lluvia, y hacía nada me había planteado dar una vuelta para respirar ese aire blandito y otoñal que huele a hojas mojadas. Ahora solo podía mirar la avena y pensar que el día, otra vez, ya no era mío.

Carmen recogió el abrigo, lo colgó en el perchero del recibidor y volvió a la cocina. Se sentó, metió la mano en la bolsa de plástico enorme que traía y la plantó sobre el mantel.

He traído empanadillas de repollo. Que a Gonzalo le encantan.

Gracias.

Por favor, pruébalas, pero sin poner esa cara antes de tiempo.

Y yo no ponía cara de nada. Simplemente estaba de espaldas, sirviendo el desayuno. Las manos tranquilas, los nervios comprimidos ahí, bajo las costillas, como un muelle encogido. Por fuera, serenidad. Siete años de práctica.

Siéntate a desayunar conmigo solté, solo por educación, esa que sale sola, como respirar.

Ya he desayunado. Un té tomaba.

Puse la tetera. Me senté frente a ella, cara a la avena. Carmen miraba mi cuenco.

¿Y eso es todo? ¿Avena con agua?

Con leche.

Para el caso… ¿Al menos Gonzalo se ha metido una tortilla antes de irse?

No lo sé, Carmen. Se ha ido a las seis. Yo estaba dormida.

Negó con la cabeza. Ese gesto ya me lo sé: Vaya esposa, que duerme mientras su marido se va desayunando el aire.

Comía mirando por la ventana. En la cornisa, una paloma andaba de un lado a otro, picoteando quizá alguna miga. A su rollo.

Deberías cambiar esas cortinas. Ya están tan grises que…

A mí me gustan.

A ti. Pero Gonzalo me ha dicho que también quiere cambiarlas.

Mentira. Nunca me lo había dicho. Se lo diría a ella, supongo. Alguna de esas conversaciones sobre la casa y sobre mí que mantenían solo entre ellos.

La tetera empezó a hervir. Preparé el té y se lo llevé junto con el azucarero.

Gracias dijo, removiendo pensativa. Llámale, anda, y dile que he venido.

Carmen. Está de pesca. Ahí no hay cobertura.

¿Qué sitio es ese? Siempre con modernidades.

Ya me dijo él que no tendría móvil.

Le bajó una línea la comisura, esa boca fina, tersa. Bebió té, miró su bolsa.

Pásame un plato, que lo pongo bien.

Le acerqué uno. Fue colocando las empanadillas, grandes, doradas. A otra hora y con otro humor me habría comido una. Ahora solo las miraba.

A ver empezó Carmen, sin mirarme, ¿vosotros habláis, tú y Gonzalo?

Sí.

Él me llama cada día. Me cuenta cosas. Pero tú nunca dices nada.

¿Sobre qué habla?

Se paró un segundo, luego sacudió otra empanadilla.

Que está cansado. Que en casa no hay calma.

Dejé la cuchara.

¿No hay calma? Sin signo de pregunta.

Eso. Hay tensión. Yo lo noto.

Viniendo aquí una vez cada dos semanas.

Soy madre, Rocío. Lo siento.

Dejé el cuenco en el fregadero. Me quedé mirando al patio. Un hombre paseaba a un perro pequeño, naranja como el repollo, él con las manos en los bolsillos, la correa tensa. Todo tan normal y en paz.

Rocío me llamó Carmen.

Dime.

¿No te molesta lo que te digo?

Me di la vuelta. Su cara me era conocida de memoria. No había arrepentimiento. Había expectativa. Esperaba el no, todo está bien, para poder seguir igual.

No, no me molesta.

Asintió, satisfecha. Bebió.

Pues eso está bien. Yo no soy tu enemiga, quiero que estéis bien.

Lo sé.

Yo tenía cuarenta y ocho años. Gonzalo, cincuenta y uno. Su madre, setenta y tres. Llevábamos siete años casados, segundo matrimonio para los dos. Pensaba que la segunda vez la gente era más sabia. Que sabías negociar, dónde ceder y dónde no.

Pero no. Depende de la persona.

Carmen se acabó el té y se levantó.

¿Me enseñas la nevera?

¿Para qué?

Ver qué tengo para preparar cuando vuelva Gonzalo. Siempre vuelve muerto de hambre de pescar.

Carmen

¿Qué?

Callé. Luego dije:

Hoy hago yo la cena.

Me miró sorprendida, con la mano aún en la puerta de la nevera.

Solo quiero ayudar.

Lo sé. Pero puedo hacerlo yo.

Siempre lo dices. Pero Gonzalo ha adelgazado.

Gonzalo come lo que quiere.

Un hombre no sabe cocinarse.

No vive solo.

Nos quedamos mirando, ella con la nevera de fondo, yo al lado del fregadero. Dos metros de linóleo con cuadros color beige entre medias. Ese linóleo lo escogimos juntos, antes de casarnos y de que yo me mudara a su piso, cuando dijimos haremos un arreglito. Yo lo seleccionaba, él aceptaba. Luego Carmen me dijo hace poco que habrá que cambiarlo, que ya se levanta por la puerta.

Bueno dijo finalmente. Como quieras.

Volvió a la mesa a sacar cosas del bolso. Pensé ya se va, y respiré un poco.

Voy a esperar aquí a Gonzalo soltó.

Y el muelle dentro se me volvió a encoger.

Volverá por la noche.

No pasa nada. No tengo prisa.

Sacó la labor. Ovillo de lana, agujas. Se acomodó como quien se instala. Como quien no tiene pensado irse en un rato.

Me quedé mirándola. Las agujas, la lana junto a las empanadillas, el abrigo por encima del respaldo, aunque lo había colgado en el recibidor y ahora volvía a aparecer en la silla.

Me fui al salón, con una taza de té. Me acurruqué en el sofá. En la pared tenía un cuadro pequeño, un paisaje con un río, un campo y un sauce viejo. Me gustaba por esa calma.

Se oían las agujas.

Escribí a mi amiga Marta: Ya está aquí otra vez. Marta contestó al momento: ¿Sin avisar? Tiene llave. Me contestó con un emoji de ojos en blanco: Rocío, ¿pero tú hasta cuándo? ¿A qué esperas a decirlo claro?

Guardé el móvil.

Ya lo había hablado. Lo hablé un par de años después de la boda, cuando vi que Carmen venía siempre a ver a Gonzalo, a su piso, charlaba sin contar conmigo. Le dije a Gonzalo: Hay que avisar. Me contestó: Es mi madre, está acostumbrada. Yo dije: Esta es nuestra casa. Él: Da igual, que venga. Yo: Que avise. Él: Exageras.

Otra conversación, cuando vino y me recolocó todos los botes de especias. Llegué, vi la estantería cambiada y pensé: ¿Por qué me molesta tanto? Porque era mi estantería. Sabía qué había en cada sitio. Ahora ya no.

Él: ¿No puedes volver a ponerlas como estaban? Yo: No es por las especias. Él: ¿Entonces? Y no supe explicarme, o no quise, o me cansé.

Otra vez, cuando vino durante mi ausencia y limpió todo el piso. Ya, suena absurdo que alguien se enfade porque le limpian. Pero era porque podía entrar sin mi permiso. Había estado en nuestra habitación. Había visto mis cosas. Puede hasta miró mis libros.

Gonzalo: Solo quería ayudar. Yo: Lo sé. Él: Entonces, ¿cuál es el problema? Yo: Las llaves. Él: Es mi piso. Yo: Pero yo vivo aquí. Él: No sé qué quieres.

Eso lo recuerdo especialmente. No sé qué quieres. Tras siete años.

Oí en la cocina cómo Carmen se levantó, abrió el grifo, empezó a fregar algo, después la tapadera del frigorífico. La bolsa de las empanadillas.

Fui a la cocina.

Estaba cortando cebolla en la tabla.

¿Qué haces?

Voy a hacer cocido. Que a Gonzalo le encanta.

Carmen, le dije que no tocara nada.

Solo es cocido, mujer.

Aquí decido yo lo que se cocina.

Dejó el cuchillo y me miró rato.

¿Aquí?

Eso.

Bueno, pues nada. Volvió a la cebolla, como si no hubiera pasado nada.

Le quité la tabla. Dejó la cebolla ahí.

Por favor, no.

Nos quedamos cerca, tan cerca que le veía las arrugas y la boca apretada, y una chispa rara en los ojos.

¿Me prohíbes cocinar?

Pido respeto. Este es tan mi hogar como el de Gonzalo.

El de Gonzalo. Creció aquí.

Ahora lleva años viviendo yo también.

Sin brusquedad, me quitó la tabla y la recolocó.

Ya lo hablaré con mi hijo.

Hable, sí.

Tu comportamiento…

Solo pido que se respete mi espacio.

Vaya con los espacios, se te ha pegado palabreo moderno.

Fui a la ventana. Paloma no quedaba en la cornisa ni el dueño del perro. Patio vacío, hojas marrones en el suelo mojado.

Rocío su voz ahora era más suave, no te pongas así. Sólo quiero ayudar.

Lo sé.

Gonzalo, sin comida buena, se apaga. Tú trabajas mucho, no tienes tiempo.

Me lo saco.

Mira, pues déjame que ayude.

Volvió al cuchillo. Está hecha a oír solo lo que le conviene.

Salí de la cocina. Me metí en el dormitorio y cerré. Me tumbé y abrí el libro. Nada. Leí un párrafo dos veces. Sin conseguir hilvanar el texto. Cerré.

Llamé a Marta.

Está haciendo cocido.

¿En TU cocina?

En la mía.

Rocío.

Sí.

Hoy tienes que hablar con Gonzalo. Hoy, cuando vuelva.

Ya hablé una vez.

No, insinúas. Hoy, claro.

Callé. Marta tiene razón. Ella siempre dice dilo claro, pero hacerlo da miedo. No por Gonzalo, que no es mala gente. Pero a su madre la idolatra y, para evitar líos, mira para otro lado.

Se llama ser cómodo. Marta lo dice sin medias tintas. Yo aún no sabía.

Lo hablaré.

Prometido.

Prometido.

Guardé el móvil. Me tumbé, oliendo a cocido. La verdad, olía rico. En otra vida estaría contenta.

Pensé en mis cuarenta y ocho años. Soy contable en una gestoría, cinco días por semana, saco tiempo para cocinar y quiero mis sábados tranquilos, sin nadie decidiendo qué hacer en mi cocina.

Me sabía cada grieta del techo.

A las dos de la tarde, me levanté. Fui al baño, me lavé la cara, me peiné. Al espejo, una cara corriente. Cansada, sí. No pálida, como dice Carmen.

En la cocina, había puesto la mesa. Tres platos, tres cucharas, pan, empanadillas…

Ven a comer, Rocío.

Ahora no. Como luego.

Se enfría.

Lo caliento.

Me miró, dolida, sin disimular.

¿Y qué te pasa a ti ahora? Has estado en el cuarto todo el día. ¿He hecho algo malo?

Cogí agua.

Carmen, hablemos claro.

Hablemos.

Vienes siempre sin avisar. Siempre tienes llave. Cada vez que llego, no sé si estarás, o si ya has estado.

Pero si soy de la familia…

Para Gonzalo sí. Para mí eres mi suegra. Es diferente.

Se irguió.

¿Eso es ser diferente? Somos familia.

La familia avisa antes de venir, pregunta si viene bien.

¿Debo pedirle permiso a mi nuera?

Y ese es el quid. Permiso. Como si pedir respeto fuera humillante.

Avisar: Rocío, el sábado quería haceros una visita, ¿puede ser?, eso no es rebajarse, Carmen. Es educación.

Vengo a ver a mi hijo.

Que hoy no está.

Tú sí.

Vivo aquí. También quiero saber quién vendrá.

Carmen recogió su plato en silencio y empezó a vestirse. Las manos le temblaban un poco, de rabia.

Vale dijo ella. Vale.

No quiero pelearme con usted.

Ya oigo…

Quiero llevarme bien.

¿Que le avise antes, no?

Eso mismo.

Se puso el abrigo. Guardó la bolsa, las empanadillas.

Tienes cocido en la olla. Lo que sobre, tíralo.

Cerró la puerta suavemente. Eso siempre duele más.

Me quedé sola. El cocido olía bien. No lo negaré.

Recogí la mesa. Tapé las empanadillas. Escribí a Marta: He hablado.

Marta: ¿Y?

Yo: Se ha ido dolida.

Marta: Es su problema. Hiciste bien.

Guardé el móvil. Quedaban horas para que volviera Gonzalo. Habría que explicarle. Seguramente llamaría a su madre nada más llegar y la historia sería la misma. Él: ¿Por qué haces esto? Yo: ¿Qué cosa? Él: Solo quería ayudar. Yo: Ya lo sé. Él: Entonces, ¿qué pasa?

Volví al sofá, libro en mano. Esta vez, sí conseguí leer. El silencio ayuda.

Gonzalo llegó sobre las siete. Oí llaves, pasos, la bolsa del pesca, entró directo a la cocina.

¡Cocido! ¿La madre ha venido?

Fui detrás.

Ha venido. Siéntate, te lo caliento.

Ya quitándose la chaqueta y colgando, sonriente ante la cazuela. Gonzalo es corpulento, bonachón, se ríe fácil cuando todo va bien y se apaga si no. Le conozco hace siete años. Sé lo de la cucharilla, sé cómo mira el móvil antes de dormir y sé que llama siempre a Carmen a las ocho y media. Y que nunca le dice lo que no quiere oír.

Le calenté el cocido. Se lo puse. Se alegró al ver las empanadillas.

De repollo. Rocío, ¿las probaste?

Sí.

¿Y qué tal?

Muy buenas.

Me contó la pesca, que Carlos pilló una buena carpa y él nada, pero al menos el aire le había sentado genial, que sales y parece que te renuevas. Yo asentía y esperaba.

¿Mamá se fue sentida?

Un poco.

¿Has hablado con ella?

Sí. Gonzalo, tenemos que hablar.

Dejó la cuchara, se puso serio.

¿Sobre qué?

Las llaves.

Pausa.

Rocío…

Te pido que le pidas a tu madre sus llaves.

Es mi madre.

Por eso debería avisar. Es lo normal. Es educación y respeto a nuestro hogar.

Solo viene a vernos.

Viene sin avisar, entra incluso cuando tú no estás, mueve mis cosas, cocina sin preguntar.

Hace comida, no está mal…

Gonzalo paré para no gritar. Escúchame a mí. No a tu madre. A mí. No siento mi casa como casa. Siempre temo que va a aparecer. Entro en la cocina y busco qué hay cambiado. No es normal.

Se echó hacia atrás en la silla, cruzó los brazos.

Exageras.

Cerré los ojos un segundo. Los abrí.

Siempre dices eso.

Porque siempre lo haces. Viene mi madre, te ayuda, y tú…

¿Qué yo?

Montas el drama.

Vino con llave, a nuestro piso, a cambiar mis cosas, cocinarme mi cocina. No es un drama. Es costumbre.

¿Y qué quieres que haga? ¿Que le prohíba venir?

Que le digas que avise.

Es mayor, cuesta cambiarla.

Tiene setenta y tres, no es una anciana ida. Puede llamar.

Le pides las llaves.

Te lo pido. No lo exijo, lo pido.

Se levantó, cogió agua. Miró al patio, en silencio.

Rocío dijo al fin, está sola. Murió mi padre hace ocho años. Solo me tiene a mí.

Lo sé.

Las llaves la tranquilizan.

Hay más formas de acompañar. Llamar, venir avisando. Pero la llave es control.

¿Llamas a esto casa ajena?

Quiero decir que es nuestra casa. Nuestra.

Es mi piso.

Eso también lo saca cuando le conviene. Siempre.

Sí susurré. El tuyo.

Silencio.

No le quitaré las llaves.

Vale.

¿Vale? Con sorpresa.

Vale. Ya sé cuál es tu posición.

Rocío, no seas así.

¿Así cómo?

Fría.

No soy fría. He entendido.

¿El qué?

Me levanté. Tomé la taza.

Lo que has elegido.

No he elegido. Solo no quiero hacerle daño.

Así llevas años protegiéndola. A mí, daño sí.

Nadie te hace daño.

¿Has imaginado vivir con miedo a que entren en tu espacio? No, porque sabes la respuesta.

Me fui al salón. No vino detrás.

Sentada, le oía pasearse por la cocina. Llamó: Mamá, no te preocupes… Rocío es así… Claro que sí, ven cuando te apetezca…

Ven cuando te apetezca.

Me quedé en silencio por dentro. Sin dolor. Como cuando apagan la luz.

Al rato entró.

Rocío.

Sí.

No seamos así.

¿Así cómo?

De hielo.

Se sentó cerca, yo ni me aparté.

¿La has llamado?

Sí, para tranquilizarla.

¿Le dolió?

Un poco.

Entiendo.

Sé que no te es cómodo. Pero podrías ser… más suave.

¿Más?

Una mujer mayor, sola, preocupada.

Gonzalo, he sido suave seis años. Comprensiva, paciente. Siempre cediendo. Y estamos igual. Ella sigue igual. Y tú, igual.

Me soltó la mano.

Solo pienso en ti.

Me cansé de ir en una sola dirección.

¿Entonces qué? ¿Divorcio?

Lo dijo así, ligero, como si quisiera provocarme miedo.

No respondí.

¿Rocío? Te he preguntado.

Te he oído.

¿Y?

No pienso contestar a esa pregunta como si fuera un chantaje.

No es amenaza.

Lo has hecho para cerrarlo en falso.

Se fue a la ventana.

Siempre lo complicas todo.

¿Por unas llaves?

Por lo que hay detrás. Pero evitas hablarlo.

Hablo.

Repites tus explicaciones. Eso no es hablar. Es pedirme que me aguante.

Silencio.

No sé qué quieres de mí.

Siete años y volvía a decirme eso.

Me puse la chaqueta, cogí monedero y llaves.

¿Adónde vas?

A andar.

Rocío.

Necesito aire.

Salí. En el portal olía a guiso de los vecinos. Bajé al patio.

Ya era noche. Las hojas mojadas del parque brillaban negras. Fui a caminar a la zona de bancos, pero estaban mojados. Me quedé de pie, mirando.

Escribí a Marta: Le ha dicho a su madre que venga cuando quiera.

Marta llamó enseguida.

Cuéntame.

Le relaté lo básico. Sin adornos. Ella escuchó en silencio.

Rocío dijo, tras pensar. Te lo voy a decir, lo sientas mal o no. Estás en su casa. Ésa es la base de todo. Mientras sea su casa, siempre serás huésped.

Lo sé.

No, no lo sabes. Sino ya habrías hecho algo. Gonzalo jamás le quitará la llave, no por su madre, sino porque esa llave significa que ese piso es suyo. Y tú, siempre invitada.

Me quedé callada.

¿Qué harás?

No sé. Aún no sé.

No corras. Solo piénsalo.

Quité el móvil. Di la vuelta por el barrio, pasé por la ferretería. Cerraban en media hora. Entré.

Olía a metal y química. Fui de frente a los estantes. Y allí estaban.

Cerraduras nuevas. Escogí una, la observé un buen rato. Tres llaves. El precio bien visible.

Me quedé, dudando. El dependiente ni se inmutó.

Al final, la compré.

Gonzalo miraba el telediario al volver. Miró:

¿Dónde estabas?

Paseando.

Mucho.

Sí.

Guardé la bolsa bajo el fregadero.

Gonzalo entró en la cocina.

¿Qué compras?

Cosas para la casa.

Asintió, se sirvió té. Desde la ventana:

Rocío, lo he estado pensando. Nos hacemos mayores, mi madre no cambia. Lo mejor es aceptar las cosas tal y como son.

¿Aceptar?

Sí. Ella viene, prepara comida, nos cuida. No está tan mal…

No pienso seguir así.

Le cambió la cara.

Entonces no sé qué más hacer.

No hace falta. Solo que no digas, haz.

¿El qué?

Habla con tu madre. En serio. Pon normas. Lo que no puede hacerse.

Se ofenderá.

Quizá.

Es mayor.

¿Y? ¿Puede hacer lo que le da la gana?

No lo digo así.

Entonces explica cómo.

Me miró largo rato.

Rocío, si estás tan incómoda aquí, piénsate si debes seguir.

¿Me echas?

No te echo. Te pregunto.

Bien. Lo pensaré.

Cogí la taza, me fui a dormir. No leí. Oí la tele hasta que la apagó. Se duchó, vino. Se tumbó y al minuto dormía. Siempre dormía rápido.

En la mañana, él se fue con Carlos al chalé. Dijo: Vuelvo por la tarde. Yo: Vale. Y se fue.

Tomé café sola. Abrí la bolsa de la ferretería. Saqué la cerradura. La miré mucho rato.

Escribí al vecino, don Vicente, un manitas del portal.

Buenas, Vicente, ¿puedes hoy? Querría cambiar la cerradura.

Sobre las doce, ¿tienes el material?

Lo tengo.

Te aviso.

Vicente llegó puntual, con su maleta de herramientas.

Buenos días, Rocío. Enséñame.

Se la enseñé.

Buena compra, alemana aprobó. En media hora te la dejo lista.

Me fui a la cocina. Oía el taladro, su murmullo.

Al rato me llamó.

Listo, tres llaves. Pruébala.

Probé: abría suave.

Funciona bien.

De lo bueno, lo mejor. ¿Te guardo la vieja?

No hace falta.

Le pagué, le di las gracias. Cerré. Me quedé en el recibidor.

Llamé a Marta.

Ya está cambiada.

Pausa.

¿Él lo sabe?

No.

¿Cuándo vuelve?

Por la tarde.

Rocío. Esto ya es otro nivel. Lo sabes. No va de llaves.

Lo sé.

¿Estás segura?

Quiero un sitio donde nadie entra sin mi permiso.

Pero es su casa.

Por eso, ya pienso en lo siguiente.

Otra pausa.

¿Piensas en divorcio?

Sí.

Suspiro.

Vale. Te paso el contacto de un abogado.

Apunté.

Marta… No tengo miedo. Es raro. Debería, pero no.

No es raro. Es que ya lo sabías y solo te faltaba admitirlo.

Quizás. Yo ahí, en mi/su/nuestra/su piso, con tres llaves nuevas en la mano, mirando la puerta, que ya era diferente.

Gonzalo llegó a las seis. Oigo sus pasos. Saca su llavero, intenta entrar.

Nada.

Otra vez.

Otra.

Timbre.

No abrí al instante.

Rocío, que la llave no va.

Ya, la he cambiado.

Silencio.

¿Eh?

He puesto otra, Gonzalo.

Abre.

Abrí. Entró serio, con bolsa de pesca y mochila, mirándome.

¿La has cambiado? ¿Sin avisarme?

Sí.

¿Por qué?

Me aparté para dejarle pasar. Entró despacio, colgó la chaqueta.

Rocío…

Te escucho.

¿Me explicas?

Fui a la cocina, él detrás.

No quiero que nadie más entre sin permiso.

Es mi casa.

Eso lo dijiste ayer.

Rocío. ¿Sabes lo que es esto? ¡Podría pedirte que te fueras!

Hazlo.

Las llaves de mi madre ya no sirven.

Eso.

¿Y si no quiero?

Lo he hecho igual.

Se sentó. Le costó. Como si le fallaran las fuerzas.

¿Vas en serio?

Totalmente.

¿Divorcio?

Ya no era pregunta. Tal vez lo había entendido.

Sí.

¿Por esto?

Por siete años así y que tú siempre eliges a tu madre. Porque para ti es más fácil que yo me aguante a cambiar nada.

Me miró mucho rato.

¿No es broma?

No.

Hablemos bien por favor. Hablemos…

Ya hablamos siete años. Estoy cansada de hablar sola.

No puede ser. No se hace así.

He tardado mucho en decidirme. Pero tú no lo querías ver.

Se pasó las manos por la cara. Caminó por la cocina. Paró.

¿Y ahora qué?

Hablamos con el abogado. El piso es tuyo, ya lo sé. Yo busco otro sitio. Solo pido tiempo.

¿Ya lo tenías pensado?

Sí.

¿Desde cuándo?

No lo sé.

Se sentó otra vez.

Mi madre…

Llámala y cuenta tú. Es cosa tuya.

Me salí. En el salón caía la tarde. Se encendía la farola. Eché el libro en el bolso. Cogí cuatro cosas. Hice todo despacio.

Se oía a Gonzalo hablar con su madre, bajo. Ni lo escuché.

Por la ventana, Madrid seguía a lo suyo. Un niño gritaba abajo. Una puerta sonaba en algún piso.

Yo tenía tres llaves nuevas.

Una, solo una, era mía. Por fin. De verdad.

Me vibró el móvil. Era Marta: ¿Cómo estás?

Me quedé pensando y escribí: En silencio.

Ella: Eso es bueno. El silencio es el principio.

Quizá.

Quedaban papeleos, pisos, trámites. Lo sabía. Era un mundo nuevo y largo. Pero ahora, era silencio.

En la consola del recibidor, las tres llaves. Al lado, la suya. La que ya no abría.

Gonzalo salió de la habitación.

Rocío, ¿segura?

Le miré. Cara cansada, hombros caídos, manos en los bolsillos. Le conocía de memoria. Sabía el miedo y el amor a su madre y lo poco de sitio que había para el resto.

Sí, segura.

Asintió, despacio. Aceptando sin ceder.

Vale dijo en voz baja. Vale.

Y esa palabra quedó flotando en el aire, junto al nuevo cerrojo y las tres llaves. Y no sé si era aceptación, desgaste o una cosa distinta para la que aún no tengo nombre.

Cogí el bolso.

Me quedo en casa de Marta.

Vale.

Cerré. El clic del nuevo cerrojo sonó suave, firme. Buena compra, sí.

Rocío dijo detrás.

Me giré.

¿Me llamarás?

Le miré. Largo.

Sí, Gonzalo. Te llamaré.

Y bajé la escalera, tranquila.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

fifteen + ten =

Tres nuevas llaves
HAY QUE TENER PACIENCIA