Alejandro Bedán creció sin padre. Mejor dicho, padre tenía, pero cuando Alejandro cumplió 4 años, falleció.

Diario de María Teresa

Crecí sin padre. O mejor dicho, sí tenía, pero cuando cumplí cuatro años falleció. Mi padre, Enrique Gutiérrez Romero, era bombero del cuerpo de Protección Civil y murió durante las labores de rescate tras un terremoto en una ciudad del sudeste asiático. Con él también se fue Kaiser, el pastor alemán que mi padre había criado desde cachorro y que era casi un miembro más de la familia.

Mi madre, Carmen Jiménez, se quedó viuda joven, y aunque nunca volvió a casarse, me ha criado sola con mucho amor y dedicación.

A los 14 años me apunté a la sección juvenil de adiestramiento canino del club de perros de nuestra ciudad, Valladolid. A mamá le pareció bien, pero en el fondo sé que temía que yo siguiese el camino de papá y me embarcase en una profesión peligrosa.

A los 16 llevé a casa un cachorro de pastor alemán. Estuve días dándole vueltas a qué nombre ponerle. Un día, al volver del instituto, oí a mamá hablando con el cachorro: “Ay, mi travieso, otra vez has hecho de las tuyas, pillo”. Me hizo gracia, porque cuando, de pequeña, yo volvía de la calle hecha un desastre, mamá decía lo mismo suspirando.

Entré riendo en la sala y dije: “¡Ya tienes nombre! Se va a llamar Trasto”.

En dos años, Trasto se convirtió en un perro magnífico: fuerte, obediente y leal. Yo estaba tan orgullosa de él como de mi propio esfuerzo en entrenarlo.

Llegó la hora de ir a cumplir el servicio militar, y en la oficina de reclutamiento solicité poder servir junto con Trasto. Sin decírselo a mamá, preparé al perro para poder pasar las pruebas y, ya en el cuartel, ambos demostramos ser aptos durante tres meses intensos en el centro de entrenamiento.

Nos destinaron cerca de la frontera con Marruecos. Nos acogieron en el cuartel con cariño, y enseguida nos apodaron “Trasto y el Destino”. Cada vez que salíamos de patrulla, los demás soldados decían: “Ahí van Trasto y el Destino, a cumplir con el deber”.

Todo iba bien hasta aquella noche fatídica. En plena patrulla, nos topamos con contrabandistas. Hubo un tiroteo. Uno de mis compañeros cayó herido, otro falleció, y yo desaparecí en medio del caos. Trasto también resultó herido.

Durante semanas, buscaron por toda la zona, pero fue en vano. Un mes después, el capitán de la compañía vino a casa de mi madre con las peores noticias. Llevaba a Trasto consigo. El perro, aunque ya recuperado, cojeaba visiblemente.

Mamá escuchó el relato en silencio, acariciando al pastor alemán, que apoyó la cabeza en sus rodillas como buscando consuelo. El oficial hablaba de la esperanza, de no perder la fe y continuar la búsqueda, pero ella apenas oía nada. Miró a Trasto a los ojos y susurró: “Ay, mi Trasto, qué nos queda ahora”.

Desde aquel día, todas las mañanas y tardes, los vecinos del barrio veían pasear por el Campo Grande a una mujer de mediana edad, caminando despacio y llevando de la correa a su perro cojo. Había algo solemne, tranquilo y noble en ellos dos que hacía a la gente girar la cabeza. Se notaba, de alguna forma inexplicable, que entre los dos había un vínculo más allá de la simple relación de dueña y mascota.

Mamá le hablaba a Trasto en voz baja; él escuchaba atento, sin ladrar jamás, sereno siempre. “Hoy vamos a hacer empanadillas de setas y col, y mañana, si hace buen tiempo, iremos al río para que nades un poco”, le decía mama.

Pasó un año. Volvió a aparecer el capitán. Trajo una cesta con embutidos y croquetas para Trasto y explicó que, si en un año no había noticias mías, podrían darme oficialmente por muerto. Mamá escuchó, agradeció y, con una extraña sonrisa, cerró la puerta. “No le hagas caso, Trasto. Mi niño está vivo, lo siento en el alma”.

Un día, sonó el timbre y abrió la puerta a un joven desconocido. Trasto, en lugar de gruñir, movió la cola con ilusión.

“Buenas tardes, doña Carmen. Soy Sergio Pascual, serví con con su hijo”. Vio crecer su confusión, así que añadió deprisa: “Hola, Trasto, ya me recuerdas, bribón”, dijo sonriendo al perro.

Pasaron la tarde conversando. Sergio le habló de las guardias, de compañerismo, mientras mamá le servía té y polvorones y le enseñaba fotos de mi infancia.

De repente, Sergio se quedó serio, la sonrisa se desvaneció, y habló en susurros casi: “Señora Carmen, no crea que estoy loco, pero su hijo me pidió que le transmita que volverá a casa”.

A mamá se le escapó un sollozo, cubriéndose la boca y llorando sin reparo. Trasto entonces se acercó a Sergio, le tocó la pierna con el hocico y ladró suave.

“No se alarme. Verá no he visto a su hijo ni sé dónde está, pero hace dos semanas soñé con él, y me pidió que le diese este mensaje”.

Mamá lloraba, sin avergonzarse. Trasto le lamía la mano. Sergio se quedó sentado en silencio, sabiendo que un sueño no era garantía, pero que no habría podido perdonarse no cumplir la petición de su amigo.

Pasó otro año largo. Y cada tarde, en otoño, la imagen seguía intacta: una mujer y su perro paseando despacio entre las hojas doradas de Valladolid, hablando los dos, ajenos al mundo.

Una tarde, el sol se colaba brillante entre los árboles, llenando de luz el parque. Llegaron al final de la avenida y giraron despacio. Y desde el otro extremo, bañado en la luz tibia, se acercaba la silueta de un hombre alto, también cojeando ligeramente, y sus pasos cada vez más lentos.

Trasto se detuvo, olfateó el aire, gimió bajito y se lanzó hacia adelante. Mamá soltó la correa, y el perro, olvidando su cojera, corrió como no lo hacía desde hace años, hacia aquel remanso de felicidad tan esperado.

Me quedé quieta, las manos caídas, llorando. Allí, a lo lejos, se abrazaban mi Trasto y mi Destino.

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Alejandro Bedán creció sin padre. Mejor dicho, padre tenía, pero cuando Alejandro cumplió 4 años, falleció.
Al día siguiente, la vecina volvió a asomarse por encima de nuestra valla. Mi esposa fue a verla y le dijo que hoy teníamos mucho trabajo, así que no podríamos pasar el día como ayer. “¿Y qué pasa con mañana?”, preguntó Bárbara, curiosa. “Lo mismo mañana. En general, es mejor que no vuelvas más”. Mi deseo de vivir en la ciudad no me trajo nada bueno. Mi esposa tiene una casa en el pueblo. Cuando mi suegra y mi suegro aún vivían, solíamos visitarlos a menudo. Me encantaba cuando ponían la mesa por la tarde bajo la gran parra. Podíamos hablar hasta que anochecía. Así era cada vez que íbamos de visita. Y en invierno, mi suegra encendía el horno y siempre había dulces recién hechos en la mesa. Toda la casa olía de maravilla. Los mejores vendedores de ropa A mi mujer y a mí nos gustaba esquiar y deslizarnos en trineo. Y luego, murieron los padres de mi esposa. No vendimos la casa. Planeábamos seguir yendo tan a menudo como antes. Sin embargo, eso nunca sucedió. Siempre surgía algo que hacer. Más tarde dejamos de pensar siquiera en la casa de los padres de mi esposa. La vida siguió su curso. Los años pasaron casi sin darnos cuenta. Nuestro hijo conoció a una chica y se casó con ella. Mi nuera, Victoria, solía decir que sería bonito vivir en el campo, aunque solo fuese en verano. Entonces recordamos la casa. Mi mujer y yo fuimos los primeros en ir. Ya hacía mucho desde la última vez. Todo era igual, pero la casa estaba descuidada. Decidimos limpiarla un poco. Ana limpió por dentro, yo el jardín. Pensaba que después de tantos años vacía, la casa se habría venido abajo. Pero no, tras una buena limpieza, todo cambió. Al día siguiente llegaron los niños. También se pusieron a limpiar. En un día, la casa volvió a estar acogedora y confortable. Las mujeres prepararon la cena, y mi hijo y yo reparamos la mesa y los bancos viejos bajo la parra. Fue entonces cuando noté que una mujer nos observaba constantemente desde la valla. Nos dijo que acababa de comprar la casa de al lado y quería conocernos. Como somos gente educada, la invitamos a cenar. Se llamaba Bárbara. Nos contó que vivía sola, que tenía una hija para quien había comprado una casa y que su hija tenía tres niños. Ella misma estaba sola, divorciada. Siguió hablando, pero yo ya no le prestaba atención. Sentí algo rozando mi pierna… Miré bajo la mesa y vi que era el pie de la vecina. Aparté rápido mi pierna, pero ella insistía en acariciarme. Nunca antes me había pasado nada así. Intenté levantarme sin hacer ruido para no montar un escándalo, y tampoco quería que mi esposa se diera cuenta. Pero la vecina no se callaba y seguía hablando. Los niños ya habían empezado a protestar. Yo solo quería que se fuera. Mientras recogíamos la mesa, mi mujer comentó que Bárbara era una mujer poco seria. No podía estar más de acuerdo, aunque no confesé lo que hacía bajo la mesa. Me avergoncé. Y creo que no era la primera vez que esta señora hacía lo mismo con algún hombre. Al día siguiente volvió a asomarse a la valla. Mi esposa salió a hablar con ella y le dijo que hoy teníamos demasiado que hacer, así que no podríamos sentarnos juntos como ayer. —¿Y mañana? —preguntó Bárbara interesada. —Mañana igual. Mejor no vuelva por aquí. Qué gesto tan valiente tuvo mi esposa. Bárbara estuvo rezongando un buen rato, pero yo no quise escucharla. No me interesaba. Creo que mi mujer hizo lo correcto. Somos personas sinceras y abiertas, y si alguien no nos gusta, lo notamos enseguida y dejamos claro que no queremos más contacto.