No pienso cederle su vivienda

No voy a entregarle su casa

– ¿Para qué has venido tú aquí?

Valentina permanecía en el quicio de la puerta, sin moverse. Tenía las manos apoyadas en el marco, como si pretendiera impedir el paso, no ya a la habitación, sino a otra vida.

– Buenas tardes, doña Valentina Jiménez.

– He preguntado que a qué has venido.

Marina no contestó de inmediato. Miró el umbral, la alfombrilla que ella misma había comprado tiempo atrás, en el Rastro, azul con ribete blanco. Seguía allí, gastada pero no reemplazada, como muchas otras cosas.

– ¿Puedo pasar?

La pausa fue larga. Valentina no cedió ni un milímetro. Al fin, se hizo a un lado en silencio y caminó hacia la cocina. Aquello era lo más parecido a una invitación.

Marina entró y cerró la puerta tras de sí. El recibidor olía casi igual que antes, pero distinto. Antes olía a tabaco, por la chaqueta de Paco, que colgaba siempre allí, en el gancho de la izquierda. Ahora sólo había una bata de franela y un gorro de lana raído.

En la cocina, Valentina ya hacía ruido con la tetera, aunque no parecía tener intención de servir nada. Tal vez sólo necesitaba mantener las manos ocupadas.

– He visto luz en la ventana dijo Marina. Pasaba de camino.

– ¿A las diez de la noche?

– Se retrasó el autobús. He estado esperando en la parada.

Valentina puso la tetera al fuego y se dio la vuelta. Miró a Marina con esa expresión de quien no confía desde hace tiempo, pero aún no le ha dado la espalda del todo.

– Anda, deja el abrigo dijo por fin. Ya que entras…

Marina colgó el abrigo en el mismo gancho de siempre. Dudó un segundo y lo cambió al de la derecha.

Se sentaron una frente a la otra. Valentina sirvió el té, sin ofrecer. Colocó una taza delante de Marina sin preguntar si quería, acercó el azucarero sin levantar la mirada. Eran gestos automáticos, nacidos del hábito de quien ha tenido muchas veces compañía y el cuerpo responde aunque la cabeza se resista.

– ¿Cómo estás? inquirió Marina.

– Bien. Valentina rodeó la taza con las manos. Como siempre.

Marina se fijó en sus manos, huesudas, con manchas de la edad. Apretaba la taza demasiado fuerte para estar bien, como siempre.

– Quería hablar contigo dijo Marina.

– ¿Sobre qué?

– Sobre varias cosas.

– ¿Sobre los papeles?

Marina vaciló.

– No sólo de eso.

Valentina tomó un sorbo y dejó la taza emitiendo apenas un golpecito que podía ser insignificante…o todo lo contrario.

– Lo de los papeles háblalo con el notario. Ya dije lo que pienso.

– Lo sé.

– Entonces no hay nada más que repetir.

No era una pregunta, y Marina no contestó como si lo fuera. Probó el té. Estaba demasiado caliente. Lo dejó.

Fuera lloviznaba ese chispeo que parece suspendido en el aire, tan madrileño en octubre. Un farolillo en la calle temblaba y proyectaba su sombra en la encimera, de un lado a otro.

Marina conocía de memoria esa cocina. Sabía que en el cajón de la izquierda estaban las cuerdas para bolsas y baterías gastadas que Paco, su pareja, nunca tiraba por si acaso aún valen un poco. Sabía que bajo el fregadero sólo ponían un cubo cuando goteaba la tubería, y que cada otoño goteaba. Sabía de la grieta tras el frigorífico donde rodó una peseta y estuvieron media hora intentando sacarla con una regla, los tres riéndose: Paco, su hijo, y ella.

Álvaro. Tres meses, ya.

– He traído mermelada anunció. De ciruela claudia. Está en la bolsa cerca de la puerta, por si no lo viste.

Valentina dirigió una mirada hacia el recibidor, y volvió la vista a la mesa.

– La he visto.

– Te gusta de ciruela.

– Me gustaba. Pausa. Me gusta.

Ese lapsus fue exacto, como si Valentina misma no supiera en qué tiempo habitaba ahora.

Marina pensó que entendía bien ese sentimiento. A ella también le sucedía a veces: comenzaba a hablar de él en presente y, de pronto, se detenía en un silencio tan hondo que preferiría no haber empezado.

– Me han dicho que ibas a ir a ver a Amalia a Ávila comentó Marina.

– Iba a ir. No he ido.

– ¿Por qué lo retrasas?

– Pues… Valentina hizo un ademán vago. Cosas.

La miró. Ambas sabían que cosas no había. Lo que había era el piso, que le dolía dejar solo. Era miedo a marcharse y encontrar vacío al volver, o tal vez miedo a que Amalia la compadeciera y ella, precisamente, no sabía soportar la compasión.

– Doña Valentina, dijo Marina, con un tono más bajo, serio. No he venido por los papeles. De veras.

– ¿De verdad?

– De verdad.

– Sé que estás molesta conmigo.

– No estoy enfadada.

– Está bien.

– Lo que no entiendo dijo Valentina, y ahora sí sonó viva, como si algo la atravesara. No entiendo cómo puedes. Medio año ha pasado, tú sigues adelante y yo… aquí.

Marina no replicó con te equivocas ni piensas mal. Simplemente estuvo sentada.

– Te he visto dijo Valentina. Y la vecina Rosario también. En agosto, en la pastelería de la Gran Vía, con un hombre.

– Era un compañero. Trabajábamos juntos en un proyecto.

– Un compañero… Eco.

– Sí.

Valentina se levantó y fue a la ventana. Miraba la lluvia y el farol.

– Álvaro te quería mucho dijo sin girarse. Quizás más de lo que crees.

– Lo sé.

– No estoy tan segura.

Marina apretó la taza. Algo le dolió dentro, como la sombra del farol. Sabía que, si no callaba, acabaría diciendo algo demás. Prefirió no hablar.

– No digo que seas mala persona prosiguió Valentina, siempre mirando fuera. Pienso que eres joven, tienes cuarenta y dos, toda la vida. Yo tengo sesenta y ocho, y tenía un hijo. Uno solo.

– Lo sé.

– Y ahora no está. Y tú vienes con mermelada.

Fue una frase dura por lo exacta. Marina sintió una especie de gratitud por esa precisión, sin saber explicarlo.

– No sé hacerlo de otro modo reconoció. No sé venir sin palabras, ni con las manos vacías. Con la mermelada es más fácil.

Valentina se volvió y la miró largo, reconociéndola de nuevo.

– ¿Has llorado antes de entrar?

– Un poco.

– ¿En la escalera?

– Sí.

Algo en el rostro de Valentina se movió, apenas perceptible. Volvió a sentarse.

– Las dos somos un poco tontas dijo entonces.

Fue lo primero aquella noche que sonó sin doble sentido.

Callaron. Afuera la lluvia golpeaba ya con fuerza, real.

– Cuéntame pidió Marina. Lo del testamento. Qué te dolió, sin abogados de por medio. Dímelo tú.

Valentina la miró sorprendida, como si no se esperara que nadie quisiera oírla, a ella.

– Es el piso explicó. Su piso, lo compramos Paco y yo. Ocho años estuvimos ahorrando. Él era joven, queríamos que tuviera su hogar propio. Allí vivió él, y tú también, no lo digo en reproche. Era suyo, ahora en los papeles…

– Según los papeles pasa a mí completó Marina.

– No estabais casados.

– Vivimos juntos seis años.

– Lo sé Valentina unió las manos sobre la mesa. Pero pienso… que a él le hubiera gustado que yo pintase algo, que no quedara así.

– Lo dejó por escrito, Valentina.

– Lo sé. Quizás hizo bien. No lo sé. Al principio yo sentía mucha rabia. Ahora, ya no. Pero sigo sin comprender.

– ¿El qué no comprendes?

– Por qué no te vas del piso si te pesa tanto. Dijiste a la hija de Rosario que igual te mudabas, que era mucho para una sola. ¿Por qué no lo dejas?

Marina la miró.

– Lo hablé cuando estaba muy hundida. Aún no sé lo que haré.

– Si lo vendieras… empezó Valentina.

– No tengo intención.

– Pero si un día lo hicieras insistió. ¿Me lo dirías primero a mí, antes que a nadie?

Y ahí Marina entendió: no era el valor del piso, ni el dinero. Era eso: no convertirse en una extraña. Merecer saberlo la primera, conservar el último hilo que quedaba con su hijo, a través de esa mujer que compartía ahora la memoria de la casa.

– Te lo diría a ti prometió Marina.

Valentina asintió una sola vez y se sirvió más té.

– ¿Has comido algo hoy?

– Desde el desayuno.

– El desayuno… Se levantó y abrió la nevera. Tengo sopa de estrellitas. ¿Quieres?

– Me vendrá bien.

Mientras Valentina calentaba la sopa, Marina la miró de espaldas. Pensó que, en otra vida, todo hubiera podido ser distinto: tal vez habrían ido juntas a la casa del pueblo, celebrado los santos, llamado de vez en cuando sin excusas. O quizá no; tal vez siempre hubieran mantenido esa distancia prudente, tan diferentes que no llegaban a ser cercanas, ni tampoco totalmente ajenas.

La sopa estaba buena. Sencilla, sin pretensiones. Zanahoria, cebolla, las estrellas de pasta, un poco de perejil. La que se cocina para uno mismo, sin complicaciones.

– Está rica dijo Marina.

– No me hagas la pelota.

– De verdad.

Valentina comía en silencio. Al poco, habló sin mirar el plato.

– Te buscó en el hospital, lo sabes.

Marina detuvo la cucharilla.

– ¿Cómo?

– Te fuiste aquel abril, dijiste que era una conferencia. Él ingresó para unas pruebas. Yo estuve allí, y me preguntaba cuándo volvías. Yo respondía que no sabía: Vendrá hoy, luego mañana, luego pasado.

Marina dejó la cuchara.

– Volví en cuanto me avisaron.

– Lo sé. Valentina por fin la miró. No es reproche, sólo lo contaba.

– ¿Para qué?

– Para que lo sepas. Para que alguien más lo sepa, aparte de mí.

Aquello era honesto. Marina sintió la boca pastosa, a pesar de la sopa. Tomó la taza; el té ya estaba frío.

– Nunca dijo que tuviera miedo susurró. Yo creía que estaba tranquilo, que prefería no verme alterada.

– No quería que le tuvieran lástima.

– Eso pensaba yo. Que hacía bien.

– Quizá era cierto. Valentina recogió los platos. O quizá no. ¿Quién puede saberlo ahora?

El quién sabe ahora quedó flotando y no pasó.

Marina ayudó a retirar, aunque Valentina no lo pidiera. Lavaron juntas, una enjabonando, la otra aclarando, como si fuera lo más natural.

Volvieron a la mesa. Valentina sacó unas galletas del mueble. No de las buenas, sino las rotas, del fondo del paquete, compradas en el ultramarinos de la esquina.

– Rosario dice que me apunte al taller de acuarela en el centro cultural, los jueves, con las jubiladas.

– ¿Y tú qué piensas?

– No sé. Me hace gracia.

– ¿Por qué?

– Bueno, a mi edad…

– A tu edad es cuando toca sonrió Marina.

Valentina la miró con sorna.

– Si pareces una asistenta social.

– Y tú como si tuvieras cien años.

– Tengo sesenta y ocho.

– No es cien.

Valentina mordió la galleta.

– He estado siempre ocupada. Paco, después Álvaro, el trabajo, luego serían los nietos… pero no llegaron. No sé estar sin hacer nada. Pintar acuarela es, para mí, perder el tiempo.

– Quizá debas aprenderlo.

– Es fácil decirlo.

– Es difícil, créeme contestó Marina. A mí también me cuesta.

Valentina preguntó con media sonrisa.

– ¿Vas a ir tú al taller?

– No. Pero también busco algo. Trabajo, amigas, todo. Y, al llegar a casa, no sé qué hacer conmigo. Me digo: ahora entraría y diría una tontería, y todo se pondría en su sitio.

Pausa.

– Tenía facilidad para decir tonterías dijo Valentina.

– Sí.

– Soltaba cosas como mamá, de niño pensaba que los lirones eran pequeños lirios. De dónde sacaba lo de lirón…

– A mí me dijo que elefante en mongol era zaan, y que le resultaba gracioso porque parecía que decía zángano.

Valentina rió, breve, sorprendida de hacerlo en ese momento.

– Madre mía. ¿De dónde sacaba esas cosas?

– Por los libros. Leía mucho.

– Desde los cinco, siempre con un libro. No podía apartarlo de la mesa ni para merendar.

– Me enseñó una foto. Él en el campo, tendría ocho años, sentado leyendo mientras los demás jugaban.

– Recuerdo aquel campo. Y Valentina miraba a ninguna parte, sólo hacia dentro. Paco siempre en el huerto, desde que amanecía. Álvaro leía en el porche, y yo pensaba qué hijo tengo. Luego lo acepté.

– ¿Y qué leía con ocho años?

– De capitanes, de mares… pero nunca había visto el mar. Lo conoció con dieciséis. Se quedó mirando un buen rato. Paco le pregunta: ¿Qué? ¿Por fin el mar? Y él: No es como decían. ¿Cómo? Más pequeño. En los libros parecía más grande.

Marina sonrió. Ella conocía otra versión directa de Álvaro, sutilmente distinta. Pensó que tal vez ninguna era del todo cierta: eran ya leyendas familiares.

– Me hablaba mucho de Paco dijo Marina. Le echaba de menos.

Paco, Francisco Jiménez, murió seis años atrás, antes de que Marina conociera a Álvaro. No llegaron a coincidir.

– Sí respondió Valentina, sin más. Le echaba mucho de menos.

– ¿Y tú?

– Cada día. Esta vez lo dijo sin amargura, casi tranquila, como quien ha aceptado lo inevitable. Me he acostumbrado, pero lo extraño. No es contradictorio.

– No, no lo es.

Guardaron otro silencio.

– Háblame de él, de niño. Sé poco, nunca le gustaba hablar de la infancia.

Valentina la miró.

– ¿Para qué te sirve?

– Quiero saberlo, ahora que puedo, antes de que no quede nadie para contarlo.

Sonó más rotundo de lo que Marina pretendía, pero no retiró lo dicho.

Valentina pensó y desapareció en la habitación. Marina oyó abrir un armario, mover cajas. Volvió con una caja de cartón. La abrió.

– Es lo que quedaba suyo. En septiembre tiré algunas cosas, otras las guardé.

Dentro había cuadernos, juguetes pequeños, unos dibujos. Marina abrió uno: letra infantil, torpe y aplicada, caligrafía: Álvaro Jiménez, segundo de primaria.

– Dios mío susurró.

– Eso digo yo cada vez murmuró Valentina.

Juntas pasaron las hojas. Valentina recordaba: cómo quiso aprender a ponerse de cabeza y estuvo una semana con chichón, cómo trajo un gato, que primero no gustó a Paco, luego sí, luego el minino se fue, y Álvaro sentenció: Ha decidido irse, es su derecho. Con catorce años declaró que sería informático porque así no hay que salir de casa y puedes trabajar con zapatillas.

– Y eso hizo dijo Marina.

– Cumplió su palabra.

– Lo hizo.

Era casi medianoche cuando Marina alzó la vista y se dio cuenta de la hora.

– Debo irme. Pronto es el último autobús.

– Quédate dijo Valentina de pronto, como si tampoco se lo esperase ella misma. El sofá de la sala está libre, te lo preparo.

– No quiero molestar.

– ¿A quién molestas?

Marina la miró. Valentina miraba hacia otro sitio, como si la frase la hubiera soltado otra persona.

– De acuerdo. Gracias.

Mientras Valentina hacía la cama, Marina lavó las tazas. Se detuvo un momento ante la ventana oscura, mirando el reflejo amarillo de la pequeña cocina, su propia silueta. Pensó que tres meses atrás, jamás habría imaginado esa noche: aquella sopa, aquellos cuadernos, aquel quédate.

Pensó que hay algo, en la relación con la familia después del duelo, que no cabe en papeles ni se resuelve en notarías. Algo que requiere sólo estar, traer mermelada, sentarse y esperar a que, solo, lo que duele se transforme en otra cosa.

No sabía si llegaría a pasar. Pero esa noche algo se había movido.

Su habitación era la misma donde se había quedado alguna vez con Álvaro. El sofá era viejo, hundido por el lado izquierdo, cubierto con una manta a cuadros que Valentina llamaba marrón, aunque tiraba más a teja. Marina se tumbó, se tapó, miró al techo.

En la estantería había libros, casi todos de Paco, lomos desgastados: Los Episodios Nacionales, El árbol de la ciencia, manuales de historia. Entre todos, uno delgado, con aspecto de no pertenecer allí. Marina lo tomó: Cartas desde ninguna parte, autor desconocido para ella. Lo abrió. En la primera página, escrito con bolígrafo y la letra de Álvaro, que reconocería entre mil: Para mamá, en tu cumpleaños. Léelo despacio. Te quiero.

Marina cerró el libro.

Lo devolvió a su sitio.

Lo contempló tiempo, a media luz.

Detrás, sonaba la vida: pasos de Valentina, el crujido del parqué, el agua del grifo. La vida que continúa, contra todo y a pesar de todo, la más simple y ordinaria.

Por la mañana, Valentina cocinó gachas. Marina apareció en la cocina; Valentina le sirvió un plato de avena, sin preguntar. Al lado, un vaso de zumo de naranja, inesperado. Afuera, el típico gris otoñal, asfalto húmedo y ramas casi desnudas.

– ¿A qué hora entras a trabajar? preguntó Valentina.

– A las diez. Me da tiempo.

– Vas en metro, ¿no?

– Sí.

– La tercera parada, me acuerdo.

– Anda dijo Marina, levemente asombrada.

– Me lo decía Álvaro.

Marina comía la avena. Salada, no dulce y con mantequilla. Así la preparaba su madre, hacía años. Se había hecho tan a la dulce, que esa salada casi la llevaba a la infancia.

– Quiero enseñarte una cosa dijo Valentina, sacando un sobre. Lo encontré recogiendo, es suyo de la mili. Bueno, no hizo la mili, pero les tocó un campamento del instituto y me escribió desde allí. Te lo dejo solo para que lo veas. Para que sepas cómo era escribiendo.

Sacó una carta doblada y la dejó ante Marina. Tres hojas, letra pequeña y apretada. Ella leyó despacio, como rezaba la dedicatoria del libro.

Álvaro contaba la niebla matinal tras la barraca, un chopo viejo, cómo a veces sólo quería volver a casa y comer empanadillas de su madre. Decía que echaba de menos el silencio de su cuarto.

Era otro Álvaro, el que Marina no conoció; más joven, todavía blando, antes de ser el hombre que fue.

– ¿Puedo copiarla o hacerle una foto? Sólo para mí.

Valentina la miró.

– Quédate con ella. A mí ya no me hace falta.

– Es tuya.

– Marina… por vez primera, Valentina la llamó por el nombre. Quédatela.

Marina la guardó en el sobre, la metió en el bolso. Sintió que debía decir algo, pero no halló palabras.

Fregaron juntas, como la noche anterior: una lavando, la otra secando, con otra sensación. Ahora era un pequeño acuerdo, una coordinación espontánea.

– Deberías ir a ver a Amalia sugirió Marina. El piso seguirá aquí. Amalia te espera.

– Me llamó la semana pasada. Dice que la tengo olvidada.

– Pues ve.

– Ya veremos.

– Doña Valentina…

– Ya veremos, he dicho.

Marina colgó el trapo.

– ¿Puedo venir alguna vez, si no molesto? De tarde en tarde, nada más.

Valentina cerró el grifo, se secó las manos. Tardó en responder.

– Ven dijo al fin. Te haré sopa.

– ¿Con estrellitas o con fideos?

– Si quieres con fideos…

– Con fideos está bien.

– Pues así se hará.

Marina se vistió. Valentina la acompañó a la puerta. Mientras Marina se ponía el abrigo y cogía el bolso, se volvió.

– Gracias por la noche.

– Anda, no vayas a llegar tarde.

Marina ya iba a salir, pero titubeó.

– El libro que te regaló Álvaro, en la habitación. ¿Lo has leído?

– Empecé Pausa. Lo leo despacio.

– Eso te puso él.

– Lo vi Valentina vaciló. Me conocía bien.

Marina asintió. Salió.

– Hasta luego.

– Hasta luego.

Cerró tras ella. En el rellano, escuchó el giro del pestillo tras una pausa, como imaginando a Valentina escuchando desde dentro si ya se había marchado.

Olía a humedad y un poco a pintura en la escalera. La luz del segundo parpadeaba. Marina bajó despacio, agarrada al pasamanos.

Fuera, el día era el habitual y la ciudad seguía; la gente iba a trabajar, un coche sonaba lejos, unos gorriones buscaban migas en la acera. Todo era normal, ajeno y a la vez tan conectado a lo de anoche.

Iba hacia el metro pensando que la reconciliación no es un instante, ni una decisión que lo cambia todo. Es, quizás, esto: sopa, cuadernos, noche en sofá ajeno, toalla compartida, una carta en el fondo del bolso.

No sabía qué sería de ellas, de esa extraña nueva relación sin nombre, ni cuántas veces se verían. No suegra ni nuera, ni amigas, ni desconocidas. Lo que une la memoria de un ser querido, cada una a su modo; no es suficiente para ser íntimas, pero tampoco razón para alejarse.

En el bolso, la carta. Decidió que no la leería hasta la noche.

Bajó a la estación. Las puertas del tren se abrieron y se cerraron. El convoy partió.

Poco antes de su parada, escribió a Valentina: “He llegado bien. Gracias por la avena”.

Valentina respondió veinte minutos después, ya en la oficina, Marina cambiándose: De nada. La mermelada la he guardado en el armario.

Marina lo leyó. Guardó el móvil y colgó el abrigo.

En el pasillo alguien reía por algo trivial. Por la ventana se veía el gris casi blanco del cielo. Pensó que por la tarde igual despejaba un poco, aunque en octubre todo es incierto.

Fue a la reunión.

El viernes, tres días después, Valentina llamó mientras Marina hervía la cena. Tardó en responder.

– Me voy con Amalia el sábado por la mañana soltó Valentina, nada más descolgar.

– Muy bien.

– Estaré diez días.

– Muy bien.

Pausa.

– ¿Te ha molestado que llame?

– No, me alegra.

– Bueno… dijo Valentina. Eso era todo.

– Recuerdos a Amalia.

– Se los daré. Pausa más larga. Marina.

– Sí.

– En la estantería de la habitación, donde dormiste. Llévate ese libro también, cuando regreses. Era de Álvaro, más apropiado que esté contigo.

Marina, aún apoyada en la encimera, con la cuchara en la mano y la cena a punto de hervir.

– Lo haré.

– Entonces… nada, voy a hacer la maleta.

– Buen viaje.

– Gracias.

Ambas callaron el tiempo preciso, como hace quien entiende que el silencio ya llena.

– Hasta luego dijo Valentina.

– Hasta luego.

Marina bajó el fuego. Dejó la cuchara. Miró por la ventana ya oscura, donde brillaban los faroles.

En algún rincón de Ávila, Amalia esperaba y probablemente preparaba ya la mesa. En la estantería, el libro con la dedicatoria seguía allí. En el armario de una cocina distinta, el tarro de mermelada aguardaba.

Eso era lo que quedaba. No lo que dice un notario, ni los metros cuadrados ni los documentos. Esto: la mermelada en otro armario; la carta en un sobre; una frase escuchada en el momento justo.

Marina removió la sopa en silencio.

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No pienso cederle su vivienda
—¿Por qué no te has preocupado de mamá?— gritó mi cuñada por todo el tren Un bochornoso coche litera olía a hierro, polvo y manzanas: el último, de la vecina de compartimento, que los comía con esmero envueltos en una servilleta. Irene, esforzándose por no mirar las raquíticas hayas que pasaban fugaces tras la ventana, sentía el cuerpo dolorido por el cansancio. No era físico, sino fruto del presentimiento: doce horas de trayecto junto a su suegra, Doña Galina, no auguraban nada bueno. Los billetes para ambas, en literas superiores, en el mismo compartimento, fue idea de su cuñada y ella aceptó. Ahora Irene notaba la mirada grave y escrutadora de su suegra, y entendía que algo iba a torcerse. Doña Galina no subió a su litera, sino que se instaló junto a la ventana, colocando sobre la mesa su bolsa de comida, recubierta con un delicado mantelito bordado. Rozando los setenta, mantenía el porte de una capitana. Espalda erguida, mirada poderosa. Contempló a sus compañeros de viaje: dos chicos jóvenes con auriculares sentados enfrente, y un hombre de unos cincuenta años en la litera inferior lateral, ya acomodado con un libro. —Bueno, Irene, ¿ya estás instalada?—la voz de Doña Galina sonaba dulce, pero traslucía ira—. Una pena, desde luego, que nos haya tocado arriba. —El sitio está bien, Doña Galina—respondió Irene, guardando la mochila en la litera. —Arriba…—respondió la suegra con un aire significativo, mirando su litera—. Fíjate, me siento incómoda… Me duele la espalda. Y las piernas… Ya las noto hinchadas. Arriba, a la mia, no voy a subir, la verdad. Irene sintió un escalofrío. Reconocía esa entonación. Aquello era solo el prólogo. —¿Quiere tumbarse y descansar?—propuso con cautela—. Yo la ayudo a subir. Pero Doña Galina ya giraba hacia los chicos—. Perdonad que os moleste, chicos… ¿Podríais intercambiar vuestro sitio conmigo? Tengo billete para arriba, mirad…—mostró el billete irrefutable—. Y tengo problemas en las piernas, varices, hinchazón… Para mí subir es como escalar al Everest. A vosotros, jóvenes, seguro os va bien. Los chicos se miraron. El más cercano al pasillo se quitó un auricular. —Disculpe, señora, pero también pedimos abajo a propósito. Soy alto, no me caben las piernas ahí arriba. Y él tiene la espalda fatal. —Bueno, pero es solo hasta Valladolid…—la voz de Doña Galina sonó aguda, lastimera. —No, lo siento—contestó seco el segundo muchacho quitándose el auricular—. Compramos estos sitios y nos quedamos en ellos. Siguió una incómoda pausa. La sonrisa de Doña Galina se aflojó como un apósito mal pegado. Luego, suspiró tan hondo que acusó a toda la juventud, y se volvió al hombre en la inferior lateral. —Caballero… ¿podría tener compasión de esta pobre mujer? Usted viaja solo… El señor marcó la página con el marcapáginas y la miró por encima de las gafas. Su mirada era cansada e impenetrable. —Señora, tengo el corazón delicado. El médico me dijo: solo en la inferior lateral, para no trepar ni alterarme. Así que no, no puedo. Ese “no” resonó en el vagón. Pero Doña Galina era de las que nunca se rendían ante un “no”. Se levantó y empezó a avanzar por el pasillo, cojeando (cojera que Irene supo fingida en el momento). —¿Adónde va?—soltó Irene. —Ya verás cómo alguno ayuda. No todos son como estos…—miró castigadora al compartimento y fue preguntando de litera en litera. Irene ardía de vergüenza. Veía cómo su suegra repetía el mismo discurso a cada viajero de litera inferior: enseñaba su billete, una mano en el corazón, y recibía negativas corteses pero inapelables: “Viajo con un niño”, “Yo también tengo problemas”, “He pagado por este sitio”, “No insista”. El vagón, al principio compasivo, pronto se volvió de espaldas. Los quejidos, los cuchicheos, las sonrisillas a sus espaldas componían un coro de reprobación. Veinte minutos después, Doña Galina retornó, la cara muy pálida por la ofensa y la ira. Se sentó en silencio mirando por la ventana y de repente sacó el móvil. —Oli, hija…—la voz temblorosa, quebrada—. Vamos en el tren… Estoy fatal, hija… Nadie quiere cederme sitio. Todos sentados, jóvenes, sanos, en las literas bajas, y tu madre, a trepar arriba, con las piernas dormidas y la espalda… Todos dijeron que no. ¡Todos! Y mi nuera igual. Ahí está, vigilando su litera, ni defendió por mí, como si fuera una extraña… Que no he pedido nada, hija, he visto que es inútil… Sí… Irene sentía rubor ardiendo en el rostro. El golpe bajo definitivo. No defendía lugar, estaba paralizada por la incomodidad y la certeza de lo inútil de la empresa. Pero según el relato de su suegra, era una egoísta insensible. Doña Galina sollozaba al teléfono y miraba a Irene con trágica victimización. Por fin le alargó el móvil: —Irene, Oly quiere hablar contigo. Irene apretó la mandíbula antes de cogerlo. —Hola, Oly. —¿Irene, qué pasa ahí?—la voz de su cuñada cortaba como lija—. ¿Estás loca? ¿Mandas a mamá por el vagón a humillarse? ¡Con sus piernas! ¿No podías conseguirle otra litera, buscar ayuda? ¿No te importa mi madre? Cada frase, una bofetada. Los chicos enfrente miraban la escena con interés. —Oly—empezó Irene en voz baja pero firme, sintiendo la rabia subir—. Viajamos ambas en literas superiores. Las de abajo están ocupadas, las eligieron por necesidad. No la he mandado a humillarse, y no puedo obligar a nadie a ceder. No es mi responsabilidad. —¿¡Y de quién es!?—bramó Oly—. ¡Tú viajas con ella! ¡Debiste resolverlo! ¿Es que ni se te ocurre? ¡Mamá está atacada! Entonces, algo se rompió en Irene. La insolencia, la falta de lógica y el aluvión de reproches desbordaron su paciencia. —¿Preocuparme?—su voz se impuso y el vagón quedó en silencio—. Oly, ¿quién compró el billete para tu madre? Tú. Tú sabías de sus piernas, de su espalda. ¿Por qué la hija tan atenta le compró una litera superior? ¿Por qué yo, la nuera, tengo que arreglar tus fallos y pedir el vagón entero que la acomode? Quizá tú podrías haberlo hablado en ventanilla en vez de al teléfono desde tu sofá. La respuesta fue un silencio al otro lado. Doña Galina ahogó un suspiro. Uno de los chicos sonrió por lo bajo. —¿De qué vas hablando así?—silbó Oly. —Justo como tú. Concretando. Tu madre es adulta. Quiso intercambiar una buena litera por otra mejor y no pudo. Así es la vida. Tus acusaciones son un abuso. Buenas tardes. Irene colgó y devolvió el móvil a la suegra. Le temblaban las manos. El vagón callaba. Doña Galina la miraba con los ojos desencajados. Parecía a punto de llorar por la injusticia, pero la función debía seguir. Tras una pausa, volvió con el hombre de la litera lateral baja: ahora tenía no solo la espalda mal, sino los sentimientos heridos y una nuera cruel. —Caballero… por favor… no aguanto sentada… Comprenda el ambiente… Estoy sola… Hablaba bajito, suplicante. El hombre con el corazón delicado miró a una, a otra, al techo. Suspiró pesadamente, como nadie hasta entonces. —Vale…—gruñó por fin—. ¡Pero cálmese y deje ya de torturar al vagón! El triunfo de Doña Galina fue amargo. Se mudó a la litera baja lateral con aire de mártir. El hombre trepó a la superior como si fuera al exilio. Cayó la noche. El vagón quedó en penumbra, roto solo por el traqueteo del tren. Irene, tumbada bocarriba, dejó que la rabia se disipara en puro vacío y amargura. Oyó los movimientos inquietos de Doña Galina en su litera conquistada. Sabía que al día siguiente, en la comida familiar en Valladolid, la historia sería otra: vecinos insensibles, nuera que gritaba por teléfono, y la heroica madre, que al final conmovió a un alma caritativa. Pero ahora, en la oscuridad, Irene meditaba sobre ese bucle absurdo. Sobre la hija que, al comprar el billete incómodo, le pasaba el marrón; sobre la suegra que arremetía contra el mundo; y sobre sí misma, enredada por haber accedido al chantaje emocional. Irene se giró y vio los ojos brillando en la penumbra de Doña Galina. —Irene…—susurró la suegra—. No te enfades conmigo. Es el nerviosismo… y Oly es muy temperamental. No era disculpa, sino anuncio de nuevas quejas. —No me enfado, Doña Galina—respondió Irene con frialdad—. Duerma. Mañana será un día duro. Antes de dormirse, formuló aquello que le rondaba desde el principio: —¿Y por qué, cuando tu hija te compró el billete, no te buscó directamente una litera baja? Nos habría ahorrado disgustos. Solo recibió un largo, airado silencio. No hubo respuesta. Ni era posible. Porque en este juego de la “preocupación familiar”, las normas las escribía una parte, y la otra siempre debía cumplirlas y cargar con toda la culpa. Irene por fin entendió. Fuera, los campos oscuros desfilaban entre luces dispersas de pequeñas aldeas. El tren las llevaba a Valladolid, al encuentro familiar, y a la mesa donde esa historia se contaría otra vez.