CÓMO JORGE PRESENTÓ A SU NOVIA A SU MADRE
Mamá, esta es mi novia Inés Jorge intentó decirlo como quien no quiere la cosa, pero la inquietud le temblaba en la voz. Y nosotros queremos eso pues ya sabes vamos eso
Ajá Lo que quieres tú, hijo, hace ya tiempo que lo tengo yo clarísimo La madre examinaba meticulosamente a la elegida de su hijo. Pero lo que no sé es si tu chica quiere lo mismo. Inés, ¿conoces bien a mi Jorge?
¡Pero bien no, lo siguiente! respondió la futura nuera con absoluta tranquilidad. Lo conozco como si le hubiera hecho la cartilla de la Seguridad Social.
¿Cómo dices? La madre, tan descolocada que de golpe se puso de usted. ¿Acaso una señorita habla así?
Ay, Pilar, tampoco es para tanto En España decimos mucho eso de «conocer como la palma de la mano». Pero en vez de hablar sólo de Jorge, mejor nos conocemos nosotras, ¿no? Será por si, a lo tonto, resulta que no nos caemos bien.
¿Cómo dice usted? la madre se hacía un lío.
Pues digo que nos va a tocar esperar juntas a Jorge por las noches, cuando salga de copas con sus amigos. El ronquido borracho, Pilar, lo oiremos en estéreo.
¿Pero qué tendré que ver yo en eso? intentó recuperar el mando la madre. Dormiréis en habitaciones separadas… espero.
Sí, sí, claro, pero ahí estará usted, al otro lado de la puerta, en bata y con las pantuflas, preocupada. Las madres españolas son así.
¿Pero qué estáis tramando? preguntó Jorge, medio espantado.
¡Tú calla! gritaron al unísono las dos mujeres.
A propósito, Pilar, quería preguntar si, bueno tiene usted genio. Porque Jorge no suelta prenda.
¿Genio? Pero, ¿qué insinúas? se le salieron los ojos a la madre. Las mujeres no nos peleamos, ¡por Dios!
Bueno, bueno Hay por ahí esposas que dan para escribir una serie de Netflix, ¿eh? dijo Inés, sonriendo. Alguna deja a su marido listo de recuerdo.
Ay, madre mía La madre se tapó la cara. ¡Qué expresiones! ¡Qué escándalo! Esto no lo aguanta ni una tertulia de Sálvame.
Anda ya le guiñó Inés. Confiese, alguna vez habría querido usted darle un zapatillazo a su marido. O a Jorge. Dígalo sin miedo
Bueno la señora Pilar estuvo a punto de confesar, pero rectificó antes de liarla más. No, nunca, jamás.
Admiro esa fachada de madre ejemplar se rió Inés, pero no cuela. ¿Cómo se puede ser mamá de Jorge y no querer soltarle una colleja ni una vez? ¿De pequeña no le daba usted algún azote con la zapatilla?
¿Azotes? ¡Pero qué cosas tienes! Nunca en la vida ahora sí era verdad.
Ay intentó intervenir Jorge, pero enseguida oyeron de nuevo:
¡Silencio, Jorge!
Pues le digo, Pilar, que a este muchacho no le vendría mal una buena colleja de vez en cuando. Una retaguardia inquieta no hay que mimarla tanto, que luego se nos sube a la cabeza. En fin, que Jorge, aunque tenga arreglo, es buen chico. Y yo he traído un pastelito para el té, igual con un poco de azúcar se suelta la lengua. ¿Preparamos una infusión?
Al caer la tarde, cuando llegó el padre de trabajar, Pilar le anunció delante de Jorge:
¡Cariño, que nuestro Jorge al fin se nos casa!
¡Madre del amor hermoso, no me lo puedo creer! exclamó el padre, con los ojos llenos de orgullo.
No corráis tanto Jorge intentó calmar el ambiente. Que yo estoy solo pensando, ¿eh?
No, hijo respondió Pilar con esa voz que no deja dudas. Esta vez te casas sí o sí. Y si te da por arrepentirte, adopto a Inés como hija y punto.
Mamá, que ella tiene padres suspiró Jorge. No es huérfana.
Bueno, pues te devuelvo a la maternidad de Salamanca y digo que me han dado el bebé equivocado. Y ya verás cómo tu padre me arropa.
¡Lo juro por la reliquia del Cid! dijo el padre, levantando el puño, mientras Jorge rodaba los ojos pensando que igual le salía más barato mudarse de paísInés miró a Jorge con una ceja levantada, como retándole a desafiar aquel juramento épico. Él, rojísimo, se encogió de hombros, pero terminaba sonriendo: no hay batalla que valga frente a ese frente maternal.
Bueno, pues si la cosa es así dijo Inés, cogiendo el pastel con solemnidad. Que conste en acta: me quedo, pero exijo derecho a opinar en los guisos de los domingos.
¡Nada de paella con chorizo en esta casa! sentenció Pilar, y los cuatro rieron al unísono, con la rara unanimidad de quienes ya se sienten familia.
Por un instante, la tarde quedó suspendida en el dulce aroma del té y la promesa de historias por escribir. Jorge, mirando a las dos mujeres que aún se medían entre bromas, supo que, desde ese día, en su casa no volvería a reinar el silencio, pero eso, precisamente, era la mejor de las bendiciones.
Y así, entre risas, amenazas cariñosas y el runrún de un hogar alborotado, Jorge entendió que quizás la verdadera aventura no era presentar a su novia, sino descubrir cuántas vidas cabían en la suerte de tener dos madres y una novia con ganas de quedarse.
Porque en esa casa, lo único prohibido sería aburrirse jamás.







