Oye, mirad, allí… ¡Allí hay una niña! llamé al maquinista, señalando con el brazo y sin apartar la vista de lo que tenía delante.
Estaba sentado en el suelo desgastado de madera del vagón, con las piernas colgando desde los escalones. Observaba el espeso pinar tras los postes fugaces y los campos ya cosechados, ahora hechos cuadros secos y dorados.
El viento inflaba los pantalones y refrescaba mi rostro, encendido aún por el calor de la caldera. En esos instantes me sentía libre, como volando: fuerte, poderoso, y en paz.
Me encantaba esta maniobra con mi locomotora. En este tramo del recorrido solía poder relajarme un poco.
En la parada de Navacerrada echas carbón y mientras, siéntate, le gustaba al viejo maquinista, Paquito, que yo estuviera ahí, con la cara llena de vida, aunque también tiznada por el hollín.
A Paquito yo le tenía mucho respeto. Pero al ayudante, el engreído de Rubén, no le aguantaba. Pedante, sabelotodo y muy dado a la burla.
¿Comemos algo, o qué? propuso Rubén mientras rebuscaba en su mochila y sacaba un bocadillo envuelto en papel de periódico.
Paquito también sacó su comida. Yo, sin embargo, había salido con las prisas y no me dio tiempo ni a preparar nada.
¿No tienes nada? Anda, ven, come algo, me decía Rubén desde lejos.
Hice un gesto desganado. Todavía me quedaban tres horas de turno. La noche anterior había dejado algo de col preparado en casa. Y por la tarde podía pasarme por casa de Asunción, mi vecina.
Pero al pensarlo, sentí una inquietud incómoda. Nuestra relación, la de Asunción y yo, tenía algo turbio, algo que me dejaba un poso de indignidad.
Incluso ahora, mirando el sol entre los álamos, un nudo se formaba al recordarla.
Y de pronto…
Mirad, mirad, allí… ¡Una niña! volví a llamar al maquinista, agitando el brazo, sin apartar los ojos de la criatura.
La niña estaba sentada en el suelo, apoyada en el tronco de un pino, con las piernecitas descalzas estiradas, la cabeza gacha. Pero yo juraría que la vi levantar la mirada y seguir nuestro tren. Estaba viva, seguro…
¿Dónde? ¿De qué hablas? Rubén se asomó por la ventanilla, pero los matorrales ya tapaban la figura.
Corrí al lado de Paquito y tiré del silbato.
¡Hay que avisar! ¡En la siguiente estación!
Tranquilo, ¿por qué tanto jaleo?
La niña está sola, Paquito.
¿Y quién te lo dice? Ahora es tiempo de setas, seguro que hay gente por el monte…
No parecía eso. Estaba sola.
¿No puede estar la madre o la abuela cerca?
No lo creo, de verdad.
No seas pesado, gruñó Rubén. Aquí pasa mucha gente por el bosque, y ya estás montando un drama…
Me mordí la lengua. Me habría gustado contestarle con algo cortante, pero no encontraba las palabras. ¿Cómo explicar esa certeza que había sentido? Tal vez era el gesto de la niña, o sus ojos, o el recuerdo de mi infancia…
Paquito, al llegar a Navacerrada pregunta por si buscan a alguna niña, ¿sí? Igual está perdida. Miraba hacia el tren como esperando algo. Lo vi.
Claro, preguntamos. Hay tiempo, y tenemos que coger agua.
Abrí la verja de la caldera y lancé el carbón, rabioso. El resplandor rojo iluminaba mi cara.
Esa niña me recordaba a mí mismo…
***
¡Francisquito! ¡Miserable! ¿Por qué no has dado de comer a las gallinas? ¡Desgraciado! ¡Arruina casas!
Aquel “arruinacasas” era yo con seis años. El hambre me hacía beber huevos crudos, robar bayas y dormir en el cobertizo si me castigaban. Y me castigaban mucho. Una vez mi madre me dejó en la calle, semidesnudo, en pleno invierno. Recuerdo bien cómo lloraba, tratando de taparme con la paja helada, hasta que corrí descalzo a la casa vecina. Sabía que luego mi madre me mataría, pero corrí igual.
No me mató. Pasé dos días con los vecinos, luego al hospital, de allí al orfanato. La vecina aún contaba cómo encontré un rosco viejo bajo la mesa y cómo me aferré a él como una fiera.
Lo curioso es que mi madre nunca bebió alcohol. Era… como una enfermedad: un resentimiento absurdo mezclado con la falta de entendimiento.
Después llegó la vida de orfanato. También difícil. Me volvía muy introvertido, me encantaba esconderme en los armarios, estar callado, que nadie me molestara ni me pegara los mayores. Tenía pecas, y a los pecosos nos daban más.
Un poco mayor, aprendí a defenderme. Siempre tenía los nudillos pelados: casi siempre tenía la culpa.
Solo las mujeres no podía tocarlas. Ellas, sí, a mí. La educadora, doña Remedios, me pegaba por delatar. Me hacía de recadero y, un día, la delaté al director, asustado por una mirada severa. Luego pagué caro. Sabía que si le respondía me la llevaba, pero era una mujer… Me mordía la lengua y lloraba en el baño.
Pasé de todo.
Al salir del orfanato, me mandaron a trabajar en el ferrocarril. Viví en una habitación con diez más, pero ya entonces sentí por fin el aire de la libertad.
Tras la mili, me trasladaron a la estación de Segovia para ser fogonero. Había vivienda para empleados. ¡Un hogar propio! ¡Mi propio hogar!
La estación era pequeña, con su casa del guardagujas, unas veinte casas viejas y nuevas, todas cubiertas de teja, la escuela de tablones verdes y la guardería en una casita baja.
No me asustó que el caserón que me dieron estuviera agujereado, que por las rendijas entrara arena, ni que las ratas royeran el suelo. No por valiente, sino porque no sabía que eso era un “problema”, jamás había tenido cosas mejores.
Quien cuidó un poco de mí fue la vecina, Asunción, guardagujas divorciada, que vivía sola con su hijo.
Mira, chico, ve al jefe de estación y pide arcilla o cemento, ¡que si no, te vas a congelar! me enseñaba Asunción.
Me acogió: por lástima, o por ganas de que alguien la abrazara.
¿Ahora me caso contigo, no? le pregunté tras la primera noche juntos.
Se echó a reír sobre la almohada.
¡Ay, qué listo! ¡Buscar marido dice! ¡Eso buscaba yo, sí…!
Me vestía, sonreía buscando no parecer tonto. Claro, no era obligatorio casarse… Y sentí alivio, aunque un poco de pena también; no quería casarme.
No, Francisquito, hijo, yo ya tengo un niño. Basta. Pero quédate el mes de febrero, hombre, que si no vas a palmar en la nevera esa tuya. ¡Qué os enseña a vosotros el orfanato!
Nuestra relación iba y venía, según los humores de Asunción. Empezaba a pesarme.
***
Entonces el tren cruzó la loma y asomó el pueblo de Navacerrada.
Paquito, ¿preguntas? le dije.
Ahora voy…
Paquito y Rubén fueron a la oficina del jefe, y yo cogí la vieja tetera, el jabón, salté al andén y me fui a la torre del agua. No quería entrar en la estación. Paquito ya se enteraría de la niña.
Allí me lavé eufórico, el jabón bajando entre mis pies. Aún mojado, corrí de vuelta al vagón.
Paquito y Rubén regresaron apresurados.
¿Os habéis enterado?
¿De qué?
De la niña…
¡Ay, Francisco! ¡Deja ahora eso! Estamos hasta arriba de trabajo, hay que mover los vagones… ¡Venga, prepárate!
Encendí el estoker y la caldera volvió a rugir.
Luz verde, salimos gritó Rubén.
¿No vuelve ahora el tren a la estación? pregunté gritando sobre el silbido.
Qué va. Tiramos directo. ¿Tan mal te va casa? contestó Rubén con voz altiva.
Le miré serio, me cayó todavía peor. ¿Cómo entendería nunca un tipo así a un chico como yo? O a esa niña sola bajo el pino…
Al maniobrar, me acerqué a Paquito:
Cuando acabemos, bájame en el kilómetro 136. Yo me apaño para volver.
¿Tú estás loco, muchacho? Después del turno y te metes esa paliza
Ya volveré haciendo dedo, qué más da…
Anda que… ¡Lo qué te has montado tú solo por una tontería! refunfuñó Paquito.
Pero Paquito, era verdad, la vi mal… No voy a dormir si no intento ayudar. Para el tren, venga…
Ay, Francis, más bueno que tonto. Bueno, coge un bocadillo, que si no, no te dejo…
Rubén protestaba aún más. Que si era una locura, que si perdía el tiempo.
El tren paró en mitad del campo. Salté rápido con mi bolsa de tela, vi alejarse las ruedas oscuras y, cuando el traqueteo se fue, el campo volvió a llenarse de cantos: pájaros, grillos… como si nunca hubiera pasado un tren.
Anduve por el borde del pinar, recordaba el sitio exacto. Crucé una banda de árboles, subí la loma, avancé por lo alto casi corriendo. Allí, bajo el mismo pino y junto al barranco, solo quedaban las huellas en la tierra, algún musgo revuelto.
Dí vueltas, grité un poco. Nadie contestó. No había niña.
Tal vez Rubén tenía razón: algún excursionista, niña con su madre… Me había inventado un lío. Ahora tocaba caminar hasta el buscadísimo pueblo, Arroyuelo, para coger alguna ruta y dejarme caer ahí a ver si encontraba coche.
Nunca había caminado por esa zona, solo conocía los nombres de oídas y veía el mapa en la estación.
Siguiendo el barranco podía orientar el rumbo. Iba distraído, cada vez más tranquilo. Pensaba en mis cosas. En Asunción, en mi vida…
Paquito, aunque gruñón, me apreciaba. Me animaba a que estudiara para ayudante.
Francisco, los trenes de vapor se acaban. Pronto no harán falta fogoneros. Vienen los eléctricos.
Pero eso de “estudiar”… solo oír la palabra me crispaba. Siempre fui el último en el orfanato. El de física me animaba, pero la de lengua no me soportaba.
La de mates era rara: media clase gritándonos que no servíamos, media clase resolviendo cosas de espaldas; ni nos veía.
Aquello de no tener raíces vuelve la vida complicada. Solo me sentía útil con la pala llena de carbón: yo, mis manos, el tren. Lo demás, se me escapaba. Improvisaba todo, a menudo olvidaba comer, no por falta de dinero, sino por despiste.
Mi despistao, decía Asunción en sus momentos tiernos. Si me voy al pueblo, ¿tú cómo te las arreglas?
¿Y cómo me las arreglaría? Lo pensaba, nunca encontraba respuesta. Mi vida era el tren. Y ya.
…
Ya casi me iba a pasar de largo cuando el carrizo se movió. Algo pequeño se levantaba tras las cañas. Volví. Allí estaba, la niña que buscaba.
Era una niña. El pañuelo caído en los hombros, el pelo enmarañado, el jersey gris muy grande y sin zapatos. Seguramente había bebido del arroyo. Se limpiaba la boca con la manga y me miraba asustada.
Vaya, justo te estaba buscando. Y tú aquí…
No se movía, casi ni se le veía detrás del carrizo.
Eh, ¿estás perdida? Ven, sal de ahí…
La niña bajó la cabeza. Me acerqué, y echó a andar por entre las cañas, siguiendo el arroyo.
No tengas miedo, anda, que te llevo a casa, no pasa nada…
La agarré del brazo. Estaba helada y mojada. Cruzó el agua, segura.
Vas a coger una pulmonía, anda, sal del arroyo.
Me senté en la hierba, la senté en mi regazo. Supe manejarme: en el orfanato éramos muchos y cuidábamos unos de otros.
¿Qué haces descalza? Así no puedes andar por el bosque. ¿A ver?
Le quité los leotardos húmedos, le froté los pies fríos con mis manos, gruñendo como Paquito:
¡Hombre, niña! Tienes témpanos por pies… Paciencia, paciencia, así entra en calor…
Aferrándome a ella, me saqué los calcetines y se los puse. Le quedaban hasta las rodillas pero al menos le calentaban.
Así no vas a andar mucho, chiquilla.
Sentí una extraña paz al encontrarla, ese orgullo de quien tiene una responsabilidad. Por fin tenía claro qué debía hacer.
Toma, come esto, le di el bocadillo que Paquito me había metido en la bolsa.
Ella ni agradeció: lo atrapó con fuerza y comió rápido, ojos fijos en el pan. Cuando se le cayó un trozo, lo recogió y se lo metió entero en la boca, tierra y todo.
No corras, mira que te atragantas…
No sació el hambre y seguía mirándome con las cejas juntas.
No hay más y ya es suficiente… Créeme, hay que parar.
Sabía de lo que hablaba. En el orfanato, unos chicos escaparon y al volver, unas cocineras, por celebrar, los pusieron morados de comida. Casi mueren. Uno acabó en el quirófano.
Corté las asas de mi bolsa y até los calcetines a las piernas de la niña.
Te llevo un rato, luego caminas sola, ¿vale?
La tomé en brazos. Era difícil cruzar el monte pero la niña también caminó algo después. Seguía callada, ni contestaba ni asentía. Por un momento hasta pensé que sería sordomuda.
Vamos, súbete aquí al tronco, le señalé. Que me montara a caballo.
Y entendió. Trepó muy ágil a mi espalda. Así fue más alegre el paseo, aunque pronto tocó parar. Tenía hambre y sed. Me acerqué al arroyo.
¿Se escaparía? Me giré y ella bajaba también. Nos sentamos al borde.
¡Cuidado los pies, que ya están secos! reñí. Bah, ¿quieres guerra?, le salpiqué el agua en broma.
Ella huyó arriba, pero miró atrás: una chispa de risa en sus ojos. Sabía que era un juego.
Pasamos de largo Arroyuelo sin darnos cuenta. Salimos al campo, un pueblo a la izquierda, la carretera a la derecha. Fui al pueblo: allí podrían identificar a la niña y podríamos descansar y entrar en calor.
Llamé a la primera puerta. Ladra un perro. Sale una mujer de delantal mugriento, y tras ella gruñen unos cerdos.
Conté la historia en dos frases.
¿No sois de ninguna mafia, ¿verdad? preguntó, medio sonriendo.
No, señora, yo soy fogonero, trabajamos en la línea, paso mucho por aquí.
¡Anda! Pues sí que has venido lejos. Pasa, hombre, pasa… ¿Y la chica descalza?
La señora, Lourdes, nos miraba con igual asombro. Vio cómo la niña devoraba la sopa, cogiendo los restos con los dedos, resoplando.
Anda que… Ya pregunto yo por el pueblo, a ver si alguien sabe algo. Ea, ahí tienes la camita. Mira, ¡ya dormida!, dijo al mover los dedos pegajosos de la niña de la boca.
La llevé al calor de la chimenea, me senté a su lado y, con el estómago caliente, casi me quedé dormido.
La puerta se abrió de golpe. Lourdes traía una anciana de bastón. Saludamos. Se acercó a la niña y la observó.
Sí, sí que es de las de allí. Casi seguro… Esos ojos…
¿De dónde? dije.
Hay un caserío abandonado, se llama Valcaba. Esta señora, Eulalia, es de allí explicó Lourdes. Solo quedan tres casas, no tienen ni luz ni pozo. El río es lo único. Allí debe ser. Dicen que su madre se fue y la abuela se quedó con la niña. Esa debe de ser.
¿Lejos queda?
Anochece pronto. Pedimos a Felipe, el vecino, que os lleva en la moto. Te acerca al caserío con la niña y luego, si quieres, a la carretera.
Acordamos rápido. Fui por la niña. La vieja, Eulalia, la acariciaba dormida.
Vamos. Yo la cojo, apenas lo nota…
No se despertó, colgaba ligera en mis brazos.
Sois los dos de los apartados, susurró la anciana.
¿Cómo dices?
Apartados… De los que no tienen nada. Más que penita…
Salí sin entender bien esas palabras. Acomodamos a la niña en la cuna lateral de la moto; ni se despertó.
Ya anochecía. Conforme volábamos entre pinares y encinas, yo solo sentía que, a veces, la vida tenía sentido. No me importaba no estar en casa, mientras Rubén estaría en el sofá tan a gusto. Yo, empapado, con hambre, pero de corazón lleno.
MIRÉ a la niña, tan frágil, tan sola. Me vino ese deseo de proteger, de tapar con las manos todos los golpes de la vida que a mí y seguramente, a ella nos tocarían.
¡Ahí! Felipe señaló.
Bajo un promontorio, entre zarzas y lilos, unas tres casas hundidas. Llegamos entre campos salvajes, cruzamos un puente de madera y subimos la colina: Valcaba, restos de hogares devorados por el tiempo.
De uno de ellos salió un hombre zarrapastroso, con una camisa de lino desgastada.
¡Uy! ¿De dónde salen? ¡Y ahí está!
¿Es su niña? preguntó Felipe serio.
Sí, sí… Es nuestra.
¿Ni avisaron a la Guardia Civil?
No hay Guardia aquí, ¿cómo vamos a avisar? Yo la busqué, y Luisa también, pero
¿Quién es Luisa?
Mi mujer. Más joven que yo, pero… En fin. Y Eulalia está allí, ya no tiene lo suyo.
¿Y qué no tenía? ¿Memoria? ¿Juicio? El hombre era difícil de seguir.
Entramos, llevaba la niña en brazos. La casa olía ácido, tierra en el suelo…
¿Y aquí pasan el invierno? dudó Felipe. Encogí los hombros.
Entonces, tras la chimenea, un grito agudo. La niña se apretó a Felipe, que la tenía más cerca.
Sobre la cama, una anciana, casi fundida con las sábanas y el mantón. Nos miraba asustada, hasta ver a la niña. Tendió el brazo, gritó fuerte, pero la niña se acercó, se subió a la cama y se tumbó junto a ella. El brazo, como palo, se relajó, cayó sobre la nieta y ambas cerraron los ojos.
El sol desaparecía detrás del monte. La misión estaba cumplida: la niña volvió a casa.
Podía volver a casa.







