Salgo con una mujer desde hace casi un año, nunca me ha importado gastar dinero en ella ni en su nieto. Pero bastó con que le pidiera que me pusiera unas empanadillas para llevar, para que inmediatamente supiera cuál es mi lugar.
El camarero dejó con cuidado delante de nosotros un táper de plástico donde ya habían guardado el trozo de tarta de chocolate casi intacto. Alicia, visiblemente satisfecha, acercó la caja hacia sí. Estamos sentados en una cafetería agradable en el centro de Madrid, mientras alrededor suena música suave. Yo, por dentro, noto cómo se va acumulando una inquieta molestia.
Llevamos juntos casi un año. Tengo cincuenta y ocho y ella, cincuenta y cuatro. Ambos somos adultos hechos y derechos, con su mochila de matrimonios pasados, divorcios, hijos ya mayores y, claro está, nietos. Yo tengo dos, un niño y una niña; ella uno, su adorado nieto, Iñiguito, el pequeño de seis años que es la luz de sus ojos, al que he visto solo un par de veces de pasada pero del que parece que sé más que de mis propios análisis médicos.
Alicia guardó el táper en su bolso y me dedicó esa sonrisa cálida por la que un día perdí la cabeza.
A Iñigo le apasiona todo lo que lleve chocolate dijo. Y yo ya estoy saciada, no me apetece nada. Será mejor que no se desperdicie, ¿verdad?
Asentí en silencio, llamé al camarero y pagué la cuenta, que, por supuesto, incluía la tarta, mi café y la ensalada de ella. El dinero no era problema, yo no me iba a empobrecer. La cuestión no era la cantidad, sino el sistema que sin apenas darme cuenta se había ido instaurando en los últimos seis meses. Yo me empeñaba en fingir que no pasaba nada raro, atribuyéndolo todo al llamado amor de abuela. Siempre que podía, y normalmente con cargo a mi bolsillo, Alicia se llevaba a casa de todo lo que podía para agasajar a su adorado nieto.
La primera señal de alarma sonó hace tres meses, cuando fuimos juntos al estreno de una película. Compré las entradas y, al pasar por la barra, Alicia pidió el cubo más grande de palomitas de caramelo y una Coca-Cola.
Me sorprendió: ella, normalmente, cuida mucho su línea y no abusa de lo dulce. Pensé que simplemente quería darse un capricho. Nos sentamos, se apagaron las luces, y cuando fui a coger un poco del cubo, noté que ella lo tenía sobre las piernas bien tapado con la tapa, que había pedido ex profeso en la barra, y ni siquiera probó un solo grano.
¿No comes? le susurré. Están buenísimas.
Ay, no me apetecen contestó casi en un murmullo. Se las llevo a Iñiguito, que se queda esta noche conmigo. Le chiflan las palomitas del cine, y sus padres nunca le compran.
Estuve a punto de atragantarme con la Coca-Cola. Resultaba que aquel cubo no era para nosotros, sino para su nieto, que ni siquiera había salido a relucir en nuestra conversación previa. Ella simplemente lo había decidido así. Durante toda la película tuve la sensación de estar incómodo: el cubo parecía estar bajo vigilancia. Al acabar la sesión, la acerqué a casa, y ella salió del coche con las palomitas exultante, mientras yo me sentía como un repartidor que, encima, había pagado el pedido.
Y no es que ella no tuviera dinero. Alicia gana muy bien, viste siempre elegante, y tiene coche propio. No estamos hablando de necesidad.
El golpe de realidad llegó el sábado pasado. Alicia me invitó a comer a su casa y me prometió sus famosas empanadillas, de las que tanto me había hablado. No fui con las manos vacías: llevé una buena botella de vino, fruta fresca y un plato de salmón ahumado, quería que no faltara de nada en la mesa. Toda la casa olía a esa mezcla inconfundible de pan recién hecho que casi marea.
Sobre la mesa de la cocina había un bol enorme cubierto con un paño. Debajo, toda una montaña de empanadillas doradas y relucientes. Nos sentamos, Alicia sirvió el té, y puso en el plato cinco piezas.
Come, Jorge, que están recién hechas me dijo cariñosa.
Las empanadillas estaban espectaculares. Comí tres de carne y dos de espinacas, quedé más que satisfecho y de buen humor. Hablamos, abrimos el vino, me sentí relajado, como en casa.
Alicia, las empanadillas son una maravilla dije, recostándome en la silla. Esta tarde vienen mis nietos, que mi hija los trae de fin de semana. ¿Me podrías poner unas pocas para llevar? Que las prueben, ellos siempre comen de las congeladas porque mi hija no cocina nada.
Y entonces pasó lo inesperado.
Alicia cambió de repente. Un segundo antes sonreía y era tierna y acogedora, y en un parpadeo bajó la guardia: la sonrisa se esfumó, la mirada se endureció, su cuerpo se tensó.
Ay, Jorge empezó, en tono apenado pero tajante. Me gustaría, pero no puedo darte muchas. Esta noche viene Iñigo, y las he hecho prácticamente para él.
Se levantó, fue al bol, dentro del cual, lo juro, debían de quedar como treinta empanadillas, revolvió un poco y sacó una bolsa transparente. Metió dentro tres. Dos de espinacas y una de carne.
Toma me tendió el paquetito casi con ceremonia. Para que tus nietos las prueben, pero tengo que guardar para Iñigo o se queda sin cena.
Miré aquellas tres empanadillas en la bolsa y sentí cómo me ardía la cara de pura rabia. El bol seguía a rebosar. Yo acababa de traerle vino, frutas y salmón. Jamás le había escatimado nada. Y sin embargo ella escatimaba ahora, para los míos, unas simples empanadillas.
Alicia, pero ahí queda más de sobra dije, tratando de mantener la calma aunque por dentro todo hervía. Iñigo no va a comérselas todas, dales aunque sea un par a los míos, que son dos.
Se le endureció el gesto, cubrió el bol con el paño, a modo de escudo, y zanjó:
Jorge, yo calculé los ingredientes. Le he prometido empanadillas a Iñigo. No te lo tomes a mal, pero no puedo repartir todo lo que he hecho. Ya has probado, te ha gustado, ¿no? Pues me alegro. Pero el resto es para mi nieto.
Lo llamó repartir, como si yo fuera un extraño pidiendo limosna, y no la persona con la que está construyendo una relación y que le había traído delicatesen a su casa.
¿Por qué, en su jerarquía, estoy por debajo de un niño de seis años?
A la media hora me fui de allí, con la excusa de unos recados. El paquetillo se quedó en el asiento del copiloto y ese aroma que antes era hogar ahora me resultaba desagradable, fingido. Me pasé el camino dándole vueltas, tratando de entender en qué piensa Alicia. Saqué dos conclusiones nada esperanzadoras.
Siempre pensé que en una relación sana los adultos van primero. Nosotros somos la pareja, el centro. Los hijos y nietos, por supuesto, importan mucho, pero después. Para Alicia, su universo gira en torno a Iñigo: él es el eje, la prioridad absoluta. ¿Y yo, entonces? ¿Soy el patrocinador, el que paga el café y el cine y las palomitas para llevar?
Cuando pago la tarta para su nieto, es lo normal, porque somos familia, aunque después de un año de relación ¿qué tipo de familia somos? Pero si pido unas empanadillas para mis nietos, es no puedo ir repartiendo. Es todo de una sola dirección. Su nieto recibe lo mejor, a los míos apenas tres empanadillas. Y ni siquiera cayó en lo humillante de darme un paquetito minúsculo escondiendo el bol.
Al llegar a casa, mis nietos ya estaban. Mi hija, cansada después del trabajo, ponía orden en las bolsas.
¡Papá, huele a empanadillas esto! dijo.
Saqué el paquete mientras sentía vergüenza.
Son de la tía Alicia dije, evitando mirarla a los ojos. Probadlas.
Desaparecieron en un momento. Estaban buenísimas.
¿No hay más, abuelo? preguntó mi nieta, chupándose los dedos.
No, cariño, ya no hay contesté y salí al balcón a fumar.
Me quedé fuera, viendo las luces de Madrid encenderse y preguntándome: ¿Para qué sigo con esto? ¿Para qué estar con una mujer que, cuando se trata de su nieto, mi dinero es común, pero sus empanadillas son sagradas? No es la comida, que la puedo encargar de cualquier restaurante, es el gesto.
Ni se dio cuenta de que me dolió. Me llamó por la tarde, toda contenta: Ha venido Iñigo, ha cenado genial, está viendo los dibujos tan feliz. Yo escuchaba en silencio. Quise decirle: A los míos también les habrían hecho ilusión, pero se quedaron con ganas. Pero no lo dije.
¿Os habéis encontrado alguna vez con este doble rasero? ¿Dónde todo lo mejor es para su lado y de ti solo esperan aportaciones? ¿Debería sacar el tema? ¿O esto es esa famosa tacañería de madre, y soy yo el que se ahoga en un vaso de agua?






