Yo no prometí croquetas

No prometí empanadillas

¿Lola, me estás escuchando o no? la voz de Pilar Martínez sonó al otro lado del teléfono tan clara que parecía que hablaba desde la cocina de al lado, no desde Valladolid. ¿Vas a preparar empanadillas o qué? Me ha dicho Lucía que tú las prometiste.

No prometí empanadillas.

¿Cómo que no? Lucía te oyó claramente. En Nochevieja las hiciste, a todos les encantaron. Que no se cumplen setenta años todos los días, mujer.

Pilar, ya tengo hecho el cocido, dos tipos de ensalada, el asado de pato, empanada de espinacas y queso y un brazo de gitano de chocolate. Las empanadillas no puedo con ellas también.

Vale, vale Al menos, el cocido, ¿lleva picadillo?

Por supuesto, con picadillo.

Que la última vez no lo trajiste y mi Mateo aún lo dice, fíjate. Y pon el mantel blanco, no ese hule que usas siempre. Es un cumpleaños importante, queda claro, ¿no?

Lo haré.

Y compra velas, bonitas, no los restos del año pasado. ¿Me escuchas, Lola?

Lola Saavedra Sánchez escuchaba. De pie, junto a la ventana de la cocina del quinto piso en su bloque de pisos de Salamanca, miraba al patio, donde el viento de octubre perseguía hojas secas sobre el cemento. Lola tenía cuarenta y ocho años, con el corazón latiéndole raro desde abril.

***

Quedaban seis días para el cumpleaños. Veinticinco invitados. Pilar había hecho la lista en agosto y se la envió en un papel cuadriculado, con esa letra exacta de maestra jubilada. Lola la colgó en la nevera y la repasaba cada mañana, mientras preparaba el café.

Veinticinco personas. El marido de Pilar, el tío Mateo que oye poco y ríe mucho. Los tres hijos de su suegra, de dos matrimonios distintos, su marido Luis, por supuesto. Las esposas de los hijos las nueras, entre ellas Lola y los nietos, variados en tamaño y edad. Una prima segunda de León con su marido. Una amiga de infancia, Rosa, que solo come hervido y no soporta la cebolla. Y el vecino de la casa de campo, invitado quién sabe por qué.

Todo lo organizaba Lola.

No sabía cuándo se había vuelto lo «normal». Tal vez después de la primera comida familiar, cuando era la nuera joven y ofreció ayudar para agradar. O después, cuando Pilar un día la proclamó delante de todos: «Lola tiene manos de oro, vale para todo». Dicho con tanto cariño, que a Lola le hizo ilusión. Y se quedó. Se quedó en los fogones, la mesa, la nevera y la bayeta.

Pasaron veinte años. Las manos seguían siendo de oro. Pero el corazón, eso no.

***

La cardióloga, Aurora Fernández, atendía los martes y jueves en el ambulatorio de barrio. Consulta pequeña, dos sillas y una camilla cubierta con papel crujiente. Revisó los análisis de Lola por encima de sus gafas finas.

Te lo diré claro, Lola Saavedra. No estás para este ritmo. El estrés es crónico, se nota en todo. Necesitas un balneario, mínimo dos semanas, mejor tres. Cuida el corazón, relájate, hazte caso.

Quizá después de Navidad, doctora.

Lola

Es que tenemos el cumpleaños en una semana. Veinticinco personas.

Aurora dejó las gafas en la mesa.

¿Te das cuenta de lo que te digo? No es cansancio. Es otra cosa. Si lo ignoras, puede ser grave.

Vale. Después del cumpleaños, seguro.

Siempre lo mismo, el cumpleaños, después, después Te escucho todos los días igual. Por favor, encuéntrate un hueco y priorízate, aunque sean dos semanas.

Lola asintió y se llevó el volante. Al llegar a casa, lo guardó en el cajón, bajo viejas facturas.

***

El lunes tocó cocido. Cuatro cazuelas, porque veinticinco personas comen mucho. Entre cocer, desespumar y remover, tres horas de pie. La cocina se empañó de vapor. Cuando se hizo de noche, ya le dolían los pies.

Luis llegó a eso de las ocho, dejó los zapatos en la entrada, colgó la chaqueta.

¿Qué hay para cenar? preguntó, entrando.

Sopa, en la olla pequeña, al fondo.

¿Y eso que hierves?

Cocido para el cumpleaños.

Gruñó, se sirvió la sopa y se fue al salón con la tele. No volvió más.

A las once y media Lola apagó los fogones, tapó las cazuelas y se fue a dormir. Las piernas le dolían. El costado izquierdo le palpitaba, como siempre después de tantas horas en pie. Se tumbó, de lado, cerró los ojos.

Luis vino más tarde. Se acostó y empezó a roncar al instante. Lola, despierta en la oscuridad, repasó la lista de cosas pendientes. Empanada. Postre. Ensaldas. Pato. Compra. Limpieza. Mantel blanco, velas, picadillo.

No se durmió hasta pasadas las dos.

***

Pilar llamó el martes de buen mañana.

Lola, estaba pensando si ponemos también unos champiñones en escabeche. Tengo un bote, lo llevo. Y mis pepinillos.

Vale, tráelos.

Y, otra cosa, ¿te acuerdas de Carmen, la mujer de Jorge, mi primo? No come cerdo. ¿Podrías prepararle algo especial?

Tengo pato, Pilar. El pato no es cerdo.

Ya, pero el pato es graso. Ella está a dieta.

Le haré una ensalada de pollo, sin mayonesa.

¡Eso es! Sabía que sabrías arreglarlo.

Lola colgó y apuntó en la lista: Carmen, ensalada de pollo sin mayonesa.

***

A media semana fue al mercado. Bolsas pesadas, dos a cada mano, hasta el autobús. El brazo se le quedó dormido. En casa, al ver que olvidó la nata, salió otra vez.

El jueves, día de limpieza. Barrer, baño, zócalos, porque Pilar una vez, delante de todos, comentó en voz baja que los tenía con polvo.

Luis, en cambio, se tumbó en el sofá a ver el fútbol.

Luis, ayúdame con la lámpara.

Lola, estoy agotado, todo el día de pie.

Yo también.

Pues descansa luego.

Lola trajo la escalera, limpió, bajó. El corazón le latió fuera de ritmo unos segundos. Se sostuvo, esperando que pasara.

***

Viernes. Empanada. Postre. Dos ensaladas, una de pollo para Carmen. El pato en adobo desde la noche anterior; por la mañana, al horno. La cocina se llenó de aromas y calor; la vecina, Consuelo, llamó a la puerta: ¿Estás haciendo empanada?

Sí.

Qué suerte tiene tu suegra de tenerte.

Lola sonrió, cerró la puerta, repitiendo para sí: qué suerte.

Al final del día, todo listo. Cocido en la nevera, tapado. Empanada bajo un paño. El pato frío. Brazo gitano cortado. Solo faltaban los aliños.

Lola, sentada en el taburete, miraba todo. Las manos sobre las rodillas. Ni la espalda se enderezaba bien.

Sonó el teléfono. Pilar.

Lola, salimos a las nueve, para estar a las once. La gente llega a las doce. ¿Te da tiempo de poner la mesa?

Sí.

Acuerda a Luis que ayude a mover la mesa, que no cabe en el salón. Díselo.

Vale.

Descansa, que mañana es fiesta.

Lola colgó y se fue a fregar.

Luis ya dormía. Viernes, siempre se acuesta antes. Sábado puede remolonear.

***

El sábado empezó a las cuatro y media de la mañana. Lola, ojos abiertos, supo que ya no dormiría. Salió de la cama, se puso la bata y fue a la cocina. Puso agua para el té. Mientras calentaba, se asomó a la ventana.

El cielo de octubre, todavía oscuro. Solo un farol encendido en el patio. Abajo, el seto solitario. Nada más.

Con el té en la mano, se sentó en el taburete. Vio el delantal azul con flores diminutas, comprado en el mercadillo tres años atrás. Los bordes, descosidos.

Miró a la nevera. La lista cuadriculada. Los cubiertos limpios, sobre el paño.

Algo sucedió. No fuera, sino dentro. Sin ruido, como cuando se parte un hilo y la tela se abre. Lola lo sintió físicamente, en el pecho, un poco más arriba que donde le duele el corazón. Algo se soltó.

Pensó. Tranquila, sin miedo ni lágrimas. Solo pensó.

Cuántos años así. Veinte años cocinando para todos, limpiando detrás de ellos, escuchando, adaptándose, callando. Veinte años la primera en pies la última en acostarse. Veinte años oyendo Lola, eres un sol, Manos de oro, como si fuesen pagos. Esas palabras en lugar de gracias, en lugar de un ¿te ayudo?, en lugar de ¿cómo estás?.

Nadie preguntó nunca cómo estaba ella. Ni Luis. La cardióloga lo dijo claro: balneario, prioridades, el corazón en peligro. Al decírselo a Luis, él contestó: Ves a otro médico, siempre exageran.

No fue a otro médico. Fue a cocer el cocido.

Veinticinco personas mañana en su casa. Comerían lo preparó en cinco días. Sillas limpias, manteles listos, lámpara reluciente, cuartos fregados. Se irían, dejarían la montaña de platos. Lola los lavaría, recogería, sacaría las bolsas. A la cama de madrugada.

Nadie, ninguno de los veinticinco, preguntaría por ella.

Apuró el té. Dejó la taza en la mesa. Fue al gancho del delantal, lo sostuvo, lo dobló, lo dejó sobre la mesa.

No lo colgó. Lo dejó.

Fue al dormitorio, descalza, para no despertar a Luis. Sacó la bolsa azul grande del armario. Empezó a meter ropa de abrigo, el libro que dejó en mayo, el neceser, papeles, la tarjeta donde cobraba su sueldo de administrativa en la asesoría.

Luis dormía. Respiraba tranquilo, cara de niño.

Lola lo miró unos segundos. Sin rabia ni pena. Solo miró. Cogió la bolsa, se calzó y salió. En la cocina, papel y boli. Escribió:

Cocido en la olla grande. Empanada bajo el paño. El pato en el horno, calentar a 180. Brazo gitano en la bandeja. Ensalada, aliñarla al servir. Mueve la mesa hacia la ventana. Me voy al balneario por recomendación médica. Apagaré el móvil. Lola.

Colocó la nota bajo un imán de Toledo, de un viaje en 2015.

Tomó la bolsa. Cerró la puerta.

***

El balneario El Robledal estaba a ciento veinte kilómetros de Salamanca, en Ávila. Lola lo había encontrado en septiembre, al oír el consejo médico. Vio el precio, cerró la página. Ahora cogía bus, luego taxi, luego quince minutos a pie por el pinar.

La recepción olía a madera. Una señora tras la barra la miró.

¿Tiene reserva?

No. Vengo. ¿Hay habitación?

Tenemos individual para catorce días, tratamiento cardíaco.

Perfecto.

Formalizó los papeles, pagó con tarjeta. La habitación era pequeña y limpia: cama blanca, mesilla, lámpara. Lola dejó la bolsa, se tumbó vestida y durmió cuatro horas.

Despertó a las dos de la tarde. Se duchó, paseó entre los pinos. El aire, frío y a resina. El cielo, blanco, sin nubes.

Comió un caldo, sola. Nadie preguntó nada. Se permitió callar.

Durmió doce horas.

***

A los tres días, apareció el compañero de mesa. Un hombre de unos cincuenta y cinco años, más bajo que Luis, fornido, canas en las sienes: Diego Torres Alonso.

¿Primera vez aquí? preguntó.

Sí. ¿Y usted?

La segunda. El año pasado vine también. Muy buen sitio.

Comieron en silencio.

¿Por qué está aquí? atrevió él.

El corazón. ¿Y usted?

Algo de eso tensión, nervios, esas cosas de llevar tiempo viviendo una vida que no es la tuya.

Lola lo miró.

Eso está bien dicho.

He tenido tiempo de pensarlo. La vez pasada, después de dos semanas aquí, cambié cosas.

¿Y funcionó?

A medias. Vuelvo a por la otra mitad.

Comieron, se despidieron. Al día siguiente, compartieron mesa de nuevo.

***

Lola no encendió el móvil en siete días.

En ese tiempo, dormía diez, incluso once horas. Baños con sales, tratamientos con aparatos zumbando bajo la supervisión de la doctora. Paseos largos por el pinar. Retomó el libro de mayo.

Por las tardes a veces charlaba con Diego en los sillones de madera, junto al ventanal. Té del termo que siempre traía él.

¿Vino corriendo? le preguntó una vez.

Sí, no lo planeé, como usted, apostaría.

¿Y cómo lo sabe?

Tiene pinta de quien llega de golpe. Me reconozco el gesto, la primera vez yo tenía esa cara.

Lola sonrió.

¿Qué le pasó entonces, si se puede decir?

Claro. Director de una constructora, veintidós años. Todo el día allí. En casa apenas. Mi hijo creció y apenas lo vi. Mi mujer se fue hace cinco años, hizo bien. Hasta que un día no pude levantarme para ir a trabajar. No era desgana, era físico. Me tiré tres días en la cama. El médico dijo: «agotamiento». Lo dejé y empecé a pensar. Me compré una casita en el campo. Tengo conejos.

¿Conejos?

No piden nada raro y no inspiran lástima.

Lola rió. Por primera vez en mucho tiempo, porque sí.

***

Al séptimo día encendió el móvil. No lo tocaba desde el sábado. Mensajes, decenas. De Luis. De Pilar. De Lucía, la sobrina. Otros más.

Leyó en silencio.

Luis, siete mensajes el primer día: Lola, ¿qué pasa? Llama. Están llegando los invitados, ¿dónde has puesto? Mamá pregunta por ti. No se hace esto, Lola ¿Dónde están mis camisas? ¿Piensas solo en ti? Silencio. Al día siguiente: Llama.

Pilar: tres mensajes. ¿Qué es esto, Lola? Da la cara. Has fastidiado la fiesta; Luis está desquiciado. No me esperaba esto de ti.

Lucía: Podrías al menos avisar en condiciones.

Ningún mensaje, ni uno, preguntando: ¿Estás bien? ¿Qué te pasó?

Apagó el móvil, otra semana sin encenderlo.

***

Martes. Paseaban por el pinar después de desayunar. Diego cojeaba algo por la rodilla. Lola se adaptaba; por primera vez, adaptarse a otro ritmo no era obligación, sino elección.

¿Encendiste el teléfono?

Sí, al séptimo día.

¿Y?

Montón de mensajes. La fiesta, las camisas. Nadie preguntando por mi salud.

Él anduvo en silencio.

A veces uno vive junto a otro y solo ve lo que hace el otro, no a la persona.

Yo soy culpable. Permití esto veinte años.

No eres culpable. Hiciste lo que te enseñaron. Te enseñaron que eso era ser buena esposa y nuera.

Me lo enseñaron, sí. Pero resultó ser un servicio, no una vida. Al menos en el trabajo te pagan.

La miró de reojo.

¿Qué harás al volver?

Aún no lo sé. Pero limpiar y cocinar para veinticinco, desde luego que no.

Salieron a un claro. Chopos desnudos, hojas mojadas en la hierba. El cielo, gris y quieto.

Me gusta cómo lo dices, sin drama dijo él.

El drama era antes, al pie de la cocina. Ahora solo estoy cansada.

Ser solo cansancio es mejor. El drama cuesta más curarlo.

***

Los últimos tres días pasó casi sin hablar. Tratamientos, paseos, el libro terminado. Comer, dormir. Los análisis mejoraron. Aurora lo confirmó: tensión en valores, menos arritmia.

El jueves, última noche, sentados en el vestíbulo.

¿Me das tu teléfono? preguntó Diego.

Te lo doy.

Te llamaré, no enseguida, te dejo unos días para ver cómo va todo. Pero te llamaré.

Me parece bien.

¿No tienes miedo?

¿De qué?

De volver. De lo que te espera.

Lola lo pensó.

Me habría dado miedo hace una semana. Ahora no. Tengo curiosidad. Quiero decir lo que tengo que decir.

¿Qué quieres decir?

Que no voy a hacerlo más. Que si quieren compartir la vida, hay que hacerlo de otra forma. Que estoy cansada. Que quiero acostarme a las diez, dormir hasta las siete. Que en fines de semana quiero pasear, no estar en la cocina. Que quiero que me pidan permiso para invitar a veinticinco personas a mi casa.

Diego la escuchó, sin interrumpir.

¿Se lo dirás?

Sí. Lo escribiré en una lista.

***

Volvió el sábado a mediodía. Abrió la puerta. Ese silencio denso de casa no recogida. Pesado, algo rancio.

En la cocina, platos sucios. No desde ese sábado sería imposible, pero quedaba claro que desde entonces Luis comía y dejaba los platos. Una taza, un periódico. El suelo sin barrer.

Lola dejó la bolsa, recorrió el piso. Ropa revuelta en la habitación, la toalla sucia en el baño, el salón desordenado.

Encontró a Luis en la cocina, taza en mano, mirando el móvil. Alzó la vista.

Apareces.

Aparezco.

¿Sabes el follón que has liado?

Lo sé.

Mamá se ha disgustado muchísimo, el cumpleaños fue un desastre, no sabía dónde estaba nada.

Te escribí todo.

Una nota, Lola. Dejaste una nota.

Fui al médico. ¿Recuerdas lo que te dije del corazón?

Se quedó callado.

Me lo dijiste. Pero no se hace así.

¿Así cómo?

No se abandona a la familia en un cumpleaños tan importante.

Luis dijo Lola, serena, hoy no voy a limpiar. Desharé la maleta y me daré un baño. Luego, hablamos.

Luis la miró como si hablara en un idioma desconocido.

***

Hizo la lista dos días antes de la conversación. Sin rabia, tranquila, en la mesa de la cocina. Luego la pasó a ordenador y la imprimió, todo ordenado.

Reparto igualitario de tareas domésticas. Lista clara de quién hace qué. Nada de comidas de más de doce personas en la casa, y solo con su visto bueno. Presupuesto separado, nada de meter su sueldo sin hablarlo. Un descanso verdadero para ella, mínimo una vez al año.

Dejó la hoja delante de Luis.

Tardó en leerla. Luego la apartó.

¿Esto es un ultimátum?

Son mis condiciones. Quiero que los dos estemos bien. Pero hay que cambiar cosas.

Siempre has sido tú así. Nadie te obligó.

¿Seguro que nadie?

Tú lo asumiste todo. Nadie te pidió nada.

Luis, tu madre pedía. Tus hermanos lo esperaban. Tú callabas, y el silencio también es una petición. De tanto no decir no, esto se volvió normal. Ahora quiero otro normal.

Eso no es vivir.

Entonces no sé si podemos vivir juntos.

Luis rondó por la cocina.

¿Es un chantaje?

No, es la verdad. Estoy cansada. El corazón duele por todo esto. La doctora me lo dijo en septiembre; en vez de parar, hice cocido. No quiero hacerlo más para gente que ni pregunta si sigo viva.

A mamá sí le importa.

Me escribió tres mensajes. En ninguno preguntó mi salud. Habló de la fiesta, nunca de mis sentimientos, ni del infarto que casi me da.

Silencio.

***

Hablaron varias veces, costó. Luis se enfadaba, luego callaba, volvía a enfadarse. Un día vino Pilar, se tomó un té en la cocina, la observó como si la viera por vez primera.

Estás distinta dijo.

Estoy cansada, Pilar.

Todos nos cansamos. Así es la vida.

No. No igual. Algunos más porque cargan con más, y demasiado tiempo. No es cuestión de «así es la vida».

La suegra calló. Acabó el té.

¿Te guardas rencor?

No. No tengo rencor, solo no quiero seguir así.

A Luis le cuesta cambiar.

A mí también me costó. Pero lo hice.

Pilar se fue. Lola no supo qué pensaría. Quizá nada bueno. O algo tan complejo que ni ella se lo explicaría.

***

El divorcio llegó en febrero. Sin bronca, firmaron y punto. Luis se quedó el piso, que era de antes de casarse. Lola recibió judicialmente un pago justo.

Alquiló un apartamento de un dormitorio, calle vecina, segundo piso, ventanas al patio. Un gato callejero apareció en el portal, pelirrojo, sin dueño. Empezó a alimentarlo y acabó viviendo con ella.

En primavera cambió de trabajo, otra gestoría mayor y mejor horario. Más sueldo. Dejó de guardar por si acaso y empezó a gastarlo en sí misma. Compró el abrigo que llevaba años deseando. Una buena cafetera.

Cada tres meses pasaba por la consulta de Aurora. Al repasar los análisis, la doctora se quitaba las gafas:

Mucho mejor, Lola. ¿Qué has hecho?

Cambiar cosas.

Sigue así.

Diego la llamó en diciembre, cumpliendo su promesa. Hablaron mucho. Escuchaba bien, sin juzgar. Dijo: Te admiro, tan simple que sonó muy distinto a Lola, qué buena eres, muy distinto.

Se vieron algunas veces. Él venía de su casa de campo, iban a cafés pequeños, al cine, y una vez a una exposición en el viejo museo local, donde Lola no entraba hacía quince años. Sin prisas, sin tener que demostrar nada.

Un día él la invitó a ver sus conejos.

Eso es importante dijo ella.

Lo más serio rió él. A pocos les enseño los conejos.

Lola se echó a reír.

***

Pasó un año. Otra vez octubre, y el viento mueve hojas en otro patio, bajo otra ventana.

Lola Saavedra Sánchez toma café en su cocina. Sobre la mesa, un libro. El gato dormita, cabeza en la pierna de Lola.

Suena el móvil. Llamada de Luis. No contesta. Luego lo piensa mejor, y sí responde.

¿Diga?

Lola, ¿cómo estás?

Bien. ¿Ocurre algo?

Nada. Solo quería decirte, bueno, que mi madre va a hacer otra fiesta, setenta y uno, dice que es redondo. Y Lucía dice que nadie hace el cocido mejor que tú y me ha pedido que

Lola mira por la ventana. Patio, árboles, cielo. Lo de siempre, pero distinto.

Luis, no.

Pero, mujer, es mi madre…

Luis, no. No porque esté enfadada. Solo no.

Silencio largo.

¿Eres feliz? pregunta Luis, tranquilo, ni enfadado ni dolido, solo suave.

Lola piensa, apenas un segundo.

Sí, Luis. Por primera vez en mucho tiempo.

¿Por alguien…?

Por mí.

Pausa.

Bueno dice él al fin. Lo entiendo.

Adiós.

Adiós.

Cuelga. El gato la mira, reconoce la mirada y se estira.

Llaman al timbre. Diego llega a comer. Lola abre.

¿Cómo estás? pregunta, como siempre primero.

Bien responde Lola. Pasa, que aún está el café caliente.

Él entra. Cierra la puerta. El gato le olisquea los zapatos.

Fuera sigue siendo otoño. Lo mismo, pero ya diferente.

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