Hace ya muchos años, cuando los campos aún olían a trigo recién segado y el canto de los gallos marcaba el ritmo de los días, Alfonso llevó a su prometida, Marisol, a vivir al pueblo. Allí, en la tranquila Castilla, le había quedado en herencia la casa de su abuela. Poco a poco, los jóvenes se acomodaron, poniendo la vida en orden y levantando su propia hacienda: un huerto pequeño, algunas gallinas, una cabra traída de la vecina Cuando ya la rutina parecía instalada, recibieron una visita inesperada.
Fue Clara, la hermana de Alfonso, quien llegó en un coche polvoriento desde Madrid, acompañada nada menos que de sus tres hijos.
Aquí vivía yo de niña, ¿te acuerdas, hermano? proclamó Clara al llegar. Venía siempre con la abuela, pero ahora he decidido descansar unos días en la playa. Supongo que os dejaré a los niños mientras tanto.
¿Y quién se va a hacer cargo de ellos? exclamó Alfonso, sorprendido. Nosotros tenemos trabajo No podemos.
Aquel momento quedó grabado en mi memoria, porque justo cuando discutían aquello, un griterío extraño se elevó en el aire. Alfonso se asomó a la ventana y lo que vio lo dejó helado.
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Alfonso se había criado entre los trigales y olivares de aquel lugar. Cuando propuso a Marisol instalarse en el pueblo o buscar una vivienda de alquiler en la ciudad, la decisión fue sencilla. En Madrid, Alfonso apenas tenía nada; compartía una pequeña habitación con su sobrino mayor en casa de su hermana Clara, la cual siempre se mostraba insatisfecha con su presencia.
Clara solo estaba contenta cuando, al final de cada mes, Alfonso le entregaba la mayor parte de su sueldo por el alojamiento. Los días que no lo hacía, no paraba de buscar motivos para reprocharle cualquier cosa. Además, recaían sobre él tareas infinitas: limpiar alfombras y mantas cada sábado, sacar a pasear a sus tres sobrinos de uno, tres y seis años y mil quehaceres más.
Mientras tanto, el marido de Clara solía aprovechar la ocasión para irse a otra ciudad a estudiar o salir con sus amigos, e incluso, a veces, se marchaba a descansar a casa de sus padres.
Marisol lo sabía bien: a pesar de tener un trabajo digno y un buen jornal, Alfonso no veía apenas un euro; todo era para la hermana. Cuando empezó a dejar aunque fuera algo para sus propios gastos, Clara casi lo echó de casa.
Después de aguantar dos semanas de reproches antes de marcharse definitivamente de Madrid, Alfonso llegó con sus cosas al cuarto de Marisol en la residencia.
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El pueblo castellano los recibió con los brazos abiertos. Pese a no tener familia cercana por allí, Alfonso conocía a casi todos desde la infancia, los años con la abuela habían dejado huella. La madre de Alfonso vivía en otro pueblo de la provincia, y los padres de Marisol aún más lejos, así que poco podían contar con su ayuda.
Se casaron discretamente y comenzaron a poner su vida en orden. Marisol empezó a trabajar en la guardería municipal; Alfonso, en la aserradora del pueblo. La vecina del portal de al lado, una anciana encantadora, les entregó una cabra que ya no podía atender.
No les costó más que un poco de leche al día para la abuela. Después vinieron las gallinas, algunas ovejas. El sueldo no era gran cosa, pero entre la huerta y los encargos de costura de Marisol, no pasaban necesidad.
El hijo de ambos, Juanito, ya tenía tres años cuando Marisol volvió al trabajo tras la baja maternal. Los tiempos difíciles quedaban atrás.
Pero justo entonces, Clara apareció en el pueblo después de tanto tiempo sin ver al hermano. Sus hijos ya eran más grandes y, como siempre, su marido se había quedado atrás.
Aquí también veraneaba yo dijo Clara, mirando a su alrededor. Recuerdo que me aburría mucho y pedía a los padres que vinieran a buscarme, pero tú te quedabas todas las vacaciones.
No te gustaba el campo contestó Alfonso. Pero siempre te encantó la playa, y los padres solo te llevaban a ti.
Eso mismo, ahora pienso irme al mar, y dejaré a los niños con vosotros en el pueblo.
¿Y quién los va a cuidar? dijo Alfonso. Marisol y yo trabajamos. A veces estoy fuera varios días.
¡Pues si estáis en un pueblo! No les pasará nada; que se cuiden entre ellos.
Pues quédate tú y encárgate. Marisol no aceptará.
¡Ay, qué más da! protestó Clara. Dile a tu mujer que lo haga, para eso eres mi hermano.
¿Y tu marido no puede venir o hacer algo?
No, está en casa, descansando de nosotros.
Siempre os pasáis la vida descansando el uno del otro
Mientras discutían, los niños de Clara ya correteaban por la casa, curioseando por todos los rincones. De pronto, estalló un alboroto fuera. Alfonso se asomó y se quedó de piedra.
Los niños habían soltado al cerdito, que ahora corría como loco por el huerto, seguido por ellos a carcajadas. Alfonso, jadeante, consiguió meter al cerdito de nuevo. Las hortalizas estaban pisoteadas. Después fue la cabra y sus cabritillos. Media cosecha de repollo se perdió en un instante.
Alfonso reprendía, Marisol sentía angustia. Los niños, sin embargo, volvieron a lanzarse a la calle.
Son niños, y además estáis en el pueblo decía Clara. ¿Qué importa que jueguen con las cabras?
Nuestro Juanito jamás haría eso.
Pero algún día lo hará.
Él sabe que no se puede.
Otro bullicio afuera: los niños corrieron hacia el gallinero. Las gallinas, de razas distintas y plumajes preciosos, estaban tranquilas hasta que los pequeños abrieron la puerta. El gallo los atacó furioso.
¡Pero qué desastre de pueblo! No cuidáis nada.
La culpa no es del gallo. Diles que no entren donde no deben.
Pues que Marisol pida vacaciones y vigile a los niños, ¡no vaya a pasarles algo!
Todavía no han ido a ver a los perros. Y en casa de los vecinos hay un toro muy bravo. Por la mañana y la tarde pasan vacas por aquí. ¿Qué más? Los perros suelen pasear solos, los gansos del otro lado son incluso peores que nuestro gallo. De noche, mejor no salgas de casa.
¡Lo dices para asustarme!
Te aviso.
En ese instante, el vecino llegó trayendo de la oreja al hijo mayor de Clara, que había estado intentando encender algo detrás del garaje.
¿Quién se haría responsable si pasa algo? Todo está seco, hace un mes que no llueve protestaba. ¿Quiénes sois vosotros?
No, Clara, no quiero problemas. Está claro. Llévatelos contigo a la playa, y que no asusten a los tiburones.
Sois todos unos raros en este pueblo. ¡Con lo que yo te ayudaba cuando vivías en mi casa!
Fue solo un año, y porque no tenía otra opción. Recuerda que te di todo mi sueldo entonces…
Nos vamos. Os llevo a casa de los abuelos dijo Clara a sus hijos.
¡No queremos! ¡Queremos ir contigo a la playa!
He dicho que no.
A la mañana siguiente, Clara y sus hijos se marcharon con el sol aún bajo en el horizonte. Alfonso y Marisol recordaron durante muchos años aquella visita atolondrada y ruidosa, riendo cada vez que lo mencionaban, agradecidos de haber encontrado por fin la paz de su propio hogar.






