La vida después del divorcio

Vida después del divorcio

¡Alba, hija, de verdad, ¿por qué eres tan obstinada? la voz de Rosario sonaba con ese tono condescendiente y cansino, como si estuviera explicándole la vida a una niña pequeña. Era el tono que hacia que a Alba se le apretara el pecho cada vez. Javier es un hombre estupendo. Guapo, inteligente, con un trabajo estable y un piso en propiedad. Dime, ¿qué más puedes pedir?

Alba dejó la cuchara con la que removía el caldo, y miró a su madre. Los dedos le temblaban levemente enseguida metió las manos debajo de la mesa para que Rosario no lo notara.

Mamá, es que me fue infiel dijo Alba en voz baja, clavando los ojos en los de su madre. Y no una vez ni dos. Muchas. Llevábamos seis meses casados y yo ya había reunido tantas pruebas que el juez apenas lo dudó. ¡Ni siquiera nos dio plazo de conciliación! ¿Lo entiendes? Incluso alguien ajeno pensó que ese matrimonio no se podía salvar.

¿Y qué? Rosario se encogió de hombros, arreglándose el delantal como si le quitar importancia al detalle. Todos los hombres son así. Y tú, recuerda: a una buena esposa no la engañan. Tendrías que haberte trabajado más, hija. Hacer algún curso, ir al gimnasio, cambiarte el peinado. Pero tú, en cuanto problemas, ¡zas, divorcio!

Alba suspiró, sintiéndose invadida por esa profunda fatiga que la envolvía cada vez con esa conversación, que ya era la décima vez en dos semanas. Tras el divorcio, se había mudado a casa de su madre, ya que su propio pisoheredado de su abuelaseguía ocupado por los inquilinos. Alba esperaba a que se marcharan para poder empezar de nuevo, en un lugar suyo, solitario, donde por fin poder respirar.

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El timbre sonó en la entrada, fuerte y urgente. Alba lo supo de inmediato: era Javier. Otra vez. El corazón se le encogió y las manos le sudaron de repente. Cada vez, Rosario se las apañaba para invitarlo a casa, ignorando las protestas de su hija, como si no viera el dolor.

Hija, es Javier anunció Rosario desde la cocina, iluminándosele el rostro con una alegría infantil. ¡Pasa, pasa, cariño! gritó en dirección al hall, rebosante de hospitalidad, y a Alba se le revolvió el estómago.

Apretó la cuchara hasta que los nudillos se le pusieron blancos y el metal se le clavó en la palma. Notaba el nudo en la garganta, el peso en el pecho.

Mamá, no quiero hablar con él susurró, intentando controlar el temblor en la voz.

¿Quién te está pidiendo opinión? le cortó Rosario, inesperadamente seca. Estás viviendo en mi casa, así que respetas mis normas. Invito a quien me parece oportuno.

Alba sintió las lágrimas asomar, pero apretó los dientes y se las tragó. Salió de la mesa apenas sin mirar, casi tirando la taza del té, pasó ante su madre y Javier, que ya se quitaba los zapatos en la entrada. El inconfundible olor de su colonia, de fondo amaderado, le golpeó la nariz con una oleada de repugnancia.

¡Alba, por favor! llamó Javier con ese tono afectado que solamente le producía más ira.

Ella no contestó. Salió al balcón, cerrando la puerta de un golpe. El frío de la tarde se coló por el jersey, quemándole la nuca y las orejas, pero Alba apenas se inmutó. Se apoyó en la barandilla, la agarró tan fuerte que se le quedaron los dedos pálidos, y se quedó mirando al horizonte: a los bloques de pisos grises, a los pocos puntos de luz, al transeúnte solitario bajo su paraguas. Muy abajo, zumbaba el camión de la basura; de enfrente, llegaba una melodía alegre, casi insultante en ese momento.

Ojalá se vaya pronto, pensaba, rodeándose con un cárdigan demasiado fino para esa noche. Oía a su madre charlando animada con Javier en la cocina, el sonido de platos, del agua, la risa despreocupada de Rosario… como si nada hubiera pasado, como si su hija no estuviera afuera congelándose para no tener que soportarlo.

Los minutos se arrastraron, espesos como si fuesen miel. Alba tiritaba; las manos se le enfriaban, las orejas ardían; los hombros, encogidos. Pero volver al piso no era una opción. Inspiró hondo, tratando de calmarse, y cerró los ojos para centrarse en los sonidos lejanos de la ciudad, el tráfico, las voces difusascualquier cosa menos lo que ocurría más allá de la pared.

De pronto, la puerta chirrió detrás de ella. Alba se giró sobresaltada. Javier enfiló el balcón.

Alba se detuvo a metro y medio, las manos en los vaqueros, inclinando la cabeza para buscarle los ojos. ¿Podemos hablar tranquilamente?

No tengo nada que hablar contigo respondió mirando los restos de lluvia en el cristal vecino, controlando el temblor.

Mira dio un paso hacia ella, y Alba sintió su presencia en cada célula. He cambiado. Me he dado cuenta de mis errores. Dame otra oportunidad. Te prometo que seré diferente.

Ni siquiera has pedido perdón como es debido fue todo lo que Alba contestó, la rabia subiéndole por dentro. Sólo quieres que todo vuelva a como era porque te resulta cómodo, porque no te quieres enfrentar a perderlo. No te has transformado, Javier. Sólo quieres recuperar lo que perdiste.

Pero de verdad

¡Basta ya! alzando la voz, sorprendida por su propio tono firme. No quiero tus promesas. No quiero a un hombre incapaz de ser fiel, que pone su egoísmo por delante de mi dignidad.

Intentó abrir la puerta, pero seguía cerrada. ¡Por supuesto, truco de mamá!

¡Mamá! gritó Alba, la súplica pura en su voz. ¡Abre, por favor!

Al cabo de un minuto, el clic del cerrojo y Rosario apareció sonriente, como si fuera una fiesta. Llevaba el mismo delantal de cerezas de siempre y una taza de té humeante en una mano.

¿Pero qué hacéis aquí atrapados? puso la taza en la pequeña mesa plegable del balcón y arregló el mantel. Vamos, venid a cenar. Hay infusión de menta.

Alba pasó junto a ella sin mirarla, la rabia bullendo en su interior, no sólo por Javier, sino también por esa madre que nunca estaba en su bando.

Mamá paró en el pasillo, enfrentándose a la mirada de Rosario. Por favor, basta. No quiero verle. No quiero que sigas invitándolo. Es mi vida y sólo yo decido lo que necesito.

Ay, hija Rosario le palmeó el hombro, ese toque que a Alba ahora se le antojaba ajeno. ¡Si está arrepentido! Los hombres se equivocan; hay que saber perdonar. Tus problemas es que eres muy orgullosa. Deberías ser más dócil

Alba cerró los ojos y contó hasta diez. Discutir era inútil. Se fue a su cuarto y cerró la puerta a cal y canto, buscando separarse del mundo. Dentro, el aire era denso, olía a encierro y a noche en blanco. Se sentó en la cama, aplacando el temblor de manos con los puños apretados contra las rodillas.

Desde la cocina seguía llegando el murmullo de las voces alegres de Rosario y Javier, ese tono que la madre reservaba para sus pequeñas victorias. En la voz de Javier, Alba reconoció el tono insidioso de siempre, ese con el que intentaba convencerla de que todo era una tontería cada vez que le sorprendía coqueteando con una amiga.

¿Cómo se atreve a aparecer aquí?, pensaba Alba, notando cómo las uñas se le clavaban en las palmas. Después de todos los engaños, de todas las mentiras ¿Cuántas compañeras hubo de verdad?

Al cabo de media hora, cuando la puerta de la entrada sonó amortiguada, Alba salió. El aire olía a menta y vainilla. Su madre había puesto un bizcocho sobre la mesa, y el aroma la tentó a sentarse, como cuando era niña. Pero se contuvo.

¿Por qué sigues enfadada, hija? Rosario le sonreía, pero la sonrisa parecía falsa, rígida. Javier está arrepentido. Le he dicho que te demuestre que ha cambiado.

Mamá dijo Alba, apoyándose en el marco de la puerta, no quiero ninguna demostración. No quiero verle. Quiero estar tranquila, al menos hasta que me vaya a mi piso. ¿Es tanto pedir?

Rosario suspiró y se sentó, cabizbaja, encogiendo los hombros.

Eres demasiado tajante admitió, y esta vez su voz sonó más cansada. La vida no es blanco o negro. Sí, se equivocó, ¿y qué? ¿Nadie lo hace? Quizá tú también le descuidaste. Deberías haberte arreglado más, prestarle atención

Alba sintió el pinchazo de las lágrimas, la punzada aguda en el pecho.

¿O sea que es culpa mía? susurró, la voz a punto de deshacerse. ¿Por eso me engañó?

No exactamente vaciló Rosario, apartando la mirada al cielo encapotado. En una pareja siempre hay dos responsables. Quizá si hubieras sido más cariñosa

Y él podría haber sido fiel interrumpió Alba, en voz inesperadamente firme. ¿Es tan difícil? Ser fiel. No poner excusas, no mentir, no traicionar. Eso es lo básico.

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Javier empezó a aparecer cada vez con más frecuencia como un fantasma que no se resigna a desaparecer. Un día, le coincidía en el portal cuando Alba bajaba a tirar la basura; otro llamaba con una caja de bombones y un pasaba por aquí, aunque a Alba no le cabía duda de que la había estado esperando.

Un día llegó con un ramo de rosas y una caja de bombones de cereza, sus preferidos de niña. Las flores, frescas y relucientes.

Para ti entregó el ramo, esbozando una sonrisa culpable y un destello apagado en la mirada. Sin motivo. Sólo porque sí.

Ella miró las rosas y luego a Javier. Donde antes veía encanto, sólo veía ahora ojeras y una sonrisa que no alcanzaba los ojos.

Gracias, pero no hacía falta no tocó el ramo. Te pedí que no vinieras más.

Lo sé bajó la mirada, mostrando un destello de vulnerabilidad. Pero no puedo dejarlo así. Eres muy importante para mí.

Lo eras corrigió Alba con dificultad. En el pasado.

Él asintió y su expresión, derrotada, le resultó ligeramente patética.

Vale. Lo entiendo. Perdona por insistir.

Cuando iba a marcharse, apareció Rosario de nuevo.

¡Javier, entra, hombre! ¿Qué haces en la puerta? Alba, invita a tu exmarido, ¿qué menos? Y esas flores, qué preciosas ¡Ni a mí me regalan ramos así!

Mamá, se va repuso Alba, forzando la calma al máximo mientras sentía hervir la sangre. Y no quiero flores de extraños.

Ay, hija Rosario tomó a Javier del brazo (él se tensó, pero no se movió). ¡Pasa, hombre, que tengo bizcocho, y charlamos!

Javier entró, titubeante. Alba entendió que resistirse era inútil. Se fue a su habitación dejando a su madre y al ex juntos.

Al poco, mientras Alba intentaba taparse los oídos, escuchó a Rosario decirle a Javier:

Verás como se le pasa. Ella es buenaza, sólo tiene que ver que eres constante. Sigue viniendo, que lo acabará entendiendo.

Alba cerró el bloc de dibujo y garabateó con fuerza, hasta que el caos del papel le ayudó a aquietar la mente.

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Con los meses, Alba pudo irse al fin a su piso propio, mucho más cerca de la oficina. Conoció a dos compañeras con las que empezó a quedar después del trabajo, y se apuntó a yoga los domingos. Esa rutina le dio fuerza; cada semana adquiriendo más sensación de autonomía. Cada vez que hacía la postura del árbol, sentía que hundía raíces en su propio presente y que el pasado se disipaba.

Un día, intercambió conversación con el profesor de yoga, Sergio, mayor que ella pero tranquilo, con una sonrisa acogedora y unos ojos que no juzgaban. Intercambiaron teléfonos, luego café luego algo más.

Sergio no tenía nada que ver con Javier. No era de palabras vacías ni de promesas, pero siempre estaba, atento, sin forzar. Escuchaba si Alba quería hablar, y respetaba su silencio. Por primera vez en años, Alba sentía que podía ser simplemente ella.

Cuando lo mencionó en presencia de su madre, Rosario se lanzó, como si llevara meses esperando la ocasión:

¿Quién es? ¿A qué se dedica? ¿Dónde vive?

Es profesor de yoga respondió Alba, controlando la tensión interna. Trabaja en un centro junto a mi oficina. Alquila en el barrio de al lado.

¿Y ya está? Rosario torció el gesto como si hubiera probado algo ácido. Ni casa, ni dinero, ni nada. ¿Piensas pasarte la vida de alquiler? ¿O se va a ir a vivir contigo? ¿Mantenerle, quizá?

Me da igual lo que gane, mamá dijo Alba, mirándole a los ojos. Es buena persona, fiable y me respeta. Con eso me basta.

Respetar bufó Rosario, con sarcasmo. Javier también te respetaba y no lo valoraste. Siempre tienes que complicarlo todo.

Alba cerró los ojos y respiró hondo. Su madre juzgaba la felicidad según su propio esquema: marido con piso y coche, esposa que sabe aguantar y perdonar. Da igual lo que Alba dijera, ella no lo entendería.

Con Sergio, la relación fluyó, pausada pero segura: paseaban, cocinaban, imaginaban planes. Sergio estaba: eso era suficiente. Alba empezó a creer posible otra vida.

Seis meses después, Sergio le pidió que se casara con él en un parque ya verde. Le cogió la mano y con una voz suave le dijo:

Alba, quiero estar contigo siempre. ¿Te casarías conmigo?

Alba miró esos ojos cálidos, sinceros, y sintió esa vieja luz florecer muy dentro.

Sí susurró con una sonrisa, como si la esperanza renaciera.

Sabía que eso provocaría otro conflicto con Rosario. No tardó en confirmarse.

No puedes casarte con él decía Rosario de brazos cruzados en el recibidor. Es un error. Te arrepentirás.

Mamá, ya he tomado la decisión se abrochó el abrigo, el corazón galopándole de alegría, no de miedo. Y soy feliz. ¿No te vale con eso?

No zanjó Rosario, fría y cortante. Eres cabezona e insensata y ya lo lamentarás.

**********************

La boda fue sencilla, como querían Alba y Sergio. Sólo amigos cercanos y algún familiar de él. Alba eligió un vestido blanco sencillo; Sergio, traje oscuro y corbata a rayas. Al intercambiar los anillos y recibir el puedes besar a la novia, Alba supo que por fin hacía algo suyo y verdadero.

Rosario no fue. Envió un ramo de lirios con una cinta negra y una nota: Espero que recapacites. Alba los miró un rato y luego los apartó. Dolió, pero se resistió a la tristeza.

Hubo otra sorpresa. Rosario convenció a Javier para aparecer. Alba lo vio al salir del registro, junto al coche, manos en los bolsillos, mirándolos con una extraña mezcla de remordimiento y desconcierto.

¿Qué haces aquí? se detuvo Alba, sintiendo la tensión, pero sin el aguijón de antes. Ahora sólo quedaba un leve resquemor.

Tu madre me lo pidió respondió Javier, resignado. Dice que te has equivocado pero que no sabes cómo volver atrás.

Mi madre dice muchas cosas añadió Sergio, sereno y cogiéndole la mano a Alba. Pero no siempre son correctas.

En fin Javier hizo una mueca irónica. Cuando te canses de pasar penurias, llámame: te aceptaré de vuelta sin exigir nada.

Se marchó, dejando un sabor amargo.

Después, Alba y Sergio planearon mudarse. Les surgió oportunidad en otra ciudad grande y bulliciosa. Alba apenas dudó; necesitaba empezar en un sitio nuevo, sin que nadie le recordara el pasado, en libertad.

Antes de irse, fue a despedirse de Rosario. Su madre recibió la noticia en silencio, de espaldas al ventanal.

Nos vamos anunció Alba desde la puerta. Al otro extremo del país.

¿Y qué? ¿Huyes de tus problemas? respondió Rosario sin mirarla.

No negó Alba. Su voz sonaba tranquila, con una seguridad desconocida. Corro hacia mi felicidad. Quiero que seas parte de ello, pero sólo si eres capaz de respetar mis elecciones.

Rosario se giró de golpe. Sus ojos, llenos de rabia y sensación de amenaza, se endurecieron mientras cruzaba los brazos.

¿Respetarte? ¿Por qué? Lo dejas todo para irte con un profesor de yoga. ¿Eso te va a dar seguridad? ¿Estás loca?

Alba sintió el peso insoportable de ese discurso. ¿Cuántas veces lo mismo? Inspiró hondo, intentando calmar el temblor de los dedos.

Sergio es maravilloso respondió Alba, más firme que nunca. Me apoya, me comprende, me respeta. Me da una tranquilidad que jamás tuve con Javier: tranquilidad y libertad de ser yo.

¿Tranquilidad? Rosario rió, amarga. ¿Así lo llamas? Un piso alquilado en una ciudad nueva, un trabajo cualquiera Javier hubiera podido darte todo. Hasta vacaciones en Marbella.

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Alba no sabía que esa misma tarde Rosario llamaría a Sergio. Estaba empaquetando cajas cuando él contestó a un número desconocido.

Sergio, hijo la voz de Rosario sonó melosa. Me preocupa Alba. Es impetuosa Este traslado es un error, se arrepentirá. Tú eres sólo una distracción, no merece la pena arruinar tu vida por su cabezonería.

Sergio escuchó en silencio, conteniendo la rabia.

Entiéndelo, prosiguió Rosario con tono confidencialella aún no está curada de lo de Javier. Sigues siendo para ella un consuelo pasajero.

Señora Rosario interrumpió Sergio, calmado pero tajante. Conozco a Alba mejor de lo que cree. Sé cuánto ha crecido desde que está conmigo. Estoy seguro de nuestra relación.

Ay, chaval, qué ingenuo eres. Crees que será feliz en esa ciudad… Se va a dar cuenta del error y ¿quién estará para consolarla? Javier.

Sergio suspiró hondo, pensando en Alba, en su sonrisa, en sus gestos. Sintió ternura y una voluntad irrompible de protegerla.

Creo que será mejor dejar aquí la conversación. Alba es adulta, ha decidido. Me eligió y no la defraudaré.

Colgó, sintiéndose a la vez molesto y triste por Alba, por la infancia con una madre incapaz de verla como alguien independiente.

*************************

Al día siguiente, Alba volvió a casa de Rosario con una caja de galletas de mantequilla y un pequeño ramo de margaritas, flores sencillas y vivas.

Pero Rosario la recibió con nuevas quejas:

¿Ni siquiera quieres pensarlo? Quédate aunque sea un mes Quizá sólo estás agotada

Ya está decidido, mamá respondió Alba cansada. Nos mudamos. Ya tenemos piso cerca de un parque, conozco a mis nuevas compañeras y Sergio ya tiene trabajo Todo está en orden.

¿En orden? ¿Lo ha organizado él todo? Te quiere lejos de mí para que no puedas volver atrás. Allí estarás a su merced.

Alba se quedó de piedra. Aquello le pareció tan cruel, tan absurdo, que apenas pudo responder.

¿De verdad piensas eso de Sergio? preguntó en voz baja, con las lágrimas al borde. ¿Eso crees de la persona con la que quiero compartir mi vida?

Todos los hombres quieren controlar insistió Rosario. Al menos Javier era sincero. Y este disimula detrás de su simpatía.

Basta Alba ya estaba llorando. No puedo vivir escuchando reproches y sentirme culpable por querer ser feliz.

Iba a marcharse, pero su madre la detuvo del brazo.

Espera dijo Rosario, por primera vez suplicando. Soy tu madre. Sólo quiero lo mejor para ti.

Lo mejor es lo que yo escoja Alba soltó con suavidad, evitando hacerle daño. He elegido a Sergio, nuestra vida. Y me voy donde pueda ser feliz sin reproches.

Rosario cedió, su rostro marcado por dolor y rabia. Alba notó cómo desaparecía la tensión en sus músculos.

¿Así? ¿Me dejas por ese hombre?

No te dejo, mamá. Sólo me alejo de tu control. Necesito que me quieras como soy, y si no puedes mejor que no hablemos por un tiempo. Para pensar, para respirar.

Como quieras Rosario dio la espalda, los hombros temblorosos. Cuando quieras recapacitar, sabes dónde encontrarme.

Alba se detuvo un instante, mirando los cabellos grises de su madre, la mano apretando el alféizar. Quiso abrazarla, decirle que todo mejorará pero sabía que ahora sería mentira.

Salió despacio, sin hacer ruido. En el abrigo llevaba su nuevo móvil, con un número que Rosario no tendría. Quizá algún día podrían hablar otra vez, pero ahora necesitaba ese espacio limpio y sólo suyo, como nunca antes.

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La vida después del divorcio
„Te amamos, hijo, pero no vuelvas a visitarnos.