Diario de Gonzalo, 16 de enero
A veces me sorprendo a mí mismo recordando aquel día en que estuve frente a Clara, suplicándole casi en voz baja que fuera sincera conmigo. Inclinado hacia adelante, temía que cualquier palabra brusca deshiciera ese hilo delgado que aún nos unía.
Solo te pido que me cuentes la verdad dije conteniendo la impaciencia. Te prometo que no me enfadaré.
Sé que mi tono no era tan suave como quería aparentar y Clara lo percibió. En sus ojos advertí esa sombra conocida, la desconfianza que tantas veces heló el ambiente de casa.
Añadí, intentando restar importancia:
Al fin y al cabo, en ese momento ya estábamos separados…
Clara resopló, crispada, mordiéndose el labio. La había cansado con mis preguntas y lo sabía; siempre el mismo bucle, la misma duda que nos consumía desde dentro.
No. No hubo nada ni con nadie. ¿Cuándo vas a dejar de insistir lo mismo cada día? respondió alzando la voz más de la cuenta.
Por un momento me dolió ver en ella la certeza marchita de haber errado al concederme otra oportunidad. Otros ya la habían advertido de que gente como yo rara vez cambiaba. Pero quiso creer que el amor bastaría.
De repente, mi tono se endureció, vencido por los celos y la impotencia:
Pues lo consultaré con Alba espeté. Mi hija no me va a mentir.
Aquello fue como si le propinase una bofetada a Clara. Se irguió con un brillo de rabia en la mirada.
¡Tira por ahí, si te atreves! No olvides que Alba tiene solo cinco años y medio año lo pasó con media familia diferente. ¡Tenía que trabajar para traer un euro a casa! ¿Qué te importa con quién hablaba o a quién veía? No tienes derecho, Gonzalo. Ya una vez me marché, ¿tanto te cuesta creer que podría volver a hacerlo?
Me detuve. No esperaba esa reacción tan cortante. Por un instante, sentí la confusión del que se va quedando solo. Me escudé tras una ironía boba:
¿Tienes dinero siquiera para el billete?
Vi cómo Clara palidecía. Me arrepentí en el acto.
Perdona, no quería decirlo así me excusé. Sólo que tu tesón me desconcierta. Y te juré que me tragaría los celos. Por favor, piénsalo.
Clara no dudó ni un segundo en lanzarme el primer cojín que alcanzó. No me hizo más daño que rasguñar mi orgullo. Iba a replicar cuando entró Alba en el salón.
La niña irrumpió, con su vestido rosa y volantes, y corrió hacia mí abrazando mi pierna.
¡Papá, has vuelto! ¡Qué alegría!
No pude evitar mirar a Clara con aire triunfante, satisfecho de que mi hija me prefiriera a mí. Pero cuando recogí a Alba en brazos y oí su risa clara, se me desarmó todo el enojo. Fui capaz de dulcificarme, de volverme tierno como en los primeros meses.
Anda, campeona, vamos a jugar le susurré mientras la alzaba en el aire, haciéndola reír fuerte. Deja que mamá descanse un poco, que hoy está cansada.
De espaldas, Clara apretaba el paño de cocina con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Genial, ya encima poniéndola a la niña en mi contra, pensé. Supe entonces que algo se quebraba para siempre.
Se asomó a la ventana, contemplando la Gran Vía de Valladolid, con sus neones y su trajín. Murmuró para sí, sin casi hacer ruido:
Al menos, venir aquí ha servido para algo. Los títulos de este sitio tienen prestigio, encontraré trabajo donde quiera ir.
En ese instante, noté cómo recuperaba la seguridad perdida: ya tenía plan. Solo le quedaba recoger el diploma de los cursos la semana siguiente, comprar el billete y hacer las maletas. Gonzalo, pensaba yo, se equivoca, si cree que una mujer como Clara está atada por falta de euros o de miedo. Si quiere y puede rehacer su vida desde cero.
************
Nunca supe muy bien por qué ella aceptó darme un segundo intento. Recuerdo haberle prometido, entre lágrimas, que haría lo imposible por cambiar: que sería mejor marido, mejor padre ¿No nos merecíamos, los tres, una oportunidad de ser felices juntos en Burgos, paseando por el Pisuerga y saboreando una vida sencilla?
Fue un espejismo. Tras el primer mes en que repartía la cena, ayudaba con Alba y la recibía con la sonrisa puesta, todo se torció y regresaron los viejos fantasmas: los reproches, las preguntas (¿Dónde has estado?, ¿Por qué tardaste tanto?). Nadie nos fue infiel jamás. Solamente yo me dejé engullir por la toxicidad de los celos. Cualquier compañero de trabajo, cualquier vecino soltero, cualquier excusa era válida para una escena.
Hasta se enfadaba si Clara hablaba con su madre. Una vez le dijo:
Tus amigas andan con gana de ligar, y tú las sigues como una borrega
¡Pues que salgan y liguen! respondía ella indignada. Son libres, igual que yo.
Ya, pues que no te arrastren a ti. Una casada debería poner ejemplo.
Poco a poco, sus amigas dejaron de llamarla; después, ni se veían. Clara se quedó aislada: su familia en Salamanca, con un bebé a cargo y sin escapatoria posible.
Un día, durante la cena, le solté:
Ya toca ir a por el segundo.
Clara se quedó petrificada con la cuchara a medio camino. Entre el cansancio y el desánimo, me miró como si no supiera en qué universo sobrevivía.
Ni pienses que vas a tener tiempo de bobadas así, cursos y tonterías, si llega un niño solté, observando que había recibido un mensaje de su hermana sobre un cursillo. Que para qué aprender, si no vas a trabajar.
¿Y qué tiene de malo que me prepare para el futuro? me contestó con voz contenida.
Ya te llenará la vida un hijo, mujer sentencié.
Me colmó el vaso cuando prohibí que fuese al cumpleaños de su hermano, alegando que habría demasiados hombres, a cual más sospechoso. Lo discutimos y, hartos ambos, un día Clara, mientras yo estaba en la oficina, recogió lo fundamental y llamó a su hermano Santiago, que alquiló una furgoneta para sacarlas de allí.
Se fue sin ruido, dejando una nota encima de la mesa de la cocina: Perdona, así no puedo seguir. Quiero que Alba crezca en paz.
Ese mismo día, Clara solicitó de nuevo en los juzgados el divorcio. Yo me comporté como un imbécil, insistiendo en la reconciliación, despotricando y acusándola injustamente. Pero la jueza, una mujer mayor, me interrumpió varias veces y al final lo dejó claro:
No veo margen para recuperar este matrimonio dijo. Suficiente carga ha llevado usted, Clara, durante estos años.
Sólo entonces, viendo la dignidad y la calma de Clara, comprendí la magnitud de mis errores.
Después del divorcio, ella regresó con Alba a casa de sus padres. Le costó asentarse, cargar con la niña y explicarlo todo en Zamora, pero apenas cruzó el umbral familiar sintió la inmensa paz de quien por fin deja atrás el peso de la infelicidad.
Se apuntó a un curso de diseño gráfico algo que conmigo habría sido pérdida de tiempo y, con verdadera ilusión, no tardó en empezar a trabajar desde casa. Fueron surgiendo nuevas amistades, alguna madre del colegio, una compañera de clases Siento que en esos primeros cafés redescubrió la libertad y la tranquilidad de quien no es juzgada.
Por las tardes, veía a Alba correr por el jardín con los primos. La casa olía a magdalenas y té de menta, y la risa de la niña revolviendo entre palomas y recortes de papel le devolvía el brillo en los ojos. Así debería ser la vida, me confesó una vez, al llevarle los libros olvidados: sin reproches, sin miedo, sin ese temor constante a un arrebato. Libres y felices.
A Clara le volvieron las ganas de soñar: terminar el curso, aceptar encargos de diseño, quizá alquilar algo por su cuenta Pero un año después, el azar provocó nuestro reencuentro.
Fue en el Mercado Central de Salamanca. La vi de lejos echando un vistazo a las manzanas. Flacucha, visiblemente agotada, pero con esa energía suya, seleccionando pieza a pieza. Sentí cómo me apretaba el pecho. Me acerqué con voz suave:
Clara Te he buscado mucho.
Ella se recogió sobre el carrito de la compra, como si le sirviera de escudo.
¿Para qué?
He cambiado dije, sin acercarme demasiado. Comprendí que os he perdido, y no aguanto esta vida ya.
No pude evitar que me asaltaran recuerdos: aquellos primeros veranos juntos en Riazor, las tardes de cuento y mantita con Alba, las carcajadas en la cocina Lo vi en sus ojos también, aunque ya se hubieran apagado muchas ilusiones.
Le pedí otra oportunidad, la última, le aseguré con todas mis fuerzas que sería otro. Alba, claro, me echaba de menos; dibujaba a su padre en cada hoja, preguntaba cuándo volvería, se refugiaba en sus soledades Clara aceptó: Pero sin volver a casarnos. Yo pongo las condiciones.
Nada de limitaciones exigió mirando firme: Quiero ver a mi familia, salir con amigas, trabajar. ¿Lo entiendes bien?
Por supuesto balbuceé, dispuesto a hacer lo que fuera.
El truco llegó con la mudanza a Sevilla. Territorio neutral, lejos de todos, sin red de apoyo ni conocidos. Pronto volví a mis viejos vicios: controlar, desconfiar, incordiar con preguntas vinagrosas.
¿De verdad no hablaste con nadie durante nuestro divorcio? insistí tarde tras tarde.
Nada la frenaba: todo lo justificaba con trabajo, cursos, la niña. Pero seguía metido en la cabeza que ocultaba algo. Revisaba su móvil a escondidas, celaba hasta de las conversaciones con la madre de una compañera de Alba Cualquier encuentro era excusa para otra discusión.
Una tarde, alcanzó el límite. Mientras Alba dormía, le arrebaté el móvil y le exigí mirar los mensajes.
¿Quién es este? le espeté, rabioso, al ver el chat con su amiga Marta.
¡Dame el teléfono! gritó casi berreando, pero componiéndose en un susurro para no despertar a la cría. ¡Es Marta! ¡Lo sabes perfectamente!
Respondí con sarcasmo, acusándola de flirteo, de volver a las mismas historias.
Fue entonces cuando, por primera vez, Clara dejó clara su voluntad de acero.
No pienso tolerar ni un control más declaró, recuperando su teléfono. Me prometiste respeto y confianza. Esto no va a cambiar si tú no cambias.
La herida se abría de nuevo. Sabía que esta vez sí hablaba en serio.
En ese momento, la voz de Alba se oyó desde su cama:
¿Qué pasa, mamá?
Clara fue hacia ella, la abrazó y, acariciándole el pelo, murmuró:
Tranquila, cielo. Vamos a por algo nuevo. Pronto verás.
Me quedé en la puerta. Me sentí derrotado, reducido al silencio. ¿De verdad te vas otra vez?, pregunté en susurros.
Sí. Esta vez para siempre afirmó con dignidad, abrazando a la niña. Necesitamos paz. Y contigo no la tengo. Lo siento, Gonzalo.
************
No hubo manera de hacerla volver. Probé con súplicas, amenazas, cartas, mensajes Clara fue un muro. Entre nosotros todo terminó, repetía siempre.
Alba lo pasó mal los primeros días. Me costaba escuchar de lejos sus preguntas (¿Papá vendrá?) y alguna lágrima en el hombro de su madre. Pero la novedad la ayudó: en la nueva casa cerca del parque Juan Carlos I, decorada con colores vivos y juguetes, empezó a sonreír, a adaptarse.
Clara la apuntó a un taller de arte para niños, donde enseguida hizo amigas, y las tardes de parque restauraron la normalidad. Yo sigo llamando a mi hija, al principio a diario, después cada dos días y ahora apenas unas cuantas frases semanales y unos billetes de euro para los materiales de dibujo. Entendí que no conseguiría manipular más la situación, que ni Clara ni Alba volverían a la dinámica de antes.
Clara encontró un equilibrio que nunca le supe dar: pequeños trabajos de diseño, tardes de manualidades, paseos y juegos. Alba floreció. Bajo los plátanos, echando pan en el estanque, ambas avanzan de la mano hacia una vida merecida.
Me doy cuenta, tarde y mal, de que el precio de un segundo intento, cuando no se cambia de verdad, es el definitivo adiós. Si ni el amor ni la rutina curan los viejos defectos, lo mejor para todos es soltar. Esta familia necesitaba respirar y ser libre. Ojalá algún día Alba me recuerde por los buenos momentos y a Clara le quede espacio para encontrar la felicidad que yo no quise, o no supe, darle. Ese fue mi aprendizaje.







