Marido para el fin de semana

Te cuento una historia que probablemente podría ser la de cualquier familia de aquí, de las de toda la vida de Madrid, en un barrio de los de bloques apretados y patios donde aparcan los coches siempre en el mismo sitio. Imagina un jueves cualquiera al anochecer, con los faroles encendiéndose y ese fresco de octubre que empieza a colarse por las ventanas.

La croqueta estaba en medio del plato, ni un centímetro más a la izquierda ni a la derecha. Lorenzo la miraba como si le fuera a decir algo, mientras le crujía el estómago.

María Eugenia, ¿puedo cogerme una tostada? Que tengo un hambre

Vale, pero la cena es en veinte minutos. Sabes que el pollo no sabe igual si se enfría.

Pero solo es una, muy rápida

¿No puedes esperar un poco? He preparado todo para que esté perfecto. Las patatas estarán listas a las ocho menos cuarto, el pollo a las ocho en punto. Si picas ahora, seguro que luego no cenas nada.

Lorenzo resopló y se sentó de nuevo. María Eugenia seguía enfrascada ordenando la compra en la nevera: los yogures clasificados por fecha, la leche en la balda derecha, el queso en el cajoncito Ni una cajita fuera de sitio.

¿Un té sí me puedo hacer o tampoco?

Uno, y con solo una cucharada de azúcar.

Pero si no soy un niño, Mari.

Pero puedes ser diabético, que tu padre lo era, y el abuelo también Así que una cucharada, ya sabes.

Mientras ella se giraba, Lorenzo intentó servirse él, pero antes de que pudiera, ya estaba ella con el azúcar medido y la taza en la mano.

Toma, aquí tienes.

El té sabía a nada. Ni pizca de azúcar, flojo y templado. Pero él no dijo ni mu.

Fuera, ya estaba oscuro y ese silencio familiar, con los edificios como cajas de zapatos apiladas, lo envolvía todo. Los dos pasaban ya de los cincuenta y llevaban treinta años juntos. Todo en casa era un quirófano de limpio, un monasterio de callado.

***

Los sábados en casa de ellos arrancaban temprano, a las ocho en punto. Y no porque hubiera prisas, sino porque a esa hora empezaba el plan de tareas, dictado por la lista que María Eugenia escribía cada viernes con su letra ordenada en su libreta de cuadrícula.

Ocho: desayuno.

Ocho y media: limpieza del piso.

Diez: a la compra. Primero el Ahorramás de la calle Alcalá, luego droguería.

Doce: comida.

Una: siesta.

Dos: visita a la tía Pilar.

Cinco: de vuelta.

Cinco y media: cena.

Seis y media: tele o libro.

Diez: a dormir.

Lorenzo podría recitar ese horario de memoria. No porque le gustara, sino porque llevaba así quince años, cambiando solo el familiar a visitar o algún comercio, pero ya. Y claro, en esos ratos en que fregaba el suelo del pasillo, dándole a la bayeta de lado a lado, se le venía a la mente la pesca. ¿Cuánto hacía que no iba? ¿Ocho años, más? La última vez, con su amigo Enrique, fueron al embalse de Valmayor: tres lucios pequeños y una carpa, nada del otro mundo, pero sí la compañía y un guiso al fuego en una vieja lata. Aquello sí era vida, y esa noche volvió a casa ya casi de madrugada.

¿Te parece normal la hora que es? le soltó entonces María Eugenia.

Me lié un poco, perdona

¡Te llamé ocho veces! La cena está fría

Ya, perdón.

Y tema cerrado, pero ya no volvió a ir. Ni ella se lo prohibió, ni él lo sugirió jamás. Era más fácil no sacar el tema.

¿Estás aclarando bien la fregona, Lorenzo? Que si la escurres tanto, te quedan marcas.

Él lo hacía como le decía ella y al final los suelos relucían. A María Eugenia le encantaba presumir a las amigas diciendo en mi casa se puede comer en el suelo. Lorenzo lo pensaba a escondidas: jamás en la vida comería él así, ni aunque pasara revista el Rey.

Después tocaba la compra y después la visita a la tía Pilar, con sus empanadas de patata un poco pasadas, y el comentario diplomático de María Eugenia: Pilar, ¿no te cuece un poco raro el horno?. Pero las empanadas a él le gustaban, hasta lo quemado. La vuelta, a las cinco y veinte. Diez minutos antes de lo previsto. Y luego cena de requesón al estilo militar: cortado en seis trozos, todos iguales. Y ahí, delante de aquel plato, de pronto a Lorenzo le entró una especie de vértigo. No por el postre; por todo. Por saber que mañana sería igual, y pasado y todo el año.

Bebió el té, se acabó la cena y se sentó a ver la tele.

***

El miércoles el aspirador puso punto y final: dejó de funcionar. Lorenzo, que era ingeniero de mantenimiento en una fábrica a las afueras de Getafe, tardó cinco minutos en dar con el filtro atascado y con una pieza un poco floja. Nada que no pudiera arreglar en veinte minutos.

María Eugenia apareció en la cocina.

¿Qué haces con eso?

Arreglarlo. Si es lo más tonto del mundo, mira, el filtro y este soporte de aquí.

Llama a un técnico, hombre, no te compliques. Que luego pasa como con la plancha

Aquello era otro tema.

Lorenzosuspiró. No es lo mismo armar maquinaria industrial que un electrodoméstico.

Algo se le movió a Lorenzo por dentro, despacito, como una piedra que rueda. Miró el aspirador desmontado y las manos manchadas de grasa, y a ella, tan seria, tan segura siempre.

Lo voy a arreglar, María Eugenia.

Ella le miró. Primero sorprendida, luego con un deje de fastidio. Salió de la cocina sin volver.

Tardó más de una hora en dejar el aparato mejor que nunca. Cuando lo terminó, lo puso en marcha solo para escuchar cómo funcionaba con ese zumbido limpio. María Eugenia pasó, asintió y listo. No hubo ni bien hecho.

***

Un día, yendo al metro, vio en una farola un cartel: Arreglos de cacharros viejos, radios, caballetes, lo que sea. Dirección y teléfono en Lavapiés. Lorenzo recordó su viejo tocadiscos Cosmos, el mismo que le había regalado su padre antes de casarse. Llevaba tres años muerto de risa en el recibidor. María Eugenia ya le había propuesto tirarlo. Él siempre decía ya lo miraré. Esta vez decidió llamar; nadie respondió. Así que fue en persona.

El sitio era un bajo antiguo, en una callejuela llena de graffitis, portalón de madera, desconchones en la entrada A la puerta se asomó una mujer de su edad, con el delantal pringado de pintura y manchas de azul hasta en la mejilla. Se llamaba Blanca, sin más.

Dentro había cuadros, caballetes por todos lados y un gato atigrado dormido en un sillón. Olor como a pintura, aceite de linaza y café. La casa era caótica y cálida, llena de trastos, de vida.

Me pillas en plena faena, ni he recogido se disculpó ella.

No te preocupes ¿Serías tú quien arregla aparatos?

Bueno, más bien los arreglo por cariño, que técnicos no soy. ¿Qué traes?

Él le explicó lo del tocadiscos. Ella le sacó dos bromas y le pidió traer el aparato la próxima vez, que mientras tanto, si quería, podría ayudarla con el caballete que se le desarmaba.

El caballete estaba loco, las patas flojas y el tornillo pasado. Lorenzo, feliz con el destornillador y un trozo de cinta, lo apañó sobre la marcha y le explicó cómo arreglarlo bien con un tornillo M6.

Ella lo apuntó en la prensa del suelo, con pincel y pintura negra, muerta de risa: Tornillo M6, no olvidar.

Luego se fueron a la cocina. Él probó sus empanadillas de repollo, pasadas de fecha pero deliciosas, con el punto de huevo y cebolla que hacía su madre. Ella le contó de su hija, que estudiaba Historia del Arte en Salamanca. Viuda y algo despistada, decía vivir con su gato Manchitas y poco más.

Por primera vez en mucho tiempo, Lorenzo se encontró escuchando y siendo escuchado. Por primera vez, al contar una anécdota de pesca, notó que de verdad interesaba a quien tenía delante.

Cuando se dio cuenta, había pasado media tarde. La conversación se alargó, y él tuvo que correr para coger el metro.

***

En casa, María Eugenia tenía la cena fría esperándole, y esa cara que precede a los sermones largos.

¿Dónde estabas?

Arreglando un tocadiscos, y ayudando a una pintora con su caballete. Se me ha ido el santo al cielo.

No has avisado. Hice la cena, la recalenté dos veces, y claro, ya ni sabe igual.

Perdona.

No es por la dichosa cena. Es por respeto. Porque no piensas en nosotros, ni en la casa, ni en mí La semana pasada te pedí queso semicurado y trajiste curado. Lo tuve que tirar.

Solo se quitó la chaqueta, la colgó, y no discutió más. Por dentro sentía algo que se iba apretando cada día más.

He comido allí, me ha dado unas empanadas.

Qué bien, las empanadas.

No hubo más charla. Ella se acostó y él se quedó mirando la lluvia desde la ventana: tampoco el agua cae según lo que pone en una lista.

***

Aquello se repitió varias veces. Trajo el tocadiscos; Blanca lo arregló, quedando aún mejor que antes. Luego volvía algún día a ver si había comprado el tornillo correcto y pasaba la tarde. Al principio avisaba, pero después dejó de hacerlo salvo un voy a la casa de la pintora.

No le contó a María Eugenia todo lo que iba. Tal vez porque no quería, o porque notaba que era suficiente con decirle que iba y que volvería para cenar.

Un día, fue tan tarde que al llegar la encontró esperándole más inquieta que enfadada.

¿Qué te pasa, Lorenzo?

Nada. Me gusta hablar con ella. Nos entendemos. Y no hay nada raro, de verdad. Solo hablamos.

Ella se quedó en silencio. Por primera vez, el miedo asomó, ese que cuando vemos que las rutinas se tambalean, nos arrincona.

***

El viernes hizo una maleta. Dos camisas, la maquinilla, un libro, y se fue. María Eugenia lo miraba desde la puerta, sin decir mucho.

¿Vas a irte con esa mujer?

Solo necesito tiempo para pensar.

Esto es una tontería

Puede ser. Pero necesito hacerlo.

Llama al menos.

Cerró la puerta.

***

Blanca solo le abrió la casa y le puso el sofá-cama en su estudio de pintura, sin pedir explicaciones. Manchitas, el gato, se le acurrucaba a los pies. Por las mañanas, Blanca preparaba café en la cafetera italiana, él le ayudaba a colocar cuadros o simplemente se sentaban a oír la Ser y comentar el parte del tiempo.

María Eugenia llamaba. La frecuencia fue bajando, pero cada vez que contestaba, ella preguntaba si se estaba tomando la medicación o llevaba el abrigo bueno. Y le recordaba la cita con el médico de cabecera del viernes a mediodía.

Después de unos días, recibió mensajes de amigas suyas, del jefe, hasta del primo de Guadalajara Todos con un vuelve a casa, Lorenzo, que tienes a María Eugenia fatal. Y es que ella, como siempre, organizaba todo, llamaba a quien hiciera falta, controlando la situación desde la distancia.

Una tarde, Blanca le preguntó cómo estaba.

Raro hasta asustado. Si te soy sincero, llevo veinte años poniéndome la camisa que María Eugenia sacaba la noche antes. Nunca la que me apetecía. No sé si eso es normal.

¿Te parece raro?

Bueno, ella me quiere a su manera

Pero tú ¿te sientes tú mismo con ella, o eras solo una pieza más de su horario?

Él no respondió, pero la pregunta se le quedó dentro días, casi semanas.

***

María Eugenia apareció un domingo por la tarde. Consiguió encontrarle, por llamadas y recados. Entró en el piso, miró el desorden, el olor a pintura y los trastos, y frunció el ceño. Blanca se asomó a la cocina, saludó educadamente y se retiró.

¿Estás bien? ¿Te tomas las pastillas?

Sí, todo está bien.

Él cortaba pepino para la ensalada, y los trozos salían gordos y torcidos, nada de ruedas perfectas.

No hacía falta que vinieras.

Llevo toda la vida cuidando de ti ¿Lo entiendes? Cuidando de ti. Todo lo que hacía era por ti.

Lo sé.

Entonces ¿por qué?

Blanca, desde la otra habitación, se atrevió a decir despacio:

María Eugenia, cuidar de alguien es dejarle espacio para ser él mismo, no asfixiarlo con cariño calculado.

María Eugenia, tras una pausa larga:

No tienes ni idea de nuestra vida.

Cierto aceptó Blanca.

Lorenzo le cogió la mano a su mujer.

Voy a pedir el divorcio. No es que no te quiera pero ya no puedo más.

Ella soltó la mano con cuidado y se fue, recomendándole otra vez no te olvides de las pastillas, están en el armario azul.

***

El proceso duró medio año. La vivienda se quedó ella, él alquiló una habitación pequeña cerca de Atocha, apenas a dos calles de la casa de Blanca. Aprendió a comprar lo que le apetecía, a cenar de pie junto al frigorífico, a irse a la cama cuando le daba la gana o a ver la tele hasta tarde, por el simple placer de hacerlo.

Lo suyo con Blanca fue a fuego lento, más un compás que un flechazo. Ambos sabían que se gustaban, pero no querían precipitarse. Llegó la primavera y salieron juntos de pesca, aunque ella no había tocado una caña en la vida. El coche viejo de Blanca casi se queda en la cuneta antes de llegar al embalse de El Atazar, pero al final pasaron la mañana viendo el sol disolverse en la niebla.

Se volvieron sin una sola pieza, llenos de barro y risas por haber volcado juntos al resbalar en la orilla. Y Lorenzo pensó, empapado y contento: esto sí es vivir. Pelearse por tonterías del día a día, sin que nadie pase lista. Manchita de barro en la chaqueta y el mundo al revés.

***

Se casaron en otoño, discretamente, con solo un puñado de amigos: Enrique, la amiga de Blanca, Irina, de fotógrafa, y Manchitas moviéndose por la sala como el rey del mambo.

La convivencia, claro, tenía su locura: a veces faltaba pan porque Blanca gastaba más en pinceles que en la compra, otras Lorenzo montaba un lío de tornillos en la cocina porque se obsesionaba con reparar una radio vieja. Y discutían. Pero cuando uno ponía el agua a hervir en la tetera, ya sabían los dos que la pelea había terminado.

***

María Eugenia se enteró de la boda por Tamara, la de siempre. Al principio, funcionaba casi como un autómata: la casa seguía limpia, la cena a hora fija, el trabajo controlado. Pero en esas noches solitarias, ponía dos tazas de té por inercia y al darse cuenta, apartaba una, sintiendo el hueco.

Un día, la jefa en la asesoría le preguntó directa:

María Eugenia, ¿qué ocurre? No eres la misma.

Cosas de familia contestó ella.

¿Tu marido?

María Eugenia no respondió.

Busca a alguien profesional, no a una amiga. No te líes haciendo limpieza general de la casa; empieza limpiando emociones.

Acabó en psicóloga, después de mucho pensárselo. Al principio apenas hablaba. Pero un día, la psicóloga le preguntó:

¿Cuándo sentiste, de verdad, miedo por ti?

María Eugenia dudó mucho. Y recordó, de pronto. El miedo al perder el control cuando Lorenzo hacía la maleta, al notar que algo se desmorona y no puede remediarlo. Que si una no lleva todo atado, pierde hasta lo más querido. Así lo enseñaron en casa: Maruja, hija, que los hombres si no, se van.

¿Y qué ocurrió entonces? preguntó la psicóloga.

Pues que si lo aprietas mucho, también lo pierdes.

Por fin pudo decirlo en alto, y sintió un alivio raro y hondo.

***

Un domingo, Tamara le propuso ir a una exposición de acuarela en la Casa de Cultura. María Eugenia fue por no estar sola. Y de pronto, descubrió que le gustaba cómo el blanco del papel seguía brillando a través de los paisajes. Junto a ella, un hombre mayor, tirando a despistado, se ponía a su altura:

Fíjate cómo el pintor ha dejado ese borde sin tocar le dijo. Es justo ese vacío lo que hace que resalte la composición.

Él se llamaba Jaime. Profesor de guitarra en el mismo centro, era viudo, despistado y lento, de esos capaces de perder media hora discutiendo por qué los árboles del Retiro se plantaron así y no de otro modo.

Al principio, María Eugenia intentó ponerle orden: que si un planificador para no olvidar cosas, que si orden en la nevera… Pero cuando intentó organizarle los armarios, él le cogió la mano despacito.

Déjalo, aquí ya me entiendo yo.

Ella miró los botes, su mano entre las de él y soltó una carcajada. Cuando sus manos iban a ordenar algo, se paraba. No siempre, pero ya no se le olvidaba.

La psicóloga le dijo después:

Solo puedes controlarte a ti misma. Y eso, en realidad, es mucho más divertido.

Empezó a lanzarse a la cocina con improvisaciones, incluso atreviéndose a abusar de la canela en una tarta porque sí, porque le apetecía. La tarta salió demasiado intensa, pero la disfrutó como nunca.

Tamara se lo hizo notar, un día:

Has cambiado, chica. Para bien.

Por primera vez, María Eugenia recorrió el barrio con una sonrisa porque sí, sin motivo.

***

La última vez que se encontraron fue por casualidad, en el Parque del Oeste. Lorenzo venía de la mano de Blanca, que vestía un abrigo color mostaza viejo, y reían juntos. Ella los vio primero, y Lorenzo la reconoció al instante. Se saludaron, sin rencores, con una amabilidad nueva.

Estás más guapa, Mari le dijo él, de verdad. Y era cierto.

Ella asintió. Octubre barría las hojas y todo parecía callado, tranquilo, como si el tráfico se hubiera parado.

Le contó que se iban a recorrer la costa sin destino fijo. Ella respondió que estaba aprendiendo a improvisar recetas y a reírse cuando la tarta salía torcida. Y Lorenzo comprendió, viéndola, que por fin ambos respiraban.

A su lado apareció Jaime, con tres bollos para desayunar.

No sabía si te gustaba el de canela o el de nuez, así que los he traído todos le dijo torpemente.

Ella le agradeció con una sonrisa. Casi se le saltaban las lágrimas de la risa.

Blanca hizo amago de marcharse, educada, pero María Eugenia la tranquilizó con la mirada. Lo que había que decir entre Lorenzo y ella, ya estaba dicho sin palabras.

Se despidieron sin dramas. Lorenzo, de la mano de Blanca, caminó lejos. Ella se sentó en el banco, probó el bollo de canela, y pensó: Si él no se hubiera ido, nunca hubiera aprendido a vivir. Ni a reírme así. Jaime, pese a odiar el bollo de nuez, se lo ofreció a ella. Se lo aceptó con una palmada tierna.

En ese momento, Madrid olía a otoño, a algo nuevo.

Y ahí, entre sorbo y sorbo de café de máquina y bocados de bollo, supo que, por fin, estaba viva.

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Marido para el fin de semana
Calor sofocante. Catalina