La tía prodigiosa.
Alejandra se coló entre la multitud y logró colarse hábilmente hasta el frente. El autobús iba lleno hasta los topes; acababan de bajar cinco personas y tendría que haber subido al menos veinte.
A Alejandra prácticamente la empujaron dentro. Sobre la marcha, le entregó unas monedas desgastadas al conductor, visiblemente cansado, mientras la masa la arrastraba hacia el centro del autobús, con la mochila en la espalda, el paraguas mojado en la mano y una sonrisa de tonta en la cara.
En realidad estaba un poco divertida. En esas situaciones, por algún motivo, siempre sonreía. No se alteraba, no se ponía nerviosa, al contrario, sonreía como mecanismo de autodefensa ante el mal humor, que sabía le sentaba fatal.
Empujones, gente acomodándose como podía, discusiones por los paraguas mojados, los bolsos, el agobio.
La apretaron contra una señora mayor por un lado y un adolescente por el otro. El chaval no sabía dónde poner una mochila enorme, y una mujer menuda con gorro gris, sentada junto a la ventana, se la cogió para ayudarle.
Los pasajeros sentados parecían estatuas ajenas a todo. Suerte la suya: despistados en el móvil o contemplando desde la ventana el mosaico de paraguas de colores en una ciudad gris.
Los sentados apartaban de sí el fastidio del gentío y el retraso en la salida del bus. ¿Para qué observar una situación molesta y a desconocidos? Bastante negatividad ya hay. Nadie prestaba atención a los que iban de pie. Era el triunfo claro del egoísmo racional.
Solo era distinta esa señora en el gorro de lana gris que cogió la mochila del chico. Sentada junto a una mujer corpulenta que escribía cosas en el móvil, movía la cabeza con inquietud, preocupada por los últimos en entrar y ofreciendo su sitio.
¡Faltan tres por entrar aún! Si avanzáis un poco, ¡a lo mejor caben! intentaba organizar el acceso.
No cabe ya nadie, señora, estamos como sardinas. ¡Quédese sentada!
¿Por qué no se sienta usted? Yo me levanto, propuso ella, queriendo levantarse.
¡Tranquilícese ya! escupió la mujer a su lado, molesta por la interrupción.
La señora del gorro se sintió algo ofendida, se giró hacia la ventana, aunque no era rencorosa; Alejandra lo notaba. Seguía atenta por si cabía toda la gente. Una prodigiatía, pensó Alejandra, divertida.
Por fin, tras un par de portazos y que el conductor pidiese dejar libre el espacio de salida, un chico tuvo que bajarse aunque parecía tener prisa; salió corriendo sin abrir el paraguas, bajo el aguacero, calándose hasta los huesos.
Alejandra vio cómo la prodigiatía lo seguía con la mirada, compasiva, y al fruncir el ceño se le marcó una profunda arruga vertical.
Ese afán por ayudar, su hablar pausado y el “sentaos” la hicieron sonreír y preguntarse: ¿de dónde sale esta mujer?
Pero entonces Alejandra se perdió en sus propios pensamientos.
Si tuviera coche Ya lo tendría de no ser por
¡Para! Deja de pensar en eso.
Mi padre no quiere. Se entiende. Más todavía desde que apareció esa tal Almudena. ¡Casi seguro se lo compra primero a ella! Dinero le sobra, eso Alejandra lo sabía.
Su padre, siempre bien, era profesor universitario, tenía su doctorado y un Volkswagen, coche al que Alejandra se subía a veces, no muy a menudo porque sus horarios casi nunca coincidían. Era bondadoso, casi demasiado.
La madre en cambio era estricta, exigente. Pero la madre
¡Para!
La mayoría de las veces tocaba bus. Fuese verano, fuesen días fríos y lluviosos como ese.
Llegaba la parada. Tocaba abrirse paso hasta la puerta. Detrás: movimiento, nervios. Alejandra miró atrás y vio que la señora del gorro intentaba bajar, con una enorme bolsa.
¿A dónde vas con semejante maletón? refunfuñó teatralmente un señor preocupado por su gabardina y zapatos.
Perdón, perdón, es que tengo que sacarla
Señorita, ¿baja también usted ahora? se secaba el sudor bajo el gorro y Alejandra notó que, en realidad, no era tan mayor.
Sí, menos mal, pensó, así no tenía la bolsa delante destrozándole las medias.
Alejandra bajó al trote, abrió el paraguas y, al respirar la humedad del otoño, cruzó hacia el paso de cebra. Pero, sin saber por qué, miró atrás: la prodigiatía preguntaba algo a una señora y esta se encogía de hombros.
¿No encontrará la calle? Cambió el semáforo, pero Alejandra se dio la vuelta. Conocía ese barrio, aunque sólo vivía allí desde hacía tres años.
Primero, con sus padres, vivían en otra zona de la ciudad. Cuando murió la madre, estuvo tres años con la abuela. Al entrar en la uni, volvió con el padre, que vendió el piso antiguo y entre ambos se mudaron. Demasiados recuerdos en la vivienda anterior; además, Alejandra tuvo su temporada difícil, hubo que cambiar de aires.
Dinero había para permitir una casa mejor.
Así fue como Alejandra se instaló en ese piso nuevo, moderno.
¡Todo esto es para ti! le dijo entonces su padre.
Alejandra lo agradecía. Ponía la casa bonita a su gusto y consentía a su padre con recetas creativas. El recetario de la abuela, unido a la inspiración de Internet. Tras años de sartenes de hierro, había aprendido a usar robots de cocina y olla rápida, a hornear panes y preparar cenas románticas con velas. La cocina era su reino.
Alejandra, ¡me vas a engordar! Como sigas así, ¡pronto no entro por la puerta! bromeaba su padre.
La prodigiatía era menuda. Su bolsa parecía pesar más que ella, menos mal que llevaba ruedas. Jeans, cazadora vaquera con forro, gorro ajustado y botas negras.
No tenía capucha ni paraguas y, para resguardarse, se puso una bufanda enrollada al revés, sólo sobre la cabeza, dejando el cogote fuera, y, sinceramente, hacía gracia.
Alejandra regresó.
¿Le ayudo a encontrar una dirección?
¿Cómo? ¡Ay, por favor, sí! apoyó la bolsa Mirad, Calle del Álamo. ¿Sabes por dónde es?
Alejandra iba hacia allí. Justo a ese lado iba.
Venga, le acompaño y le ayudo con la bolsa, que si no se moja.
¡No, no, qué va! ¡Puedo sola, es ligera! Que va con ruedas.
Pero se va a calar, que no está al lado.
Bah, llevo bufanda, no es nada.
Alejandra no dijo nada más. La chaqueta de la señora ya estaba empapada. Iba intentando taparla con el paraguas, aunque no siempre podía; iban esquivando charcos y regueros de agua.
Pero la mujer no perdía el ánimo, avanzaba dando pasitos, sonriendo levemente.
¿Y de dónde viene usted? preguntó Alejandra, elevando la voz por encima de la lluvia y el tráfico.
¿Yo? De Burgos, bueno, de un pueblo de la provincia.
¡Eso está lejos!
¡Ya! Pero volé hasta Madrid, así que fue rápido. Tardé más de Burgos al aeropuerto que de ahí aquí. Pero aquí, lluvia. En mi pueblo estaba seco. Bueno, ya se sabe, si sueñas con el arco iris, te cae una buena tormenta…
Ahora poco arco iris veremos, ya es otoño avanzado, sonrió Alejandra, encogiéndose de hombros.
También es verdad… Aquí sólo charcos y más charcos.
¿Cómo?
Eso, charcos… en mi pueblo decimos caliches.
La bolsa ralentizaba mucho el paso. Escaleras, bordillos, socavones. Ciertamente, ‘caliches’ es una buena palabra, pensó Alejandra. Al final, entre las dos tiraban de la bolsa.
Llegaron a la calle Álamo.
Aquí está, ¿a qué número va? Alejandra miró el portal ¡Ay madre, aún queda! Venga, la acompaño.
Me da cosa; le hago perder su tiempo.
No tengo prisa y se va a mojar de verdad. Vamos, que tiro yo de la bolsa. ¿Viene usted de visita?
A ver a mi hijo, estudia aquí, vive en un piso de alquiler.
¿No podía ir a recibirla?
Le di una sorpresa. No le avisé. Seguro que se enfada, le da pena que venga. Pero yo me animé y me planté como por arte de magia. Le traigo lo que puedo: un poco de casa, comida Y aprovecho para pasear un poco por Madrid a ver qué tal, qué ambiente hay.
¿De momento no muy impresionada?
La mujer se encogió de hombros, esquivando otro charco.
Aquí veo que cada uno va a lo suyo, nadie mira al de al lado. Es triste Bueno, parece que este es el portal.
Frente a un edificio de cinco pisos, Alejandra ya iba a despedirse, pero se encontraron con la puerta cerrada con código. Entraron bajo el porche, que al menos paraba la lluvia. Llamaron al timbre y nada. Probó llamar al hijo por el móvil, pero comunicaba. Lo intentaron desde el móvil de Alejandra: tampoco.
Una vecina respondió por el telefonillo que no había visto al joven hacía días.
¿Cuándo habló con su hijo? preguntó Alejandra.
Creo que ayer. Estará en la universidad. Gracias de verdad, muchacha. Le agradezco el alma ese rato y la ayuda. ¿No quiere un dulce? Uy, mejor no, seguro que están secos. ¿Un caramelo? Alejandra rehusó Bueno, vaya ya tranquila. Esperaré aquí, no se preocupe.
Bueno, entonces ¡Suerte y que todo salga bien!
Daba pena dejarla ahí, pero Alejandra quería ya volver, calada y cansada. Pensando en el calor de casa, se sentía reconfortada tras la compañía de aquella prodigiatía, como si hubieran compartido más que unos minutos y un paraguas.
Llegó pronto a casa; no había nadie, y mejor.
Llevaba tiempo desgustándole las tardes de casa, especialmente desde que apareció Almudena, la nueva pareja de su padre. Durante meses se veían fuera, pero al poco tiempo su padre llevó a Almudena a casa y poco a poco ella empezó a pasar más y más tiempo allí.
Una mañana, salió de la habitación de su padre como si nada, en bata; ya no sólo era una noche, se quedaba horas. Empezó a comportarse como si Alejandra fuera la intrusa, le corregía al cocinar: Mira, aprende cómo se hace el solomillo así. Como si Alejandra no supiera ni freír un huevo, y se notaba que la cocina no era lo suyo.
Voy a hacer ensalada César, que veo que no sabes.
A papá le gustan con pollo ahumado, pero aquí sólo hay pechuga hervida.
Eso es porque el ahumado es malo para la edad de tu padre.
Edad ¡Si apenas es once años mayor que yo! ¿El amor fue por la diferencia de edad?
Desaparecieron las tardes cálidas con el padre, el sofá donde ambos veían la tele y él se dormía abrazado, las confidencias sobre la universidad, peleas de cojines Ahora quien se acurrucaba con él era Almudena, le arropaba con la manta favorita de su madre, y Alejandra se metía sola en su cuarto.
Almudena nunca le cayó bien. Y por mucho que uno hable de celos de hija o de que el padre necesitaba su vida propia al final, algún día ella también volaría, esa mujer
Un día llegó Alejandra antes de hora de clase y la encontró en el sofá, pie sobre la tapicería, haciéndose la manicura en medio del salón.
Hola, ¿ya en casa? Si quieres, te dejo el kit para que te lo hagas.
Ya, lo suelo hacer en el baño. Alejandra cogió un bollo y se encerró en su cuarto.
Almudena intentaba hacerse la lista de cine o música, pero ni Alejandra ni su padre firmaban que supiera más que lo justo. Si acaso, gracias a ella había visto algún que otro peliculón.
¿Papá, la quieres? le preguntó Alejandra una tarde a solas.
Más bien, me he acostumbrado. Hija, en la vida, uno no busca lo que ya es bueno. Cuando tú te vayas, algún día tendré que compartir mi vejez con alguien, y Almudena es buena gente.
Pero es superficial, papá y te lleva ella a su antojo.
Nunca fui líder, hija. Siempre dejé hacer. Y una mujer sin caprichos, como un general sin ejército: tiene el uniforme, pero le falta chispa.
Pues sólo chispa tiene.
Me parece que me aprecia No te pongas celosa, mejor busca tú lo tuyo.
Aun así, Alejandra no podía evitar sentirse apenada por su padre. ¿Era sólo celos? ¿Era el hueco de la madre?
Se dio una ducha caliente, viendo en el estante nuevos botes de champú y cremas que Almudena traía a la casa. Era de esas personas que, poco a poco, ocupan cada rincón.
No había terminado de merendar cuando sonó el móvil, número desconocido.
¿Hola? ¿Me llamó alguien? voz grave y amable.
No, debe estar equivocado. Pero… un momento. ¿Vive usted en la Calle del Álamo?
Sí, ¿por qué?
Ha llegado su madre, de sorpresa, y usted no está. Y está lloviendo a cántaros
¿Mi madre? ¡Vaya! Gracias, señorita
Colgó y Alejandra fue a preparar algo de cena, fastidiada por tener que recoger la sartén grasienta que Almudena había dejado.
Al momento, vuelve a sonar.
Perdóneme, señorita, es que la cosa es complicada. Verá, estoy en Sevilla.
¿En Sevilla?
Por unos días, con una asociación de voluntariado. No le he dicho nada a mi madre se pone nerviosa por nada. No consigo comunicarme ahora con ella. El móvil no responde o da señal ocupada. La dueña del piso vive cerca, pero se ha ido a la sierra hasta el lunes. No sé qué hacer ¿Podría usted decirle que no espere, que busque alojamiento un par de días? ¡Es que mi madre siempre con las sorpresas!
No está fácil el tema, Alejandra dejó caer la mirada en la ventanilla, donde la lluvia seguía persistente. Pero enseguida visualizó a la mujer, sola bajo el porche, con la bolsa, y le contestó:
Sí, bajo ahora y le paso el móvil. Espere por favor, conteste, que le llamamos.
Le estaré eternamente agradecido, de verdad. ¡Mil gracias!
Alejandra se abrigó con chándal y calcetines, cogió paraguas y volvió a la calle del Álamo, pensando en hoteles cercanos. Sólo conocía uno y, decían, caro. ¿Tendría suficiente una madre venida de Burgos? ¿Pero qué hace sorprendiéndole así?
Al llegar al portal, no había nadie. Miró alrededor y divisó la chaqueta azul en la caseta del parque infantil, rodeada de hiedra sin hojas.
La mujer estaba acurrucada, con ambas manos entre las piernas, tiritando.
¡Buenas de nuevo! saludó Alejandra en la caseta.
La prodigiatía se irguió y sonrió, aunque sólo por educación.
Parece usted un pajarillo calado. ¿Tiene frío?
Un poco. ¿Y tú, hija?
Alejandra sacó el móvil. Marcó.
Su hijo no da línea.
Se me ha agotado la batería. No paro de intentar
Tome, aquí le llamo.
En cuanto oyó la voz de su hijo, la mujer cambió el gesto y, como un gorrión al llegar la primavera, empezó a trinar.
¿Fuera? ¿En Sevilla? Todo bien, hijo, tranquila Me arreglo… No te preocupes Te espero aquí.
Le brillaban los ojos, el rostro luminoso, como si todos los problemas estuviesen resueltos.
¿Y ahora qué va a hacer? preguntó Alejandra.
La mujer sonrió y miró alrededor, absorta.
Y eso digo yo
¿Qué hará? repitió Alejandra.
¿Hay hoteles por aquí? ¿O casas de huéspedes? Tú ¿sabes?
Siéntese, vamos a mirar, y ambas se pusieron a buscar en el móvil. Costó encontrar habitaciones, estaban llenos o eran carísimos. Buscaron apartamentos para días sueltos
O dejo la maleta en una consigna, y yo así me paseo por la ciudad, me pierdo… Mira qué casualidad, no lo tenía previsto.
Mire la que está cayendo. Lo que necesita es cobijo, Alejandra cerró el móvil con decisión. Venga, vengase a mi casa estos días, hasta que vuelva la casera con las llaves.
¡No, no, por favor! Si soy una desconocida. ¡Si resulta que soy una estafadora, hija! Que no, no soy, pero usted no me conoce Como están las cosas ahora hay mucho mangante.
La mujer gesticulaba, como si escenificara el miedo de verdad, con los ojos desorbitados.
Alejandra no podía aguantar la risa. Era tan cómica su forma de meterse miedo a sí misma con aquella bufanda torcida, que se le escapó una carcajada aguda; ella le siguió el juego.
Con todo esto tendría que ir al baño yo ya, decía entre risas, cruzando las piernas.
Bajo la lluvia fina, se fueron juntas a casa de Alejandra.
Nos llevamos bien, ¿eh? Como el pez en el agua, comentó ya tutéandola.
Vamos a presentarnos. Yo soy Alejandra, estudiante.
Yo Marina, gestora del centro cultural y, de paso, un poco payasa y cantante.
¿Diriges todo un centro cultural?
No, mujer, más bien es un club de pueblo, un centro social.
¿Y lo de payasa-cantante?
Que no hay personal, y yo hago de todo: bailes, coro Por suerte, al menos limpiadoras tenemos.
Era evidente que la mujer estaba cansada, pero una vez más insistió en pagar por la acogida, preguntó si no molestaría, agradecía todo
Luego, maravillada por la casa, recorría habitaciones dando palmaditas, el pelo corto como de chico, que le quedaba muy simpático. Sin gorro ni la chaquetilla vaquera (ahora secándose), parecía una cría.
Mientras la invitada se duchaba, Alejandra preparó comida. Había sitio de sobra, incluso cuarto propio.
¡Pero cuántos libros tienes! ¿Te gusta Delibes? ¡A mí también! ¡Y los completos de Machado! Ven abría un tomo y leía un fragmento. No sé si reír o llorar con esto. Según el día, me pasa eso con Machado
Has leído mucho. ¿Y ese “sentaos” de dónde sale?
Ay, hija, cosas de pueblo. Hablamos así, siempre entre gente Alejandra, si tu padre se molesta, me voy sin problema. Me lo dices y ya, sin vergüenza. No quiero liarla.
No te preocupes. Si él trae aquí a Almudena, ¿por qué no puedo traer a alguien yo? Que ella tampoco tiene papeles, y tú sólo son tres días. Y además el piso también es mío.
¿No te cae bien?
Nada, antes estaba mejor sólo con mi padre.
Pues hija, a veces, aun solos, en familia se está bien Si no hay cercanía, ni dos caben en casa.
No la hay, Alejandra removía la sopa.
A lo mejor llega con el tiempo. En casa, todo acaba encontrando su sitio.
Eso era antes, con mamá aún era familia.
Comieron juntas y recogieron la mesa.
En el cuarto de Alejandra quedaba una foto con su madre. Se notaba, por la ternura con que la abrazaba, que eran inseparables.
Marina se acercó a la imagen y la contempló largo rato, como leyendo en ella secretos que ni Alejandra se atrevía a mirar.
¿Qué llevas ahí, en la mano? preguntó.
Alejandra, sentada en la cama, respondió desde la distancia.
Un reloj. Mi madre me lo acababa de regalar.
¿Me cuentas algo de ella?
¿Por qué no? Y de repente, Alejandra necesitó contarlo.
Empezó por el principio. Ese relato sólo se lo había contado en silencio a sí misma. A nadie más. Era su historia íntima, la del duelo. Sabía que al padre y a la abuela les podía preocupar demasiado, que su mejor amiga igual no lo iba a comprender, y a un chico que le gustaba ni de broma.
El primer año fue un infierno para todos. Alejandra tenía ataques de llanto, gritaba a solas, ponía notas de voz antiguas de su madre y se rompía.
Quedó bajo atención médica, pinchazos, psicólogos. El padre envejeció de repente, la abuela se desmoronó de pena.
Tenía catorce. No quería vivir. El dolor era punzante, encajado entre pecho y sien. Le apretaba la cabeza, el corazón.
Sin madre se quedó partida, como si fueran un solo corazón y se lo hubieran arrancado. Le quitaron el móvil, fotos. Se mudó con la abuela, pero el vacío no cesaba.
Invocaba a su madre, le suplicaba en sueños. Pero la madre no volvía.
Aprendió entonces, con el tiempo, a echar la cortina sobre esa parte y decirse a sí misma para. El recuerdo dejó de doler y hasta le parecía luminoso. No podía recordar los detalles, los aromas, si no volvía el pánico de entonces.
Su madre murió en una carretera resbaladiza por culpa de otro conductor. Un accidente.
Y ahora, al contarle a esa desconocida la historia, afloraban aromas, gestos, el lunar en el hombro materno.
Sólo cuando la perdió entendió hasta qué punto la había amado. Habló, y habló, de los secretos entre madre e hija, los peinados que le hacía, los abrazos a la salida del colegio, los objetivos que le ponía, su deseo de hacer de ella una mujer segura.
Y también narró lo del reloj. Lo único que omitió fue la historia posterior del regalo.
Por primera vez Alejandra podía recordar a su madre sin miedo, sin derrumbarse. Contárselo a Marina era como arrojar parte del dolor fuera, apoyarse sin caer.
Marina escuchaba fascinada. Incluso tenía esa arruga vertical entre las cejas… igual que su madre.
No se dio cuenta Alejandra de que lloraba, hasta que se tocó el cuello.
¡Vaya! Creo que me he puesto a llorar dijo tímida.
El día va lluvioso, y llorar acompañada, bien está. Llora más si quieres. Guardarse la pena dentro al final hace más daño, Alejandra. Así tu madre te entendería.
Y Alejandra comprendió que por primera vez lloraba por su madre de forma serena, dulce, sin apretar el pecho, porque podría parar cuando quisiera.
¿Por qué ahora? ¿Por qué precisamente ante una desconocida?
Definitivamente, es una prodigiatía, pensó antes de dormir.
Marina se quedó dormida en el sofá, sin irse a su cuarto.
Los árboles de la avenida, resignados, entregaban lo que les quedaba a la tierra, dejando caer oro y carmesí a la primera ráfaga.
Y la lluvia seguía cayendo, borraba contornos entre cielo y suelo, entre alegría y pena, entre ayer y lo que vendría.
Parecía poner el punto final a los recuerdos de Alejandra, ayudarla a aceptarlos, a concluirlos. Porque, claro la lluvia nunca es eterna.







