Papelillos de Caramelos

¡Vaya elemento que estás hecho, Egorín! ¡Te habría dado una buena azotaina, como a un chiquillo travieso, pero ya no es tiempo ni hay quien lo haga! ¡Has llegado a estos años y sigues sin aprender nada!

La abuela Sima escupe a los pies de su vecino y, apoyándose en su pierna dolorida, emite un suspiro resignado y se marcha a lo suyo. Ella ya ha cumplido con decirle lo que piensa, ahora que sea su conciencia quien le indique cómo debe vivir. La gente no consiguió meterle sentido común, así que quizá el destino lo arregle.

¡Vaya idea, oye! ¡Ingresar a tu propia madre en una residencia! ¿Dónde se ha visto cosa igual? Sí, ahora doña Claudia está postrada, pero ¿es que es tu madre o solo una pariente lejana? ¡Es para no creérselo! Si ella, Sima, tuviera fuerzas, ni se lo pensaba: se llevaba a su amiga a casa. Pero así

Qué pena le da Tania. La chica es buena, sí, pero tampoco es un animal de carga para llevarlo todo sola. Ya se quedó en el pueblo, renunciando a la universidad cuando su madre enfermó. Al principio se fue, sí, pero regresó pronto; no pudo dejar solas a su madre y a la abuela. Ayudaba entendiéndolo todo perfectamente, sabiendo que Sima no podía encargarse sola de su hija. Bastante tenía con reorganizarse ella misma. Desde que se rompió la pierna hace dos años, todo va peor. Antes ya se arrastraba por la casa, pero ahora está peor aún.

La hija menor le propuso llevar a Sima con ella, a la ciudad, pero tuvo que negarse. ¿A dónde iba a ir? Allí el piso es minúsculo, a duras penas caben todos. El yerno es un buen hombre, pero un tanto conformista. Trabaja mucho, pero no progresa. Tienen dos hijos y es difícil sacarlos adelante. Y Sima ya no es ayuda para nada. Antes mantenía la huerta, ayudaba a los hijos, pero ahora… Un despojo. Tania se enfadaba cada vez que la oía decir eso, pero Sima no veía por qué enfadarse: era la verdad. Salud nunca tuvo y la poca fuerza se le está esfumando día tras día. Por la mañana, hasta levantarse de la cama cuesta. Abre los ojos, se queda tumbada, teje pensamientos y, con esfuerzo, se recoge toda, como una brasa barrida hacia el recogedor. ¡Venga, en pie! ¡A moverse!

Menos mal que Tania, su nieta, es ágil como una gacela. Antes de que Sima logre desperezarse, ya lo ha hecho todo en casa: cuida a su madre, limpia y sale pitando al trabajo. ¡Rápida! Siempre fue así, desde que era una niña.

Sima tuvo tarde a su hija mayor, la madre de Tania. Ni soñaba con ser madre a esas alturas. No lo esperaba.

Su primer marido nunca le perdonó no haberle dado un hijo. Se marchó. Sima sufrió, pero tampoco demasiado. Veía que nunca la había amado de verdad. Ella se consumía, él no tanto.

De joven, Sima era guapísima. Como la misa del alba. En todo el valle no había rival para ella. Los chicos iban detrás de ella desde la secundaria, pero Sima se mantenía recta. Esperaba al amor verdadero, creía que aparecería de un momento a otro. Pero no llegaba. El tiempo pasaba y Sima dejó incluso de buscar, bajando la cabeza bajo las críticas de su madre.

¿A qué esperas? Que te vas a quedar para vestir santos.

Pero eso de casarse sin estar enamorada…

Entonces llegó del servicio militar un chico del pueblo de al lado. Sima ni le conocía. Vivía con sus padres en otra provincia y al regresar del ejército fue a parar con los abuelos. Nadie sabía la verdadera razón. Y Sima tampoco preguntó.

Y en cuanto vio a su Alejandro por primera vez se perdió por él.

Y él tampoco esperó mucho. La vio y enseguida mandó a sus padrinos a pedir su mano. La madre de Sima, feliz. ¡Ya era hora! ¡A la moza ya le había pasado el arroz!

La boda fue una fiesta por todo lo alto. Sima no cabía en sí de alegría. No se dio cuenta, al principio, de los murmullos en la mesa. Solo cuando su suegra se acercó y le cogió la mano, sospechó algo raro.

A la mujer de luto la vio enseguida, apenas salió al patio. Y cuando la suegra la empujó suave hacia el carrito junto a la mujer, sintió el aire cortársele. No era necesario explicarle nada. Todo estaba claro.

Alejandro le confesó después que, antes de irse a la mili, había dejado a una novia, pero no se creyó que el hijo fuese suyo; la familia insistía en que los plazos no cuadraban. Al final, la madre de Alejandro fue a ver a la exnovia llevada por la presión de las vecinas. Encontró a un niño dormido en la cuna. Igualito. Pero ya estaban desposados con otra…

La joven que tuvo el hijo de Alejandro se negó en redondo a vivir con él: no perdonaba la traición. Y ni supo que su madre había ido a la boda del ex con el niño. Le dijo que iba a ver a la tía, a enseñar al nieto.

¿Para qué? preguntó Sima, tocando el carrito, mirando a la mujer de labios doloridos.

Para que sepas con quién te has casado.

Sima nunca entendió para qué le servía ese dato. Ella amaba a su marido. Lo que pasó antes de ella santos no hay en la Tierra. Todos nos equivocamos.

Nunca le prohibió ver a su hijo. Pero Alejandro tampoco mostró interés. Muy pronto, Sima se dio cuenta de que Alejandro solo sabía quererse a sí mismo. Los demás eran decoración, un marco de cuadro.

¿De qué podía acusarle? Era buen cabeza de familia, la casa rebosaba abundancia. Pero la felicidad no estaba.

Mientras soñaba con que llegarían los hijos, Sima se animaba pensando que todo se arreglaría. El tiempo aclara las cosas.

Hasta que un día él, como al descuido, le espetó que no era auténtica mujer, porque no podía darle hijos. Sima entonces comprendió que su vida era una senda inútil. Da igual avanzar o quedarse parado: nada cambiaría.

La separación fue rápida y silenciosa, la mayoría del pueblo ni se enteró de que ya no existía la familia de los Castaños. Solo quedó ella.

Alejandro se fue casi enseguida, después de firmar los papeles. Dejó la casa a Sima y antes de marcharse pidió disculpas.

No guardes rencor. Los dos fallamos, pero me correspondía a mí tomar la decisión.

Sima nunca terminó de perdonarlo, pero sintió algo de alivio. ¿Qué le vas a hacer, si así lo quiso el destino? A belleza le tocó cacho, pero con la felicidad no hubo suerte.

Vivió sola dos años. Trabajaba, paseaba por el pueblo con la cabeza en alto, tratando de ignorar los chismes. Ya no eran otros tiempos. ¡Que el marido la dejó! ¿Y qué?

Pero el corazón dolía: quería llegar a casa y oír una voz viva

Con Nicolás no fue todo de golpe. Le observó mucho tiempo. Ya no eran unos niños. Además, él era forastero. ¿Quién sabía lo que escondía su corazón? Vivía solo, no visitaba a nadie ni recibía visitas. Arregló la antigua casa de sus abuelos y sacó adelante una pequeña granja. Siempre echaba una mano, nunca pedía ayuda.

Era tranquilo, educado. Empezó a cortejarla.

Sima casi olvidaba cómo era aquello. La verdad, nunca lo supo bien. Alejandro le llevó un ramo de margaritas una vez y el resto lo consideraba superfluo. Mientras ella estaba enamorada, no se lo preguntó. Después ya eran otros tiempos.

Nicolás era atento. No hacía grandes regalos, pero jamás venía con las manos vacías y siempre arreglaba algo. Sima pensó: peor que hasta ahora no va a ser, y del silencio ya estaba harta. Así que mejor pasar juntos la vejez.

No esperaba nada del nuevo matrimonio. Y la vida, traviesa, le dio un giro de alegría.

Con su primera hija, Sima ni sospechaba que estaba embarazada hasta pasados cinco meses. Nunca tuvo ciclos regulares. Y no notaba nada, ni náuseas ni síntomas.

Claudia, la vecina, lo adivinó antes que nadie.

¡Pero si estás embarazada, Sima! exclamó un día, viendo cómo Sima se tambaleaba cegada por el sol.

¡Tonterías! Si soy estéril

Mi abuela siempre decía que la culpa no es solo de las mujeres. Incluso los médicos lo afirman. A veces, es culpa de ambos. Quizá con Alejandro no era el momento. ¿Quién sabe, Sima? Deberías irte a la ciudad y hacerte revisiones. ¡Igual al final tienes suerte!

De vuelta de la ciudad, Sima era otra. Caminaba por el pueblo y la gente se la quedaba mirando. ¡Irradiaba luz! Como un sol, sonriendo, dejando claro que todo va bien y irá mejor.

Tuvo una hija, luego otra. Sima enderezó la espalda y levantó la cabeza. Ya no tenía motivos para avergonzarse. Era madre.

Quiso a sus hijas con locura. Siempre limpias, bien peinadas, con lazos y vestidos bonitos, aunque jugasen, se subieran a los árboles o se mojaran en el río. Si rompían algo, les enseñaba a zurcir. Todo lo que no sabían, ella lo enseñaba.

Cuando la hija menor se casó y se mudó a la ciudad, Nicolás fue a visitarla y no regresó. Falleció en un accidente de tráfico.

Sima se sumió en la tristeza más absoluta. Sin hijas, le habría seguido a la tumba. Pero resistió. Un año después, la mayor le regaló una nieta: Tania. A Sima la vida le volvió, todo floreció y reverdeció de golpe.

Vivía para sus nietos. Los de la hija menor estaban lejos, solo venían en vacaciones y fiestas señaladas. Pero Tania estaba cerca, siempre con ella.

Tania creció igual que la abuela Sima: guapa, con porte, aunque de carácter más duro. Tozuda como ella sola. Cuando decidía algo, nadie la detenía.

Mientras eran estudios, Sima estaba feliz. Pero al llegar a la adolescencia, Sima empezó a preocuparse: Tania se enamoró perdidamente, ni más ni menos que de un vecino, Javier. Él le sacaba cinco años y ya era hombre hecho y derecho, y Tania acababa de cumplir dieciséis. No tenía cabeza para entender lo que sentía. Insistía en que estaba enamorada, y nada más.

A Javier no le interesaba nada Tania. Solo era su vecina, una niña. Él ya tenía su propio amor.

Lucía, en quien él fijó sus ojos, era la chica más llamativa del pueblo. No especialmente guapa, pero sí sabía cómo lucirse y vestía mejor que nadie. Su padre la mimaba, su única alegría.

Pero a Lucía aquello se le subió a la cabeza. Era orgullosa e insoportable si todo el mundo no estaba a sus pies.

Al principio, a Javier ni le hacía caso; luego empezó a fijarse en él. Sucedió algo extraño.

Lucía tenía un novio de otro pueblo. Mimado por igual. Se divertían juntos, salían a bailes. Un día se fueron en moto a otro pueblo y no aparecieron por la noche. Nadie supo nunca lo que pasó, pero Lucía regresó de madrugada, magullada y con el vestido hecho jirones.

Nadie lo supo, salvo Sima. Aquella noche no lograba dormir, así que fue al huerto antes del amanecer, y le vio regresar por la orilla, sin ni mirarla, directamente por las camas de los tomates, como si Sima fuera invisible.

Una semana después, el pueblo retumbaba con la noticia: ¡bodorrio de Lucía! Y con rapidez.

Javier, por supuesto, en una nube; pero Claudia, su madre, no estaba contenta.

Sima, aquí hay gato encerrado. Pero, ¿cómo decírselo? No escuchará. Yo qué voy a hacer. Si Lucía hizo lo que hizo, no fue por alegría. No soy quien para juzgar. Pero por Javier me duele. La quiere de veras y no duerme de noche.

Sima asentía, callando. Nadie sabía que había visto regresar a Lucía. Y no estaba para cotilleos. En casa tenía su propio drama: Tania estaba desolada. Todo el día llorando frente a la ventana, mirando la casa vecina. O en la cama, de espaldas, sollozando en silencio, como quien vela a un difunto.

Sima trataba de convencerla de irse a la ciudad, con su tía. La única esperanza: que allí estudiara y encontrara otro rumbo. Sabía que, aunque contara la verdad sobre Lucía, no cambiaría nada: Javier estaba enamorado.

Tania no daba el brazo a torcer. Su padre ya no vivía, y nadie tenía verdadera autoridad sobre ella.

¿Qué esperaba? Nadie lo sabía.

Esperó hasta el día de la boda y acudió con Sima y su madre. Por primera vez en mucho tiempo, tenía los ojos secos. Se apartó, sin sentarse ni responder a las amigas. Después, se marchó a casa.

Su madre notó su ausencia y salió corriendo, asustada de lo que pudiera pasarle a la niña.

Pero Tania la sorprendió. Hizo la maleta, abrazó a su madre y a la abuela Sima y se fue a la ciudad. Lágrimas después, la despidieron dándole la bendición y diciendo que la esperarían.

El tiempo todo lo cura.

Quizá el tiempo también habría curado a Tania, pero no tuvo oportunidad. Pronto su madre fue ingresada en el hospital, ya no volvió a andar.

Tania volvió con su maleta. No había opción. Sima estaba sola y, en esas condiciones, no podía cuidar de una enferma.

Solo le aterraba la idea de que Javier y su mujer siguieran viviendo al lado, pero el destino fue piadoso: desaparecieron del pueblo recién casados.

Tania organizó la casa, ordenó todo y buscó trabajo en la cooperativa agraria. ¿Dónde más? Sin título universitario, nadie la iba a contratar en otra cosa. En el pueblo, trabajo hay poco; a la granja, entonces.

Tania nunca fue floja. Le gustaban los animales. Sabiendo que no podría vivir con el simple salario, montó un pequeño corral. ¿Qué remedio?

Así vivían, Tania ayudando en todo a Claudia, que, tras la muerte de su marido, casi perdió la razón. Su hijo estaba lejos, mandaba algo de dinero y pocas cartas. Sabía poco de él, solo que Lucía tenía dos hijos: un niño y una niña. Pero Claudia nunca llegó a verlos. O bien Lucía no quiso volver al pueblo, o Javier no podía. Viajaba mucho como camionero, siempre de ruta, su madre leía entre líneas su sufrimiento. Nunca se quejaba, pero Claudia se preocupaba igualmente.

Por lo que fuera, Claudia acabó en cama. Tania le consiguió ingreso en el hospital provincial, la visitaba y lloraba en el viaje de vuelta; los médicos no daban esperanzas.

Sima avisó a Javier con una carta al enterarse de la hospitalización, pero él no apareció ni dio señales. Volvió a escribirle, después le dijo a Tania:

Debe haber renegado de su madre. Cría cuervos y te sacarán los ojos ¡Y yo que pensé que era buen chaval!

Abuela, espera. Tú siempre me enseñaste a no juzgar sin pruebas, y aunque las haya, no hay que empaparse de odio. Que él decida sobre su conciencia. Ya está.

No sé, querida. Nunca pensé que dejaría así a su madre. Siempre fue bueno y cariñoso con ella ¿Dónde se pierde todo eso?

¿Por qué le llamas elemento?

Eso es de cuando era niño. Mira, por eso jamás creí posible que tu vecino acabara así.

Cuéntame, abuela

No tiene ciencia. Era un crío, siete u ocho años. Por entonces los niños coleccionaban envoltorios de caramelos; eran tesoros. No se veían caramelos casi nunca, las cosas eran duras, y solo en fiestas se podían comprar algunos, aunque fueran baratos. Los buenos, de chocolate, casi nunca. Si había que elegir entre caramelos o unos zapatos nuevos, ya sabes qué pesaba más. Total, que los envoltorios valían oro. Quien coleccionaba los guardaba con esmero; si los cambiaba, era por algo importante. Pues bien, Claudia tenía un par de gallinas, pero no unas cualquiera, ¡unas blancas, con cresta de plumas, preciosas! No se sabe dónde las consiguió su marido. Claudia era feliz con ellas. Pero un día pasó lo inevitable. El mejor amigo de Javier tenía un perro revoltoso, metido en mil travesuras. Su padre lo trajo de la ciudad, dicen que era de caza, pero bueno El perro, imposible llevarlo por el pueblo, atacaba a cualquier bicho. Javier un día invitó a ese amigo y claro, el perro mató a las dos gallinas de Claudia.

¡No puede ser, abuela!

Como lo oyes. ¡Cómo lloró Claudia! No riñó a su hijo, pero no habló con nadie en dos días. ¿Sabes qué hizo Javier?

¿Qué?

Le dio todos sus envoltorios a un amigo que iba mucho a la ciudad, le pidió que le llevara, vació su hucha de las pesetas que guardaba para una bici nueva, y trajo una igual para su madre.

¡Qué corazón!

Eso creía Claudia, no porque hubiera gallinas otra vez, sino porque su hijo demostró ser buena persona. ¿Y ahora? ¿Qué nos pasa? Sima se lamentaba, pero no dejó que la nieta protestara.

¿Qué clase de hijo abandona a su madre enferma?

Pero una semana después, Sima se quedó sin palabras cuando trajeron a Claudia del hospital. Tania, con ayuda del ATS, la había traído en ambulancia del hospital, ya no se podía esperar más y no podía llevarla a otro sitio sin algún permiso de la familia.

Javier llegó de improviso. Por entonces, Tania se las apañaba para cuidar tanto de su madre como de Claudia. Primero resolvía en casa, luego iba a la de Claudia. Sima protestaba porque Tania acababa extenuada, pero, ¿cómo dejar a una persona sola? Además, era la madre de Javier.

Tania estaba fregando el suelo de la casa de Claudia cuando la puerta se abrió, y un niño corrió por el piso recién limpiado, dejando huellas de barro, se plantó ante ella y le preguntó:

¿Eres mi mamá?

La sencillez del niño dejó a Tania paralizada.

Vecina Javier sosteniendo a su hija por el hombro saludó a Tania. Perdona que haya tardado tanto en venir. Me siento fatal. Max estuvo ingresado y no pude dejarle solo; y Milagros, claro, tampoco.

¿Y Lucía? le salió a Tania sin querer, arrepintiéndose enseguida.

¿A ella qué le importaba?

Ya no está. Nos dejó. Se fue con otro. Ahora estoy solo.

¿Solo? ¿Y los niños?

Pues eso, que no estoy tan solo. ¿Ves? sonríe a su hija.

Claro Tania, de repente, se siente ligera al mirarle. Ya no es el chavalote que le tiraba de las trenzas por encima de la valla. Ella tampoco es la muchacha tímida. Han cambiado. No sabe si más listos pero sí distintos.

Un par de días después, Claudia dice a Sima, que acude a visitarla, que quiere pedir a su hijo que la lleve a una residencia.

Sima se exalta tanto que no puede ni oírlo. Saca fuerzas de flaqueza, sale al porche y, llamando a Javier, le escupe a los pies y se va. Ni le mira ni deja que Tania le hable.

No hay que justificarle. Ya no es un niño. ¿Cómo va a querer llevar a su madre? y rompe a llorar.

Tania, en bata y zapatillas, sale disparada al patio del vecino.

¡Javier! ¡Javier! ¿Dónde estás? grita. Despeinada, furiosa y hermosa como la primavera, le mira en el umbral. ¿Pero qué idea es esa? ¡A tía Claudia no te la llevas! ¡Ni lo sueñes! ¡Vete donde quieras! Aquí nos apañamos solas; por una o por dos, me da igual. ¡Metemos otra cama y todo arreglado! ¡Y yo que!

De pronto, para al oír reír a Claudia y le sonrisa a Javier.

¡Qué carácter! ¡Relájate, Tania! dice Claudia. No era él quien quería, era yo. Le dije a Sima que no quiero ser carga para mi hijo y la abuela ni me dejó terminar.

Me quedo aquí, Tania. ¿Dónde voy a ir sin mi madre?

¿Sí? duda Tania, viendo la maleta. ¿Y eso?

Tengo que ir a casa, arreglar las cosas del trabajo, recoger mi finiquito, traer mis cosas. No sé cuánto tardaré, pero he hablado con el enfermero y vendrá de vez en cuando a ver a mamá.

Y aquí Tania saca pecho:

Se coloca enfrente de Javier, en los ojos, y le dice:

¡Nada de mover a los niños arriba y abajo! Se quedan aquí. Los cuido yo. Y te espero, lo entiendes, ¿no?

Entiendo Javier la mira como si la viera por primera vez. ¿Cómo pude no darme cuenta antes?

Póntelas, las gafas, en la ciudad. No vayas a perderte más cosas importantes Tania toma en brazos a la niña. ¿Vamos a ver a abuela Sima? Está preparando empanadillas. ¿Os gustan? ¡Genial!

Unos años después, Javier sacará a Claudia y a su suegra al porche:

Venga, mamis, poquito a poco. Mirad qué mecedoras os he traído de Madrid.

¿Queréis estar sentadas o tumbadas? ¡Aquí al aire libre, qué gozada!

Con cuidado, acompaña a Claudia al tumbona, escucha y dice:

¡Ya se han despertado los peques! Pero Tania aún no ha llegado. Voy a ver qué pasa.

¿Vendrá pronto, Tania?

Tiene hoy el último examen. Ha dicho que lo terminará entre las cinco primeras. Así que estará enseguida aquí.

El coche frenará en la cancela, y los niños, que ayudan a la abuela Sima cogiendo cerezas para la mermelada, saltarán del árbol:

¡Mamá! ¡Ha llegado mamá!

Y Tania, tan distinta ya de la chiquilla tímida que un día se sonrojaba ante Javier, abrirá los brazos, abrazará a sus revoltosos y le guiñará el ojo a su marido:

¡Cinco!

¡No lo dudaba! responde Javier, entrando en casa.

Los gemelos, muy sensatos y todo, no aguantan sin verla. Eso se lo han heredado a Javier.

¡Vaya elementos están hechos!

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