El plazo de prescripción aún no ha expirado

Prescripción no caducada

Señora, ¿es que no entiende usted quién soy?

María Dolores Fernández no levantó la vista de inmediato. Terminó de anotar cuidadosamente en el cuaderno, puso el punto al final de la frase y recién entonces miró a la mujer que tenía delante, al otro lado del mostrador.

La mujer era joven, unos treinta y cinco, no más. El pelo rubio, peinado como recién salida de la peluquería (quizás lo estaba, porque el perfume tenía un aroma tan potente que a María Dolores casi le hacían cosquillas en la nariz). Llevaba un abrigo beige de cachemir, se notaba incluso desde lejos; el bolso del codo costaría, seguramente, más que el salario de María Dolores en medio año.

Le escucho, dijo María Dolores serenamente.

Entonces, ¿por qué no me abre la puerta? Llevo esperando tres minutos.

No tiene acreditación replicó ella. Ya le expliqué a su chófer cuando llamó antes. Las acreditaciones hay que pedirlas con antelación.

¡Mi marido alquila medio octavo piso aquí! La voz de la mujer subió medio tono. La empresa Delicias Ibéricas S.A.. ¿Sabe de qué le hablo?

Sí, lo sé asintió María Dolores. Pero no hay acreditación a su nombre. Llame a su marido, que baje o que nos llame, y lo solucionamos en un momento.

No pienso llamar a nadie. Soy la esposa del arrendatario y está obligada a dejarme pasar.

María Dolores entrecerró los ojos, la miraba como quien contempla algo cotidiano y levemente molesto.

Las normas son iguales para todos respondió con calma.

La mujer se acercó más al mostrador y susurró, despacio pero bien claro:

Mire, abuela, usted se sienta aquí, cobra cuatro cuartos y se cree con derecho a darme órdenes. ¿A mí? Llame a quien haga falta y abra ese torno, o le aseguro que no volverá a sentarse en esta cabina.

María Dolores se tomó un segundo de silencio.

De acuerdo respondió. Alargó la mano y cogió el teléfono.

La mujer cuadró los hombros, satisfecha.

María Dolores marcó, esperó y dijo en voz baja:

Don Antonio Gómez, soy el control uno. Tenemos aquí a una señora sin acreditación, dice ser la esposa de Don Alfonso García, de la octava planta. Sí, espero su respuesta.

Colgó y volvió a su libreta.

¿Falta mucho? preguntó la mujer.

En cuanto respondan.

La mujer bufó, se puso a manejar el móvil, demostrando al mundo lo ofendida que estaba por esa espera tan tremendamente intolerable. Pasaron apenas dos minutos. Desde los ascensores llegaron pasos; apareció un hombre alto, traje caro, cara ligeramente angustiada.

Eva dijo quedo ¿qué pasa?

Que tu portera no me deja pasar.

Es el procedimiento habitual, ya te lo dije… había que haberlo avisado ayer…

No pienso avisar de mi visita para ver a mi propio marido, Alfonso, de verdad.

El hombre miró a María Dolores. María Dolores le sostuvo la mirada.

Buenas saludó él. Es mi esposa, Eva Martínez. ¿Podemos hacerle un pase temporal?

Por supuesto asintió María Dolores y buscó el formulario.

Mientras anotaba los datos, la susodicha Eva hablaba por teléfono a un lado del vestíbulo. Justo antes de pasar el torno, se giró y soltó para quien quisiera oírlo:

Menuda locura.

El marido la siguió sin mirar a María Dolores.

Ella los despidió con la mirada, cerró la libreta y se sirvió un té del termo. Ya estaba tibio.

Estuvo pensando. No en Eva Martínez, en absoluto. Pensaba en que el apellido García no había salido en ese edificio por casualidad, y que quizá debería haberse adelantado.

Alfonso García.

María Dolores cerró los ojos un instante.

Veintidós años, casi nada. La gente cambia, envejece, monta familias y alquila medio edificio. Pero algunas cosas no cambian. Eso lo sabía bien.

El Centro Empresarial Horizonte llevaba ocho años en la Avenida de los Constructores. Cristal gris, escaleras de granito, parking vigilado, la cafetería del primer piso donde un bocadillo costaba dieciséis euros. Todo en su sitio. Había veinticuatro arrendatarios: desde bufetes jurídicos modestos a importadoras enormes. Delicias Ibéricas S.A. ocupaba casi todo el octavo y pagaba religiosamente. Eran clientes estupendos.

María Dolores estaba al tanto; leía todos los contratos, actas y acuerdos. Por costumbre.

En seguridad solo llevaba siete meses.

Los compañeros eran majos, algo condescendientes, como quien trata a la abuela que viene a trabajar para no aburrirse en la jubilación. Le ayudaban con el ordenador, le traían empanadillas e incluso a veces le cubrían el turno sin reclamar nada. María Dolores lo agradecía siempre, sin contradecir a nadie.

El gerente, don Antonio Gómez, hombre meticuloso y algo nervioso, de cincuenta y dos años, organizaba como pocos. Tomaba decisiones acertadas, tenía a los inquilinos a raya y jamás alzaba la voz. A María Dolores le caía en gracia y seguía sus movimientos con cierta fascinación.

Nadie en Horizonte imaginaba que María Dolores era la única propietaria de la sociedad gestora dueña del edificio (y otros más, pero eso ahora no viene al caso).

Tomó la decisión de ponerse en el punto de vigilancia un octubre, tras charla con su hija.

Mamá, tú no sabes lo que de verdad pasa ahí abajo le dijo su hija, directora financiera en una de sus empresas, que tenía la costumbre de hablar claro. Estás en tu despacho todo el tiempo, leyendo números y tomando decisiones desde la distancia. ¿Pero sabes realmente cómo se comporta la gente cuando nadie mira?

María Dolores guardó silencio y preguntó:

¿Crees que no sé cómo son las personas?

Creo que hace mucho que no las ves así, de cerca.

Y tenía razón. Había que reconocerlo, como siempre reconocía María Dolores cuando veía la verdad clara.

Siete meses de control le abrieron los ojos. Vio cómo los arrendatarios hablaban con las limpiadoras. Quién saludaba al vigilante, quién lo ignoraba como si fuera perchero. Pequeñas crueldades, pequeñas gentilezas, las que forman la vida común.

Y así, Eva Martínez.

María Dolores no era mujer de actuar por impulso. Se dio una semana.

En esos siete días, Eva apareció dos veces más. Una vez volvió sin avisar, y se peleó con el joven vigilante, Dani, porque según ella tenía passe y el torno no la dejaba pasar. Lo que pasaba, descubrimos, era que se había dejado el passe olvidado en casa. Dani explicaba con educación; Eva, elevaba la voz. Al final bajó el marido a arreglar la situación. María Dolores vio todo desde el control de al lado, como si estudiara las cámaras.

La segunda vez, Eva llegó un viernes cuando la señora Milagros fregaba el suelo junto al ascensor. Eva cruzó sobre el suelo mojado, Milagros le pidió que esperara un momento. Eva se dio la vuelta y dijo algo bajito, pero el gesto en la cara de Milagros lo dijo todo.

Milagros llevaba seis años limpiando en Horizonte. Tenía sesenta y tres, criaba nietos y nunca se quejaba.

María Dolores acabó su semana de observaciones el domingo, en casa, con un té y una carpeta fina de documentos.

Después llamó a Antonio Gómez.

Buenas tardes, Antonio dijo. Disculpa la molestia. ¿Te puedes pasar mañana una hora antes?

¿María Dolores? se extrañó él, y se notaba. Claro, ¿algún problema?

Ninguno. Solo hablar un poco.

A las ocho estoy allí.

No durmió mal aquella noche. Nada de eso. Solo estuvo un rato mirando al techo antes de cerrar los ojos, pensando que veintidós años era mucho, pero que hay cuentas que no prescriben. A nivel legal tal vez, pero no a nivel humano.

A las ocho de la mañana iba hacia el despacho de dirección.

El gerente la miraba algo confundido. Se notaba que esperaba que hubiese venido a pedir cambio de turno o dejar alguna queja nimia. Estaba preparado para cualquier cosa, menos para lo que oyó.

Ella le puso la carpeta delante.

¿Qué es esto? preguntó.

Mírelo.

Abrió la carpeta. Lo primero, un poder notarial; luego, una nota registral; luego varios documentos internos, todos con la firma de María Dolores.

Él leía despacio. Levantó la vista, la miró y volvió a mirar los papeles.

María Dolores… ¿Esto es… usted?

Yo.

¿Todo este tiempo usted… en el puesto de vigilancia?

Sí.

Una pausa. Y al fin:

¿Puedo preguntarle por qué?

Puedes. Quería ver con mis propios ojos cómo es el día a día. No por informes, personalmente.

El gerente asintió, pasmado, pero sin sentir ofensa. Eso lo valoró María Dolores. Percibía admiración, algo de desconcierto, pero ni pizca de enfado.

¿Está satisfecha con lo que ha visto?

En general, sí asintió ella. Su equipo funciona bien, usted también. Pero necesito su ayuda.

Lo que necesite.

Delicias Ibéricas S.A., octavo piso. Quiero rescindir el contrato de alquiler.

La mirada del gerente fue de la carpeta a ella.

Tienen el contrato hasta marzo próximo. No han incumplido nada. Será un buen pleito…

Antonio lo interrumpió con calma, sé cómo funciona esto. Prepara notificación de no renovar y una propuesta de rescisión anticipada con compensación. Que la oferta sea generosa. Pero tienen que irse.

El gerente la miró dejando sitio al asombro. Al fin asintió.

Lo haré. ¿Plazo?

Una semana para notificar, tres meses para desalojar. Tiempo de sobra.

¿Motivos?

Diga que es una decisión estratégica de la propiedad para reestructurar los espacios. Y es cierto. Estoy pensando en habilitar allí salas de reuniones.

El gerente se puso en pie, se dieron la mano; en la puerta, se giró.

¿Va a seguir en el puesto?

María Dolores meditó.

Un poco más. Hasta terminar lo pendiente.

Alfonso García recibió el aviso el miércoles. El jueves, María Dolores lo vio salir del ascensor con cara de azotado, teléfono pegado a la oreja, rumbo al parking. El viernes pasó una hora entera en el despacho del gerente.

Él le hizo el resumen.

Exige explicaciones. Dice que siempre ha pagado, que tiene clientes, socios, que no puede mudarse en tres meses. Ofrece pagar un veinte por ciento más.

No zanjó María Dolores.

Eso he respondido.

Bien. Gracias, Antonio.

Pensó que eso era todo. Que Alfonso buscaría otra oficina, se iría molesto pero no hundido. Su empresa era fuerte, sabía buscarse la vida.

Pero el siguiente martes vino a verla.

A ella, no al gerente.

María Dolores lo vio venir de lejos. No caminaba como suelen caminar los empresarios en su hábitat; se acercaba como quien toma una decisión a regañadientes.

Señora María Dolores saludó.

Ella alzó la mirada.

Hola, Alfonso.

Él vaciló. Algo en la serenidad de ella le inquietaba.

¿Podemos hablar?

Hable.

Miró alrededor. Solo un par de personas en la cafetería.

Sé quién es usted susurró.

Lo ha deducido.

Me lo han dicho. No importa quién. Yo quería explicarle algo.

¿El qué, exactamente?

Lo de entonces. En el año noventa y nueve.

María Dolores dejó el bolígrafo.

Año noventa y nueve. Ella, con cuarenta y tres. Su marido, Ricardo, aún vivo. Recién empezaban a levantar lo que acabaría siendo su conglomerado. Un pequeño almacén, deudas, esperanzas. Y un socio joven y prometedor, en quien confiaban.

Alfonso García tenía entonces veintisiete años, buenos modales y una cabeza brillante. Llevaba año y medio trabajando con ellos. Habían sido como familia, Ricardo lo acogió como un hijo.

Luego Alfonso se marchó. Se fue llevándose la cartera de clientes (la había copiado disimuladamente) y un contrato que logró transferir a su nombre mientras Ricardo guardaba cama tras un infarto. No fue mortal aquel infarto. El segundo, tres años después, sí.

María Dolores nunca culpó enteramente a Alfonso del segundo infarto. Sería injusto. Ricardo siempre fue delicado de corazón. Pero recordaba bien cuando salió del hospital, supo lo del desfalco y, pálido, mirando a la pared, dijo: No lo entiendo, Dolores. Si lo traté casi como a un hijo.

Eso nunca se olvida.

Hable, le dijo a Alfonso.

Él empezó el discurso. Tenía ensayado el tono: que era joven, que cometió un error, que lo lamentaba, que nunca lo ha olvidado. Titubeó antes de decir:

Aún tengo algo suyo, de su familia.

Ella lo miró en silencio.

Don Ricardo me dejó algo, quizá recuerde. Un objeto familiar. El reloj.

El reloj, sí. De bolsillo, antiguo, del abuelo de Ricardo. Lo llevó en la guerra y fue lo único que trajo de vuelta. Ricardo lo valoraba, se lo prestó a Alfonso para mostrárselo a un relojero; luego vino el hospital, el enfado y el reloj se perdió por el camino.

Quiero devolvérselo dijo Alfonso. Y le pido que reconsidere lo del alquiler.

Así que por aquí iban los tiros.

María Dolores lo miraba: el traje caro, las manos juntas, ya con canas. Su vida le había ido bien: mujer con abrigo de cachemir, gran oficina, buen coche en el subterráneo.

Se preguntó si sentía vergüenza de verdad.

Y la respuesta era: no lo sabía. Seguramente, ni él mismo lo sabía. Tal vez un poco de remordimiento, pero también miedo de perder la oficina. Así es el ser humano; ni uno mismo entiende a veces qué pesa más.

Que traiga el reloj dijo por fin.

Él suspiró, aliviado.

Cuando a usted le venga bien…

Tráigalo, déjelo en el control. Yo lo recojo.

Y sobre la oficina…

Decisión tomada.

Él la miró, sin argumentos.

¿Se da cuenta de lo que me supone? He invertido…

Don Alfonso, lo interrumpió con pulso de acero, pero sin rencor, Ricardo también invirtió algo. En usted. ¿Se acuerda?

Él bajó la cabeza.

Tráigame el reloj dijo por tercera vez. Y no vuelva a plantearlo.

Dudó un par de segundos, se giró y se fue.

El reloj lo trajo al día siguiente, envuelto con cuidado, entregado por Dani, el joven vigilante. No subió él mismo.

María Dolores desenvainó el reloj al acabar el turno. El mismo exactamente. Un poco rayada la tapa, pero bien, intacto el mecanismo.

Lo sostuvo entre las manos bastante rato.

Después lo guardó en su bolso y se fue a casa.

Las siguientes dos semanas Delicias Ibéricas S.A. fue una mar de rumores. Al principio, los empleados no sabían nada; luego corrió la noticia y hubo cotilleos. Un par de empleados del octavo piso preguntaban a Dani, y él, sinceramente, respondía que no sabía nada seguro.

Eva volvió una semana después del encontronazo de su marido con María Dolores. Era jueves, cerca del mediodía. María Dolores estaba en el control.

Eva se acercó más despacio que de costumbre. Llevaba ahora abrigo azul oscuro y rostro menos altivo.

Hola dijo.

Hola respondió María Dolores.

Quería hablar con usted.

Pase, abro el torno.

No. Es… con usted.

María Dolores alzó la ceja.

La escucho.

Eva guardó silencio. Se notaba que no sabía pedir perdón; lo dejaba claro la forma de estar, de tener las manos, de no saber dónde mirar. Pero ahí estaba, y ya era algo.

Me comporté mal admitió por fin. Aquella vez que vine sin pase. Fui grosera. Eso… no estuvo bien.

Me llamó abuela constató María Dolores, sin emoción.

Eva miró al suelo y volvió a mirarla.

Sí. Perdóneme.

María Dolores la contempló. Una mujer criada creyendo que el dinero soluciona todo, que la categoría importa más que la esencia, que la recepcionista es un accesorio, no una persona.

Acepto sus disculpas aseguró María Dolores.

Eva asintió. Bajito preguntó:

¿No reconsiderará lo de la oficina?

No.

Ya.

Iba a marcharse cuando María Dolores dijo:

Eva. Espere.

Eva se giró.

María Dolores la escrutó, sin prisa; diez segundos, por lo menos. Eva sostuvo la mirada, incómoda pero firme.

¿Usted trabaja? preguntó.

¿Perdón?

Trabaja. ¿Algún empleo?

Pues no. Llevo la casa. Y al niño.

¿Cuántos años tiene?

Ocho. Está en tercero.

Así que tiene las mañanas libres.

Eva la miraba, desconcertada.

Tengo una vacante en el archivo. Sencilla pero importante: ordenar documentos, digitalizar papeles, algo de organizar. No se parece a lo que usted habrá hecho antes, se lo digo ya.

Pausa.

¿Me ofrece trabajo?

Le ofrezco eso.

¿Por qué?

María Dolores se tomó su tiempo.

Porque ha venido a decir esto y no se ha ido enseguida.

Eso es lo mínimo, simple educación protestó Eva, con voz un poco más segura.

Eva dijo María Dolores en tono bajo, es lo mínimo. Pero no lo hizo la primera vez, ni la segunda. Lo hace ahora, cuando ya no tiene nada que ganar. Eso cambia las cosas.

Eva no dijo nada. Tras un rato, preguntó:

¿Y el sueldo?

El mínimo oficial. Con contrato y su cotización.

Pausa prolongada.

Lo pensaré.

Muy bien. El teléfono de Antonio lo tiene; lo tramita él.

Volvió a su libreta. El asunto estaba zanjado.

En marzo, Delicias Ibéricas S.A. se fue del octavo piso. Sin estridencias, Alfonso aceptó la compensación y se buscó oficina más modesta por las afueras. Circulaba el rumor de que perdió varios clientes por la mudanza y la tensión, pero María Dolores ni supo ni comprobó nada.

Miró cómo sacaban muebles y cajas, desde el tercer piso. Dos operarios empujando carros de cartón, uno más cargando una mampara embalada en plástico. Fin de una etapa, principio de otra. Así eran las cosas.

Se quitó las gafas, las limpió con el borde de la chaqueta y se las volvió a poner.

Veintidós años, casi nada y a la vez una vida.

No sentía victoria. Quizá esperaba sentirla, pero no. Notaba otra cosa, algo que pesa y alivia, como un resorte que por fin se suelta después de años.

Ricardo murió en 2002. Tenía cincuenta y seis. Ella levantó todo sola, sin socios, sin pareja al lado. Trabajando sin descanso, sin excusas.

Nunca se quejó. Simplemente no olvidaba.

El archivo estaba en el edificio de al lado, también parte de su empresa. Un centro más humilde, sin granito, con treinta empleados discretos. Había hueco en el archivo desde hacía tiempo.

Eva llamó al gerente a los cuatro días de la conversación.

María Dolores se enteró por él.

Ya se ha apuntado, dijo Antonio, todavía perplejo pero demasiado educado para preguntar más. Empieza la semana próxima, yo lo tramito todo.

Perfecto asintió María Dolores. Gracias.

¿Seguirá usted en el puesto de control?

María Dolores miró por la ventana. Avenida de los Constructores, cielo gris, el último rastro de nieve y algún transeúnte despistado.

No, creo que ya está. He aprendido lo que quería.

Es una pena dijo Antonio, sinceramente. Los compañeros la echarán de menos.

Diles que les mando saludos. Y a Dani también, que es buen chaval.

Se lo digo.

Dejó el puesto aquel viernes, sin despedidas ni meriendas ni discursos. Dejaba en el cajón el termo, un boli bueno y un cactus chiquitito que trajo en noviembre. Pegó una nota: Al cactus, un poco de agua cada dos semanas. No necesita más.

Milagros la pilló poniéndose el abrigo, cerca del ascensor.

¿Ya se va?

Sí.

Qué lástima. Milagros dudó y añadió: Usted siempre saludaba. Cada día. Algunos, ni una vez en un año; usted, siempre. No es lo normal.

María Dolores la miró amable.

No es un mérito, Milagros. Es simplemente lo correcto.

Ya lo debería ser. Pero no lo es.

Se despidieron en la puerta.

María Dolores salió a la calle. Hacía frío, finales de marzo todavía no da tregua en Madrid. Se abotonó el abrigo y se fue hacia su coche. Nunca lo aparcaba cerca; otra costumbre, otra parte del aprendizaje.

Le gustaba caminar.

Iba pensando en Eva. En lo que vendría de todo aquello. María Dolores no se hacía ilusiones: una charla en el control no cambia a nadie; ni ordenar papeles obra milagros. La vida no va así, ni es una fábula de bondad ni castigo.

Pero Eva fue. Dijo lo que dijo. Eso ya es una semilla. De ahí puede crecer algo, o nada. Depende de la persona.

Le dio la ocasión. Sin manual de instrucciones.

El resto no es asunto suyo.

Llegó al coche. Colocó la bolsa en el asiento de al lado; dentro seguía el reloj. A veces lo sacaba y lo tenía un rato en la mano. El mecanismo funcionaba: en febrero lo llevó al relojero, quien lo limpió y le dijo que podría durar cien años más.

Buen reloj, resistente.

Se quedó unos minutos en el coche, sin arrancar. Miraba el Horizonte a través del parabrisas, la fachada de cristal reflejando las nubes.

Siete meses. Siete meses controlando entradas y salidas, teléfono, registro, termo y té. Y en siete meses aprendió más sobre la gente, su negocio y ella misma que en todos los años previos, sentada en el despacho.

Su hija tenía razón.

María Dolores arrancó el coche.

Iba camino a casa y pensaba que las decisiones correctas rara vez son limpias. Nunca son bonitas, como en los libros. Alfonso trajo el reloj porque quería salvar la oficina. Eva pidió perdón porque, por fin, su marido le había explicado quién era aquella abuela del torno. ¿Había algo auténtico bajo la maniobra? Quizá. El ser humano es una maraña de motivos, miedo y vergüenza, y nunca sabes exactamente qué mueve a quién.

Eso no los hace malos. Los hace humanos.

Ella tampoco era un ángel. Rescindió el contrato no solo porque Eva fue maleducada con Milagros. Lo hizo porque ellos se apellidaban García, y porque lo sucedido en el noventa y nueve seguía ahí, sin perdón ni olvido, por más que ella dijera lo contrario.

Perdonar es soltar. Ella soltó. La memoria queda.

Eso también es humano.

En casa hacía calor y silencio. Su hija llamó al anochecer; hablaron largo rato, de negocios, planes de verano y del nieto que pronto comenzaría el colegio.

¿Qué tal en el control? preguntó la hija al final.

Terminado. Todo lo que necesitaba hacer.

¿Y qué has aprendido?

María Dolores meditó.

Que la gente suele ser como parece. Bien o mal, según. Que la dignidad no depende ni del dinero ni del cargo. Eso ya lo sabía, pero se me había olvidado.

Mamá, hablas como un libro rió su hija.

Porque soy abuela. Nos está permitido.

Se despidieron.

María Dolores guardó el teléfono y se acercó a la ventana. La ciudad seguía su rutina vespertina: las luces encendidas en las casas, gente con bolsas del súper, pasaba un autobús. Las verdades de la vida son así de sencillas, sin relumbrón ni solemnidad. Simplemente, una tarde, una ventana y la sensación de que has hecho bien.

No lo ideal. Lo correcto.

No son lo mismo. Aprendió a diferenciarlas hace tiempo.

Eva empezó en el archivo el martes siguiente.

María Dolores se enteró por un mensaje de Antonio: “Empezó. De momento, en silencio.” Contestó: “Gracias”.

No sabía qué sería de Eva. ¿Duraría una semana antes de aburrirse de la polvareda? ¿Un mes y aprendería algo sobre sí misma? ¿Nada, pero al menos comenzaría a saludar a los de abajo?

No esperaba milagros. Dio la oportunidad. El resto, no le incumbía.

No volvió a ver a Alfonso García.

El reloj lo puso en la balda del salón, junto a la foto de Ricardo. Allí debía estar.

Así es la historia de una mujer que empezó en un almacén húmedo y pasó por todo: derrotas, victorias, traiciones y soledad, años de trabajo sin festivos, sin compasión, sin nadie al lado.

Ahora está en su ventana a los setenta años, en su piso, con una taza de té. Afuera es primavera, el nieto pronto irá al colegio, los proyectos marchan.

Eso se llama vida.

No es fábula ni parábola de venganza ni moraleja. Solo vida con sus altibajos, cuentas pendientes, con gente que hace mal y a veces lo paga, con algunos que hacen bien y les toca lo suyo, que es diferente.

María Dolores sorbió el té, se apartó de la ventana y fue a preparar la cena.

Mañana tenía reunión sobre el octavo piso. Pensaba convertirlo en salas de reuniones buenas y café decente. Es lo que hacía falta.

Mientras picaba cebolla, pensaba: las verdades se dan por obvias hasta que se observa a la gente de cerca. Hay quien vive creyendo que el personal de seguridad son muebles, las limpiadoras son aire, y quien está por debajo no existe.

El precio, tarde o temprano, llega. No siempre en un portazo, a veces como una carta de no renovación. O esa pequeña charla al lado del torno, que se te queda impregnada en la cabeza.

La cebolla le hacía llorar.

María Dolores secó la lágrima, sin dejar de picar.

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