El teléfono yacía, solitario y casi ofendido, sobre la mesa del salón. La pantalla se iluminaba de vez en cuando, acompañado de un timbre melodioso, casi burgués, pero en el piso reinaba una calma sospechosa: la dueña, ni caso.
En esos momentos, Almudena saboreaba al fin un descanso tan esperado que ya rozaba el mito. Tras una jornada laboral que habría tumbado a un burro, sólo soñaba con desaparecer en el relax. Así que llenó la bañera con agua bien caliente, añadió espuma con olor a lavanda (de la que anuncian las actrices en bata de felpa), apagó la luz y se sumergió en ese charco de tranquilidad que llevaba días buscando. El rumor del agua, la penumbra acogedora y el aroma envolvente ni el spa del centro podía rivalizar con eso.
Mientras tanto, el dichoso teléfono seguía cantando la misma canción. En la pantalla parpadeaba el nombre Pilar una y otra vez. Al parecer, la amiga tenía más ganas de charlar que un taxista en huelga, porque las llamadas no cesaban. Pero Almudena estaba de cuerpo presente, sí, aunque de oído absolutamente ausente. Con los ojos cerrados y la cabeza abandonada sobre el cojín cervical, notaba cómo el estrés se evaporaba como las buenas intenciones un viernes por la tarde.
Ya había pasado una hora cuando Almudena decidió salir de la bañera, envuelta en un albornoz mullido digno de Paradores Nacionales. Lo primero que vio fue el móvil, parpadeando desesperado como gato en apuros. Lo tomó y soltó un ¡Madre del amor hermoso!, al ver que Pilar había llamado más de veinte veces. Apenas le dio tiempo a pestañear y, como si la hubieran conectado al WiFi cósmico, el móvil volvió a sonar.
Pero antes de responder, decidió revisar los mensajes. Había casi tantos como llamadas: ¿Dónde andas, Almudena?, Contesta, mujer, necesito contarte una cosa YA, ¿Estás bien?, Llama, que es urgente. Entre medias, a cada mensaje Pilar subía el nivel de dramatismo hasta alcanzar tonos de zarzuela.
¡¿Pero qué será esta vez?! masculló Almudena, con el ceño fruncido, voz de sospecha. Porque seamos sinceros: ninguna conversación con Pilar acababa con fuegos artificiales de alegría.
Ya sabía Almudena cómo se las gastaba Pilar con sus telenovelas personales: cualquier nimiedad en la oficina, una cita que no salió bien o que le habían dado el cambiazo con el pan en la panadería. Y siempre acababa en llanto. Hoy, precisamente hoy, a Almudena no le apetecía ejercer de amiga pañuelo otra vez.
En los últimos meses, había sido el oráculo de lamentaciones de Pilar casi a diario, mayormente por los problemas de su reciente y cíclico divorcio. Almudena, de natural comprensiva y madrileña resistente, escuchaba y apoyaba, pero llegaba un punto en que la energía se fugaba como el gas de una botella mal cerrada.
Si ayer estaba bien musitó, más para convencerse que por memoria. Ayer estuvimos hablando de tonterías, riéndonos de un chico del trabajo y ni sombra de drama.
Se sentó en el sofá con el móvil pero sin prisa de llamar. Todo lo que le apetecía era una serie ligerita, de esas que te puedes perder media temporada y no enterarte, y desconectar el cerebro. Vamos, disfrutar de un par de horas de paz y silencio doméstico, un lujo impagable para quien lleva media vida siendo el psicólogo amateur de sus amistades.
Apretó la almohada y volvió a mirar el móvil. Los mensajes seguían cayendo; por lo visto, Pilar era como una gotera en el techo: insistente. Almudena suspiró hondo, recopilando fuerzas existenciales. Era obvio que, antes o después, tendría que atenderla. Pero ahora, ya podía ponerse el mundo en huelga, que ese ratito de calma no se lo quitaba nadie.
Los últimos meses, la vida de Almudena parecía una mezcla entre la sección de sucesos del periódico y un documental sobre codependencia. Desde que Pilar decidió divorciarse de Víctor (antes amor, ahora Voldemort), todo fue cuesta abajo y en patines. En un abrir y cerrar de ojos y tras varias crisis filosóficas, había hecho mudanza a casa de Almudena, en lo que iba a ser una cosa temporal.
Al principio, normal. Apoyo logístico a la amiga en apuros, como manda la Santa Constitución de las Chicas. Pero tufo de normalidad se fue por la ventana cuando las semanas se hicieron meses, y Almudena olvidó lo que era pasear sola, quedar con otra gente o simplemente pensar en sus propias mierdas vitales. Ahora, todo era Pilar y sus dramas.
Siempre igual: volvía Almudena, arrastrando el alma del curro, y ahí estaba Pilar en posición de confesionario. Era sentarse, poner carita de cordero degollado y empezar el repertorio.
No podía ni ir sola al súper, tía. Pilar, en bucle, ya no distinguía lo ridículo del drama. Me controlaba todo. Que si adónde vas y con quién, y si llegaba cinco minutos más tarde, bronca al canto.
Almudena aguantaba en modo zen, té en mano y cara de póquer. Ya le sonaba aquel monólogo casi de memoria, pero mejor comerse otro paseito por el calvario que soportar una escenita de ¡nadie me entiende!
Yo lo hacía todo por él lagrimilla incluida, limpiaba, cocinaba, le aguantaba y él, pues traición. ¡Otra! ¿Cómo confías en alguien así?
Con suavidad de enfermera experta, Almudena depositó la taza en la mesa. Mira, igual es mejor así. Seguro que encuentras quien te valore, de verdad. Y esto de llorar, ¡mira a ver si lo dejas ya, anda!
Pero Pilar oía lo que quería, que para el caso era nada. Vivía en su propio melodrama perpetuo, donde el mínimo recuerdo convertía la tarde en un duelo griego.
Si yo no miré ni a otro, Almudena, ni salía, solo para él, ¡y él, encima, levantaba la mano!
La paciencia de Almudena era la de una estatua, pero sí, se sentía vacía, caramba. Cada noche, mismo ritual, mismas lágrimas, cero margen para vida propia. Su mundo era Pilar, y eso agotaba más que tres juntas de vecinos seguidas.
Sin embargo, el teatro tuvo fin. Un par de semanas atrás, Pilar volvió (milagrosamente, pensó Almudena, con un poco de culpa) a su piso. Aquel día, Almudena se quedó en la ventana, viendo cómo bajaban las cajas al taxi, y notó un peso menos en los hombros. Aquella noche pudo dormirse sin temer llamadas a medianoche ni sesiones de terapia forzada.
Y, oh maravilla, esos primeros días sola fueron casi gloriosos: cine, quedadas con amigas, tardes de sofá y libro incluso poner por fin esa serie de moda que tenía en el tintero. Vida, libertad, y el recobro del yo.
Pero la felicidad, ya se sabe, dura poco. Hoy, vuelta a las llamadas incesantes y mensajes de Pilar, urgentes, dramáticos un déjà vu digno de bucle cósmico.
Almudena miraba el teléfono con mezcla de ansiedad y fastidio. ¿Y si ahora sí es algo grave? Pero también le daba rabia, porque justo empezaba a recuperar un poquito de su espacio.
Otra vez la burra al trigo pensó, sintiendo la frustración como solo una verdadera amiga puede sentirla. Porque, seamos sinceros, Pilar nunca preguntaba qué tal Almudena. Ni si tenía un día malo o media hora libre.
Harta, respiró hondo y eligió dejar el teléfono en modo zapato muerto. Es decir: lo apagó con un gesto tal que el mismo móvil se sintió herido. Y tras decidir con algo de culpa que mañana sería otro día salvo Apocalipsis ineludible, lo aparcó en la mesita.
El resto de la noche, insólitamente placentero; Almudena se preparó un buen cacao, se acurrucó en el sofá bajo un plaid y le hizo caso al capítulo piloto de la serie. Por primera vez en siglos, tranquilidad total. Sin oír llantos, sin buscar palabras de consuelo. Sólo ella, el cacao, la mantita y poco más.
Durmió como si la hubieran desconectado. Ni sobresaltos, ni rumiaciones nocturnas, ni planes de emergencia. Al despertar, era otra: la alegría simple de quien ha vuelto a su propio pellejo.
Por la mañana, reanimó el teléfono. Aquello parecía la centralita de la Lotería de Navidad: notificaciones entrando en tromba, mensajes que ni Movistar en campaña.
¿Almudena, pero dónde te has metido?, ¿Puedes hacerme caso o qué?, Esto es URGENTE, ¿Te doy igual ya?. Y así, hasta un reproche final: Bueno, tú sabrás. Ya buscaré a otra para contárselo.
Ah, la culpa. Almudena notaba cómo esa mezcla de amargura y cansancio volvía a instalarse como okupa en su ánimo. Todo parecía cíclico: llamadas urgentes, la exigencia de atención y otra vez su vida, ¡poof!, al segundo plano.
Pese a eso, decidió poner fin a la incertidumbre. Mejor cortar el drama de raíz. Con un suspiro ancestral, marcó el número de Pilar, ese que casi podría rellenar la primitiva de tanto repetirlo.
Al segundo tono, la voz de Pilar, siempre acelerada, ya sonaba al otro lado:
¿Has pasado la noche despierta otra vez? ¿El insomnio ese tan mono?
Que no, mujer. Pero entre la oficina y el caos de ayer, el móvil se me quedó fritico.
Sí, claro, como si tu vida fuera tan interesante que no puedas atender a tu amiga ironizó Pilar, en modo martirio express.
Eso ya fue mucho. Almudena sintió cómo la indignación le aprisionaba las vértebras.
¿Y yo no puedo tener vida? Pilar, mide cómo hablas, ¿eh? Bueno, venga, ¿qué ha pasado ahora?
Pilar tardó en responder, el orgullo herido como niño sin regalo. Por un momento, Almudena se vio tentada de colgar y volverse al cacao.
Bueno, perdona dijo Pilar, bajando el tono. Pero es que es MUY importante. No podía esperar más para contártelo.
Almudena, con el día recién comenzado y la agenda ya llena, se preparó para el marrón de cada día. Que si cita con el cliente, que si salón de belleza, que si paseo con Laura, la otra amiga Pero bueno, a ver por dónde nos sale Pilar.
Pues venga, suéltalo, que el tiempo es oro y yo tengo cita.
Silencio incómodo, como si Pilar estuviera decidiendo si dramatizar más o menos.
¡Que me caso!
Por un instante, el universo de Almudena pareció pararse. ¿Se casa? ¿Con quién, si hace dos semanas lloraba el nombre de Víctor como una actriz de culebrón?
La cabeza de Almudena empezó a hacer cálculos: ¿Que si ya ha conocido a otro?, ¿que si speed dating o cita clandestina? Y sobre todo: ¿Cuándo le ha dado tiempo a organizar SIGUIENTE drama?
¿Y quién es el afortunado? se le escapó, más como acto reflejo que auténtico interés.
¿Quién va a ser? ¡Víctor! Hemos quedado, hemos hablado, y hemos decidido volver y hacer las cosas bien. ¿No te alegras?
Almudena se echó a reír. No pudo evitarlo. El humor negro le salva la vida. Por un momento pensó que Pilar bromeaba, pero no; ni pizca de sarcasmo en su voz.
¡Vaya! Pues enhorabuena, supongo. Pero que conste: si acabáis fatal otra vez, NO quiero ser tu paño de lágrimas. ¡Y ahora, que tengas un feliz día!
Y colgó, sin darle tiempo a Pilar para protestar. Se quedó mirando el móvil, las manos temblorosas.
¿Tanto esfuerzo y de qué ha servido? se preguntó, mirando por la ventana. ¿Otra vez? ¿No aprende?
Le vinieron a la memoria esas tardes de consuelo infinito. Pilar, deshecha en llanto, enumerando las faltas de Víctor, los desplantes, las escenas de celos. Y otra vez la boda, la segunda temporada del culebrón.
Almudena caminó por la casa, tratando de sacudirse el hartazgo. No era enfado, no exactamente. Más bien una tristeza resignada de quien ve cómo su tiempo, energía y corazón sirven de alfombra para las idas y venidas de los demás.
Se miró al espejo y, por fin, vio el cansancio mezclado con un atisbo de determinación.
La amiga-pañuelo está ya para el arrastre sonrió, irónica. Si te gusta el drama, allá tú, Pilar. Pero a partir de ahora, yo paso palabra.
Y esta vez, para variar, Almudena sí que lo decía en serio.







