Herida que Dura Eternamente

– ¡No te atrevas a tocarme! – gritó Lucía, apartando bruscamente la mano de la palma extendida de su hermana. – ¡Hace veinte años que debiste pensarlo!

– Luci, por favor, escúchame – suplicó Valentina, plantada en el umbral del piso con un ramo de crisantemos mustios entre las manos. – No fue adrede, lo juro…

– ¿No fue adrede? – la voz de Lucía se quebró en un chillido. – ¡Me robaste al novio una semana antes de la boda! ¡Una semana, Vale! ¡El vestido colgado en el armario, los invitados confirmados!

Valentina intentó entrar, pero Lucía le bloqueó el paso apoyando el brazo en el marco de la puerta.

– Lárgate. No tengo nada que decirte.

– ¡Pero mamá se está muriendo! – exclamó Valentina, desesperada. – ¡Pide que nos reconciliemos! ¡Quiere vernos juntas al menos ahora!

Lucía dudó, pero su rostro permaneció impasible.

– Pues debiste pensarlo antes. Cuando tú y Javier se besaban frente a ella en mi cumpleaños.

Valentina dejó caer las flores y se secó las lágrimas con la manga del abrigo.

– Luci, sé que me equivoqué. Pero han pasado tantos años…

– Para mí fue ayer – cortó Lucía y cerró la puerta de golpe.

Se recostó contra la madera y se deslizó hasta el suelo del recibidor. Las manos le temblaban, el corazón le golpeaba el pecho. Dos décadas después, el dolor seguía tan vivo como aquel día.

Con los ojos cerrados, volvió a verse con veinticinco años: feliz, enamorada. Javier Hidalgo, ingeniero de la fábrica vecina, guapo, listo, atento. Un año de citas, un anillo de compromiso, los preparativos. Mamá rebosaba felicidad: al fin su hija mayor sentaba la cabeza.

Y Vale, recién vuelta de la universidad, jovencita, bonitura, con rizos y hoyuelos. Todos los hombres se giraban a mirarla, pero ella se reía: “Todavía es pronto para casarme”.

Lucía se levantó y entró en el salón. En la mesilla, una foto antigua: ellas cuatro en el cumpleaños de papá, abrazadas. Cuando eran inseparables.

El teléfono sonó. Era tía Pilar, la vecina de mamá.

– Hola – contestó, cansina.

– Lucita, cariño – la voz temblorosa de la anciana –, tu madre está muy mal. El médico dice que son horas. Valentina no se separa de ella… Y pregunta por ti.

Lucía apretó la pantalla.

– Tía, no puedo. No puedo estar cerca de Vale.

– ¡Pero qué disparate! – se indignó la mujer. – ¡Vuestra madre se muere y seguís peleadas como perras! ¿Por qué? ¿Por un hombre que lleva veinte años casado con otra?

– No es por él – susurró Lucía. – Es por la traición.

Colgó y se acercó a la ventana. Niños jugando, madres con carritos, la vida seguía. Mientras, en otro barrio, su madre agonizaba sin verla desde Navidad.

Recordó su última conversación. Mamá rogando que perdonase a Vale: “La familia está por encima del orgullo”. Y ella, inflexible:

– No lo entiendes. Ella sabía que lo amaba. ¡Sabía que nos casábamos!

– Cariño, el amor no se roba – contestó su madre. – Si Javier se fue con ella, es que nunca te quiso de verdad.

– ¡Me quería! – gritó Lucía entonces. – ¡Vale lo sedujo! ¡Siempre fue más guapa, más joven!

Un suspiro. El tema se cerró.

Ahora, hojear el álbum era recorrer una herida abierta. Fotos de niñez, del colegio, de aquel maldito cumpleaños: Javier a su lado, pero con la mirada perdida tras Vale.

¿Cómo no lo vio?

Esa noche, en el bar, Vale llevaba un vestido ceñido. Todos los hombres la miraban. Javier, distraído, solo reía con sus historias de la uni.

– Javi, ¿qué te pasa? – le preguntó ella.

– Nada, cansancio – respondió él con una sonrisa forzada.

Siete días después, todo se derrumbó.

Lucía llegó a casa y las encontró llorando: mamá en la cocina, Vale junto a la ventana.

– ¿Qué pasa? – el corazón le dio un vuelco.

– Siéntate – dijo su madre.

Vale se giró, roja de llorar:

– Perdóname, Luci. No fue intencionado…

– ¿El qué?

– Javier llamó – intervino mamá. – Cancela la boda.

– ¿Qué? ¿Por qué?

– Se ha enamorado – sollozó Vale. – De mí.

El mundo se detuvo. Lucía le tiró un vaso a la pared.

– ¡Tú y mi novio! ¿A espaldas mías?

– No lo planeamos – Vale se encogió. – Nos encontramos, empezó a…

– ¿Mi cumpleaños? ¿Ahí empezó? – las piernas le flaquearon. – ¡Y lo ocultasteis!

La bofetada resonó en la cocina.

Al día siguiente, mamá anuló la reserva del banquete. Vale se mudó con Javier. Se casaron en silencio, sin invitados.

Lucía solo lo vio una vez cuando fue a buscar las cosas de Vale.

– Lucía, déjame explicarte… – empezó él.

– No – cortó ella. – Sois libres. Pero lejos de mí.

Nunca más habló con Vale. Mamá llevaba fotos de sus nietos a escondidas. “Javier es buen marido”, decía. “Ella te echa de menos”.

– Que no me eche – respondía Lucía.

No volvió a tener pareja. Trabajó en la biblioteca, vivió en soledad. Pero por las noches, a veces, lloraba.

Ahora su madre se moría, y Vale estaba a su lado.

Lucía miró el teléfono y marcó el número de tía Pilar.

– Iré – dijo.

– ¿Y Valentina?

– Es mi hermana – la frase le sorprendió a ella misma. – Las dos somos hijas de la misma madre.

En el autobús, ensayó palabras.

Javier la esperaba a la entrada del edificio, envejecido, con canas.

– Lucía – dijo, apagando el cigarrillo. – Hola.

– Hola. ¿Cómo está mamá?

– El médico dice que… – no terminó. – Vale está arriba.

Ella asintió.

– Lucía – él la detuvo. – Quiero pedirte perdón.

– ¿Por qué?

– Por todo. Por hacerte daño.

Lucía lo miró. Aquel hombre que fue su todo ahora le resultaba un extraño.

– Javier, ¿la quieres?

– Sí – asintió él. – La quise desde el principio.

– Entonces hiciste bien. Mejor así que amarrados a alguien por compromiso.

Dentro, el piso olía a medicinas y a muerte. Vale, hinchada de llorar, le tendió una mano temblorosa.

– ¿Viniste?

– Vine.

Mamá, entre ellas, susurró sin abrir los ojos:

– Mis niñas… juntas…

Lucía tomó su otra mano.

– Estamos aquí, mamá.

– Perdóname – sollozó Vale.

Lucía miró a su hermana, a su madre, a sus dedos entrelazados sobre el cuerpo moribundo.

– Te perdono. Y perdóname tú a mí. Por estos veinte años.

Mamá murió al amanecer, con las manos de sus hijas entre las suyas. Ellas se quedaron sentadas, ya no enemigas, sino simplemente dos mujeres que habían perdido lo más valioso.

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