Después de cuatro meses de mensajes, he decidido quedar con un caballero de 52 años y empieza la cita con cinco quejas.
Dicen que la anticipación de una fiesta suele ser más dulce que el propio evento. Para Beatriz, la espera se ha extendido durante casi cuatro meses, convirtiéndose en una especie de serie digital con episodios diarios.
Durante ese tiempo, ha memorizado los gustos de Ricardo, ha aprendido los nombres de sus amigos de la infancia y hasta ha dejado de sorprenderle su manía de poner siempre tres puntos suspensivos tras cada buenos días.
Beatriz tiene cuarenta y cinco esa edad en la que vas a una cita ya sin mariposas en el estómago, sino con la curiosidad irónica de una exploradora. A ver qué espécimen toca esta vez, piensa mientras se prepara.
Es de esas mujeres capaces de llevar un sencillo jersey de cachemir como si fuera una capa de gala, con esa autoironía que desactiva cualquier momento incómodo.
Ricardo, que acaba de cumplir los cincuenta y dos, parecía en los mensajes un hombre sensato, sereno, algo irónico y lo más atrayente fiable.
A nuestra edad, Beatriz escribía él, siempre de noche, la gente ya no busca fuegos artificiales, busca calor. Quiero estar con una mujer que entienda sin palabras.
Sin palabras, pues sin palabras, sonríe Beatriz, rizando sus pestañas. Lo importante es que si se pronuncian palabras, no den ganas de salir corriendo.
Quedan en una cafetería pequeña y acogedora del centro de Madrid, con luz cálida y aroma a canela. Beatriz llega puntual: impecable, serena, dispuesta a pasar una buena velada.
Ricardo aparece cinco minutos después. En persona, es un poco más bajo que en las fotos y tiene esa mirada de quien acaba de encontrar un fallo importante en un informe fiscal.
Se sienta delante, saluda con una breve sonrisa.
Ni un cumplido, ni un me alegro de verte.
Ricardo examina a Beatriz con atención, como si pasara una inspección. Luego propone café con postre así quedan.
Beatriz empieza, con voz de director de instituto ante el claustro, he analizado mucho nuestra relación estos cuatro meses. Y ahora, viéndote aquí, creo necesario dejar claras algunas cosas. Te traigo cinco quejas.
Algo se le rompe dentro como cuando se resquebraja un buen estado de ánimo. Beatriz apoya el mentón en la mano y asiente.
¿Cinco quejas? Suena interesante. Te escucho.
Ricardo ni capta la ironía y levanta un dedo.
Primera queja: las fotos.
En una de las fotos, con el vestido azul, tu figura parece distinta. Ahora veo que eres más contundente. Eso puede llevar a confusión. A nuestra edad, una mujer debe ser más sincera.
Beatriz sonríe por dentro. Contundente mejor que monumental, gracias.
Segunda queja: la rapidez de respuesta.
A veces tardas mucho en contestar. Hace tres semanas, te escribí a las 14:15 y no respondiste hasta las 16:40. A los hombres no les gusta esperar. Eso es falta de respeto.
Creo que estaba en una reunión comienza ella, pero Ricardo ya está levantando otro dedo.
Tercera queja: el lugar de la cita.
¿Por qué aquí? Este sitio es demasiado sofisticado. Yo sugerí algo más sencillo. Esa elección muestra tus tendencias a consumir de cara a la galería.
Beatriz mira su café con leche y reprime las ganas de tirárselo por encima. La curiosidad sigue pudiendo más.
Cuarta queja: el aspecto.
¿Para qué ese vestido? Solo hemos venido a tomar café. Es demasiado llamativo para un mediodía. Las joyas, innecesarias. Una mujer debe atraer por su profundidad, no por su brillo. A mi edad, busco contenido, no escaparates.
Quinta queja: autonomía.
Has elegido tú el local, usas mucho el yo misma. No dejas a un hombre sentirse hombre. Necesito una mujer que pida consejo, no que exhiba independencia. Si vamos a estar juntos, deberías revisar esa actitud.
Termina y cruza los brazos, esperando, parece, arrepentimiento o agradecimiento por tanta sinceridad.
Beatriz le observa y de pronto lo ve claro: los cuatro meses de charlas han sido solo la máscara cómoda de un quisquilloso manipulador. No busca calor. Busca un personaje diseñado para alimentar su ego.
Mira, Ricardo responde ella suave, casi dulce, yo también he sacado mis conclusiones. Y solo me han hecho falta cinco minutos.
¿Y cuáles son? entrecierra los ojos.
Que eres un ejemplar irrepetible. Has cruzado todo Madrid solo para echarme en cara mi gusto, mi aspecto y el derecho a ser yo misma. Un nivel de autoestima de manual.
Ricardo frunce el ceño:
Simplemente soy sincero.
No, niega con la cabeza Beatriz. No es sinceridad, es infelicidad disfrazada de metro mal calibrado. ¿No te gustan mis fotos? Ve al Prado, los cuadros no cambian. ¿Respondo lento? Cómprate un Tamagotchi. ¿No te convence el vestido? Lo llevo por mí, no por ti.
Se levanta, ajusta el bolso y le mira con serenidad:
Y para terminar: si tu ego se resiente cada vez que oyes yo sola, necesitas terapia, no pareja. A mis cuarenta y cinco valoro lo suficiente mi tiempo como para no gastarlo en alguien que empieza un encuentro enumerando mis defectos.
Pero ¿y el café? musita Ricardo.
Tómalo tú, así ahorras recursos. Y un consejo, gratis: si quieres que te miren la boca, pide cita al dentista.
Al llegar a casa, Beatriz bloquea a Ricardo en todos los mensajes. Para ella, el bienestar no es solo una manta y silencio, también un teléfono libre de quienes intentan recortarte a su estándar torcido.
¿Y tú qué crees? ¿Fue un mal flirteo o una función ensayada al detalle? ¿Vale la pena continuar con alguien que, desde el primer minuto, te pasa la factura de ser tú misma?






