El Lazo del Destino

**El Lazo del Destino**

Los rayos del sol mañanero, tiernos pero insistentes, se colaban por la fina tela de las cortinas y jugaban con destellos dorados sobre el rostro de la mujer dormida. Parecían susurrarle: “Despierta, el mundo ya es hermoso y te espera”. Valeria se desperezó en la cama, sintiendo esa agradable ligereza que solo da un sueño reparador. Era la recompensa merecida tras años de esfuerzo y disciplina.

Habían pasado exactamente ocho años, dos meses y diecisiete días desde que echó a su marido de casa. No es que contara los días, pero aquella fecha quedó grabada en su memoria como el inicio de su vida verdadera. Su hijo, Javier, ya era un hombre independiente. Estudiaba en Madrid, en su último año de carrera, y apenas volvía a casa. Solo llamadas, una voz al otro lado del teléfono que, aunque cercana, se sentía cada vez más lejana.

Mamá, tengo exámenes, luego trabajo, y con Lara escuchaba ella, y ocultando un dejo de tristeza, respondía con brío: ¡Claro, hijo, lo entiendo! Yo estoy perfectamente.

Y no mentía. Su vida tenía propósito y orden.

Valeria tenía cuarenta y tres años, pero en su corazón se sentía de treinta. Delgada, tonificada, con una mirada clara de ojos grises, parecía mucho más joven. Su secreto era sencillo: cuatro años de rutina inquebrantable. Levantarse a las seis, correr, ducha fría, desayuno saludable y salir a la oficina. Trabajaba como gerente en una empresa importante y valoraba su puesto. Su jefe, meticuloso y con un olfato sobrenatural para los retrasos, no toleraba la indisciplina.

Más de una vez había visto cómo aparecía en el pasillo exactamente a las 9:01 frente a algún empleado jadeante.

¿Llegamos tarde? ¡Habría que madrugar más! ¡Informe por escrito sobre mi mesa! Su voz grave y autoritaria hacía temblar hasta al más inocente.

En el trabajo, Valeria era respetada. Inteligente, decidida y siempre dispuesta a ayudar. Humilde y sencilla. Pero en su vida personal, tras el divorcio, reinaba el silencio. Su tiempo libre lo llenaba con el trabajo, el cuidado personal y su fiel compañero, un labrador llamado Canelo, al que cariñosamente llamaba Canelito.

Fue con su llegada, cuatro años atrás, cuando empezaron esos revitalizantes paseos matutinos. Canelo era su despertador, su entrenador y su más leal amigo. Un perro de un hermoso color chocolate, con ojos inteligentes y un corazón lleno de bondad. Nunca dio problemas, y su carácter afable fue el mejor antidepresivo para Valeria. Cuando eligió la raza, un amigo le había dicho:

Llévate un labrador, no te arrepentirás. Es un amigo, un antídoto contra la soledad y un psicólogo en uno.

Y no se equivocó.

De pequeña siempre tuvo perros, pero durante su matrimonio con Ricardo tuvo que renunciar a ello. Él odiaba a los animales.

Si traes a casa algún bicho peludo, lo tiraré por la ventana. Te lo juro decía con una mirada tan llena de odio que Valeria le creyó.

Al final, fue ella quien casi lo tiró a él por la ventana cuando, en un arrebato de ira, la golpeó por primera vez. No tuvo la fuerza física, pero sí la emocional para echarlo. Lloró en su habitación mientras él armaba escándalo en el salón. Y al final, él mismo cerró la puerta de golpe, llevándose las maletas que ella misma había preparado. Quince años de vida que, en los últimos tres, se habían convertido en un infierno. Ricardo no fue ni buen marido ni buen padre: egoísta, egocéntrico, siempre descontento. El golpe fue la gota que colmó el vaso. Por suerte, Javier no estaba en casa

*”Quién sabe cuánto tiempo más habría aguantado. Pero ahora, sola, con mi sueldo y mi paz fue la mejor decisión”*, pensaba. Y no se equivocó. Ocho años de felicidad, de armonía consigo misma. Los hombres no entraban en sus planes. Ricardo le había dejado una profunda desconfianza.

Esa mañana de agosto, cálida y luminosa, Valeria se levantó y vio a Canelo esperándola en el pasillo, con la correa en la boca. Su cola golpeaba el suelo con entusiasmo.

¡Vamos, Canelito, mi campeón! Ni necesitamos despertador sonrió, calzándose las zapatillas.

El parque cerca de su casa en Barcelona era su refugio. Solo cruzar un paso subterráneo y ahí estaba, un oasis verde con senderos bien cuidados. Por las mañanas estaba lleno de corredores, ciclistas y dueños de perros. Valeria soltó la correa y Canelo salió disparado, mirando atrás para asegurarse de que ella lo seguía.

Corría sin prisa, disfrutando del aire fresco, saludando a conocidos y desconocidos. De pronto, un maullido agudo surgió de unos arbustos de lavanda. Valeria desvió su camino y se detuvo. Ante Canelo, que adoptó una postura alerta, había un diminuto gatito negro, aterrado. Su corazón dio un vuelco. Sabía que Canelo no haría daño al pequeño, pero instintivamente se lanzó hacia adelante.

Y en ese instante, el mundo se detuvo. Su pie, al pisar una piedra oculta en la hierba, se torció con un crujido siniestro. Un dolor agudo y ardiente la atravesó. Cayó al suelo con un gemido.

No por favor, no susurró, mirando su pierna, que yacía en un ángulo antinatural.

Canelo, tras lamerle la mejilla, salió corriendo.

La desesperación la ahogó. Dolor, miedo, la preocupación por su perro, su trabajo, su soledad todo se mezcló en un nudo en su garganta. Intentó levantarse, pero fue inútil. Las lágrimas cayeron sin control.

Mientras, Canelo corría como un poseso. Encontró a quien buscaba: un hombre alto y atlético al que veía casi todas las mañanas. Frenó ante él y ladró con insistencia.

¡Hola, campeón! sonrió el hombre, sorprendido. ¿Dónde está tu dueña? ¿Pasó algo?

Canelo giró y corrió de vuelta, asegurándose de que el hombre lo seguía.

Entre los arbustos, el hombre, llamado Antonio, la encontró. Pálida, con el rostro contraído por el dolor.

Buenos días aunque veo que no tanto dijo, arrodillándose a su lado. ¿Qué pasó? Tu amigo de cuatro patas dio la voz de alarma.

Valeria, apretando los dientes, contestó:

La pierna Creo que me la he roto.

Llamaré a una ambulancia dijo él con calma, y esa serenidad, extrañamente, la tranquilizó.

La ambulancia llegó rápido. El médico confirmó:

Fractura. Necesita radiografía y reducción.

¿Y Canelo? preguntó Valeria, angustiada. No puedo dejarlo solo

Antonio extendió la mano.

Dame la correa. Yo me lo llevo.

Pero ¡ni siquiera nos conocemos!

Antonio. Y ahora sí respondió con naturalidad, como si ofreciera llevarle la compra.

Mientras la ambulancia se alejaba, Antonio se quedó con Canelo.

Bueno, amigo, ahora somos compañeros dijo, dirigiéndose a su coche.

Antonio tenía un taller mecánico. Vivía solo desde que su exmujer lo dejó por otro. Su padre, sabio, le había aconsejado registrar el negocio a su nombre. “La vida es impredecible, hijo”.

Esa tarde, recibió una llamada

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