Tania dio a luz a una niña. La pequeña era muy frágil y, lamentablemente, pronto nos dejó…

Cierta vez, en un tranquilo rincón de Castilla, nació una niña. Su madre, Carmen, la trajo al mundo una mañana fría de marzo. Pero el destino, en su dureza, no quiso que la pequeña Aurora permaneciera mucho tiempo junto a su madre. Era tan frágil, que pronto se fue como un suspiro en el aire. La pena bañó aquellos días grises.

El marido de Carmen, Francisco, al enterarse de la noticia, ni se dignó a presentarse ante su esposa. Ni una sola vez cruzó la puerta del hospital para acompañarla en su dolor. El día que dieron de alta a Carmen solo la esperaba una maleta con sus cosas, enviada por un mensajero de parte de Francisco. Él mismo recogió todas sus pertenencias y las hizo llegar, sin molestarse siquiera en mostrarse ante el personal del hospital.

Carmen, abatida, jamás habría imaginado semejante traición. No tenía adónde volver. Más tarde, al rebuscar en la maleta, Carmen encontró una nota de Francisco, escrita con frialdad.

La nota decía:
«Voy a pedir el divorcio. Sólo la noticia de tu embarazo me detenía. Tiendo otra mujer desde hace tiempo, mucho mejor que tú. Ni siquiera eres capaz de darme un hijo de verdad. En el fondo, me alegro de cómo ha terminado todo».

Esas palabras desgarraron profundamente el corazón de Carmen. Lloró y lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Cuando el silencio fue su única compañía, empezó a preguntarse qué haría con su vida a partir de entonces.

Fue ahí cuando lo decidió con determinación firme:
Pase lo que pase, triunfaré. Seré la mejor en todo, y sobre todo, seré la mejor madre, algún día. Puede que con Francisco no hubiese funcionado, pero como madre no fracasaré. Sólo tengo 24 años. Todo está todavía por llegar.

Rememoro cómo conoció Carmen a Francisco en una fiesta de amigos comunes. Carmen era una mujer de belleza singular; inmediatamente Francisco quedó hechizado por su presencia. A él le daba igual de dónde procediera o si tenía dinero; lo único que le interesaba era lo llamativa y hermosa que era.

Francisco lo tenía todo: su madre era dueña de una cadena de peluquerías en Madrid que daba grandes beneficios, mientras él sólo se encargaba del transporte de productos.

Todo fue rápido: conocer a los padres, boda sencilla en una iglesia castellana. El embarazo vino al segundo año de convivencia.

Aunque le llegaron rumores de las infidelidades de Francisco, Carmen no quiso darles crédito. Él era, en apariencia, atento, cariñoso y generoso con los regalos.

Y ahora se encontraba en la calle, con una maleta a la salida del hospital, sin saber a dónde ir. Volver con sus padres no era opción; de hecho, les había dado la espalda hacía tiempo a causa de sus continuas discusiones. Ni siquiera les invitó a la boda. De familia sólo quedaba una tía, doña Pilar, con quien apenas tenía relación. Y, además, su tía lo dejó claro desde el principio: que no esperase refugio de ella si las cosas iban mal.

Aquella noche, Carmen durmió en la estación de tren. Al amanecer, decidió buscar trabajo. A pesar de tener un título de veterinaria sobresaliente, nunca había ejercido y entrar en el mundo laboral se le antojaba imposible. Pero siempre había sentido vocación por los animales y, decidida, empezó a buscar en clínicas veterinarias de Salamanca donde había hecho prácticas. Recorrió una a una, pero en todas encontró las plazas ocupadas.

Sentada, derrotada en un banco delante de la última clínica, rompió a llorar. Entonces, un perro pequeño, de pelo rizado y ojos chispeantes, se le acercó y se acurrucó buscando consuelo.

Qué maravilla ¿De quién eres, preciosidad? Me gustaría quedarme contigo, pero ni yo tengo un techo susurró Carmen.

En ese momento una anciana de porte digno, doña Isabel Álvarez, se acercó al banco.

¿Quién es esa vagabunda, Flor? ¿Cómo te has escapado del patio? Anda, vuelve junto a mí dijo atando con elegancia la correa al perro. Luego se sentó al lado de Carmen y la miró curiosa.

Te recuerdo, te vi cuando a Flor le hicieron el último corte de pelo dijo señalando al perro mientras escuchaba su historia atenta, meneando la cabeza.

Qué mala suerte la tuya, hija. Pero levántate, coge la maleta y vente conmigo, soy Isabel Álvarez. Es muy sencillo. ¿Y tú, cómo te llamas?

Carmen respondió aún entre lágrimas.

Ven, Carmen, debes estar hambrienta.

Doña Isabel vivía en una casona antigua y espaciosa en el borde de la ciudad. Flor tomó posesión de un cojín al pie de la chimenea, pero no le quitaba el ojo a Carmen.

Le has caído muy bien. No todos le inspiran tanta confianza. Mañana te enseñaré la casa y el jardín. Me hace falta alguien que me ayude a poner todo en orden. ¿Te ves capaz?

Creo que podré hacerlo, pero necesito buscar trabajo respondió, tímida.

Considérate contratada. Te pagaré bien. Descansa, tu cuarto está preparado.

Tiempo después, Isabel le contaría su historia.

Había sido rica, con marido y dos hijos. Todo lo logró gracias a su esfuerzo conjunto; juntos levantaron aquella casa, pero un trágico accidente les arrebató a los hijos. Su esposo, preso de la tristeza, se marchó con otra mujer y también le llegó la muerte poco después, sin haber llegado a formalizar el divorcio.

Toda la herencia quedó en manos de Isabel. Sin saber cómo gestionar los negocios, terminó vendiéndolos. Vivía con desahogo, aunque sólo sus parientes aparecían de tanto en tanto a pedir dinero. Ella los despachaba siempre con evasivas hasta que dejaron de molestarla, a la espera, quizá, de su fallecimiento.

Carmen demostró ser una ayuda inestimable. No sólo los animales, también las plantas prosperaban bajo su cuidado. Isabel adoraba las rosas, que florecieron como nunca, y los manzanos y perales daban frutos a raudales.

Tienes manos de ángel, Carmen. Nunca vi color así en las flores ni tal abundancia en los frutales.

Así pasaron tres años. Carmen ya era casi como una nieta para Isabel, y la perrita Flor no se separaba de ellas.

Doña Isabel, me paga usted demasiado. No hago más que vivir aquí, comer, disfrutar de todo y además recibir salario.

¡No digas tonterías! Trabajas sin parar, y sé bien cuánto vales. Has dado sentido a mi vejez. ¿Para qué ahorrabas tanto, si apenas gastas?

Quiero abrir una peluquería canina. Ahora están de moda y se necesitan

¿Pretendes dejarme?

¡No, jamás! Si usted me ha salvado sólo quiero hacer algo por mí misma, pero no será pronto. Además, volveré siempre.

Desde luego, Flor sale cada día con el pelaje más reluciente y elegante que he visto. Serás una excelente peluquera. Has ganado confianza, Carmen, gracias a ti misma.

Gracias a usted, doña Isabel. Es como tener una abuela de verdad, aunque el destino nos haya cruzado tarde.

Pasaron otros tres años. Carmen triunfó en su emprendimiento, hasta tener dos peluquerías en el centro de Madrid. Pese a que la desilusión la mantuvo alejada del amor al principio, el destino le tenía guardada una sorpresa.

Un joven, Javier, empezó a frecuentar uno de sus locales con su galgo fiel. Simpatía y cariño surgieron entre conversaciones y paseos. Un día Javier llegó con un enorme ramo de flores y poco después, tras meses de encuentros y confidencias, se lanzó a pedir su mano:

Carmen, ¿qué te asusta de mí? Quisiera oír risas infantiles en nuestra casa algún día. Tengo un regalo para ti en nuestra boda.

Antes del enlace, doña Isabel le entregó a Carmen la escritura de la casa familiar y sus ahorros.

¿Y su familia, doña Isabel? preguntó Carmen, azorada.

En todos estos años, ni una visita ni una llamada. ¿Para qué me quieren? Sólo por el dinero. Tú sabrás usarlo bien.

Isabel vio a Carmen casarse y pudo acunar a sus nietos, y hasta les contaba cuentos cada noche.

El tiempo quiso que Carmen se cruzara un día, al bajar de su coche, con Francisco. Ya nada quedaba del empresario próspero; la ruina y la mala vida lo habían derrotado. Fue fácil reconocerla, ella no había cambiado, él en cambio parecía otro: descuidado, envejecido, con mirada perdida.

¿Carmen? murmuró él con voz insegura.

¿Le conozco?

Mamá, te recojo en cinco minutos, como acordamos llamó Javier bajando del coche. Señor, apártese, por favor.

Tranquilo, hijo, sólo es un viejo conocido.

¿Tienes un hijo? ¿Un hijo tuyo? Yo no tengo nada Y veo que te va bien.

Sí, tengo todo lo que necesito. Nos vemos, tengo prisa.

Espera ¿No podrías ayudarme un poco, con algo de dinero?

No, busca trabajo tú también. Si me hubiese quedado contigo, mi vida sería muy distinta. Ahora, gracias a lo que hiciste, sé quién soy. Tú también dijiste estar contento entonces. Adiós, Francisco.

Y así, después de todo, Carmen siguió adelante. Lo que parecía el fin, tiempo atrás, fue sólo el principio de una vida plena, tejida con esfuerzo, oportunidades y nuevas esperanzas bajo el cielo de Castilla.

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Tania dio a luz a una niña. La pequeña era muy frágil y, lamentablemente, pronto nos dejó…
Olechka, hija mía, te lo ruego – la madre se agachó junto a Olya –, tenemos que quedarnos aquí un tiempo, pronto todo pasará y volveremos a la ciudad. Olya miraba en silencio a su madre. – ¿Olya, me escuchas? ¿Lo entiendes? – la madre agitó a Olya. – Sí, mamá… – ¿Entonces por qué callas? – La madre estaba nerviosa, Olya lo percibía. – No callaba, mamá, pensaba. – Pensaba ella… Mira cuántos libros hay aquí, Olya… Ay, cómo me gustaba leerlos de niña… – Mamá… ¿tendremos que vivir aquí mucho tiempo? – No lo sé, cielo, de momento hay que quedarnos. Olya entendía todo lo que les había pasado, a ella y a su familia. Mamá pensaba equivocadamente que Olya era pequeña y no comprendía nada. – Olya, la tía Catalina te va a visitar, yo prepararé la comida del día, por la mañana me iré y por la tarde volveré. Y los fines de semana estaremos juntas, iremos al río a bañarnos… La madre se tapó la cara con las manos. – Perdóname, perdóname… – Mamá, no llores, no hace falta. Sé que papá nos ha dejado, sé que tenemos que buscar la manera de salir adelante, y tú pensaste que lo mejor era mudarnos a la casita de la abuela y alquilar el piso a extraños. – Sé todo, mamá… Seré buena, te lo prometo, te esperaré y leeré libros, además la tía Catalina me cuidará. – Podremos con esto, mamá… Y en otoño iré al colegio. – Mamá… ¿aquí hay colegio? – No, hija, antes había uno, pero ya no. Pero en otoño te prometo que volveremos a nuestra casa. Esto es temporal, hasta que encuentre un buen trabajo. – He alquilado el piso hasta agosto, nos da tiempo justo, luego lo reformaremos y viviremos bien. Todo irá bien, hija… – Lo sé, mamá… Aquella tarde la madre y Olya pasaron largo rato sentadas en el porche de su pequeña casa, y la madre le contó historias de su infancia y de la buena abuela que había tenido. – Mamá, ¿y tú tenías… mamá? – Sí, suspiró la madre, aún la tengo, solo que… yo no le hago falta. – ¿Cómo es eso? ¿Cómo que no le haces falta? – Así, pequeña. Llegué demasiado pronto en su vida, con papá no funcionó y él se fue a otra ciudad, allí formó una nueva familia. Mamá estuvo un tiempo viniendo y yendo, y después me llevó con la abuela Sonia, y ella se fue a la ciudad a buscar la felicidad… – ¿Y… la encontró…? – Encontró la felicidad, hija, pero de mí se olvidó del todo… Se casó, tiene dos hijos, y a mí… solo me felicitaba por mi cumpleaños, o en las fiestas. – Recuerdo que una vez vino porque uno de sus hijos estaba enfermo, y lo trajo para… la naturaleza, el aire limpio, pero ni siquiera les contó a ellos que yo era su hermana. – La abuela le dijo que pronto sería mi fiesta de fin de curso y que me comprara un vestido… Pero ella empezó a gritarle, diciendo que la abuela era una insensible, que su hijo estaba enfermo y la otra solo pensaba en vestidos. – “Zoe”, protestó la abuela, “Sonia también es tu hija, ¿cómo puedes?” – “Vaya, pues que se gane el vestido trabajando”, dijo ella por lo bajo. La abuela se enfadó y la echó… – Mamá, nunca la llamaste madre, solo dices ella… – Lo sé, perdóname, hija… no puedo llamarla madre, para mí madre fue siempre mi abuela Sonia. – Y a ti te llamaron Sonia por la abuela, ¿verdad, mamá? – Sí, supongo… Por la abuela… – ¿La querías mucho, mamá? – ¿A quién? – A la abuela Sonia. – Muchísimo, muchísimo, muchísimo. Cuando nos dejó, sentía que el mundo se había apagado… También quise a Zoe… mamá, la quería y la esperaba, cada cumpleaños, cada fiesta, la esperaba. – Cuando estaba enferma, cuando llegaba el primer día de clase, cuando la abuela se fue… siempre la esperaba. – No podía venir porque era el cumpleaños de la madre de su marido… Luego vino, lloró… Me mandó recoger las cosas, como era menor de edad. – Pensé que me llevaría con ella, pero no, me matriculó y me puso en una residencia de estudiantes. – Mi primera Nochevieja la pasé sin la abuela. Ingenua de mí, pensé que mi madre me invitaría, pero solo dijo: – Lo siento, Sonia, la casa está llena de gente, familiares vendrán, ¿cómo te voy a meter? – Decidí entonces volver a casa, mi casa. – Dame las llaves de la casa de la abuela, pedí. – ¿Para qué? – decía, nerviosa. – Esa casa es mía, si piensas que puedes disponer de mi herencia, te equivocas. – Esa casa también es mía – protestó ella –, y vamos a ir a celebrarlo en el campo. – Te advierto que si vas os estropearé la fiesta. ¡Las llaves! – No me las dio, pero no importaba. Fui, salté la valla y compré dos cerraduras nuevas. Llamé al vecino, el tío Federico, que me ayudó. Los vecinos dijeron que no dejarían que nadie me echara nunca, por la abuela. – Aquella Nochevieja la pensé pasar sola, pero vinieron unas amigas, pasamos una buena noche… – Y luego cumplí dieciocho. – ¿No la ves nunca más? – No… ¿Para qué? Ella y yo no tenemos ya nada que decirnos. – Mamá… tú… – ¿Qué? ¿Piensas que haría lo mismo que mi madre conmigo? Nunca, ¿me oyes? ¡Jamás! …Olya era ya mayor y no tenía miedo. Su madre iba a trabajar, la tía Catalina venía dos veces. Olya comía, recogía la mesa, lavaba su plato, daba de comer a la muñeca Galina y se sentaba a leer. Había aprendido a leer hacía poco y le encantaba hacerlo, también para la muñeca Galina y el osito Miguel. Los días pasaban igual para Olya. Lloró los primeros días, las lágrimas caían solas, pero luego venía mamá y todo pasaba. Pero un día mamá no vino. No venía, no venía… Se hizo de noche, Olya encendió la luz y corrió las cortinas. – No tengáis miedo, Galina, Miguel, María, Nina y el payaso Andrés, no tengáis miedo, tranquilizaba Olya a los muñecos. Pensó en salir a la estación a buscar a mamá, pero no recordaba bien el camino y temía perderse. Ahuyentaba los malos pensamientos: no, mi madre nunca haría eso conmigo, no, no, no… ¿Con quién se quedaría Olya si no tenía abuela Sonia? Veía en su mente a mamá casándose otra vez, con otros hijos, y olvidándola. Lloró Olya a todo llanto, le dolían los ojos y la garganta, se durmió llorando junto a la ventana. Oyó ruidos en el zaguán; ¿serán ratas? ¿O será la madre de mamá, la abuela Zoe, que nunca había visto y que venía a echarlas de casa? Olya sollozó bajito. De repente la puerta se abrió, la luz se encendió. – ¡Mamá! – Olya saltó de la silla, que cayó al suelo. – ¡Mamá, mamá mía! – Pequeña, Olechka, mi niña querida… perdona, perdona… he perdido el último tren, llegué a la estación vecina y vine andando. – ¿Mamá, tuviste miedo? – Mucho, Olechka, ¡tenía tanto miedo por ti! Lloré, te pedía que no lloraras y yo sola lloraba… hasta asusté a todos los lobos – reía y lloraba mamá. – Temía que pensaras que te había abandonado. Entonces… entonces Olya mintió por primera vez a su madre. – No, mamá, nunca pensé eso de ti, porque sé que nunca me abandonarás ni me traicionarás. Era mentira, porque sí lo pensó, pero no quería que mamá sufriera más. Olya y su madre estuvieron en la casa hasta finales de agosto, luego Olya fue al colegio y mamá encontró un buen trabajo. Papá quiso denunciar a mamá para tener a Olya los fines de semana. Mamá se reía, decía que nunca le había prohibido ver a la niña, pero él mismo nunca lo había intentado. Ahora Olya ve a papá los fines de semana. Primero iba con gusto… después… – Mamá, creo que mi padre es como tu Zoe, no me necesita, solo me ve por algún motivo que desconozco. Me lleva a la ludoteca del centro comercial y él solo habla por teléfono y se enfada. – Yo me siento a mirar a los niños, mamá… No quiero ir con papá… Díselo tú. El padre se enfadó y acusó a la madre de poner a la hija en su contra. – Soy el padre – gritaba él –, y tú me lo impides. – Papá… ya no soy pequeña, ¿para qué me llevas a esa sala absurda? Y no me gustan las patatas fritas… He crecido. – Cuando te fuiste y me quedé sola con mamá, papá… el día que mamá perdió el tren y vino andando por el bosque… la perseguían lobos, y yo sola en casa… Por segunda vez Olya mintió, esta vez a su padre. Lo de los lobos. Papá escuchó y se fue. Pero al mes volvió… Se disculpó y dijo que lo había comprendido, y se fueron juntos al cine… Ahora Olya espera con gusto a su padre… – Sonia… ¿de verdad huiste de los lobos? – preguntó papá un día a mamá. – Sí – respondió ella sin pestañear. Después mamá y papá hablaron… y él perdió el tren. Dijo mamá que su tren se había marchado. – Mamá, si el tren de papá se fue, ¿cómo volverá a su casa? ¿Que se quede aquí? Papá miró a mamá, pero ella fue tajante. – Llegará andando… aquí no hay lobos – dijo y lo despidió. – Mamá, ¿él quería quedarse, verdad? – preguntó Olya esa noche, ya acostada con mamá. – Sí… – ¿No le perdonarás? Mamá guardó silencio. – Es tu decisión, pero… yo os quiero a los dos… – Lo sé, Olya, hija. – Pero a ti más, porque eres la madre más valiente del mundo, corriste tanto por llegar hasta mí, que ni temiste a los lobos. …Pasaron los años. Olya ya se va a casar. – Mamá… te tengo que confesar algo. – Sí, dime. – Mamá… entonces pensé que me dejarías, como Zoe… – Mi niña… ¿crees que yo podría hacerlo…? – En aquel momento no lo sabía, mamá… perdóname. – Perdóname tú, por todo lo que tuvimos que pasar… Se abrazaron, madre e hija… siempre juntas. Mamá, siempre a mi lado.