Sueños de una vida despreocupada

Sueños de una vida despreocupada

¡No me lo puedo creer! ¿De verdad te soltó todo ese dineral tras el divorcio? ¿Y se sigue haciendo cargo de los niños? La voz de Almudena titubeaba, incrédula. Encima solo es el pequeño

Marta sonrió levemente y encogió los hombros, como si hablasen de lo más cotidiano del mundo.

A León no le importa en absoluto respondió con calma. Quiere igual a Santiaguito que a Eugenio. Siempre trae regalos, nos lleva al mar dos veces al año. ¿Y qué tiene de extraño? Tiene dinero, pues lo usa.

Almudena jugueteaba pensativamente con la taza de té ya frío. En su mirada cruzó un destello de envidia, no oscura, pero sí aguda, punzante. Quería comprender cómo era posible vivir sin pensar en el mañana, sin mirar la cuenta al céntimo, sin temer a la factura de la luz ni a las ruedas gastadas del coche.

¿Y si vuelve a casarse? preguntó, intentando que su voz sonara desdeñosa, aunque destilaba una pizca de sorna. ¿Y si se acaba el manantial de euros? ¿Qué harás entonces?

Marta rió, sincera, sin rastro de molestia ni herida. Comprendía que la mente de Almudena no podía encajar tanta generosidad, esa estabilidad que rozaba lo irreal.

Desde que nos separamos ya le ha dado tiempo a casarse y divorciarse explicó ella, todavía risueña. Así es él, muy dado a enamorarse. Al menos jamás miente: va siempre de cara y te dice si se ha encaprichado de otra.

Hizo una breve pausa, como repasando los vaivenes sentimentales de León, y luego añadió:

En total, lleva cinco matrimonios. Y ninguna de sus exmujeres tiene nada de qué preocuparse.

Almudena la miraba en silencio, intentando descifrar aquello. En su cabeza no encajaban las piezas: un hombre que, pese a saltar de amor en amor, sigue fiel a su palabra y cuida de quienes amó. Nada que ver con el mundo habitual, donde tras un divorcio solo quedan heridas, reproches y luchas interminables por el dinero.

No me lo puedo creer por fin susurró, incrédula. ¡Ese sí que es un hombre!

La joven revolvía distraída la cucharilla en la taza, boquiabierta ante el caudal de pensamientos que se le amontonaban. Rápidos, avariciosos, calculadores. La información recién recibida le parecía tentadora: un hombre rico, generoso, que no escatima ni con sus exmujeres Un hallazgo rarísimo. Por supuesto, sería difícil conquistarlo, pero si lo conseguía

Hasta un matrimonio corto con él te libra para siempre de los apuros económicos calculaba, apretando el puño. Y si encima tienes un hijo Eso garantiza el futuro muchísimos años.

Alzó la vista a Marta, disimulando su tono casual:

¿Y ahora, está casado?

Marta enarcó una ceja al captar, tras la pregunta, un interés mucho más profundo que una simple curiosidad. Conociendo a su amiga, entendió enseguida el trasfondo. Contestó tranquila, sin una sola gota de fastidio:

No. ¿Qué pasa, te interesa? Ni lo sueñes, cariño. León huele a leguas a las chicas materialistas y nunca dejaría que se le acercasen. Y siempre escoge a mujeres de su propio entorno.

Almudena notó un escalofrío interior. Intentó camuflar la decepción bajo una sonrisa forzada y agitó las manos, como restando importancia:

¡Bah, déjalo! Preguntaba por preguntar rió demasiado alto, nerviosa. ¡Yo también tengo mis principios, lo sabes! Casarme con un hombre que en dos días te cambia por otra, no va conmigo. Vivir con miedo constante a que encuentre a otra más interesante ¡no hay alma que lo soporte!

Había en sus palabras un deje de resentimiento, quizá contra Marta, quizás consigo misma por haber dejado escapar esa idea fugaz. Al momento intentó disimularlo, concluyendo con aire desdeñoso:

En el fondo, para mí es más importante la conexión del alma que el dinero.

Marta sonrió con dulzura, sin seguirle la corriente. Entendía perfectamente que bajo tanta bravata hervía el mismo deseo: alcanzar una estabilidad económica. Era humano, y por eso aún más insistente.

Pues mejor así respondió serena, dando un sorbo al té. Así las dos sabemos lo que queremos de la vida.

Se hizo un breve silencio. Almudena jugueteaba con el mantel, buscando cómo cambiar de tema. Marta, por el contrario, se sentía plácida, hablando con sinceridad, sin tener que demostrar nada.

*********************

Incluso al regresar a casa, Almudena no pudo dejar de darle vueltas a lo oído. En su fuero interno se confesaba: la envidia la devoraba. No era envidia cualquiera, sino un deseo ardiente, casi doloroso, de estar en el lugar de su amiga. Pero no en el de la Marta actual, serena y segura de sí. No. Ella anhelaba ser LA EX de ese empresario.

¡Eso no es una vida, es un sueño! Buenas indemnizaciones, manutención de por vida Ni un solo quebradero de cabeza, ni cuentas mentales para saber si llegará para la hipoteca o si habrá vacaciones. Incluso podría dejar el trabajo que tanto la había desgastado estos cinco años.

Eso sí, tenía claro que ser la esposa del momento no era lo mismo. Tocaba mantener intacta la reputación la prensa siempre al acecho. Olvídate de clubes nocturnos, fiestas hasta el amanecer o el tan inocente flirteo con algún compañero atractivo. Ser esposa implicaba recato.

Pero eso no dura más que un par de años se convencía Almudena, tamborileando la mesa. Uno o dos, y podrás salir del juego con una buena fortuna. No parece tan difícil.

Se contempló en el espejo. Treinta y cinco años, la edad perfecta para un nuevo giro: casarse, tener un hijo aún el reloj biológico le daba margen. Y después, empezaría la auténtica vida.

Se vio despertando en una habitación soleada y amplia, sin despertador, sin prisas ni listas de tareas. Tomando el café mientras contemplaba Madrid desde la terraza de su ático. Planeando escapadas a donde quisiera, sin mirar ni precios ni horarios de vuelos. Por fin podría permitirse lo tanto soñado: clases de pintura, viajar, ayudar en causas benéficas

Sin deadline, sin gritos de jefes se repetía, y un pequeño calor la reconfortaba. Solo libertad y la vida a mi medida.

La imagen la hizo sonreír, pero se contuvo: todo eran castillos en el aire. La realidad era más cruda. Aun así, la esperanza seguía latiendo en su mente: ¿Y si?

Reclinada en la silla, contempló las luces de la Gran Vía. En su cabeza las piezas de su plan iban encajando.

Ser la señora Domínguez Vaya, suena bien fantaseaba. Y con semejantes incentivos, aún mejor.

Sabía de sobra cuáles eran sus armas. Rubia espectacular, figura cuidada, imposible pasar inadvertida: la miraban, la invitaban, la colmaban de atenciones. Pero nunca había pasado de relaciones cortas. Nadie se atrevía a casarse con ella.

Quizá temen no estar a la altura pensó con cierta amargura. O han visto que no sirvo para conformarme con poco.

Pero ahora no era cuestión de amor o pasión. Se trataba del futuro seguro, desahogado, libre de angustias. Valía la pena adaptarse.

¿Qué debía hacer para llamar la atención del León, el millonario soltero? Primero, nada escandaloso: cortes sobrios, colores elegantes, fuera brillos o escotes.

Segundo, maquillaje natural, nada de labios rojo rubí o eyeliner llamativo. Un fondo de maquillaje ligero, máscara de pestañas, brillo labial discreto.

Y tercero, actitud apropiada: contención, discreción, sin ser sumisa. Sonreír, escuchar, hacer preguntas acertadas. Aleja el coqueteo obvio, que asusta.

Repasó mentalmente los posibles escenarios. ¿Dónde podía coincidir con León? Galas benéficas, inauguraciones privadas, cócteles exclusivos Tenía conocidos que, casualmente, podrían presentárselos.

Ya me ha visto antes recordó. Cuando estaba con Marta. Coincidimos en un par de cenas. Nada serio, pero recordará mi cara. Eso ayuda.

Saber que era posible le calentaba la sangre. Almudena era experta en causar impacto; solo tenía que dirigirlo con sentido.

Necesito un plandecidió. Elegir el evento, crear la imagen, ensayar frases Y sin pasarse. Discreción con chispa. Interés, pero sin perseguir.

La mente le dibujaba ya qué vestido, cómo el peinado, qué temas sacar en la conversación. Imaginaba el cruce de miradas, el acercamiento, la respuesta perfecta sin exceso de calidez ni de frialdad.

Se sonrió con determinación. Sentía subir la energía esa que siempre le hacía conseguir lo que quería. No era de rendirse. Tener un objetivo era ir hasta el fin. Y este, lo valía.

Puedo hacerlo sonrió. Lo haré. Y entonces, todo cambiará

*********************

Con gesto brusco se quitó los pendientes y los tiró con rabia en el joyero. El repiqueteo de los diamantes llenó la habitación de destellos. Eran regalo de León, elegantes, discretos, de esos que solo un hombre atento regalaría en la tercera cita.

Se sentó en la cama y se abrazó a sí misma. Aquella noche era ya la quinta salida juntos, todo parecía ir sobre ruedas: restaurante de lujo, ramo de rosas blancas, paseo hasta casa Y por dentro, Almudena hervía de frustración.

¿Por qué? protestaba mentalmente, mirando los pendientes.

León mostraba interésse le notaba en la mirada, en su atención, en los sitios a los que la llevaba, en los detalles, pero la cosa no avanzaba. Ni un atisbo de cercanía, un roce, ni siquiera la insinuación de tomar un café juntos al subir a casa. Solo exquisita educación, beso galante en la mano y te llamo.

Fue al espejo. Se repasó: pelo perfecto, maquillaje sutil, vestido discreto pero favorecedor. Había preparado ese look a conciencia: quería que la viera como una mujer seria, distinta a las que buscan una noche de pasión.

¿Me habré pasado de correcta? se preguntó, notando un pellizco en el pecho, como si algo importante se le estuviese escapando.

Recordó las últimas tardes: largas charlas en la cena, paseos por El Retiro, visitas al Prado Todo placentero, pero excesivamente correcto. León siempre atento y hasta cariñoso, pero como si una barrera invisible los separase. Él tampoco la rompía ni mostraba señales de quererlo.

Se despeinó a propósito.

¿Y si en realidad no me ve como pareja? le asaltó el miedo. ¿Y si ha pensado que yo soy demasiado remilgada para una relación con alguien de su historial? Cinco matrimonios

Se puso a mirar las luces de la ciudad. Madrid palpitaba fuera: risas, cláxones, música. Todo tan sencillo, tan espontáneo. Lo suyo con León parecía un bodegón: bonito pero inmóvil.

Tengo que cambiar las cosas resolvió. No pienso eternizarme en este bucle. Si quiero que me vea como algo más que una compañera de paseo, debe saber que estoy lista para lo que venga.

De nuevo miró los pendientes. Esta vez, la chispa en sus ojos era de convicción.

Mañana mismo le lanzaré una indirecta dijo en voz alta. Algo ligero pero claro. Que entienda que no soy solo amiga de paseo. Quiero más. Si le intereso, lo demostrará.

Inspiró hondo, sintiendo la oleada de valentía. Sí, era arriesgado, podía asustarlo. Pero ese limbo era aún peor.

Es momento de actuar sentenció, cerrando el joyero.

******************

Almudena volvía a revisar el móvil, aunque la pantalla seguía negra. Ni mensajes, ni llamadas. Hacía esfuerzos por aparentar calma, aunque la inquietud le revolvía por dentro.

Solo está muy liado se convencía. Tiene el negocio, reuniones, viajes Siempre anda de aquí para allá: que si París, que si Barcelona, que si Londres. No puede estar llamando a todas horas.

Procuraba no entrar en pánico. Repasaba mentalmente los últimos encuentrostodo había ido bien. León era atento, elegante, detallista.

No desaparecerá repetía. Es solo una mala racha.

Los días pasaban despacio. Miraba el móvil una y otra vez, sobresaltándose con cada alerta. Se mantenía ocupada: tiendas, amigas, yoga. Pero la cabeza volvía siempre a León.

¿Y si se arrepintió? susurraba el miedo. ¿Y si ha conocido a otra?

Pero enseguida echaba esos pensamientos. Todo iba bien. Solo estaba ocupado.

Tras casi una semana de dudas, el teléfono sonó una tarde de viernes, justo cuando Almudena preparaba té después del trabajo.

Al ver el nombre de León en la pantalla, estuvo a punto de tirar la taza. Le tembló la mano al contestar.

Hola, Almudena sonó la voz grave de León. Siento no haber llamado antes. Estuve fuera, el trabajo me va a tope

No te preocupes intentó sonar despreocupada. Ya sé cómo vas siempre de ocupado.

Te he echado mucho de menos dijo él, y el corazón de Almudena dio un pequeño brinco. Quiero verte. ¿Mañana? He reservado mesa en Las Rosas.

Me encantaría respondió enseguida, disimulando la alegría.

Y además León hizo una pausa. Quiero que conozcas a unos amigos.

Almudena se quedó helada. ¡Quiere que conozca a sus amigos! Eso es serio. Un hombre no presenta a cualquiera a sus amigos.

Me hará mucha ilusión respondió tranquila, aunque por dentro saltaba de alegría.

Cuando colgó siguió un buen rato en silencio, móvil en mano y una sonrisa amplia. Imaginaba ya qué ponerse. Porque eso sí, esto no era ninguna tontería. León iba en serio.

¡Por fin! se felicitó. Tenía razón: solo había que esperar.

El resto de la tarde fue un torbellino de planes: música, un té bien aromático, y el desfile de vestidos delante del espejo. Todo debía ser perfecto.

Pasó casi dos horas probándose ropa, perfilando hasta el último detalle del maquillaje. Hoy tiene que ser todo impecable, se decía al ajustar cada pincelada.

El vestido elegido: azul noche, sobrio, ajustado en su justa medida. Zapatos cómodos, pelo recogido, solo las joyas justas: unos pendientes finos, una pulsera discreta.

Tengo que estar de quitar el hipo pensaba, retocando los labios. A ver si entonces León reacciona y se da cuenta de qué arriesga si no mueve ficha.

A las siete en punto sonó el móvil: el chófer ya esperaba. Echó un último vistazo al piso y salió decidida.

Intentó hacer conversación en el coche, pero el conductor, de rostro adusto, sólo contestaba con monosílabos.

Hace fresquito hoy, ¿verdad? sonrió ella.

Sí respondió, sin despegar los ojos de la carretera.

¿Hace mucho que conduce para el señor Domínguez?

Bastante otra respuesta seca.

Almudena se resignó. La lealtad del chófer era inquebrantable. Nada que rascar.

El restaurante la recibió con tenue luz y música relajada. Una camarera impecable la condujo a la mesa.

Desde lejos veía ya a León. Traje a medida, hombros anchos, pelo peinado con esmero. Es que está para enmarcar, pensó, sonriendo.

La sonrisa se le congeló al ver quién más ocupaba la mesa.

Junto a León, a medio metro, una joven elegante, pelo recogido, ropa de marca sin ostentar. Hablaba en voz baja, acercándose a León, que escuchaba atento y sonreía.

¿Quién será? El corazón de Almudena dio un vuelco.

Casi se quedó paralizada, intentando controlarse. Las hipótesis se agolparon en su mente: ¿Una hermana? Él tiene dos ¿Pero por qué nunca me la ha mencionado? ¿O será colega de trabajo? ¿En un restaurante, en sábado?

¡Almudena, qué guapa! saludó León con admiración, poniéndose en pie. Alguien estará muy afortunado de tenerte en su vida.

Ella contuvo el gesto, buscando si la frase tenía doble sentido. Será él, espero. Por dentro era un torbellino, pero sentándose, fingió calma y asintió:

Me alegra que pienses eso de mí.

León se sentó enfrente, con una sonrisa cálida, casi paternal. Hubo una breve pausa, que él rompió, mirando a todos con seriedad.

Almudena dijo solemne. En este corto tiempo te has convertido en una buena amiga

¿Solo amiga? Por dentro, Almudena casi gritó. Tanto esfuerzo, tanto plan, ¿para esto? Sólo un leve rubor se dejó ver en sus mejillas.

Nadie me entiende mejor prosiguió él, ajeno a su batalla interior. Así que quería que fueses de las primeras en saberlo. Me caso.

¿Eh? ¿Cómo eres capaz de decirme esto después de todo lo que me he esforzado? Pensamientos huecos revoloteaban en su mente.

Enhorabuena consiguió forzar Almudena. ¿Y quién es la afortunada?

Está sentada a tu lado. Mi prometida, Isabel.

Giró despacio la cabeza. Por fin observó de verdad a la chica: sonrisa discreta, sonrojo leve bajo su mirada.

Así que para esto estaba aquí pensó Almudena. Y yo preguntándome

Se obligó a sonreír y a felicitarles, elogió el anillo, preguntó por la boda, se ofreció a ayudar. Todo en automático, como si representara una mala función.

Por dentro el estómago se le retorcía; apenas oía nada, asentía por inercia.

A los quince minutos, no pudo más. Sacó el móvil, fingió recibir un mensaje urgente y, con una sonrisa apurada, se excusó:

Perdonad, me ha surgido un imprevisto.

Sin esperar respuesta, se levantó, tomó el bolso y, casi corriendo, salió al fresco de la Castellana. Sólo entonces soltó el aire.

En la mesa quedaron tres. Se acercó otra mujer: era Marta.

No me equivoqué dijo Marta, mirando hacia el vestíbulo por donde se había marchado Almudena. Intentó aprovechar lo que le conté, hacerse el futuro más fácil. Me imagino cómo se retorcía al verte tan caballeroso con ella. Seguro pensaba atarte en dos días.

León sonrió, frío, removiendo el café con la cucharilla.

Eso jamás sucederá dijo firme. A esas las descubro en un instanteLeón dejó la cucharilla a un lado y miró a Marta directamente a los ojos, con una sinceridad inesperada.

Siempre ha habido personas así dijo, listas para saltar al primer anzuelo. Pero yo solo quiero a quienes se atreven a ser auténticas, incluso cuando parece que serlo no trae recompensa.

Marta asintió, con esa sonrisa sabia que da el haber visto el mundo girar más de una vez.

Y aquí estamos, León. Al final, uno solo se apega de verdad a quienes se quedan sin esperar nada a cambio. Aunque al principio cueste verlo.

Un silencio breve se adueñó de la mesa, pero era de esos silencios plácidos, en los que cada cual entiende a los demás sin añadidos.

Afuera, Almudena caminaba bajo los faroles, tacones resonando sobre la acera. Al principio sentía rabia, luego tristeza, pero pronto, solo vacío. Detuvo el paso frente a un escaparate y, en el reflejo, lo comprendió todo: por más que corriera tras la vida perfecta, no había atajo que funcionara si la mentira era demasiado pesada para cargar. Se echó a reír bajito, una risa que tejía promesas sin resentimientos.

Alzó la barbilla; el mundo no era más justo, pero sí más claro. Quizá le tocara buscar la plenitud por caminos propios, no prestados.

Resuelta, se alejó. De los sueños, a veces, lo más valioso no es lo que se alcanza, sino la lucidez de saber girar cuando el corazón por fin lo dicta.

Y, por primera vez en mucho tiempo, Almudena se sintió libre.

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CERTIFICADO DE VIDA “Piruletas