Las albóndigas de mi suegra.

Las albóndigas de la suegra.

Mira, te voy a contar una historia de esas que luego piensas esto solo me pasa a mí. Resulta que Jorge y Clara llevaban ya más de tres años juntos, y en todo ese tiempo, Clara solo había estado en casa de su suegra, la señora Carmen García, como cuatro veces contadas. Ya sabes, lo típico: Navidad, algún cumpleaños gordo y enseguida de vuelta a Madrid, a su piso.

Pues esta vez a Jorge, de repente, le entró el apretón familiar: su madre llevaba toda la semana llamando, diciendo lo mucho que les echaba de menos, que su padre, don Ángel, se había hecho daño arreglando el tejado del cobertizo, y que ni fuerzas tenía ya para cuidar el huerto, que se estaba llenando de malas hierbas.

Hay que decir que Jorge es de esos hijos cumplidores, de los que llaman los domingos sí o sí; aunque su madre suelte algo con lo que él no comulga para nada, él asiente y tira para adelante. Y claro, esa noche estábamos cenando macarrones con chorizo y Jorge, mirándome con cara de perro pachón, suelta:

Clara, mamá ha vuelto a llamar. Juro que dice que ya ni se acuerda de nuestras caras. ¿Por qué no vamos este finde? Solo tres días, de viernes a domingo por la tarde. Porfa…

Yo, que tenía cita con la peluquera el sábado, intenté escurrir el bulto:

Pero Jorge si ya tengo cita reservada, hija.

Pues cámbiala me dice, como el que dice que bajes la basura. Sabes que mamá se lo toma fatal si le decimos que no. Te juro que dice que ya tiene preparadas unas albóndigas riquísimas, y que va a hacer empanada. Que nos echa de menos.

¿Y tu padre qué, se le ha pasado lo de la espalda? le pregunté, por quedar bien, porque la relación con mi suegro era cordial y poco más.

Bah, él siempre anda con achaques. Está bien responde Jorge, quitándole importancia. Total, ya lo he decidido: vamos. A mi madre la animamos.

Suspiré, pero discutir con Jorge cuando ya ha decidido algo es como intentar que un gato no se suba encima de la mesa. Me resigné.

El viernes por la tarde llenamos el maletero con una bolsa, algo de pan de masa madre de la tahona de Lavapiés y una mantita suave que Jorge compró para su madre, más una botella de brandy para su padre. El viaje al pueblo, en la provincia de Segovia, se hace en unas dos horas si no pillas caravana.

Fuimos en silencio la mayor parte del rato. Yo mirando por la ventanilla los chopos, los bares de carretera con nombres absurdos, escuchando como Jorge se sabía de memoria el repertorio del Cadena Dial. Pensaba que igual no iba tan mal, que total, tres días pasan volando, y que doña Carmen, al fin y al cabo, es una buena mujer.

Llegamos ya de noche. La casa, al final de la calle, bajo el único farol encendido. Jorge aparcó en la rampa de grava. Nada más parar, luz en la entrada, puerta que se abre de golpe y aparece Carmen García: bajita, redonda, con un delantal de flores y esa sonrisa tan grande que parece que se le va a partir la cara.

¡Jorgito! grita, casi llorando de emoción mientras abraza a su hijo nada más bajar del coche. ¡Pensé que no veníais! ¡He estado cocinando toda la tarde, no te lo imaginas! ¡Clara, hija, venga, entra, que hace frío!

Yo me bajé, me arreglé la bufanda, puse la mejor de mis sonrisas y me dejé abrazar. Carmen olía a cebolla frita con ese punto dulzón y espeso que te deja el estómago en suspenso.

Dentro, estaba achicharrante de caliente, y en la cocina se oía lo que debía ser carne haciéndose a la plancha. En el salón había ya lonchas de embutido, queso curado, hogaza de pan, pepinillos y tomate seco, una jarra de agua y otra con limonada casera. Mi suegro, el señor Ángel Pérez, estaba con las noticias a todo volumen. Se levantó a saludarnos, se nota que estaba esperando y algo inquieto, que estábamos tardando demasiado o que se le iba a enfriar la cena.

Bueno, por fin aquí dijo, dándole la mano a Jorge y saludándome con un hola, hija, siéntate, ponte cómoda que vamos a cenar.

Os he hecho albóndigas anunció Carmen, removiendo el trajín de la mesa. Con patatas guisadas y su salsita. Jorgito, que las tuyas son las que más te gustan, ¿a que sí?

¡Claro, mamá, las mejores de España! Ya estaba Jorge abriendo ollas, con la madre sacando pecho de felicidad.

Me quité el abrigo, lo colgué en la entrada y fui detrás. La cocina de mi suegra tiene el típico punto castizo y caótico: todas las encimeras petadas de botes, especias, servilletas, bolsas de legumbres y un sinfín de cacharros de barro y metal.

Siéntate, Clara, siéntate me ofreció Carmen. Que estarás cansada del viaje. Ahora mismo te sirvo.

Yo, muerta de hambre, porque en el coche solo habíamos tomado café de termo, vi cómo Carmen se ponía a finalizar sus albóndigas. El bol de carne picada estaba lleno, una montaña de mezcla color rosado. Ya tenía como una docena formadas, todas iguales, forraditas de pan rallado sobre una tabla de madera. Entonces, coge otro pedazo de masa, lo hace bola, lo aplasta con la palma y, de golpe, esa misma mano, la que cubría la carne, se mete descaradamente bajo el sobaco izquierdo.

No te hablo de un rascado rápido, no; fue una incursión profunda, con toda la mano. Se alivió, hurgó como si estuviera buscando algo, y luego, ni corta ni perezosa, ¡vuelta a la masa, moldeando otra albóndiga!

Te juro que se me cortó el cuerpo.

No podía dejar de mirar esa manode mujer normal, dedos rechonchos, alianza que le apretaba el nudillo, piel con arrugas. Había estado bajo el sobaco, y ahora en la masa. Y pensaba yo: ¿estas son las albóndigas que Jorge trae a casa congeladas y que yo me como tan pancha? Una vez incluso le dije por teléfono a Carmen que estaban de vicio… ¡y era cierto, eh!

Mamá grita Jorge desde el salón, ¿hay té? Tenemos frío.

¡Ya voy! contestó, mientras seguía dándole forma a las albóndigas, con la mano sobaquera. Me pareció ver una mancha gris en la tabla, en el lado donde apoyaba la carne. Igual eran imaginaciones mías, pero me costaba respirar.

¿Quiere que te ayude, Carmen? atiné a decir. Si quiere, termino yo las últimas.

¡De eso nada, mujer, eres una invitada! chilló, casi ofendida, y agitó las manos, provocando que me diese un escalofrío. Tú descansa, ya acabo.

Y así, terminó la última, limpió las manos por encima bajo el grifo un par de segundos, sin jabón ni nada, y las secó en el delantal.

Me quedé descompuesta.

Intenté autoconvencerme: que tampoco es para tanto, que mi abuela que en paz descanse también se rascaba la cara amasando y aquí sigo. ¿No seré yo muy tiquismiquis? Pero tenía la imagen en la cabeza, casi indeleble: mano, sobaco, carne picada.

La cena, en la mesa grande del salón, con mantel de hule a flores. Carmen salió con la sartén repleta de albóndigas que olían que flipas, crujientes, doradas. Y allí yo, salivando por motivos menos glamourosos. Había también un bol de puré de patata regado en aceite, tomate y pepino en rodajas, encurtidos y limonada.

¡A comer, chicos! mandaba Carmen, acercándome la fuente. Clara, coge de estas, que están hechas para ti.

Yo las miraba. No tenían mala pinta, de hecho, eran de foto. Jorge ya se ponía dos buenas, las cubría de puré, cogía pepino y a masticar con pasión.

Mmm, mamí, ¡qué ricas como siempre!

¡Ay qué bien, hijo! Carmen estaba de lo más feliz. A ver si no me he pasado con la sal.

De lujo, mamá. Cocinas como Dios manda insistía Jorge.

El padre, Ángel, comía en silencio, de vez en cuando asintiendo. Hablaba poco, solo para contar chistes de cuando fue conductor de trenes.

¿Y tú no comes, Clara? Carmen me miraba inquieta por la albóndiga intacta. ¿No te gusta?

No, es que Con el viaje se me ha revuelto un poco el estómago era la excusa. Pero tienen una pinta increíble, solo que igual me va mejor solo patata y pepino. No quiero que mi cuerpo se ponga tonto.

Pinché un trocito mínimo por disimularel borde más churruscadoy cuando fui a tragarlo, se me quedó pegado en la garganta pensando en la mano sobaquera. Tras mucho esfuerzo, logré pasarlo.

Buenísima conseguí decir, apartando luego el plato. Carmen, ¿puedo repetir de puré y pepinos?

Claro, hija, lo que quieras. ¡Hay de sobra y albóndigas te pongo luego para llevar, que siempre os gustaron!

Jorge me miró de reojo y siguió comiendo como si nada. Supongo que para él ni había pasado por la cabeza el tema higiene. Yo me limité a jugar con el puré y el pepino.

Después de cenar, Carmen recogió la mesa. Jorge se fue al garaje con su padre a ver el cortacésped y yo me quedé en la cocina con mi suegra, que preparaba té en una tetera vieja cascada.

No me lo tengas en cuenta, cariño, si soy pesada invitándoos me dijo mientras servía el té. Pero te lo juro, me hace mucha ilusión veros. Sé que con la ciudad y el trabajo vais faltos de tiempo, pero una madre nunca deja de preocuparse.

Tranquila, Carmen, se lo agradezco. Todo bienrespondí, intentando pasar desapercibida.

Y que sepáis que en Madrid eso que compráis no es como lo que hago yo. El embutido, la carne todo natural, sin porquerías. Incluso la carne la pico yo, el del mercado me guarda siempre la mejor.

En ese momento, mientras bebía el té caliente, me vino otra vez el asco. ¿Y si tampoco se había lavado las manos para preparar el té o los vasos? La paranoia me invadía. No podía dar otro sorbo.

¿Te pasa algo?preguntó Carmen notando mi cara blanca.

Solo dolor de cabeza, debe ser el viaje.

Anda, vete al cuarto, que tienes sábanas limpias me apremió. Si necesitas algo, llama.

Me fui al minicuarto de invitados, cerré la puerta y me senté en la cama sintiendo que iba a vomitar. Efectivamente, tuve que ir volando al baño del pasillo.

Al rato vino Jorge y me encontró sentada medio a oscuras.

¿Te ha sentado mal la cena, de verdad?

Jorge le susurré, prométeme que no te lo vas a tomar a broma. Te voy a contar algo y ni te rías ni te enfades.

Y le conté: lo de la mano, el sobaco, la albóndiga. Todo bajito, sin que nos oyeran.

Él me miró raro, como intentando decidir si cabrearse o no.

Mira, no creo que mamá lo hiciera queriendointentó quitar hierro. Se rascó y punto. ¿Tú crees que nuestras abuelas iban por ahí con desinfectante? Es lo que hay: comida casera de campo.

Ya, pero no se lavó, Jorge. Y lo hace siempre. ¿Y todas esas albóndigas que hemos comido en casa, igual? Uf, yo ya no puedo.

¿Y qué? ¿Le montamos el pollo y la dejamos hecha polvo? Es su manera de cocinar. ¡Toda la vida así, hombre!

No voy a decirle nada, solo que no puedo comerlo, ya está.

Él dio vueltas nervioso, se peinó con los dedos, lo típico cuando se mosquea.

Clara, estás exagerando. Si te pones así con todo lo que te lleves a la boca, te vuelves loca. ¿Tú nunca te rascas cocinando? No es un quirófano, es una casa.

Pero yo me lavo las manos, Jorge.

Pues tú eres muy pulcra, pero mi madre es así. Yo he crecido comiendo esto y aquí estoy.

Pero ahora lo sé, y no puedo más.

Al final, accedió: me invento una excusa de estómago y nos vamos el sábado. Pero ni una palabra a mamá, que se lo toma muy a pecho.

Dormí fatal y por la mañana ya estaban Jorge y sus padres desayunando, riéndose. Me costó la vida salir de la cama. Me refresqué con el agua helada del baño y salí.

Nada de desayunar fuerte, Clara saltó Carmen enseguida. Jorge me contó que estuviste mala. Voy a prepararte una infusión con mermelada de frambuesa de mi huerto. Santo remedio.

Gracias, Carmen contesté, sentándome sin mirar las albóndigas que quedaban de la noche anterior tapadas con un paño. Pero igual es mejor que volvamos a Madrid ya. Me encuentro flojilla.

¿Qué dices, hija? Si acaban de llegar. Y yo pensaba hacer empanada, cocido, mantecados…

Otro finde, mamá dijo Jorge, besándola. Ahora Clara necesita descansar, pero prometo volver solo yo para ayudarte con el huerto.

Carmen me lanzó una mirada que pesaba más que un sermón. Estoy segura de que lo entendió todo. Lo de la cena, lo de mi enfermedad, lo de que nos íbamos antes.

Os preparo unas albóndigas congeladas y embutido para que os las llevéis acabó diciendo, algo fría.

No tuve fuerzas para protestar. Recogimos las cosas a la carrera. Olga se despidió rápido. Mi suegro me apretó la mano y dijo: Recupérate, hija. Ya vendréis otra vez.

En el coche, silencio absoluto. Sentía las albóndigas en el maletero como si llevara ahí una bomba.

Ya llegando a casa, le dije:

Si quieres, tómatelas tú. Yo paso.

Jorge ni contestó, solo asintió, y siguió conduciendo.

Cuando llegué a mi cocina, miré los azulejos limpios, la tabla de cortar brillante y sentí un alivio bestial. Allí todo estaba bien. Allí se lavan las manos. Allí no hay manos sobaqueras.

Jorge metió la bolsa de albóndigas en el congelador.

¿No las vas a comer? me preguntó.

No le respondí. Haz lo que quieras tú.

Él se marchó a la ducha, y yo me quedé lavando las manos, con jabón y con ganas, de esas que usas agua bien caliente. Y pensé: ¿realmente sirve de algo lavarse las manos después de todo esto? No tengo ni idea.

Pero de lo que sí estaba segura era de que jamás volvería a comer las albóndigas hechas por Carmen García. Por mucho que insistieran, por mucha tradición, por mucha familia que hubiera detrás.

Y tres días después, Jorge frió cuatro albóndigas, preparó puré, cogió pepinillos y se puso a cenar.

¿Quieres? me ofreció, con una sonrisa, levantando el tenedor con una.

No, gracias le dije.

Me fui al salón, subí el volumen del telediario para no escucharle masticar.

Y ahí pensé que este viaje había cambiado algo en mi casa. Un antes y un después. Por culpa de una mano. Una mano de mujer, normal, que se rascó donde no debía. Si no lo pienso, puedo seguir adelante. Mientras tanto, ya sabes: la comida, solo la que preparo yo. Y punto.

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Las albóndigas de mi suegra.
Herida que Dura Eternamente