La réplica de la esposa

Copia de esposa

¿Seguro que no te voy a molestar? preguntó Carmen, de pie en el umbral con una mochila al hombro y una sonrisa a medio camino entre el agradecimiento y ay, por favor, que Isabel no le había visto nunca.

Carmen, por favor, entra ya dijo ella apartándose y sujetando la puerta. La habitación está libre, Francisco no ha puesto ninguna pega. Todo bien.

Francisco no se opone repitió Carmen, con una extrañeza en la voz que no era ironía, más bien perplejidad. Como si no se opone tuviese un secreto mágico que sólo ella conocía.

Pocas veces se opone añadió Isabel mientras tiraba hacia la cocina. Venga, quítate los zapatos, las zapatillas están a la izquierda.

Así empezó todo.

Isabel tenía cincuenta y dos años; Carmen, su amiga de la universidad, cincuenta y uno. Llevaban como cinco años de relación a base de llamadas y cafés de vez en cuando en la Gran Vía, de esos en los que una cree que conoce de sobra a la otra. Carmen se había divorciado, el contrato del piso de alquiler expiraba, los papeles para el siguiente básico como una declaración de la renta: eternos. Unas semanitas, dos o tres como máximo. Un mes, tirando por lo alto. Un sitio donde esperar y recuperar el resuello.

Vivían en Valladolid, ni muy grande ni muy pequeña, ciudad de esas en las que el panadero sabe cómo te gusta el mollete y la farmacéutica te comenta la alergia. El piso de Isabel tenía tres habitaciones, un tercero exterior en una calle tranquila. Francisco trabajaba en una empresa de reformas. Ella impartía economía en un instituto de FP. Veintitrés años juntos y una hija que vivía en Valencia con su propio caos doméstico. El piso era espacioso y cómodo, como lo son esos hogares donde todo se ha colocado una vez y para siempre y sólo falta que colapsen según Newton.

Carmen llegó con una bolsa enorme y una caja. Se instaló silenciosa casi como una sombra. Los primeros tres días apenas se la oía: salía temprano, volvía tarde, cenaba poco y hablaba menos. Francisco, la primera noche, preguntó muy escuetamente:

¿Para mucho?

Un mes contestó Isabel.

Un mes y en su voz sonaba esa misma rareza melódica de Carmen en la entrada.

Isabel no le dio importancia, nunca lo hacía. O se lo decía a sí misma, al menos.

El primer semáforo en ámbar apareció en la segunda semana. Isabel entró al baño por la mañana y ahí estaba su colonia, Gardenia, el frasco verde botella con tapón plateado que compraba desde hacía años en la perfumería de la Plaza Mayor pero no estaba en su sitio, sino en el borde del lavabo. Isabel pensó que lo habría movido ella y lo recolocó, olvidando el runrún.

Tercera semana, nuevo giro.

Durante el desayuno, estaban los tres. Isabel preparaba el café a su modo: un poco de agua fría primero, luego la caliente, pero sin hervir, que si no amarga. Francisco siempre se lo agradecía. Pero ese día quien lo preparó fue Carmen. Isabel se había liado con el móvil, Carmen se encargó del “Ritual del Oro Negro”, y Francisco, al probarlo solo dijo:

Vaya Muy bueno.

Se lo copié a Isa dijo Carmen. Ella siempre lo hace así.

Y sonrió. Y todo era simpático, inofensivo y normal. Isabel también sonrió, aunque por dentro su radar pitó solo una pizca, apenas un ay.

La semana siguió y el ay se enterró en exámenes por corregir y horarios imposibles. Isabel llegaba y la casa estaba recogida, reluciente. Carmen, mira tú por dónde, sacaba tiempo hasta para ordenar lo que ni se notaba desordenado. Francisco se adaptó al cambio a la velocidad del rayo.

Hoy ha cocinado Carmen anunció él una noche, como si acabara de ganar una cesta en el Club de Campo. Sopa de judías. Muy buena.

Pero si yo también la hago, la de judías

Sí, claro Se parecía.

No preguntó quién la hacía mejor. Tampoco él comentó nada más.

Carmen trabajaba desde casa, algo de papeles electrónicos, Isabel nunca se enteró bien. Solía quedarse en la habitación de invitados todo el día, comía algo ligero y por la tarde ya iba arreglada como para salir. No un chándal, no un jersey para andar por casa, que en eso Isabel se consideraba campeona olímpica. Así daba la impresión de que Carmen era la versión instagramer de Isabel en su propio piso.

Una tarde, Francisco se sentó junto a Carmen a ver la tele. Isabel, en la otra habitación, escuchaba el murmullo constante, incluso las risas. El sonido de la risa de Carmen era similar al suyo, sólo que un poco más suave, menos castellano contundente, y eso a Isabel la descolocó y se dio cuenta del detalle. Después lo ignoró. ¿Una risa? Bueno, tampoco era para tanto.

Pero volvió a pensarlo varios días más tarde, ya sin poder pasar página.

Carmen cambió de peinado. Siempre había llevado el pelo corto y moderno; ahora empezaba a dejárselo más largo y lo peinaba hacia atrás, flojo, igual que Isabel desde hacía años. Se vio a sí misma reflejada, con Carmen detrás, y pensó que parecían las fotos repetidas de una familia: diferente ropa, mismo marco.

Te queda bien esa melena así le dijo.

¿Crees? Lo vi en ti y pensé: voy a probar.

Otra vez ese en ti, ese pequeño plagio insidioso, más sutil que un meme. Isabel sonrió, pero por dentro no.

El domingo, Isabel llamó a su hija.

¿Qué tal, mamá?

Bien. Se ha quedado Carmen a vivir. ¿Te lo conté?

¡Ah, sí! ¿Aún está?

Sí, sigue. Los papeles van lentos.

Bueno. ¿Y papá?

Bien, se lleva muy bien con Carmen.

Pausa.

¿Eso es bueno o malo?

Bueno dijo Isabel. Bueno.

Luego se quedó un buen rato mirando la taza de té fría. Llevarse bien, pensó, puede significar tantas cosas.

Semana cinco. Carmen le pidió la receta del pastel.

El de manzana y canela que hiciste el domingo pasado.

No lo tengo escrito, lo hago sobre la marcha.

Pues cuéntamelo, que lo apunto.

Se lo explicó al detalle. Carmen lo apuntó en el móvil, y a los tres días lo horneó. Francisco decía muy rico igual que con el anterior, así que Isabel ya dudaba si realmente distinguía entre una obra maestra y una empanadilla de gasolinera.

Aquella noche, Isabel abrió el armario de la entrada y ahí estaba: una cazadora gris, igualita a la suya, cinturón y todo. Carmen la había comprado. Colgó la suya al lado y miró ambas prendas un rato largo, como quien busca las siete diferencias entre dos sopas de lentejas.

No preguntó. No por miedo, sino porque la pregunta era tan absurda que ni Cupido la habría formulado.

El trabajo en el instituto estaba a tope: inspección, papeles por triplicado. Francisco pasaba más y más tiempo en el salón. Carmen también. A través de la puerta Isabel oía extractos de conversaciones, a veces entraba y la conversación seguía, pero nunca la sentía como protagonista, sino como actriz secundaria.

Una noche, de tantas, no pudo más y se lo soltó a Francisco, ya con Carmen en su cuarto.

Fran, ¿no te parece que Carmen me copia un poco demasiado?

Él la miró muy serio.

¿Quién, Carmen?

Sí, el pelo, la cazadora, los guisos, la colonia

Isabel, eso entre amigas es normal, ¿no? Al fin y al cabo, os conocéis de toda la vida.

Supongo, sí dijo ella.

Él ya estaba en el móvil mirando no-se-qué. Tema cerrado sin más.

Aquella noche, Isabel pensaba: Tiene razón. Es normal. Lo repitió tres veces intentando convencerse. Lo normal no quería pegarse ni con Loctite.

Los días siguientes, Isabel fue más atenta. Descubrió gestos calcados: Carmen ladeaba la cabeza cuando charlaba con Francisco, lo mismo que hacía ella. Carmen también decía pues exactamente, estirando el exactamente como si prolongase el eco de Isabel. Hasta el té sin azúcar empezó a tomar, cuando antes lo cargaba de dos cucharadas. Puramente casualidad no era ya.

Preocupada, llamó a su amiga Inés, con la que nunca se hablado de temas del trabajo y poco más.

Inés, ¿tú crees que se puede convertir uno en otra persona solo por mimetismo?

¿Mimetismo?

Sí: peinados, recetas, gestos

Eso se llama envidia silenciosa, Isa. Lo leí una vez. No te arrebatan la casa, pero te van robando la vida a cucharaditas.

Isabel guardó silencio.

¿Te pasa a ti eso?

No lo sé quizá no.

Pero ya sabía la respuesta.

La conversación con Carmen llegó, por sorpresa, cuando ambas, acodadas en la mesa de la cocina, compartían el té de las dudas.

Isa, tú eres una tía muy plantada. A veces te miro y pienso: así se debe vivir. Piso, marido, trabajo, todo en orden.

Veinte años colocando el orden, Carmen dijo ella.

Y se nota. Hasta Francisco lo sabe. Habla bien de ti, dice que os entendéis.

Isabel puso la taza sobre la mesa.

¿Él te habla así de mí?

Nada especial, cosas de amigos. Siempre te elogia.

Pues mira tú qué bien.

En vez de alegrarle, a Isabel le dejó una sensación rara, incómoda. ¿No era precisamente lo perfecto, que un marido hable bien de su esposa a una amiga? Y sin embargo, la intuición, esa que tantas veces había ridiculizado, sonaba más fuerte que nunca.

A finales de la sexta semana, Carmen pidió la colonia Gardenia.

Se me ha acabado la mía. ¿Me dejas? Solo un par de veces.

Claro, mujer.

Aquella noche, Isabel notó el frasco casi vacío: más de la mitad había volado en pocos días. Lo guardó en el botiquín cerrándolo con un diminuto candado, el de las llaves de repuesto. Luego se miró en el espejo y pensó: Ahora escondo mi colonia de mi mejor amiga. Bien, Isa, bien.

No volvió a abrir el frasco.

Esa misma tarde, Francisco llegó de buen humor. Últimamente, notaba Isabel, el buen humor coincidía con Carmen en casa. Trajo una tarta por capricho.

Para celebrar que sí, porque sí.

Carmen se alegró igual que se alegraría Isabel. Ni más, ni menos. Exactamente la reacción perfecta. Todo bien, sonrisa en el sitio, cabeza inclinada, admiración justa. Se sentaron a hablar de lo de siempre, y todo parecía normal, sólo que a Isabel le latía esa sensación extraña, como quien descubre que el refrán cada cosa en su sitio ya no se cumple y que las cucharillas están desplazadas exactamente medio centímetro.

El viaje por trabajo fue improvisado. Desde el instituto necesitaban enviar a alguien a cursos de formación en Salamanca, cuatro días. El jefe lo sugirió un viernes, ella aceptó un lunes. Le dio por pensar: Dejarlos solos: Carmen y Francisco. Pero luego dijo: Mejor, es paranoia mía. Son adultos, no pasa nada. Mejor aire.

Antes del viaje, una conversación con su marido en la cocina:

Vuelvo el viernes, Carmen sabe apañarse con la cena, ya lo ha demostrado.

Ningún problema respondió Francisco, tranquilo.

No te preocupes dijo Isabel.

Se fijó bien en él. Lo veía relajado, hasta ligero, como quien está en modo avión.

Partió un miércoles de mañana. En el tren leyó apuntes de legislación docente, café con leche en vaso de cartón, Castilla corriéndose por la ventanilla. Ni Salamanca compensó lo aburrido de los cursos, pero alguna cosa sacó. Llamó a Francisco cada noche; conversaciones de puro trámite.

¿Cómo vais?

Todo bien, Carmen en su cuarto, hemos cenado.

Vale, buenas noches.

Todo normal. Nada sospechoso. Así y todo, el insomnio era peor lejos de casa.

Jueves por la tarde, el jefe la llama:

Isa, mañana no hace falta que estés, será repaso. Mejor vuelve ya y aprovecha el día.

Llegó a su casa a las nueve y media, el tren adelantó la llegada y el taxi la dejó sin atascos.

No llamó al timbre, entró con llave. Pensaba que Francisco dormiría ya.

Tampoco.

Había velas encendidas en el salón, sólo dos, sobre la mesita. En la mesa, platos y copas, algo de picar en boles pequeños. Olor a comida y a Gardenia. La suya estaba guardada bajo llave. Carmen la habría comprado, pensó Isabel.

Francisco en el sofá. Carmen sentada a su lado, vestía un vestido azul no lo había visto antes, pero el corte y el color eran exactamente Isabel. Peinado en ondas. Manos cruzadas sobre las rodillas. Conversaban. Al entrar Isabel, ambos levantaron la cabeza. Pausa de tres segundos.

Has llegado pronto dijo Francisco.

Ya veo contestó Isabel.

Dejó el bolso, colgó el abrigo despacio, calculando cada gesto para que sus manos no temblasen.

Isa, sólo era una cena dijo Carmen, nada más.

Cena con velas precisó Isabel, sorprendiéndose de sonar tan neutral.

Francisco se levantó.

No hagas de esto…

No, Fran dijo Isabel, casi en un susurro, no me digas que no haga lo que ya hago. Ya está hecho.

Silencio. Carmen bajó la vista.

Isabel fue a la cocina, sirvió un vaso de agua, miró la maceta de geranio sobre el alféizar ella lo regaba cada miércoles. Cayó que el miércoles no estuvo y aun así, la planta estaba reluciente.

Carmen lo ha regado, dedujo.

Volvió al salón.

Carmen, ¿puedes buscar otro sitio para dormir mañana?

Carmen la miró.

Isa, sé cómo parece esto…

¿Puedes buscar otro sitio? repitió Isabel, sin subir el tono, sólo repitiéndolo.

Sí. Buscaré.

De acuerdo.

Isabel cogió el bolso y se fue a su dormitorio. Cerró la puerta, sin pestillo, se tumbó sobre la colcha, vestida, mirando el techo. Oyó trajín en la casa: platos recogidos, una puerta al final. Francisco dormía esa noche en el sofá. Contundente más que cualquier discusión.

Por la mañana, se levantó antes que nadie. Hizo café, lo tomó frente a la ventana. La ciudad despertaba lenta, viernes. Una mujer paseaba un perro, las palomas desfilaron en la cornisa del edificio vecino. Rutina. Paz impostada.

Francisco apareció a las ocho.

Tenemos que hablar soltó él.

Vale.

Isa, entre Carmen y yo no ha habido nada.

Puede ser.

No puede ser. No ha habido nada.

Fran dijo ella, con atención en las palomas, no hablo sólo de eso. Hablo de lo que vi anoche, y de lo que vengo viendo desde hace mes y medio.

¿Y qué viste?

Entró una persona en mi vida que, poco a poco, se fue convirtiendo en mí. Mi peinado, mi perfume, mis recetas, mi chaqueta, mis gestos… Y tú, que lo notas y encima te gusta, porque soy yo pero nueva, sin el desgaste de veintitrés años.

Él no respondió.

No es pregunta. Es solo lo que vi.

Exageras dijo por fin.

Quizá. Pero me voy a trabajar. Y cuando vuelva, Carmen no puede seguir aquí.

Isabel…

Todavía una cosa se puso el abrigo. Ciega confianza. Creo que soy yo. Confié demasiado. En los dos.

Salió. Cierre de puerta, ni portazo, ni drama.

En el instituto dio clase, pasó lista, contestó a preguntas. Tomó té con Inés en el recreo; ella ni preguntó, sólo la miró y asintió como alguien que entiende.

Cuando Isabel volvió a casa a la hora de la siesta, la habitación de invitados estaba impecable, ni rastro de Carmen. En el baño, en la esquina, encontró un pequeño peine de plástico blanco, ajeno. Lo cogió con dos dedos y lo tiró a la basura.

Francisco se quedó en el salón, mirando el móvil. Cuando ella apareció, sólo dijo:

Se ha ido.

Ya lo veo.

¿Y ahora?

Colgó el abrigo, fue a la cocina, empezó a manipular unos pimientos aunque aún no había decidido qué preparar. Necesitaba moverse.

Francisco… Llevamos veintitrés años. No podemos…

Sí se puede. Déjame tiempo. Lo necesito.

¿Cuánto?

No sé. Días. Tengo que pensar.

Los días se convirtieron en una semana. Vivían juntos pero distantes: comían por separado, dormían en cuartos distintos. Francisco intentó hablar alguna vez, Isabel daba respuestas rápidas, sin dureza, sólo porque nada de lo importante podía decirse en voz alta aún no.

Muchos pensamientos esa semana. Recordaba cómo abrió la puerta a Carmen sin dudar, porque una amiga lo necesita, porque es lo lógico, lo normal. Pero ¿y si no lo era? Empezó a llamar al fenómeno envidia sigilosa, como decía Inés, o directamente copia constante. Un robo blando. Carmen necesitaba otra vida y la fue tomando, fragancia a fragancia, receta a receta.

Lo que más dolía era otra cosa: Francisco.

Podía no haberlo notado, podía haberlo señalado, incluso no haberse dejado cautivar por esa isabel mejorada, pero sí le sedujo. Tarta, sobremesas, cenas con velas cuando la única mujer oficial estaba fuera. Quizá sin malicia, más por dejadez.

Segunda semana. Isabel llamó a su hija.

¿Mamá, te pasa algo?

¿El qué?

No sé, suenas rara.

Tu padre y yo Bueno, puede que nos separemos.

Pausa larga.

¿Por Carmen?

No solo. Carmen solo apuntó lo que ya había.

¿El qué?

No sabría decirlo. Costumbre. El día a día. Alguien llegó y fue yo pero mejor. Más alegre, más curiosa. Y eso le gustó.

Mamá…

Déjalo. No me voy a poner a llorar. Sólo te explico.

¿Vas a estar sola?

Un tiempo Sí. Y no pasa nada.

Dijo y no pasa nada, y por primera vez lo sintió cierto.

Domingo. Habla con Francisco:

Creo que debemos separarnos.

Él calló mucho.

¿Definitivo?

Ni idea. Pero necesito espacio. Saber quién soy sin piso, sin ti, sin el pack completo.

¿Por aquellas velas? Isa, era una cena sin más.

No, Francisco. No son las velas. Las velas fueron solo la puntilla. Antes hubo cosas y yo veía, callaba y me decía normal, pero no era, no, normal.

No sé dónde fallé.

En nada específico. Simplemente, dejaste de verme. Si me hubieses seguido viendo, te habrías dado cuenta de que tu mujer poco a poco era otra mujer. Si me hubieses visto de verdad

No hubo respuesta.

El piso quizá lo vendemos o te compro tu parte. Cuando toque.

¿Y a dónde vas?

Alquilo. Aquí o en otra zona, ya veré.

Empezar de cero a los cincuenta y dos en su voz, una pena de manual.

Sí. Hay quien empieza con más años.

De camino hacia la cocina, abrió el armario del baño y sacó el frasco de Gardenia bajo llave. Esperó un poco, fue al cubo de la basura, lo depositó allí, en plan coronación. Ni lo tiró: lo colocó, como se pone un adiós a algo que ya no hace falta.

Se puso a calentar agua.

En los días siguientes, modo funcionaria. Llamó a la agencia inmobiliaria, preguntó sobre el piso. Consultó a una abogada. Fue a casa de Inés y se lo resumió: Inés escuchó y asentía con su sí que quería decir no hace falta preguntar.

Estaban en la cocina.

¿Tienes rabia hacia Carmen?

¿A Carmen? Poco. Hacia mí, por no ver lo evidente.

No eres la culpable de confiar.

Exceso de confianza, yo misma lo digo.

No es lo mismo confianza ciega que confiar, Isa.

Quizá.

¿Y Francisco?

A él sí. Pero se pasará.

¿Y ahora?

Me alquilaré algo. Cambiaré de pelo. Olor nuevo. Nada de Gardenia.

Buena idea.

Y veré qué cosas son realmente mías, no por costumbre.

Eso lleva tiempo.

Por suerte, tengo.

Fuera, una lluvia menuda de otoño, ni fría ni cálida. Isabel la miraba pensando que hacía semanas tenía la vida definida al milímetro: piso, Francisco, clases, ruta, recetas, el perfume en la estantería izquierda del baño. Ahora, lo que más sentía era como si, tras quitarse un abrigo viejo, por fin descubría que hace tiempo que le apretaba.

Inés dijo de repente, hace años que no sabía qué toca después, y se aguanta. Aguantar, buena palabra

Una semana más. Encontró piso en el barrio de La Rondilla, luminoso, con ventanales al parque. Un dineral, pero podía permitírselo. Habitación pequeña y cocina mini, pero más vida no cabía. Visitó el piso, recorrió las habitaciones vacías y pensó: se puede vivir aquí.

Me lo quedo le dijo a la casera.

¿Para mucho?

Para empezar, un año.

En casa, es decir, en lo que aún era su casa, Isabel fue empaquetando sus cosas. Sin prisas, ni rabia, ni drama. Clasificaba: lo mío y lo que no. Los libros, la vajilla, ropa. Algunas cosas para donar. Encontró una blusa que hacía tres años no usaba: fuera.

La cazadora gris, a la bolsa de prendas solidarias. Se compró otra, azul marino, de corte distinto. Se miró al espejo y pensó: Marina no haría esto.

No llamó a Carmen ni la vio. Carmen envió un mensaje: Isa, sé que te he hecho daño. Perdóname si puedes. Isabel lo leyó y no contestó. No por rencor, simplemente porque, a estas alturas, no sabía si quería cerrar el capítulo escribiendo más frases.

Francisco seguía en el piso. Su trato era cordial, justo. A veces Isabel notaba que él no sabía realmente cuál era el problema. Normal; es lo normal que nunca fue tan normal.

El viernes antes de mudarse fue a una perfumería. Olfateó probadores. La dependienta, paciente y jovencita, le iba enseñando. Isabel descartaba, simplemente por rutina o porque sí. Encontró una: Cedro Plateado. Amaderado, cálido, nada que ver con flores. Lo eligió.

Acertarás dijo la dependienta.

Ya veremos respondió Isabel.

El traslado fue rápido, le ayudó Inés, luego Francisco, cada uno a lo suyo. En la casa pequeña cada cosa buscaba nuevo lugar asignado solo por Isabel.

Por la noche, sola, Isabel destapó el Cedro Plateado, se puso un poco en la muñeca. Olía a novedad, a aprender de nuevo. Necesitaría tiempo; quizá ni se acostumbraría nunca. Quizá solo aceptaría.

Fuera, el parque medio pelado y noviembre apurando hojas y luminarias encendidas antes de la cena. Puso a hervir el agua y rebuscó entre las cajas una taza intacta.

El móvil vibró: su hija, vibrante al otro lado.

¿Y tú, mamá, cómo lo llevas? ¿Ya te has situado?

En ello estamos.

¿Da miedo?

Isabel miró los arces desde el ventanal.

No, cariño No da miedo.

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