Expectativas rotas

Expectativas rotas

Alejandro estaba de pie en el salón, con una pequeña caja de terciopelo apretada entre los dedos. Una y otra vez repasaba mentalmente el discurso que había preparado: cada palabra, cada pausa, la manera de articularlo todo con la perfección que deseaba. ¡Hoy debía salir todo impecable! ¡Perfecto! Ni un desliz

Inspiró profundamente, intentando apaciguar la inquietud que le zumbaba en el pecho, pero sentía que el corazón le latía en la garganta. Ya se veía abriendo la cajita, captando la expresión de ella al ver el anillo, imaginando su reacción…

Fue entonces cuando desde el recibidor llegó la voz cálida y familiar de una mujer:

¿Álex, has llegado ya?

Alejandro dio un respingo. El tiempo pareció comprimirse. Sin apenas pensarlo metió la caja a presión en el bolsillo del vaquero y secó deprisa las manos sudorosas en los pantalones. Los movimientos le salieron bruscos, casi torpes.

Voy, acertó a responder, con voz ronca, cargada de nerviosismo. Carraspeó, intentando recuperar la firmeza en el tono y añadió, un poco más templado. Llegué hace nada.

Alejandro esbozó una sonrisa suave y, al acercarse a Inés, la besó con ternura en la mejilla. El calor de su piel, el aroma ligero de su perfume, le arrancaron por un instante de la tensión interna. Pero pronto reparó en la bolsa que ella llevaba evidentemente bastante pesada y frunció el ceño, preocupado.

¡Pero Inés, por favor! le recriminó suavemente, cogiendo la bolsa de sus manos. ¿Por qué has cargado tanto peso? Sabes que no deberías forzarte. No sé en qué piensas con la salud…

Inés sonrió con una media risa, negando con la cabeza. Su mirada, atenta y perspicaz, recorrió el rostro de Alejandro. Vio cómo tragaba saliva, cómo le temblaban levemente los dedos mientras depositaba la bolsa sobre la mesa. Algo no iba bien.

¿Te ocurre algo? preguntó ella ladeando la cabeza. Estás rarísimo. Muy nervioso.

Alejandro negó vigorosamente, demasiado deprisa para que pareciera natural.

Nada, nada serio farfulló, esforzándose por sonar normal. Es solo… un proyecto en el trabajo que está ahí atascado. Ya sabes, todo bajo control, pero te ronda la inquietud… Ni yo entiendo por qué.

Notó que hablaba demasiado y buscó rápido un cambio de tema, un respiro:

¿Tienes hambre? He preparado la cena, todo lo que te gusta. Pensé que sería agradable llegar a casa tras el trabajo y que esté la mesa lista.

Su tono se suavizó al hablar de la comida, refugio seguro donde aún estaba seguro de sí mismo. Incluso sonrió un poco más, esperando convencerla, que no siguiese haciendo preguntas.

No, gracias, he picado algo con una compañera en una cafetería. Pero un té no me vendría mal. Además, tenemos que hablar.

La tranquilidad casi rutinaria de las palabras de Inés revolucionó a Alejandro por dentro. ¿Habrá notado algo?, cruzó fugaz y punzante por su cabeza, haciéndole aún más nervioso. Las palmas húmedas de nuevo, el nudo en la garganta. Con un gesto, invitó a Inés a pasar al comedor; tenía que centrarse, calmar los nervios antes de que todo saliese mal. Temía empezar a tartamudear, ruborizarse, eludir la mirada y que al final, no consiguiera decirle nada. ¡Después de todo lo que había esperado y preparado!

Pasaron a la cocina. Alejandro puso la tetera casi sin mirar, evitando los ojos de Inés. Iba de un lado a otro: ahora la taza, luego la devolvía, luego se ponía a plegar la servilleta… como si la mantelería le estorbara.

¿Tan importante es? acertó a preguntar, intentando sonar natural. Pero salió con un deje agudo, demasiado rápido, forzado. ¿Seguro que no prefieres algo más fuerte que un té?

Incluso trató de sonreír, pero la mueca pareció artificial, nada convincente. Por dentro, la ansiedad le ahogaba. ¿Qué le iba a decir ella? ¿Qué significaba esa mirada? ¿Lo habría descubierto?

El té es suficiente respondió Inés mientras se sentaba. Para algunas charlas, mejor tener la cabeza despejada.

Alejandro se quedó quieto, con la taza en las manos. El zumbido del agua hirviendo llenó la cocina de un batir monótono, casi abrumador. Dejó la taza, se dio la vuelta hacia Inés y respiró hondo, intentando aquietar el temblor de sus dedos. Todo se decidiría ahora. O reunía el valor, o…

No quería pensar en el o.

Algo en el tono de Inés le puso en guardia: demasiada firmeza en la mirada, silencios reflexivos entre palabra y palabra. ¿De qué iría la conversación? ¿Sería que finalmente había decidido aceptar aquella oferta de trabajo lejos? Solo imaginarla yéndose de viaje, viéndose menos, el móvil vibrando con mensajes de compañeros nuevos Eso sí que no lo quería.

Mira comenzó ella, titubeando, los ojos fijos en la taza, han pasado cosas últimamente que me han hecho reconsiderar toda mi vida. ¿Qué quiero alcanzar en el futuro? ¿Quiero pasar los años en esta ciudad? ¿Quiero familia, hijos? ¿Me gusta mi trabajo? He dado muchas vueltas a todo esto Y he decidido: quiero cambiarlo todo.

Todos sus términos eran suaves, pero tan firmes e irrefutables que Alejandro notaba cómo se le secaba la garganta. Trató de parecer sereno bebiendo un sorbo de té sólo para encontrarse con un sabor insoportablemente amargo. Apartó la taza sin hacer ruido, aparentando calma, hombros rectos, mirada directa, pero por dentro era un torbellino.

¿A qué te refieres exactamente? preguntó, procurando que el tono no temblara. No lo logró del todo.

La observó atentamente, tratando de leer en su expresión, en el vaivén de sus ojos, la respuesta antes de escucharla. Un enjambre de preguntas en la mente, pero sin atreverse a lanzarlas.

Inés hablaba casi susurrando, como si las palabras le pesaran demasiado. No miraba a Alejandro; parecía dialogar con la cuchara del té. La enrollaba entre los dedos, la dejaba, la recuperaba, como si el pequeño utensilio fuera mejor confidente de sus emociones.

He decidido cambiar de trabajo, de ciudad, de amigos y de pareja. Alejandro, eres buen chico. Honrado, inteligente, guapo. Pero no podrás darme lo que realmente quiero su voz flaqueó, pero continuó en seguida: Tienes un buen sueldo, piso propio, coche. Vives conforme, no quieres cambios. Y yo quiero más, mucho más. Quiero viajar, vivir en una casa enorme con vistas espectaculares. Quiero abrigos de piel, oro…

Las palabras de Inés le iban destrozando por dentro. Buscó titubeos en su voz, alguna pista de que dudase de lo que decía. Pero sólo halló determinación. Quiso replicar, explicar, justificarse pero la mente le quedó en blanco. Y entonces, sin saber por qué, se aferró a lo más absurdo:

¿Pero si tú odias las pieles naturales? levantó la ceja, procurando que la pregunta no sonara brusca, pero su perplejidad se mezcló en el tono. Cuando te regalé aquel chaleco, ¿no te acuerdas cómo reaccionaste? ¡Casi me matas!

Alejandro sonrió involuntariamente, rememorando el pequeño escándalo. Habló del sufrimiento de los animales, de la crueldad de la industria… Él se pasó días disculpándose, sin entender por qué tanto enfado. Ahora, ese recuerdo le parecía una boya de salvación en medio del naufragio. Si ahora decía lo contrario ¿sería solo un arrebato pasajero?

Inés alzó la cabeza de golpe. Brillaba la rabia en sus ojos. No era en absoluto la reacción que esperaba. Había preparado durante horas el discurso, y Alejandro se quedaba con aquel detalle irrelevante ¡como si fuese lo único importante!

¡Era una ilusa y una estúpida! exclamó con amargura. ¿Eso es lo único que te inquieta? ¿Nada más?

Trató de controlar las manos, que comenzaban a temblar. Quería que él comprendiera la gravedad de lo que le decía, que reaccionara, protestase, tratara de convencerla Pero su cara, apenas una ceja levantada, sólo la exasperaba más.

Alejandro se movió levemente en la silla, como acomodándose sin prisa, dándole igual todo lo que ocurría. ¿Le dejaba su pareja? Bueno ¿y qué? ¿Iba a echarse a llorar?

Tampoco es eso respondió con serenidad, casi indiferente. Simplemente intento entenderlo. ¿Por qué hoy? Y después de decirme esto ¿qué sentido tenía hacer la compra? Yo mismo puedo hacerlo.

Y esa frase colmó la paciencia de Inés. ¿Cómo podía ser tan frío? Tras soltarle semejante bomba, él se fijaba en cosas tan nimias

Se levantó de un golpe, la silla chirrió y golpeó contra la pared. De pie, apretó los puños, con los ojos húmedos de rabia contenida.

¡Insensible! gritó, la voz desafinada entre el enfado y el sollozo. La razón es simple: un hombre muy adinerado ha mostrado interés por mí y hoy me lo ha dejado muy claro. Él no se conforma con poco como tú, está en constante ascenso.

Soltó de corrido pensamientos retenidos mucho tiempo. Avanzó hacia Alejandro, esperando alguna reacción, alguna muestra de que le importaba, pero él permaneció imperturbable, los brazos cruzados, sentado, rostro impasible aunque sintiera el dolor mordiéndole por dentro.

¿Y la compra? preguntó, y eso fue el golpe definitivo.

Inés se quedó paralizada, sin creer lo que oía.

¡Te da igual! alzó aún más la voz. ¿Te da igual que me vaya?

Alejandro la miró de frente, su expresión era fría, carente de rabia o desesperación. Sí, claro, dijo, encogiéndose de hombros y sonriendo sin alegría. ¿Qué esperas, que te suplique de rodillas? ¿Que prometa cambiar solo para complacerte? ¿Que me mate trabajando para cumplir todos tus caprichos? ¿No te parece demasiado?

Inés intentó responder, pero se quedó muda. Comprendió de golpe que Alejandro no pelearía por mantenerla, que no la iba a rogar. Ese hielo inútil en la mirada le dejó vacía.

¿Ni lo vas a intentar? susurró, rendida.

¿Para qué? Si ya lo has decidido contestó Alejandro, firme. No pienso cambiar mi vida por capricho tuyo.

El rostro de Inés ardía de rabia y decepción. Hubiera preferido gritos, súplicas, promesas imposibles… pero solo encontró indiferencia.

Hubiese estado bien, respondió con acidez. Al menos tendría una oportunidad.

Alejandro arqueó la ceja, con la tranquilidad de quien observa el romper de una ola. Estabas cómoda, lo sé. Pero como tú hay cientos. Quizá me has hecho un favor tomando la iniciativa. Así nadie me tachará de mujeriego.

Sus palabras, pronunciadas con calma, le dolieron más que cualquier reproche. Se contuvo para no gritarle, para no zarandearlo.

¿Cómo puedes? casi chilló. ¿No tienes corazón?

¿Qué quieres que haga? alzó los hombros. Quizás deberíamos dar gracias por lo que acaba de pasar.

Se hizo un silencio pesado. Solo se oía el viejo reloj del salón. Inés permaneció rígida, buscando algo que decir, pero ningún reproche le salía. Todo se estaba rompiendo, pero no como se imaginaba.

Entonces, una bofetada seca rompió el silencio, resonando en el piso vacío. Inés ni supo cómo le golpeó; su mano actuó sola, dejándole la marca en la mejilla antes de huir, rojo brillante. Esperaba cualquier reacción rabia, dolor, reproche pero Alejandro ni se inmutó, solo giró la cabeza un segundo y permaneció impertérrito.

Eso fue la gota final. Con rabia y torpeza, Inés recogió una maleta, comenzó a llenarla en silencio con la ropa, cualquier cosa, con una prisa que rozaba la huida. Quería irse antes de dudar, antes de que le temblara la convicción.

Porque sí: era ella la que se iba; era ella la que había dicho que él no bastaba. Pero en aquel momento, ver que Alejandro no luchaba, no reaccionabaeso era insoportable.

Pero claro que a Alejandro no le era indiferente.

Él seguía sentado en la cocina, cabeza entre las manos, los codos anclados en la mesa. Por dentro rugía la tormenta, con las ganas de gritar, de tirar todo al suelo, de maldecir, pero se quedaba quieto, sujetándose casi hasta hacerse daño. Porque sabía que si soltaba toda esa rabia, no podría detenerse.

La amaba. Llevaba medio año planeando el momento para pedirle matrimonio. El anillo seguía esperando, celosamente guardado en el cajón del escritorio semana tras semana, mirando escaparates, ahorrando euro a euro, soñando con sorprenderla, con fundar una vida juntos. Ahora todo parecía una ilusión torpe y ridícula.

Escuchaba a Inés cerrar armarios, arrastrar maletas por el suelo, resoplar al abrocharlas, y cada ruido le taladraba el alma. Quería ir, retenerla, pero ¿para qué? Ya estaba hecho.

El aroma del té y un olor a algo quemado llenaban la cocina quizá había dejado encendida la vitrocerámica. Alexander apretó los puños. Todo se deshacía con una trivialidad dolorosa: tres años, y era como si nada hubiera existidocomo si hubiesen fingido en una obra mal escrita cuyo final les empujara a separarse para siempre.

La conocía bien, mejor que nadie. Sabía que su sueño era una casa grande en una urbanización tranquila cerca de Madrid. Ella describía el jardín, el silencio, el ambiente seguro y selecto lo había escuchado mil veces entre bromas y confidencias. Alejandro de verdad se empleaba a fondo, aceptaba más trabajos, hacía cursos, madrugaba, pensando en conseguir pronto ese salario mayor. Había guardado silencio sobre el último ascenso y el aumento, quería que fuese una sorpresa. Planificaba enseñarle un chalet, darle el anillo. Decirle: Ya está, Inés. Lo hemos conseguido.

Ahora, con la cabeza apoyada en el dorso de la mano, recordaba cada pequeña fantasía, cada plan conjunto, cada vez que miraba catálogos buscando fachada, jardín, ventanales Imaginaba el primer desayuno en la terraza, las barbacoas con amigos, paseos por el barrio.

Todo eso se le desintegraba en las manos. No entendía cómo no vio su esfuerzo, por qué pensó que no le importaba. Quizá por querer hacerlo tan perfecto, tan sorpresa, terminó siendo invisible. En su cabeza solo resonaba: ¿Por qué ahora? ¿Por qué justo cuando estaba a punto de cumplir su sueño?

Alejandro se levantó, sintiendo que las piernas pesaban como plomo. Se encaminó al baño, simplemente por apartarse de esa atmósfera sofocante.

Se lavó la cara con agua fría ante el espejo, donde se reflejaba la marca roja de la bofetada. Notó cierta hinchazón y una punzada sorda. Buen golpe, murmuró para sí. Se masajeó el rostro, tratando de borrar no solo el ardor físico sino el otro, más doloroso.

De repente el portazo en la entrada le sacó del ensimismamiento. ¿Tan rápido se ha ido?, pensó, sin saber si sentir alivio o desolación. Salió al pasillo, miró el cuarto: los restos de la mudanza apresurada, la ropa desordenada, las puertas abiertas… ¿Habría planeado irse antes de la discusión?

Se metió la mano en el bolsillo, topó con la caja de terciopelo, la apretó, la sacó, y sin pensar la lanzó al cubo de la basura. Golpe seco, y la caja desapareció bajo bolsas y papel.

Ahí debe estar, pensó, mirando ese cubo como quien mira una tumba. No quedaba ni rabia, ni lágrimas, solo un vacío denso que se adhería a cada célula del cuerpo.

Se acercó a la ventana. Afuera todo continuaba: gente yendo de un lado a otro, niños jugando en la plazoleta, el murmullo de un coche al fondo. Todo igual. Solo que para él, su mundo acababa de pulverizarse.

***********************

Inés se fue convencida de que estaba comenzando un capítulo nuevo. Pero el caballero accommodado le duró apenas dos semanas antes de marcharse, sin explicación ni despedida, apagando el móvil para siempre.

La rabia inicial de Inés se convirtió en autoanálisis y, después de días de insomnio, en nostalgia. Se acordaba de Alejandro, de su rostro sereno, de esa calma dura en la última conversación. De cómo nunca suplicó, ni perdió la compostura, ni la retuvo. Ahora le parecía, no frialdad, sino respeto mutuo.

Un mes más tarde, decidió regresar. Se puso su vestido más bonito, se esforzó en el maquillaje para disimular las noches sin dormir y fue hasta la casa. La recibió el propio Alejandro, con bata, pelo revuelto y la taza aún en la mano. Sin rastro de sorpresa o reproche en la mirada.

Alejandro, yo empezó ella, pero él le cortó sin mirarla.

No hace falta.

Quiero hablar, dijo dando un paso al frente, él ni se movió. Reconozco que me equivoqué. Tenías razón. Me gustaría volver…

Él dejó la taza en la encimera, cruzó los brazos.

¿Volver? ¿A qué, Inés? Ya no existe ningún nosotros.

Siempre se puede empezar insistió ella, desesperada. He cambiado, he entendido lo que quiero de verdad. No volveré a pedirte imposibles. Solo dame una oportunidad.

Él negó despacio, sonrió con un cansancio resignado.

¿Oportunidad? ¿Para qué? ¿Para que dentro de medio año decidas otra vez que no te sirvo, que quieres más? No pienso entrar en ese juego.

Ella intentó protestar, pero él le cortó con un gesto.

¿Sabes qué? Compré un anillo. Aquella noche iba a pedirte matrimonio admitió, mirando el suelo. Mi primer impulso fue tirarlo a la basura, de hecho lo hice. Pero luego lo rescaté. Es mi recordatorio de cuán materialistas pueden llegar a ser algunas personas.

Inés no dijo nada. Se mordió los labios, aguantó las lágrimas y asintió, para acto seguido girar sobre sus talones y marcharse por las escaleras.

Alejandro cerró la puerta, volvió a la cocina, sacó la caja del cajón, la sostuvo un momento en la palma y la guardó de nuevo.

Todo había terminado.

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