Me llamo Patricia, tengo 49 años y soy enfermera de turno nocturno en el Hospital General de Madrid; tras 20 años trabajando allí, he visto de todo.

Me llamo Carmen y tengo 49 años. Soy enfermera en el turno de noche del Hospital General de Madrid. Llevo ya dos décadas trabajando aquí y he visto de todo en este tiempo.

Estoy divorciada desde hace ocho años. Tengo un hijo, Santiago, que acaba de cumplir 16 años. Vive conmigo. Es un buen chico, responsable y estudioso. Nunca me ha dado problemas.

Bueno no del todo. Hubo uno. El más grande de toda mi vida. Pero no fue culpa suya.

Hace seis meses, Santiago empezó a quejarse de dolores de cabeza. Pensé que quizás necesitaba gafas. Pedí cita con el oftalmólogo. Todo salió bien, su vista era perfecta.

Sin embargo, los dolores continuaron. Al tiempo, comenzaron las náuseas, sobre todo por las mañanas. Pensé que quizá era algo que comía en el instituto, así que empecé a prepararle almuerzos caseros. Pero las náuseas no desaparecieron.

Una mañana, lo encontré en el baño, vomitando, con la cara pálida. Me dijo que se sentía mareado, que todo le daba vueltas.

No lo dudé ni un segundo y lo llevé rápidamente a Urgencias. Le hicieron análisis de sangre y todo apareció normal. El médico dijo que probablemente se debía al estrés, que los adolescentes a veces somatizan la presión de los estudios.

Pero yo soy enfermera desde hace veinte años y mi instinto me dijo que no era estrés.

Insistí en que le hiciesen pruebas más avanzadas. El médico me miró con cara de pensar que exageraba, pero finalmente solicitó una tomografía.

Ese día no se me olvida. Era martes, yo estaba trabajando cuando recibí una llamada urgente del hospital donde habían hecho la prueba a Santiago. Que debía acudir inmediatamente.

Dejé mi turno a medias y conduje lo más rápido que pude. Al llegar, me acompañaron a un despacho. Allí, un neurólogo serio, un hombre de unos cincuenta años, me esperaba.

Señora, hemos visto algo en la tomografía de su hijo me dijo. Es un tumor cerebral. Hace falta realizar más estudios para saber el tipo exacto y el grado de avance.

Sentí el mundo derrumbarse bajo mis pies. Yo, que he tenido que dar malas noticias a tantas familias, que me creía preparada para todo Nada me preparó para escuchar esa noticia sobre mi hijo.

Los días siguientes fueron un infierno de pruebas: resonancias, biopsias, reuniones con oncólogos. Palabras técnicas que he escuchado mil veces, pero que de pronto caían sobre mi vida como una condena.

Glioblastoma multiforme. Grado IV. Agresivo. Inoperable por su localización. Tratamiento: quimioterapia y radioterapia para intentar reducirlo. Pero el pronóstico era sombrío.

Cuando el oncólogo acabó de explicarlo, Santiago estaba conmigo. Mi niño. Escuchando con calma que tenía un cáncer cerebral terminal.

¿Me voy a morir? preguntó, con voz tan tranquila que me desgarró.

El médico le miró con esa compasión que yo también he usado con los familiares de otros. Vamos a hacer todo lo posible para ganarle tiempo le dijo.

Ganar tiempo. No “curar”, ni “mejorar”. Solo tiempo.

Esa noche, Santiago me abrazó y susurró: Mamá, no llores. Vamos a luchar.

Y luchamos. Quimioterapia cada dos semanas. Santiago perdió el pelo y peso, vomitaba a menudo, pero jamás se quejó. Nunca dijo: “¿Por qué yo?”. Siempre encontraba una sonrisa.

Al principio, sus amigos lo visitaban a menudo. Luego, menos. Es difícil para los chicos de 16 años mirar de frente la enfermedad de un amigo.

Pero hubo alguien que no le falló nunca. Daniel, su mejor amigo desde primaria, venía cada día después de clase, le contaba lo del instituto, le traía deberes y se quedaban jugando a la consola aunque Santiago apenas tenía fuerzas para coger el mando.

Una tarde, mientras preparaba la cena, oí su conversación a través de la puerta entreabierta.

¿Tienes miedo? preguntó Daniel.

Todo el tiempo contestó Santiago. Pero no se lo digo a mi madre. Bastante tiene ella con esto.

¿A qué tienes más miedo?

A dejar sola a mi madre. A que sufra. A no poder despedirme bien de ella. A que piense que es culpa suya, cuando no lo es.

Tuve que irme a mi cuarto, para no romper a llorar delante de ellos.

El tratamiento no daba resultado. El tumor seguía creciendo. Los médicos nos hablaron de cuidados paliativos. Ahora todo se centra en su calidad de vida.

¿Cuánto tiempo queda? Nadie lo sabe. Tres meses, seis o quizás menos.

Esta mañana, Santiago me pidió ir al instituto. Hacía semanas que no iba. Me dijo que quería ver a sus compañeros, sentirse uno más, aunque fuera solo por unas horas.

Le llevé. Le ayudé a bajar del coche. Está tan delgado y frágil Sus amigos lo recibieron con abrazos, su profesora favorita fue a saludarle, y pude verle sonreír. Por un instante, dejó de ser “el chico con cáncer” y volvió a ser solo Santiago.

Cuando fui a recogerle, estaba agotado, pero feliz.

Gracias, mamá me dijo en el coche. Gracias por traerme. Por todo lo que haces por mí. Por ser la mejor madre del mundo.

Tú eres el mejor hijo le contesté.

Tras un largo silencio, me dijo:

Mamá, cuando yo no esté, quiero que seas feliz. Que sigas adelante. Que no vivas llorando por mí.

Santiago, no digas eso

Tenemos que hablarlo, mamá. Los dos sabemos lo que va a pasar. Y necesito que me prometas que vas a estar bien. Que me recordarás con una sonrisa, no solo con tristeza.

Le prometí, aunque me tiemble el alma solo de pensarlo.

Ahora está dormido en su habitación. Hace un rato fui a verle; tiene una cara tan tranquila que parece un niño pequeño, en paz.

Mañana vendrá la enfermera de paliativos como cada semana. Pasado mañana, otra cita con el oncólogo y los informes médicos que ya todos imaginamos.

Me siento en el salón, con una taza de café que se enfría en mis manos. Miro las fotos en la pared: Santiago de bebé, de su primer día de cole, en su cumpleaños de los diez, hace seis meses, sano y sonriente.

No sé cómo se sobrevive a enterrar a un hijo adolescente, a alguien con toda la vida por delante. Pero, por él, lo intento. Estaré fuerte mientras me necesite. Sonreiré cuando él me mire. Trataré de que sus últimos días sean los mejores.

Y cuando ya no esté, no sé qué haré. Pero eso pertenece al futuro; ahora solo importa estar aquí, para él.

¿Cómo se dice a un hijo que lo amas cuando sabes que el tiempo se acaba? ¿Cómo se guarda una vida entera de amor en unos pocos días?

Quizá la lección sea esa: que no debemos guardar el amor, sino entregarlo hoy, ahora, mientras podamos. Porque nadie tiene la vida asegurada, y lo único que queda al final, es haber amado.

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El Lazo del Destino