La felicidad llama a tu puerta

La felicidad en el umbral

Lucía estaba de pie junto a los azulejos floreados de la cocina, removiendo lentamente la sopa humeante con una cuchara de olivo. Acababa de regresar de su guardia en el hospital: trece horas dilatadas como si cada minuto se deshiciese en un sueño espeso, entre timbres, súplicas de pacientes y carreras por pasillos interminables donde el tiempo se retuerce y gotea sobre las cervicales. Le zumbaban las piernas doloridas, le dolía la espalda, y en la cabeza zumbaban los nombres y las voces, fragmentos dispersos de historias ajenas. Solo pensaba en una cosa: comer deprisa y dejarse caer en la cama, a salvo de todo, aunque solo fuera durante unas horas.

Fue entonces cuando sonó el timbre. Fuerte, impaciente, atravesando el silencio cálido de la casa como una mosca invernal. Lucía se sobresaltó, se le cayó la cuchara en el mármol, titubeó un instante. ¿Quién podría ser a esas horas? Ella ya lo sospechaba: solo era posible que fuese la señora Gregoria, la vecina del piso de abajo. Siempre Gregoria, como en el eco cíclico de un sueño recurrente.

Lucía suspiró, retiró la cuchara, se limpió las manos en el delantal, cruzó el pasillo sin prisa. Al abrir la puerta, la vio allí, vestida con su bata azul celeste y el pelo blanco como harina, apoyando una mano frágil en el pecho, los ojos asustados y huidizos. El rostro de la anciana suplicaba consuelo, o tal vez solo era un resplandor fugaz de fragilidad.

Lucía esbozó la mejor de sus sonrisas profesionales, aunque dentro de ella hervía un cansancio tan antiguo que parecía heredado.

A buenas horas confesé en la junta de vecinos que era médica, pensó, amarga. Podría haber dicho que era funcionaria, o bibliotecaria, o cualquier otra cosa que apagara esas visitas nocturnas. Pero no: sinceridad y humanismo. Todo vuelve de algún modo en la vida, igual que en los sueños.

Buenas noches, Gregoria saludó, manteniendo la voz en equilibrio. ¿Otra vez el corazón?

La señora Gregoria asintió, inclinó la cabeza, los ojos cristalinos y humildes:

Ay, Lucía, hija, perdóname por molestarte Es que estoy fatal. El médico de urgencias pronto va a negarse a venir, ya verás.

Lucía apretó el puente de la nariz, cerró los ojos un segundo. Sabía bien que eso no era cierto: ninguna ambulancia puede negarse por costumbre. Pero ¿para qué discutir? Era un sueño; una insistencia cíclica imposible de desmontar.

Eso no puede pasar musitó, apartándose, señalando el interior de la casa. Pasa, no te quedes allí. Aquí mucho no puedo hacer, ya sabes Esto no es ni un ambulatorio.

Ambas entendían: ni medicación, ni monitores, ni análisis. Solo una confianza ritual.

Al menos tómateme la tensión, querida murmuró Gregoria, aferrándose la pechera. Mi tensiómetro ya ni marca bien, está muy mayor.

Tenías que haberte comprado uno nuevo hace tiempo dijo Lucía, con dulzura, pero un punto de reproche flotaba en el aire. Díselo a tu nieto, seguro que te trae uno mañana mismo.

Mario ya me lo compró replicó la anciana, una brizna de orgullo saltando en sus ojos. ¡Mi Mario es un sol, Lucía! Me llama todos los días, me trae la compra, y sólo busca lo mejor. No confía en nadie más que en él mismo.

¿Y qué ha pasado con el tensiómetro? preguntó Lucía, recortando la fantasía sobre Mario antes de perderse en anécdotas eternas. ¿Es el que te trajo tu nieto?

Se cayó, se rompió admitió Gregoria, carraspeando. No se lo he dicho por vergüenza. Pensará que ya no puedo con nada, con la edad que tengo. No quiero darle disgustos.

Lucía colocó la manga del aparato con destreza, apretó el botón. Mejor terminar con el ritual enseguida, que la sopa en el fogón iba perdiendo su magia. Sabía que los números serían perfectos: Gregoria, con su salud envidiable, era el personaje invulnerable de tantas noches.

“¿Tengo que abandonar mi mundo cada tarde para esto?”, masculló en silencio Lucía, pero sólo mostró una sonrisa mesurada cuando en la pequeña pantalla apareció un ciento veinte sobre ochenta, como un guiño de los dioses del insomnio.

Ciento veinte ochenta. Vamos, que podrías ser astronauta bromeó, para distender la nube.

¡Anda ya…! rió la anciana, tímida, acariciando la manga de la bata. ¿Así que todo bien?

Ven a que te hagan una revisión al ambulatorio sugirió Lucía, quitando el aparato. Para que te quedes tranquila.

“Y para que me dejes descansar”, pensó, ocultando la fatiga.

Le pediré a Mario que me acompañe afirmó Gregoria con resignación cómplice, y la mirada de la viejita chispeó, como si lanzase una insinuación cómica. Qué suerte tendrá alguna chica con ese muchacho…

Lucía esquivó la indirecta con una sonrisa fría. Ya sospechaba a dónde iba la señora Gregoria, pero ella no tenía ganas de conocer al sol de Mario. Todo lo que deseaba era vivir tranquila: trabajar, descansar, leer un poco, ver el atardecer desde su butacón.

******************

Mientras tanto, Mario conducía a Gregoria hacia el centro de salud por las avenidas de Madrid iluminadas por farolas, los castaños en penumbra y el aroma de churrería lejana que siempre aparece cuando uno más lo necesita. Mario sujetaba el volante con firmeza, los ojos puestos en la carretera, mientras la abuela, al borde del sueño, hablaba y hablaba con voz de algodón.

Lucía es una chica tan buena… Siempre está ahí, nunca me dice que no decía la abuela, mirando por la ventana, como si hablara consigo misma. A otra cualquiera la espantaban, ¡pero ella no!

Mario la escuchaba, mitad presente mitad en otra galaxia, como en todos los bucles de los sueños.

Sería de mala educación respondió. A los mayores hay que respetarlos. Pero, abuela, vente a vivir conmigo. Así me quedo más tranquilo. Si te encontrases mal, estaría cerca.

¡Menuda alegría le iba a dar a una abuela! replicó Gregoria, negando enérgicamente con la cabeza. Tú tienes que hacer tu vida, hijo. Déjate de tonterías. Que yo quiero conocerte casado y ver a tus hijos corriendo por la casa. ¡Ya llegará!

Mario sonrió, no sin cierta melancolía. Ella seguía tan resuelta como siempre; la edad, en sus sueños, es una ficción voluble.

Abuela, tú vales más que el oro. Verás como los médicos te dicen que todo va bien. Sólo necesitas cuidados y un poco de rutina.

Eso lo dicen todos, menos Lucía suspiró la mujer. Lucía sí me escucha, Lucía me entiende.

Mario puso los ojos en blanco, disimuladamente. ¿Qué tendría esa Lucía? ¿O quizá era que los años, los aislamientos, y la melancolía, necesitaban un refugio, y Lucía era ese farol encendido?

*************************

Al día siguiente, el hospital volvió a engullir a Lucía como un mar estancado. Por la mañana todo pareció normal, pase de visita y cafés fríos, pero tras las doce el flujo de pacientes se volvió una marea: historias, diagnósticos, pasillos sin horizonte. Lucía se movía por las salas como quien camina por una neblina púrpura y densa, en estado de semisueño, apagando fuegos, calmando madres, prescribiendo analgésicos y palabras en igual medida.

Al salir, el aire de la tarde era como un bálsamo. El sol agonizaba tras las azoteas rojizas de Chamberí, los muros devolvían una calidez naranja al asfalto. Lucía subió en un taxi, repitiéndose el mantra: llegar a casa, cenar, dormir; nada más, nadie más

Pero no. Según cruzaba el umbral, se escuchó un timbrazo casi apocalíptico. Lucía se encogió, suspiró. Si era Gregoria con otra urgencia del alma, hoy no tendría fuerza suficiente para escucharla.

Pero al abrir la puerta, la realidad del sueño trastabilló: allí estaba un joven desconocido, alto, cabello oscuro bien cortado, ojos color castaño que la miraban con una mezcla de perplejidad y azoramiento.

¿Se le ofrece algo? soltó Lucía, sin rodeos, apoyándose en la pared. El cansancio pesaba como plomo. Si no, cierre la puerta por fuera, por favor.

Perdón, me he ido… de la cabeza. Digo, de pensamientos el joven carraspeó, inseguro. ¿Eres Lucía?

Lucía asintió ella, encogiéndose en el calor amarillo del pasillo. ¿Puedo ayudarte?

Soy Mario, el nieto de Gregoria, la vecina de abajo…

¡El famoso Mario-dorado! replicó Lucía irónica, levantando una ceja. Escuché tanto sobre ti que casi te reconozco del subconsciente.

Yo también he oído hablar mucho de ti… soltó Mario, ruborizándose. Cada vez que veo a mi abuela me suelta el mismo cuento.

Pasa rió Lucía, señalándole el salón. Por alguna razón, su cansancio pareció esfumarse un poco. Supongo que tenemos mucho que comentar sobre nuestras abuelas.

Mario entró despacio, mirando a su alrededor como quien está dentro de un cuadro abstracto. Se sentaron juntos en la cocina, entre muebles antiguos y tazas desparejadas. Lucía ofreció un poco de ensalada y pan recién comprado; Mario aceptó con torpeza, lavó los tomates, cortó los pepinos. El tiempo se relajó, se abrió como las páginas de una novela.

Mario habló de su trabajo en una promotora madrileña, de las obras y las subcontratas, de los viajes que soñó por el Pirineo aragonés, de las compras que hacía religiosamente a su abuela: queso manchego, pan candeal, higos frescos. Lucía contó ocurrencias divertidas del hospital el señor que decía ser alérgico al agua, la paciente que se curaba con pensamientos positivos, y luego habló de cómo le gustaba perderse entre novelas, dibujar con acuarela y soñar que algún día aprendería a tocar flamenco en la guitarra.

Te confieso que a veces me molestaba que Gregoria viniera tanto a casa dijo, sirviendo la ensalada. Hasta que caí en la cuenta de que lo que necesitaba en realidad era no estar sola.

Mario asintió gravemente:

Después de perder a mis padres, ella lo ha sido todo para mí. No concibo no cuidarla.

Cenaron juntos, con una naturalidad extraña, riendo de nada, de lo absurdo. Lucía se sintió cómoda más ligera, más verdadera de lo que recordaba sentirse en mucho tiempo.

Al despedirse, Mario se inclinó hacia la puerta, agradecido.

Gracias por la cena y por la charla. De verdad, Lucía.

Ella le sonrió, y en un impulso extraño, casi como si alguien más hablara desde su estómago, dijo:

Vuelve cuando quieras. Con o sin excusas de abuela.

Me encantaría. Y… ¿te apetece ir al teatro algún día? Dicen que en el Lara ponen Bodas de Sangre…

Me encanta el teatro asintió Lucía. Cuenta conmigo.

Mario se marchó, y Lucía parpadeó ante la luz del recibidor, consciente de que algo pequeño una grieta en la rutina acababa de abrirse y se colaba luz roja y cálida.

******************

Desde entonces, Mario visitaba a Lucía una y otra vez. A cada encuentro traía un ramo de lirios, su flor preferida, que Lucía colocaba afanosamente en cualquier jarrón disponible, como aquel que nunca se rompía, ni siquiera cayendo. Sin casi proponérselo, comenzaron a recorrer juntos Madrid: exposiciones en El Prado, piezas de teatro en La Latina, paseos eternos por El Retiro donde hablaban de la infancia, de libros y de grandes planes con la misma naturalidad con que describían el canto de los mirlos.

Con el tiempo, sus paseos se volvieron un ritual flexible, y si llovía se refugiaban en algún café con ventanales empañados, pidiendo café y napolitanas. Allí, bajo una música suave, a veces se decían cosas importantes y otras simplemente se sonreían, viendo como el día caía.

Un día, en la mesa de un café de Malasaña, Mario, absorto en el remolino de su café, confesó:

Nunca creí en el flechazo. Pensaba que era para novelas y telenovelas de sobremesa. Pero desde que entré por tu puerta con mis excusas de nieto… supe que era distinto.

Lucía se ruborizó, jugando con la cucharilla:

Yo tampoco creía en esas historias. Pensé siempre que el amor se cocinaba a fuego lento, poco a poco. Pero contigo… ha sido como recordar algo que ya sabía.

Gregoria, que tenía el don sobrenatural de enterarse de todo, solo faltaba saltar de alegría cada vez que veía a los dos:

¡Ay, Mario, hijo, qué pareja tan bonita hacéis! decía por teléfono, las lágrimas de alegría apenas disimuladas. Lucía es un cielo, el otro día vino y me trajo pastas y se quedó a charlar conmigo. Anda, no tardes en casarte.

Abuela, no hemos hablado de bodas todavía… sonreía Mario.

¡Ya llegará! ripostaba la anciana con energía mágica. Qué ganas de veros de blanco y yo con los nietos danzando en casa.

Mario reía, pero dentro sentía que su abuela tenía un raro instinto: con Lucía, podía imaginarlo todo.

******************

Una tarde de octubre, Mario llamó a Lucía para invitarla a pasar el fin de semana fuera de Madrid. Es una sorpresa, dijo, con aquel misterio juguetón. Condujeron hacia el norte, tras carreteras que cambiaban edificios por dehesas y pinares, hasta una pequeña casita de madera en la sierra de Segovia, al pie de un lago que solo existe en los sueños.

Este era el refugio de mis padres explicó. Apenas he venido desde que se fueron. Quiero compartirlo contigo.

Lucía bajó del coche y aspiró el aire: olía a resina y romero. Pasaron el sábado cogiendo setas y castañas, asando chuletas a la brasa y riendo cuando el humo los perseguía. Por la noche, llovía, y las gotas bailaban sobre el cristal mientras jugaban a adivinar formas en el fuego de la chimenea.

Mario se incorporó, algo nervioso, y le cogió la mano a Lucía bajo la manta.

Pienso mucho en el futuro comenzó, con la voz llena de promesas. Y no lo concibo sin ti.

Lucía le miró con ternura en los ojos, el calor del hogar latiendo en sus costillas.

Quiero pedirte que te cases conmigo No tengo el anillo aún, pero

¿Dónde está el anillo, entonces? sonrió Lucía, solo un poquito nerviosa.

Mario rió, aliviado de romper la tensión de la escena. Llegará, pero la respuesta es lo que importa.

Lucía entrelazó los dedos con los suyos, y el sueño parecía detenerse, anclándose a esa simple verdad.

Sí, Mario. Quiero ser tu mujer.

Fuera llovía; dentro, había calor y luz.

*******************

A la mañana siguiente regresaron a Madrid. Lucía faltó al trabajo, una licencia onírica más que merecida. Mario se despidió en su puerta, nervioso por no querer marcharse nunca, y ella le prometió estar lista para celebrar esa noche.

Cuando se fue, Lucía se dejó caer en el sofá, la almohada entre los brazos, el corazón galopando a ritmo de vals. Miró su mano vacía, como si el anillo invisible ya la adornara; recordó todas las veces que se había exasperado con las visitas de Gregoria y sintió una gratitud inesperada, absurda y constante.

A las siete Mario tocó de nuevo a la puerta, esta vez con un ramo de lirios y una cajita de terciopelo.

Ahora sí dijo, alargándole la caja. Dentro, un anillo de oro con un diamante que brillaba como una chispa de memoria.

Es perfecto dijo Lucía, y Mario respiró tranquilo.

El restaurante estaba iluminado por la luz de las velas y el rumor de guitarras en directo. Hablaron de la boda, del futuro, de los sueños. El camarero les miraba de reojo, sonriendo, sabiendo que esa noche solo podía terminar en felicidad.

********************

Al día siguiente, Lucía visitó a Gregoria. La anciana la recibió como a una hija, se hizo un lío con la bandeja de pastas, o quizá solo fingía para disfrutar de la escena.

Lucía, hija, menudo rostro iluminas decía la mujer, un brillo travieso en los ojos. ¿Noticias?

Nos casamos. Mario y yo anunció Lucía, y la señora Gregoria se llevó la mano al pecho, entre la alegría y el llanto más puro.

¡Por fin, niña! gritó, batiendo palmas. ¡Qué orgullo, qué ilusión, qué todo!

Parte es culpa suya, ¿lo sabe? rió Lucía, guiñándole un ojo. Sin tanta historia de Mario, habría seguido sin fijarme en él.

Ay, hija, solo he facilitado el camino. El verdadero encuentro lo habéis hecho vosotros.

Lucía le apretó la mano:

Gracias. Usted ha sido el puente.

Gregoria se recompuso enseguida:

Ahora no lo retraséis, haced una boda bonita, y los nietos que lleguen pronto, ¡que quiero achucharlos!

Lucía estalló en una risa fresca, sintiéndose ligera como hacía años.

De regreso en casa, Lucía miró por la ventana madrileña: la calle bullía despacio, los árboles ondulaban hojas dulces, y ella imaginó todo lo que les quedaba por construir juntos.

Por primera vez en siglos, Lucía se sintió completa. Era un calor silencioso, un brillo interior que no dependía de rituales ni de logros fugaces. Simple, hondo, como el aroma del pan recién hecho.

******************

Esa noche Mario la llamó, la voz vibrando en el auricular, trayendo consigo la promesa de días nuevos.

¿Qué tal todo, amor? preguntó. ¿Satisfecha mi abuela?

Más que nunca rió Lucía. Ya está planeando la boda y los nombres de los nietos.

Mario rió, esa risa suya que acariciaba el alma.

Con tenernos a nosotros, tenemos suficiente para empezar la felicidad.

Hablaron de planes, de música, de viajes a Granada o Lisboa, de colores para la casa y cortinas nuevas. La conversación se alargó hasta caer dormidos, cada uno en su sueño, entrelazados por la voz del otro.

Así empezó una nueva etapa llena de amor, cuidados y esperanza. No serían invulnerables, pero eso no importaba; juntos, en Madrid o en aquel refugio, buscarían la dicha cada día. Con eso bastaba para ser feliz.

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La felicidad llama a tu puerta
De vacaciones con la familia descarada: poner los puntos sobre las íes — ¡Llevo dos semanas aguantando, Santi! ¡Dos semanas en este cuchitril que llaman “hotel”! ¿Para qué aceptamos venir? — Porque mamá nos lo pidió. «Ninita necesita desconectar, que ha tenido una vida muy dura» — imitó el hermano a la madre. La tía Nina de verdad no había tenido suerte, pero a Luba no le salía compadecerla. En absoluto. Nina, hermana de la madre por parte maternal, siempre había sido la «pobre parienta» a la que todo el mundo debía algo. La maleta no cerraba. Luba, furiosa, presionó la tapa con la rodilla, intentando colocar la cremallera que se abría traicioneramente, escupiendo la toalla de playa. Detrás del fino tabique de contrachapado que en esta triste pensión llamaban «pared», se oía un alarido: era Timo, el hijo de seis años de la tía Nina. — ¡No quiero sopa! ¡No quiero! ¡Quiero nuggets! — chillaba el niño como si le estuvieran matando. A continuación se oyó un golpe, el tintineo de platos y la perezosa voz ahumada de la propia Nina: — Anda, cariñito, cómete una cucharadita por mamá. Verónica, baja a la tienda y compra esos nuggets, que mira cómo se pone el crío. Yo tengo las piernas molidas, no me quedan fuerzas. Luba se quedó quieta, aferrada al cierre de la maleta. ¡Verónica! ¡Y mamá va corriendo! Santi, el hermano de Luba, se sentaba en la única silla coja de su minúscula habitación y miraba con hastío el móvil. Ni siquiera se esforzaba por hacer la maleta. Su bolsa seguía tirada en la esquina. — ¿Estás escuchando? — susurró Luba, señalando la pared. — Otra vez manda a mamá. «Verónica, tráeme esto», «Verónica, ponme aquello». Y mamá allí, en pie, pendiente de saltar. — No entres al trapo — gruñó Santi, sin levantar la vista. — Mañana nos vamos. — ¡Dos semanas llevo, Santi! ¡Dos semanas en este corral que dicen que es “hotel”! ¿Para qué aceptamos? — Porque mamá nos lo pidió. «A Ninita le hace falta descansar, que ha tenido una vida muy dura» — imitó el hermano. Luba se sentó en el borde de la cama, los muelles chirriaron tristemente. La tía Nina de verdad no había tenido suerte, pero a Luba no le salía compadecerla. En absoluto. Nina, la hermana de la madre, siempre fue la «pobre parienta» para la que el mundo debía girar. Primero perdió a su primer hijo siendo un bebé — una tragedia de la que la familia nunca hablaba salvo en susurros. Luego estuvo el marido, demasiado amigo del botellín, que acabó quemándose con su vicio un par de años atrás. La tía criaba dos niños de padres distintos, toda esta troupe divertida vivía en el piso de la abuela. Allí rondaba también el último «hombre de sus sueños» — ya iba por el octavo. Trabajar, trabajar, no le gustaba; para Nina su vocación era alegrar el mundo y sufrir, y los demás, sobre todo la madre de Luba, tenían que financiar ese festival. La madre, Verónica, de la que Nina opinaba que «le rebosa el dinero». Luba fue a la ventana. La «gran vista» que daba a los cubos de basura y a la pared del gallinero del vecino. Estas vacaciones habían sido idea de mamá. «¡Vamos todos juntos, en familia, que hay que ayudar a Nina para que se anime un poco!» Ayudar significaba que Verónica pagaba la mayor parte de las vacaciones, compraba la comida y cocinaba para todo el rebaño, mientras que Nina y su nueva amiga —una tal Lary, que se hizo inseparable en la piscina por esa pasión compartida por no hacer nada— se pasaban los días tumbadas. — Haz la maleta — dijo Luba a su hermano —, esta noche cenamos fuera. Despedida. *** Por supuesto, el restaurante no lo eligieron ellos. Nina dijo que quería probar algo caro. Era un local en el paseo marítimo. Unieron dos mesas para que cupiera toda la panda, o la «manada» como la llamaba Luba mentalmente. Nina, enfundada en un vestido brillante que apenas aguantaba, presidía al lado de la amiga Lary — una mujer enorme y estridente, de pelo decolorado a golpe de agua oxigenada. — ¡Camarero! — gritó Nina sin mirar la carta. — ¡Lo mejor que tengan! Pinchos, ensaladas, y ese vinito rosado, una jarrita. Verónica, la madre de Luba, sentada al borde, esbozaba una sonrisa tímida. Parecía agotada. En esas dos semanas no había descansado ni un minuto: Timo con sus dramas, a Nina siempre le pasaba algo, Aina aburrida. — Mamá, pide ese pescado que te gusta — susurró Luba. — ¡Qué va, hija! Es muy caro, — Verónica apartaba la idea. — Con una ensaladita me basto. Que coma Nina, que bien lo ha pasado este año… Luba se enfadó por dentro. Claro, pobrecita, ha «sufrido». A la derecha, el pequeño tirano de seis años daba golpes con la cuchara. — ¡Dame de comer! — exigía sin despegarse del móvil. Y, por supuesto, Nina paró la charla con Lary, cogió puré y se lo atizó en la boca. — Mi angelito… come que tienes que hacerte fuerte. — Tiene seis años — no aguantó más Luba. — ¿No puede comer solo? Silencio en la mesa. Nina giró la cara muy despacio. — ¿Y a ti quién te ha dado vela en este entierro, querida sobrina? — escupió —. Primero ten hijos y luego das lecciones. Mi hijo tiene un alma sensible. Necesita mucho amor. — Necesita límites, no una tableta para comer — contestó Luba —. Estáis criando a un pequeño tirano. — ¡Uy, lo que ha dicho! — saltó Lary, alzando las manos. — ¡Nina, fíjate! Sale psicóloga la criatura. Los huevos enseñando a la gallina. Hija, primero vive y luego respeta a tus mayores. — Luba, calla — susurró mamá, tirando del brazo —. No arruines la noche. La cena se hacía interminable. Nina y Lary rajaban sobre hombres, criticaban a todos los del hotel, lloriqueaban por su suerte de mujeres. Aina pasaba del grupo, solo mirando de reojo al teléfono y con miradas de desprecio a los adultos. Timo, cada poco, arrancaba con berrido por el postre, y se lo traían, el más grande que tuvieran. Cuando llegó la cuenta, Nina suspiró teatro: — ¡Ay, me he dejado el monedero en la habitación! Verónica, págalo tú, ¿sí? Te lo devuelvo luego, en cuanto lleguemos. «Nunca se lo devolverás», pensó Luba, viendo a mamá sacar la tarjeta sin rechistar. Era un numerito bien ensayado. *** De vuelta en la pensión, pasada la medianoche. Luba se fue directa a la ducha, para echarse aquel mal sabor. El agua salía a chorros finos, lo mismo helada que hirviente. Al salir, rumbo a la habitación, se quedó parada frente a la puerta de la cocina, entreabierta. De ahí venía un murmullo fuerte. — …¿Viste a la niñata? — piaba Lary —. Con la jeta larga. «Que si el niño no sabe comer solo.» ¡Y a ti qué más te da, niñata! No sabes de la vida. Si no fuera por ti, Vero, esa niña estaría hojeando vacas, y no de restaurantes. Altiva, vacía. Sin novio, ni cabeza, solo sobrada. Luba apretó los puños. Le latía el corazón en la garganta. Esperó a que su madre alzara la voz. Que dijera: «¡Cállate, Lary! No hables así de mi hija.» O por lo menos se levantara. Pero solo oyó el suspiro de Nina y la voz llorosa: — Ay, no me lo digas, Lary. Difícil la muchacha, sí. Toda la rama paterna es igual, con aires siempre. No como los míos. Mira, Aina, con genio, pero buen fondo. Pero ésta… nos mira como si fuéramos basura. Se me atraganta la comida cuando la veo. — Pues tú, Verónica, la has malcriadoo — remató Lary. — Unos azotes y punto. ¿Ahora qué? Se te sube la princesa y ya ni te respeta. Yo a una hija así la echo de casa, verás cómo aprende. Luba apoyó la frente en el marco. Mamá, callada. Sentada ahí con esas mujeres, tomando té (o algo más fuerte, por el tufo) y oyéndolas hacerla trizas. Luba se irguió en seco. Golpeó la puerta, que rebotó contra la pared. Silencio en la cocina. Las tres detrás de la mesa de plástico, llena de sobras y envases vacíos. Nina, con el vestido ya descosido, Lary roja como un tomate, y mamá… Mamá, encogida de hombros. — ¿Así que soy una niñata vacía? — la voz de Luba, firme como una roca. — ¿Y tú tía Nina, eres la de “buen fondo”? Nina se atragantó. Lary se alzó, abriéndose paso como una montaña. — ¿Qué haces espiando, niñata? — gruñó —. ¿Tienes bien las orejas? — No estoy espiando. Gritáis tanto que se oye en todo el hostal — Luba entró clavando la mirada en la tía. — ¿Que se te atraganta el bocado, tía Nina? ¿Y cuando mamá te lo pagó en el restaurante, ahí te bajaba bien? ¿No te daba arcadas? — ¡Desagradecida! — chilló la tía, encendida —. ¡Te damos todo y tú encima, desprecias! ¡Podría ser tu madre y me echas en cara el pan que comes! ¡Trágate tus dineros! — ¡No es el dinero, es tu caradura! — explotó Luba. — ¡Llevas toda la vida colgada al cuello de mamá! Un marido, otro, tus niños, tus enfermedades inventadas. ¡Mamá trabajando sin parar para pagarte vacaciones, y tú rajando a sus espaldas! Tu hija es una malhablada que te insulta y encima te hace la vida imposible, ¿y vas tú y me das lecciones? Tu hijo un manipulador que ni el “no” le sabe decir nadie. La tía se quedó muda. — ¡Luba! — gimió Verónica, levantándose —. ¡Para ya! ¡A tu cuarto! — No, mamá, no me voy — Luba miró a la madre, dolida —. Te quedas aquí, callada, mientras esa mujer a la que conocemos dos días me pone a parir. Y tú en silencio. ¿De verdad lo permites? Lary arrastró su silla y fue hacia Luba, cerrando el puño. — Te vas a enterar ahora mismo, malcriada, a la abuela le dejas en paz… Manoteó. El golpe iba al rostro. Luba apenas reaccionó, giró en seco, pero no le alcanzaron: Santi sujetaba el brazo de Lary en el aire. — Ni se te ocurra — murmuró —. Estáis locas. Tía Nina, coged vuestras cosas. Nos vamos. — ¿Cómo que “nos vamos”? — aullaba Nina, nerviosa — ¡Nos quedan dos días pagados! ¡Verónica! ¡Tus hijos se han vuelto locos, atacan a la gente! Y al fin, Verónica habló, fue hacia Luba, la agarró del hombro y la agitó. — ¿¡Por qué has tenido que empezar!? — gritó entre lágrimas — ¿¡No podías haberte callado!? ¡Has estropeado todo! ¡Somos familia, anda que no te da vergüenza este escándalo! Luba apartó la mano de su madre, decidida. — No me da vergüenza, mamá — susurró —. Debería darte a ti, por dejar que pasen estas cosas… Se marchó. Santi tras ella. En el cuarto, hacían la maleta en silencio. Al otro lado Nina lloraba su “mala suerte” y Lary los llamaba “engendros”. Aina protestó por el ruido. — Ahora no podemos irnos — dijo Santi cerrando la mochila —. El bus sale al alba. — Me da igual — Luba metía cosméticos en una bolsa —. Antes en la estación que un minuto más aquí. — ¿Y mamá? Luba se quedó congelada. — Mamá ya eligió. Se quedó en la cocina, consolando a la hermana. *** Luba no habla con su madre, Santi tampoco — no la perdonaron. Verónica llamó varias veces, diciendo que les perdonaría si pedían perdón a Ninita, pero Luba y Santi no aceptaron ese perdón ni regalado. Ya fue suficiente. Si a su madre le gusta pasarse la vida viviendo por y para su hermana, que lo disfrute. Ellos, sin parientes descarados, están de maravilla.