17 de febrero
Hoy ha sido uno de esos días que dejan huella. No sé si intento convencerme a mí misma, pero aún lo recuerdo todo, como si hubiera pasado hace unas horas.
Todo empezó en la carretera de Burgos cerca de Aranda, esa noche que caía nieve a mansalva sobre Castilla. Apenas veía con los limpiaparabrisas y lo sensato hubiera sido no parar, pero en el arcén yacía una figura. No sentado, ni de pie, tumbado, como si el asfalto lo hubiese tragado. Salí del coche (a estas alturas, con la barriga tan grande, cualquier cosa me cuesta) y con la linterna me acerqué.
Era un hombre, sin gorro, la chaqueta destrozada y la cara cubierta de barro. Tenía los ojos abiertos, pero vacíos. Me agaché como pude, sujetándome el costado porque el embarazo no me deja moverme con facilidad.
Ey, ¿puedes oírme?
Parpadeó, sus labios se movieron sin voz. Le toqué la mano, pura escarcha.
Venga, vamos. Te llevo a urgencias.
No reaccionó, así que con lo poco de fuerza que me quedaba, logré montarlo en el asiento trasero y lo tapé con mi abrigo. El olor me revolvió el estómago, pero necesitaba sacarlo de allí. Arranqué y lo llevé al hospital de la ciudad.
El médico de guardia nos miró como si trajéramos problemas.
¿No tiene documentación?
No, lo encontré tirado en la carretera.
¿El nombre?
Negué con la cabeza.
Pues bueno, lo dejamos como desconocido. Puede marcharse ya.
Suspiré, saqué de mi bolsillo los billetes arrugados, lo último que me quedaba hasta que me ingresaran la nómina, y los puse sobre la mesa.
Por favor, al menos háganle unas pruebas.
El médico se fijó entonces en mi tripa.
¿Y usted? ¿De cuántos meses está?
Siete.
Resopló, pero aceptó el dinero.
Que lo pasen a una habitación.
Apunté mi nombre y número en un papel para la enfermera.
Si pasa algo, llámenme.
La enfermera asintió muy poco convencida.
Al alba volví al hospital. La cama estaba hecha, la ventana abierta de par en par.
Se fue de madrugada dijo la enfermera, sin apartar la vista de la revista, ni siquiera dio las gracias.
Salí de allí sintiendo que no era rabia, si no el cansancio lo que me ahogaba. Me había quedado sin blanca, llevaba tres días alimentándome solo de pan y pasta barata, y el desconocido ni se había despedido.
En el radio-taxi viejo, Julián, el veterano de la central, soltó una risa apenas me vio la cara.
¿Otra vez, Clara, salvando a todo hijo de vecino?
Me serví agua del dispensador.
Todo bien.
Tú eres la que necesita ayuda ya. Con esa tripa no deberías ni sentarte al volante
Me giré de golpe.
Julián, lo sé, pero necesito cada euro. Cuando nazca el bebé, ¿de qué vamos a vivir? ¿En una residencia? ¿Con la ayuda estatal?
Se quedó callado y salí para aguantar mi turno hasta el amanecer.
Un mes duro, de jornadas infinitas, la barriga apretando las costillas, las piernas hinchadas al acabar cada noche. Solo contaba los días para el parto. De Samuel, ni noticias. Solo aquel mensaje miserable: No puedo con esto. Lo siento. Cambió de número y nunca lo busqué. ¿Para qué?
Esa tarde de sábado, el despachador me dejó marchar antes. Subí a la habitación que tenía alquilada en la pensión del centro de Valladolid, tiré las botas y caí rendida en la cama. Ni ganas de cambiarme.
En la ventana sonó un golpe. Un canto lanzado desde la calle. Miré abajo: un coche negro de alta gama, cristales tintados. Se abrió la puerta y bajó un hombre. Tardé en reconocerlo.
El de la carretera.
Bajé al portal, agarrada al marco. Él vestía abrigo largo, todo pulcro, seguro de sí mismo, afeitado. Nada que ver.
¿Clara?
Asintió.
Me llamo Fernando. He tardado en encontrarte.
Crucé los brazos.
¿Por qué?
Dio un paso adelante.
Tú me salvaste. Sufrí un accidente, me di un golpe y perdí la memoria. Me marché del hospital sin saber ni quién era. De no ser por ti, no lo habría contado.
No contesté. Continuó.
Mis amigos me encontraron aquella noche y me llevaron a una clínica. Tardé dos semanas en recordar todo. Sólo pensaba en buscarte. La enfermera me dio tu número.
Empecé a tiritar debí coger el abrigo.
Bueno, pues ya me has encontrado. ¿Y ahora?
Sacó un sobre del abrigo.
Esto es para ti.
No me moví.
No quiero tu dinero. No lo hice por eso.
No son euros.
Insistió y tomé el sobre. Dentro, unas llaves, documentos. Lo leí varias veces. Escritura de donación. Piso en pleno centro de Valladolid. Tres habitaciones.
¿Me tomas el pelo?
No.
¿Vas en serio?
Asintió.
Está a tu nombre. Todo en regla. Puedes mudarte ya.
Apreté el sobre.
¿Por qué haces esto?
Me miró a los ojos.
Porque el 99% habrían seguido de largo. Pero tú paraste. Embarazada, de noche, sola y en plena nevada. Diste tu último euro por un absoluto desconocido. Pronto tendrás un hijo. Necesita un hogar. Un hogar de verdad.
Se giró para volver al coche. Le detuve.
¡Espera! No puedo aceptar un piso así, porque sí. Es demasiado.
Se volvió.
Pues considéralo mi deuda contigo. Tú me devolviste la vida. Yo quiero darte un futuro.
Arrancó el motor y desapareció calle abajo, dejándome con el sobre en la mano.
Tras una semana de papeleo, recogí mis cosas y me mudé. El piso era luminoso, recién reformado, con grandes ventanales. Faltaban muebles, pero sobraba paz. Nadie gritaba ni golpeaba las paredes de noche.
Julián vino a ayudarme. Iba de una habitación a otra sin dejar de negarse con la cabeza.
Menuda suerte, Clara. Te tiras a un indigente y resulta ser un ricachón.
No rico, solo agradecido.
Sonrió con picardía.
Ahora descansa. Ya no tienes por qué sentarte en el taxi. Quítate de una vez el volante.
Le di la razón. Ya apenas podía moverme. Faltaba poco para el parto.
El nacimiento fue duro, pero breve. Una niña. Sanísima, gritona, preciosa. La llamé Leocadia. Julián vino al hospital con un ramo, nervioso, incapaz de pasar de la puerta.
Enhorabuena, mamá.
Sonreí, tomé a Leocadia en brazos: pequeña, cálida, acurrucada conmigo. Supe al instante que todo estaba bien.
A los seis meses apareció Samuel, sin aviso, con una bolsa en la mano, más viejo y derrotado.
Hola.
No respondí. Leocadia dormía tras de mí, en el cochecito.
¿Puedo pasar?
No.
Recorrió el piso con la mirada, apreciando cada detalle y techo alto.
Me han contado que te regalaron un piso, ¿es cierto?
Crucé los brazos.
¿Y a ti qué más te da?
Me ofreció la bolsa.
Son juguetes. Para la niña.
No la acepté.
¿A qué has venido, Samuel?
Titubeó.
He pensado que podríamos intentarlo otra vez. Tenía miedo antes, pero ahora ya lo he reflexionado mejor.
Reí, incrédula.
¿Y eso lo has entendido después de saber del piso?
Se le encendieron las mejillas.
No es por eso es por la niña. Por la familia.
¿Familia? ¿En serio?
Me acerqué, él retrocedió.
Cuando peor lo pasé, me ignoraste. No llamaste, no te preocupaste, ni una sola ayuda. Y ahora apareces porque hay piso ¿de verdad piensas que puedes volver así?
Quiso defenderse.
No estaba preparado
Ni media palabra más.
Calló al fin. Proseguí, más suave, pero firme.
Mi hija no te conoce. Ni lo hará. En el libro de familia hay un espacio en blanco y así va a seguir. Ni dinero, ni ayuda. No eres necesario.
Apretó la bolsa.
Lo lamentarás. Una hija necesita un padre.
Levanté una ceja.
Padre es el que está, no el que viene cuando ve que sale a cuenta.
Le cerré la puerta en la cara. Oí cómo la golpeaba con el puño antes de marcharse. Me apoyé en la hoja, exhalé. Las manos me temblaban, pero dentro sólo había certeza.
Leocadia empezó a llorar. La cogí en brazos.
Tranquila, mi niña. Aquí estamos bien.
Fernando vino alguna vez. Traía algún detalle para la niña, se sentaba en la cocina, en silencio. No preguntaba nada, y yo tampoco. Me sentía en paz a su lado.
Una vez, Leocadia gateó hasta él y le sujetó el cordón del zapato. Fernando le ofreció el dedo. La niña le sonrió, terca.
Es tozuda dijo.
Como yo.
Se rió.
Buen rasgo.
Recogió la chaqueta.
Clara, si alguna vez necesitas algo médicos, papeles, lo que sea, solo dímelo.
Asentí.
Gracias.
Se fue. Cerré la puerta y me senté en el suelo junto a Leocadia. Se apoyó en mis piernas con la cabecita. La acaricié.
Fuera brillaban las luces del centro de Valladolid. En casa hacía calor, y la niña se fue quedando dormida. Cerré los ojos. Aquella noche, en la carretera, no esperaba milagros. Solo no fui capaz de mirar hacia otro lado. Pero aquí están, a veces los milagros llegan solos.






