Nos llevamos a mi cuñada y su hijo de vacaciones con nosotros. Me arrepentí mil veces. Y lo más insultante es que no fue el niño quien nos complicó la estancia, sino la cuñada misma.

Mi marido y yo estamos de vacaciones en la costa. Desde hace varios años solemos ir a la playa acompañados de nuestros amigos, cada uno con su propio coche. Somos bastante aventureros. Elegimos un tramo salvaje de costa y allí montamos nuestras tiendas de campaña. Durante el día nadamos en el mar, tomamos el sol y nos ocupamos de las tareas del campamento. Cuando cae la noche, cantamos canciones con la guitarra alrededor de una hoguera, acompañados de una copa de vino tinto seco. Este año se ha unido a nosotros mi cuñada Lucía. Ha traído también a su hijo, que tiene casi tres años. Se han intentado acoplar con nosotros, compartiendo sitio con mi suegra más apretados que de costumbre.

Por desgracia, al final accedimos. Mirando atrás, ya puedo decir que el pequeño no fue el problema, sino Lucía. Los problemas empezaron ya en el camino. Lucía pedía parar cada hora. Según ella, estaba cansada y necesitaba estirarse. Por eso, llegamos cuando nuestros amigos ya habían montado todo el campamento y hasta les había dado tiempo a bañarse. Vale. Llegamos. Y ahí empezó la segunda parte. Mi cuñada montó un drama: “¡No pienso quedarme aquí!”.

¿Por qué? Ya te habíamos avisado de que vendríamos en plan salvaje le recordé.
Pensé que salvaje significaba buscar alojamiento de última hora, no tener que reservar una habitación de hotel por internet respondió ella.
¿Para qué crees que hemos traído sacos de dormir y tiendas de campaña? bufó mi marido.
Pensaba que solo era por el ambiente de acampada.

Al final, tuvimos que alquilarle una habitación. Y mi hermano tuvo que ir a recoger a mi hermana, llevarla con nosotros y devolverla por la noche. Y por si fuera poco, también llevarla a cafeterías y al mercado, además de cuidar al niño mientras Lucía descansaba de su gran esfuerzo.

Eso sí, todos ayudábamos con el pequeño. Y, la verdad, el niño era un encanto: obediente, correteaba por la arena, chapoteaba en el agua, comía sin rechistar y dormía tranquilamente en la tienda durante la siesta. Todo lo contrario que su madre. El año que viene lo tenemos claro: Lucía no vendrá. Pero quizá aceptemos llevarnos a nuestro sobrino si sus padres nos lo piden. Porque, de verdad, él sí es especial.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

5 − two =

Nos llevamos a mi cuñada y su hijo de vacaciones con nosotros. Me arrepentí mil veces. Y lo más insultante es que no fue el niño quien nos complicó la estancia, sino la cuñada misma.
«”Mírate, ¿quién te va a querer a tus 58 años?”, le espetó él al marcharse. Medio año después, toda la ciudad hablaba de su boda con un millonario.»