Miércoles en el portal
En el banco junto al tercer portal hay una bolsa de plástico, bien atada, y encima un papel blanco pegado con celo: coged. Natividad Sánchez se detiene con la bolsa de la compra, como si alguien la hubiese llamado por su nombre. La bolsa está demasiado ordenada para ser basura y demasiado ajena en este patio donde lo de fuera no dura nada.
Sube un peldaño para mirar sin tocar. Dentro se intuyen empanadillas redondas, aún templadas el plástico aparece empañado. Se oye el portazo de la entrada y sale Verónica del quinto B, joven, con auriculares, y también se queda parada.
¿Eso es una trampa? pregunta Verónica quitándose un auricular.
¿Y yo qué sé? Natividad Sánchez se encoge de hombros. A lo mejor alguien se ha confundido.
Verónica resopla, mira a las ventanas. En el primero están las cortinas corridas; en el segundo, alguien deja la ventana abierta. El patio sigue con esa cautela habitual: todos oyen, pero fingen no hacerlo.
Aparece Pablo, el repartidor que alquila un cuarto a la abuela del cuarto. Siempre va con prisa y habla caminando.
Anda, qué bien dice, alargando la mano.
No toques, responde Verónica tajante. Por si acaso.
Pablo retira la mano, como si quemase.
Anda ya. Si está con nota.
La nota también puede serlo murmura Natividad, sorprendida de lo fácil que le sale ese puede ser. No le gusta dudar de la gente, pero el patio enseña: mejor no meterse.
Quedan un minuto más, luego cada uno se va con una excusa. Verónica al cubo de basura, como si tuviese prisa. Pablo saluda y corre por el soportal. Natividad sube a casa, mirando por la ventana de la escalera con cada paso. La bolsa sigue en el banco, como una pregunta.
Por la tarde, al bajar la basura, ya no está la bolsa. Solo queda la huella del celo en el banco, y Natividad se siente extrañamente decepcionada como si algo importante no hubiese pasado.
La semana siguiente, el miércoles, la bolsa reaparece. Esta vez no en el banco, sino en el alféizar entre el primero y el segundo, donde se dejan tarros vacíos y folletos. El papel es igual: coged. Natividad vuelve de la consulta, cansada, con el volante en el bolsillo y la cabeza pesada de tanto esperar. Se detiene y ve que ahora en la bolsa hay una tarta, cortada en ocho porciones, cada una en una servilleta.
En el rellano está Esperanza, la contable del sexto A, con el bolso habitual cruzado.
¿Has visto esto? dice en voz baja, como en misa. Otra vez.
Veo responde Natividad.
Igual es de alguna secta Espe sonríe, pero los ojos siguen serios.
Natividad quiere decir algo para apaciguar, pero no encuentra las palabras. Observa la tarta: alguien ha pasado la tarde amasando, recordando el relleno, cortando cada porción con esmero. Eso es demasiado humano para ser trampa.
Espe toma un trozo con rapidez, como si temiera dudar, y lo guarda en el bolso.
Es para los niños dice antes de subir deprisa.
Natividad se queda. Podría coger, pero la vieja costumbre le avisa: no tomar si no sabes a quién dar las gracias. Cree que la gratitud, sin destinatario, suena hueca.
Al bajar la basura una hora más tarde, quedan solo dos trozos. Allí está don Nicolás del segundo portal, el que siempre arregla el portero automático y se queja de la comunidad.
Mira, Nati dice, otra vez tenemos beneficencia.
Igual alguien simplemente hornea responde ella.
Hornea y calla Nico niega con la cabeza. Es raro. Pero dicen que está rico.
Toma un trozo sin esconderse y muerde allí mismo, masticando como catador.
Manzana y canela sentencia. No es de tienda.
Natividad sonríe, con más alivio que alegría.
El tercer miércoles hay pequeñas tartaletas de requesón. Están en una caja de zapatos, forrada con papel. La nota ya no es en folio sino en un trozo de cuaderno: coged, por favor. Ese por favor le impresiona más a Natividad que el dulce.
Baja por leche y ve junto a la caja a un chico de la novena, Martín, delgado, con el uniforme escolar y la mochila. Está parado, dudando.
Coge, dice Natividad.
¿Y si si no se puede?
Lo pone ahí.
Toma una tartaleta deprisa y la mete en el bolsillo del abrigo, que se hincha enseguida.
Gracias murmura, no a ella, y baja corriendo.
Natividad toma una. Siente el calor a través del papel, sube a casa, pone la tetera y el plato. La tartaleta es suave, el requesón dulce y con pasas. Piensa, no en el sabor, sino en lo raro que se está volviendo el portal: es como si hubiese alguien invisible que piensa en los demás.
Esa noche coincide en el ascensor con doña Ramona, del octavo, con su bolsa de medicamentos.
¿Usted cogió? pregunta, señalando abajo.
Cogí responde Natividad, sincera.
Y yo suspira Ramona. Vergüenza me da, pero la pensión, ya sabe.
Natividad asiente. Sabe. Y el ascensor se siente más lleno, pero ya no incómodo, sino casi acogedor.
El cuarto miércoles se vuelve casi una cita. Natividad se sorprende a sí misma mirando el alféizar al salir a por pan. Hay una bandeja tapada con paño y la nota: coged. Bajo el paño, pequeños bollos de amapola.
Allí está Verónica, la que habló de trampas el primer miércoles. Ahora sostiene un bollo y sonríe.
Al final no es una secta, ¿no? dice.
No lo parece contesta Natividad.
Pensé que era usted Verónica la mira atenta. Siempre tan observadora pensaba que horneaba.
Natividad se ríe bajo.
Solo sé hacer té.
¿Entonces quién?
Natividad encoge los hombros. De golpe, le gusta no saber. Hay algo seguro ahí: recibir bondad sin deber nada.
Pero el quinto miércoles el alféizar está vacío. Natividad cierra la puerta a dos vueltas, baja al primero y mira el rincón ya habitual. Nada. Ni bolsa, ni caja, ni nota. Solo la propaganda de una pizzería y el guante olvidado de alguien.
Escucha el portal: arriba, alguien discute por teléfono, abajo, otra puerta golpea. Sale al patio. El banco está vacío. Siente alarma, no por los bollos, sino por la persona que los traía. Si ha dejado de venir, algo habrá pasado.
Al portal está don Nicolás, fumando bajo la señal de prohibido fumar.
Hoy no ha habido dice sin preguntar.
No responde Natividad. ¿No sabe quién era?
¿Quién va a saber? apaga el cigarro en la papelera. Igual se cansó. Igual está malo.
O tal vez Natividad no termina.
Tal vez concede él.
Se quedan callados. Natividad recuerda a Ramona con sus medicinas, Martín escondiendo el dulce, Esperanza diciendo para los niños. Para algunos, estos miércoles no eran solo capricho.
Voy a ver a Ramona avisa Natividad. Preguntaré cómo está.
Bien hecho Nicolás asiente. Yo iré a ver a Miguel, del 15. Ayer hacía ruido y hoy no se oye nada.
Natividad sube los ocho pisos a pie el ascensor, como siempre, entre plantas y llama a la puerta de Ramona. Tarda en abrir.
¿Natividad? Ramona aparece pálida, en bata, el pelo desordenado. ¿Qué sucede?
Solo venía Natividad siente que suena torpe. ¿Cómo está?
Ramona baja la vista.
La tensión. Llamé a urgencias anoche. Mi hijo trabaja fuera, la vecina se fue con su madre. Estoy sola.
Natividad entra, se quita las botas, deja la compra en el taburete. En casa huele a medicamentos y a algo agrio kefir sin acabar. En la ventana, un vaso vacío.
Debe comer dice Natividad.
No me entra Ramona agita la mano. Y tampoco he cocinado.
Natividad abre la nevera. Hay poco: huevos, un trozo de mantequilla, un tarro de mermelada. Saca los huevos, pone la sartén, enciende el fuego. Lo hace como si fuera suya y Ramona deja de parecer tan frágil.
Las tartas dice Ramona, sentada. Las hice yo.
Natividad se vuelve.
¿Usted?
Sí Ramona sonríe, avergonzada. Me ayuda tener las manos ocupadas. Y pensé que si lo dejaba ahí nadie preguntaría. No me gusta que me ayuden. Así siento que yo hago algo.
El nudo en la garganta de Natividad no es por pena, es de reconocimiento. A ella tampoco le gusta pedir.
Hoy no pudo, dice.
No pude Ramona asiente. Me mareaba. Ni al súper he bajado.
Natividad le pone el plato con huevos y pan.
Coma dice. Y lo de los miércoles ya pensaremos algo.
Al salir ya anochece. En el descansillo está don Nicolás.
¿Y?
Era Ramona. Está mal, la tensión. Sola.
Don Nicolás silba.
Fíjate. Pensé que era alguno de los jóvenes.
En casa, Natividad saca el móvil, ese que solo usa para llamar a su hijo o pagar facturas. Busca el chat de la escalera, que siempre lee, casi nunca escribe, y pulsa escribir.
Le tiemblan los dedos, no de miedo, sino porque ahora va a salir de su refugio.
Vecinos escribe, las meriendas de los miércoles las preparaba Ramona del 8º. Hoy está mal y necesita algo de ayuda. Nada de preguntas. Mañana le llevo comida. Quien pueda, que diga qué puede traer o comprar.
Lee el mensaje. Sin pena ni órdenes. Pulsa enviar.
Las respuestas llegan rápido. Verónica: Puedo pasar tras el trabajo, llevar medicinas. Esperanza: Hago bizum, dime cuánto. Pablo: Mañana por la mañana libre, llevo bolsas. Alguien ofrece cocinar sopa. Otro pregunta si hace falta tensiómetro.
Natividad mira la pantalla y siente algo descongelarse por dentro, pero también miedo: ¿acabarán todos hablando demasiado, averiguando, molestando?
Al día siguiente sale a comprar con lista: arroz, leche, pan, plátanos, una caja de té. Piensa un momento y añade galletas, para el té. Las bolsas pesan. Al salir, Pablo la alcanza.
Le ayudo dice, ya cogiendo una bolsa.
Natividad se la da. Él la lleva con cuidado, como si entendiera que no es solo compra.
En la puerta de Ramona se cruzan con Verónica y una bolsa de farmacia. Ella se ruboriza al ver a Natividad.
Era esto dice. Las pastillas, como dijo.
Gracias Natividad responde.
Ramona abre, los ve y, al principio, quiere negarse levanta la mano.
No hace falta dice. Yo puedo
Ya hizo bastante dice Natividad tranquila. Ahora nos toca. Sin más.
Ramona baja la mano y rompe a llorar en silencio, como si se despidiera de muchas tensiones.
Una semana después, el miércoles, Natividad baja con una bandeja bajo un paño. Anoche horneó acordándose de cómo su madre le enseñaba a doblar la masa. Le sale regular, pero sincero. Escribe: coged. Luego añade: si queréis, dejad una nota con lo que os apetece para el próximo miércoles.
Pone la bandeja en el alféizar y retrocede. Le late el corazón, como antes de un examen. No quiere que esto sea una obligación, pero tampoco volver al silencio vecinal.
A la media hora baja otra vez, como de paso. Quedan pocos bollos. Junto hay un papel doblado. Natividad lo toma y lo lee.
Gracias. Sin azúcar, si puede ser. Mi madre es diabética, pone, con letra torcida.
Dobla el papel y lo mete en el bolsillo de la bata. Sube Martín por la escalera, la ve y se detiene.
¿Ahora es usted? pregunta.
Ahora somos todos responde Natividad. Por turnos.
Martín asiente, toma un bollo y, antes de irse, dice:
Yo puedo recoger las notas. De todas formas subo y bajo.
Hecho dice Natividad.
Esa tarde pasa a ver a Ramona. Ya se sienta junto a la ventana, con el pañuelo puesto, y está mejor.
Pensé que lo dejaría dice Ramona, cuando ve la bolsa con manzanas.
Solo cambiaremos el modo contesta Natividad. Así no depende de una sola.
Ramona sonríe y le da un cuaderno pequeño.
Aquí apunto recetas dice. Por si le sirven.
Natividad recoge el cuaderno. El papel está caliente de manos.
Me servirá dice.
En el portal, alguien ha dejado ya una nueva nota, sujeta con un imán del portero antiguo. El próximo miércoles llevo bizcocho de manzana, pone en grande.
Natividad no sabe quién la firma. Y eso es, otra vez, lo mejor. Ahora el anonimato no separa, sino que da permiso para ayudar y si alguien lo pasa mal, la puerta ya no parece tan difícil de tocar.






