Diario de María Teresa
Crecí sin padre. O mejor dicho, sí tenía, pero cuando cumplí cuatro años falleció. Mi padre, Enrique Gutiérrez Romero, era bombero del cuerpo de Protección Civil y murió durante las labores de rescate tras un terremoto en una ciudad del sudeste asiático. Con él también se fue Kaiser, el pastor alemán que mi padre había criado desde cachorro y que era casi un miembro más de la familia.
Mi madre, Carmen Jiménez, se quedó viuda joven, y aunque nunca volvió a casarse, me ha criado sola con mucho amor y dedicación.
A los 14 años me apunté a la sección juvenil de adiestramiento canino del club de perros de nuestra ciudad, Valladolid. A mamá le pareció bien, pero en el fondo sé que temía que yo siguiese el camino de papá y me embarcase en una profesión peligrosa.
A los 16 llevé a casa un cachorro de pastor alemán. Estuve días dándole vueltas a qué nombre ponerle. Un día, al volver del instituto, oí a mamá hablando con el cachorro: “Ay, mi travieso, otra vez has hecho de las tuyas, pillo”. Me hizo gracia, porque cuando, de pequeña, yo volvía de la calle hecha un desastre, mamá decía lo mismo suspirando.
Entré riendo en la sala y dije: “¡Ya tienes nombre! Se va a llamar Trasto”.
En dos años, Trasto se convirtió en un perro magnífico: fuerte, obediente y leal. Yo estaba tan orgullosa de él como de mi propio esfuerzo en entrenarlo.
Llegó la hora de ir a cumplir el servicio militar, y en la oficina de reclutamiento solicité poder servir junto con Trasto. Sin decírselo a mamá, preparé al perro para poder pasar las pruebas y, ya en el cuartel, ambos demostramos ser aptos durante tres meses intensos en el centro de entrenamiento.
Nos destinaron cerca de la frontera con Marruecos. Nos acogieron en el cuartel con cariño, y enseguida nos apodaron “Trasto y el Destino”. Cada vez que salíamos de patrulla, los demás soldados decían: “Ahí van Trasto y el Destino, a cumplir con el deber”.
Todo iba bien hasta aquella noche fatídica. En plena patrulla, nos topamos con contrabandistas. Hubo un tiroteo. Uno de mis compañeros cayó herido, otro falleció, y yo desaparecí en medio del caos. Trasto también resultó herido.
Durante semanas, buscaron por toda la zona, pero fue en vano. Un mes después, el capitán de la compañía vino a casa de mi madre con las peores noticias. Llevaba a Trasto consigo. El perro, aunque ya recuperado, cojeaba visiblemente.
Mamá escuchó el relato en silencio, acariciando al pastor alemán, que apoyó la cabeza en sus rodillas como buscando consuelo. El oficial hablaba de la esperanza, de no perder la fe y continuar la búsqueda, pero ella apenas oía nada. Miró a Trasto a los ojos y susurró: “Ay, mi Trasto, qué nos queda ahora”.
Desde aquel día, todas las mañanas y tardes, los vecinos del barrio veían pasear por el Campo Grande a una mujer de mediana edad, caminando despacio y llevando de la correa a su perro cojo. Había algo solemne, tranquilo y noble en ellos dos que hacía a la gente girar la cabeza. Se notaba, de alguna forma inexplicable, que entre los dos había un vínculo más allá de la simple relación de dueña y mascota.
Mamá le hablaba a Trasto en voz baja; él escuchaba atento, sin ladrar jamás, sereno siempre. “Hoy vamos a hacer empanadillas de setas y col, y mañana, si hace buen tiempo, iremos al río para que nades un poco”, le decía mama.
Pasó un año. Volvió a aparecer el capitán. Trajo una cesta con embutidos y croquetas para Trasto y explicó que, si en un año no había noticias mías, podrían darme oficialmente por muerto. Mamá escuchó, agradeció y, con una extraña sonrisa, cerró la puerta. “No le hagas caso, Trasto. Mi niño está vivo, lo siento en el alma”.
Un día, sonó el timbre y abrió la puerta a un joven desconocido. Trasto, en lugar de gruñir, movió la cola con ilusión.
“Buenas tardes, doña Carmen. Soy Sergio Pascual, serví con con su hijo”. Vio crecer su confusión, así que añadió deprisa: “Hola, Trasto, ya me recuerdas, bribón”, dijo sonriendo al perro.
Pasaron la tarde conversando. Sergio le habló de las guardias, de compañerismo, mientras mamá le servía té y polvorones y le enseñaba fotos de mi infancia.
De repente, Sergio se quedó serio, la sonrisa se desvaneció, y habló en susurros casi: “Señora Carmen, no crea que estoy loco, pero su hijo me pidió que le transmita que volverá a casa”.
A mamá se le escapó un sollozo, cubriéndose la boca y llorando sin reparo. Trasto entonces se acercó a Sergio, le tocó la pierna con el hocico y ladró suave.
“No se alarme. Verá no he visto a su hijo ni sé dónde está, pero hace dos semanas soñé con él, y me pidió que le diese este mensaje”.
Mamá lloraba, sin avergonzarse. Trasto le lamía la mano. Sergio se quedó sentado en silencio, sabiendo que un sueño no era garantía, pero que no habría podido perdonarse no cumplir la petición de su amigo.
Pasó otro año largo. Y cada tarde, en otoño, la imagen seguía intacta: una mujer y su perro paseando despacio entre las hojas doradas de Valladolid, hablando los dos, ajenos al mundo.
Una tarde, el sol se colaba brillante entre los árboles, llenando de luz el parque. Llegaron al final de la avenida y giraron despacio. Y desde el otro extremo, bañado en la luz tibia, se acercaba la silueta de un hombre alto, también cojeando ligeramente, y sus pasos cada vez más lentos.
Trasto se detuvo, olfateó el aire, gimió bajito y se lanzó hacia adelante. Mamá soltó la correa, y el perro, olvidando su cojera, corrió como no lo hacía desde hace años, hacia aquel remanso de felicidad tan esperado.
Me quedé quieta, las manos caídas, llorando. Allí, a lo lejos, se abrazaban mi Trasto y mi Destino.







