Cucarachas
Las cucarachas en la cabeza de Maruja bailaban una jota. Una de esas bien animadas, con palmoteo y saltitos incluidos. Movían las patitas haciendo farolillos y se marcaban un “dos pisotones, tres palmadas” al ritmo de la música cada vez más alta en su mente.
Normalmente, ellas eran muy finas. Bien educadas, de pedigrí y de lo más discretas. Que de eso, Maruja andaba siempre justa, así que tanto trabajar con empeño en su genética personal había dado sus frutos.
Su abuela siempre le decía que las cucarachas en la cabeza eran señal de algo bueno. Que si una persona tenía unas cuantas, estaba claro que no era del montón. Una persona con chispa, con gracia. Las que hacen la vida menos aburrida, vaya. Que ya hay bastante rutina en el día a día.
Eso de la chispa tampoco es que se lo inventara Maruja. Su abuela era de lo más moderna para sus ochenta y unos cuántos, siempre lanzando expresiones que ni los jóvenes del barrio. Ella, activa hasta para repartir recetas de la vida a diestro y siniestro.
En realidad, abuela, abuela lo que se dice abuela, tampoco era. Oficialmente era su bisabuela, pero bis ¿para qué, si la abuela original llevaba años criando malvas y la bisabuela había ocupado la vacante? A efectos prácticos, abuela y punto. Detalles técnicos.
Maruja quería a su abuela con locura. Es que no tenía a nadie más tan cerca. Su madre ni contaba.
Lo de la madre de Maruja era ya de otro planeta. Lista, guapa, directora de colegio y todo, ¿eh? Por suerte, no del colegio de Maruja. Gracias a quién, pues a la abuela. Ella insistió para que su hija no metiera a Maruja en su propio colegio.
¿Para qué quieres meter a la niña en líos?
¿Qué líos?
¡Pues los tuyos, hija! Ahí será sólo Maruja, aquí será la hija de la directora. No le arruines la fama, que lo va a necesitar. Perder una reputación es fácil, construirla cuesta lo suyo. ¿O es que tengo que explicártelo con plastilina?
Ni rodeos ni florituras cuando hablaba con su hija; lo de ir al grano era su manera de ser. Maruja no tenía claro si era siempre lo correcto, pero la abuela educó a la madre de Maruja desde que perdió a la suya, la famosa bisabuela, cuando aún era pequeña. De la tragedia nunca hablaban mucho.
Una tontería, Marujita. Una chorrada del destino. Un carámbano Una mala limpieza del tejado, una vida menos. Menos mal que fue sólo una y que la tuya terminó bien. Si tu madre no te aparta a tiempo, estaría sola en este mundo.
¿Abuela, y eso de los accidentes pasa a cualquiera?
¿Te miento?
¡No!
A cualquiera, Maru, a ti, a mí, al Papa de Romay ni por eso hay que acobardarse.
¿Entonces para qué pensar en eso?
Para vivir, hija. Para aprovechar cada instante como si no hubiera mañana. Para dar algo único, grande, a este mundo, sin esperar nada a cambio, para hacerlo un poco más bueno y luminoso. Porque de oscuridad ya vamos servidos.
Eso fácil de decir hacerlo ya es otra cosa.
Justo, y saberlo es buena señal. ¡Hay vida inteligente en tu cabeza! Y tus cucarachas están bien orientadas, ¡eh!
¿Las cucarachas qué tienen que ver? ¡Abuela, qué asco!
Maruja no soportaba los bichos. Las mariposas y las abejas aún, pero las cucarachas Con eso, había drama asegurado.
¡Ay, abuela, una cucaracha!
Déjala, que igual tiene hijos decía la abuela, zapato en mano. ¿Ves alguna más?
¡Pero si dijiste que tenía hijos!
Por eso mismo, hay que comprobar.
Y tras el exterminio, venía una limpieza general que ponía la casa patas arriba, porque claro, si hay una, seguro hay más.
Con los años Maruja entendió que la abuela en realidad la compadecía: gritaba mucho, pero hacer, lo que se dice hacer tardaba tanto que daba tiempo a la cucaracha a montar una familia.
Toda la familia conocía esta peculiaridad de Maruja, hasta los profes de gimnasia:
A esta chica hay que ponerla a otra cosa. Habilidad tiene, pero piensa más lento que una tortuga en bata. Y eso, en situaciones de tensión, es peligroso. ¡Vas pensando en algo!
Vale, ya lo pienso aceptaba la abuela, que acto seguido la inscribía en ajedrez.
Ahí sí que Maruja encajó: tiempo para pensar todo el que quisiera y además la felicitaban por ello. La gloria. Por eso, se quedó años.
La abuela se le caía la baba en cada torneo, enseñando el trofeo a los vecinos:
¡Marujita, eres una estrella!
Abuela, no digas eso, que me asustas.
¿Y eso?
Porque yo te oí decirle a mamá que las estrellas nunca son felices mejor no serlo, ¿vale?
No lo entendiste bien, hija. Mejor te lo explico, ¿no ves que eres una criatura aún?
La abuela respondía siempre a todo, aunque sus explicaciones no fueran del gusto de la madre de Maruja.
¡Madre, ¿qué le has contado ahora?! Hoy me pregunta que qué significa traer de la calle… ¡Tiene trece años, abuela!
¿Y qué? ¡Hoy en día los niños lo saben todo! Pregunta en su clase. No veas los culebrones que montan, y yo creyendo que, por casarme tres veces, era experta; ¡pues no sé nada!
A mí no me cuenta nada de eso…
Y claro, porque no preguntas. Todos somos de los mismos Smirnov… Vamos con calma por la vida, pero en la cabeza montamos cada festival que ni en las fiestas del pueblo.
La madre de Maruja también era una superwoman, aunque la abuela no le perdía la pista.
¡Mamá, no empieces con lo de mi vida privada!
Te lo digo porque te preocupas por la niña, todo son dudas con sus preguntas raras. ¡Habla con ella como hice yo contigo! Mejor que le venga el golpe aquí a que se lo dé la vida. Que ya viste: tú, madre joven, y el papá ni rastro.
¡Abuela!
No me pongas esa carita, yo te quiero igual. Y además, gracias a tu romanticismo tenemos a Marujita, ¿no? Eso es lo importante. Lo que me da pena es que estés sola, hija.
Pero la abuela nunca insistía demasiado.
Cuando Maruja tenía casi dieciséis, su madre por fin encontró su felicidad. Llevaba saliendo con Antonio, su secreto mejor guardado, casi un año y la pilló… ¿Dónde? Pues en una cafetería, mientras ella entraba con sus amigas. Al verla tan rejuvenecida, sonriente y con ese brillo, Maruja comprendió por primera vez que su madre era mucha madre.
¿Abuela, tú lo sabías?
Más o menos.
No quiero estorbarle.
Pues no estorbes, fácil.
¿Y si le hace daño?
La abuela, experto en pelmeni y en mafia doméstica, la tranquilizaba:
A nuestra Lidia no la toca nadie, que aquí estamos su clan vigilante.
Maruja no protestó. Su abuela fue inspectora, había cazado a dos criminales de esos con nombre Así que recursos tenía.
Al final, tuvo que compartir a su madre con Antonio y, lo que es peor, con Alejandrito, el hermanastro ruidoso y pegadizo. Claro que, al principio, los celos eran una montaña rusa. Se lo largó todo a la abuela:
¡Hija, te hemos consentido demasiado! ¡Nos ha faltado algún azote bien dado!
Abuela, por favor…
Pensaba que ya eras adulta, pero resulta que aún quieres a tu madre sólo para ti… Chica, ahora tienes hasta hermano, ¿te das cuenta? Ya no estás sola.
¿Y ahora qué hago…?
No hagas nada, ayuda a tu madre cuando puedas. El amor es eso: dar, y no sólo recibir. Si haces hueco, siempre te toca, pero hay que saber devolverlo.
Eso de tener hermano fue toda una lección. Y claro, Alejandrito, ruidoso y cariñoso, fue el primer paciente de Maruja. Así entendió que igual, lo de ser pediatra tenía sentido para ella.
Pero las dudas eran persistentes como el chicle en el zapato.
Abuela, ¿y si no me gustan los niños? Entonces, no debería ser pediatra.
¿Quién ha dicho que no te gusten? A veces sólo es miedo a lo que no conoces.
Para curar las inseguridades, la abuela le organizó unas prácticas en casa de su amiga Verónica, madre de familia numerosa y exprotagonista de un thriller castizo el típico culebrón de barrio, con padrastro chungo y todo. En fin, luego, mucha convivencia, muchas historias, y Maruja acabó siendo otra más en la tribu de Verónica.
Superó la “escuela de la vida” con nota, se metió en Medicina y… ¡La sorpresa! Primer día de universidad y topa con Denis clásico gafotas, futuro médico y su archienemigo de la adolescencia.
La relación tardó lo suyo. Chispas, piques, farolillos en la cabeza… hasta que coincidieron en una asociación que organizaba fiestas de payasos para niños en hospitales.
Después de guerras de globos y piropos a base de sarcasmos, Denis la invitó a un café: Sólo tengo una hora, y le confesó que trabajaba para ayudar en casa. Ahí, Maruja entendió que, en la cabeza de Denis también zapateaban cucarachas made in Maruja. ¡Mi abuela tenía razón!, pensó.
Valóralos, hija, que no abundan los que comparten especie le repitió siempre la abuela. Si tienes suerte de toparte con uno así, no lo dejes escapar.
¿Y tú tuviste de esos?
¡Claro! Mis maridos eran expertos en cucarachismo castizo.
¿Entonces por qué divorciada tres veces?
Hija, eso te lo cuento otro día, no vaya a ser que se mareen tus cucarachas. Lo importante, ¡aprende tú misma! Ah, y Denis me gusta. Es mejor que tú.
¡Abuela!
Porque te aguanta, ¡eso es de matrícula!
En efecto, Denis acabó pidiéndole matrimonio, con anillo y todo.
Y allí estaban: madre llorando a chorros, abuela aplaudiendo como en la final de Eurovisión, Verónica organizando abrazos para todos y Maruja, con las cucarachas bailando más que nunca, pensó: Pues sí, igual en esto de la vida, lo importante es encontrar a quien te baile la jota mental a la par.
Y cuando Verónica fue a abrazarla y le preguntó si estaba segura:
No podría perderlo ni queriendo. Porque, como dice mi abuela, no abundan dos especies iguales de cucarachas. ¡Y perder eso, en la vida, sería imperdonable!
Pues nada, ¡que vivan las cucarachas! dijo Verónica, guiñándole el ojo. ¡Menuda familia os estáis montando!
Así que, Maruja ya lo sabía: con una buena cuadrilla de cucarachas y un poco de ironía, la vida sabe mejor.






