¡Mamá! ¡Por fin! ¡Te estoy llamando por quinta vez ya! ¿Qué te dije? ¡Que llevaras el móvil siempre encima! ¿Para qué te lo regalé? Es el de Misha, el viejo, bueno, pero funciona. Estaba ahí, en el cajón sin hacer nada, Misha se compró uno caro, derrochador, y este lo guardó. ¿Recuerdas cuánto costaba aquel nuevo? Clara hablaba por el teléfono sin importarle nada la gente del autobús que la rodeaba. ¿Y qué? Sí, ella, Clara, se preocupa por su madre, la llama para saber
¿Saber el qué? No importa. Llama y eso es lo principal. En la televisión no paran de decir que los jóvenes se han olvidado de sus padres, que la nueva generación es dura, desagradecida
¡Menuda tontería! Clara es una hija buenísima. De verdad.
¿Por qué no dices nada? Solo gruñes Baja, que llegaremos en unos diez minutos. ¡Venga, mamá!
Doña Teresa Fernández asiente, cierra despacio los ojos. Todo le da vueltas, la habitación gira y debe aferrarse al borde metálico del colchón. El frío del somier le clava el dolor en las manos secas, pero casi lo agradece: la mantiene anclada a la realidad. Un momento más y se incorpora, se humedece los labios, se pone la bata de franela, la crema que le regaló su hija mayor Isabelita por Reyes y se calza las zapatillas para bajar al primer piso. Esas zapatillas, ay nunca le gustaron, parecen de hospital. Pero
En los hospitales, Teresa, lo mejor son las zapatillas. Se lavan fácil, ¡por si acaso! sentenció Clara a su marido cuando preparaba la bolsa para la operación de su suegra. ¿Por qué por si acaso? Mamá ya no es jovencita, ¡puede pasarle cualquier cosa! se enfadaba Clara cada vez que él preguntaba.
Y Misha metió en la bolsa unas zapatillas un número más grande, no había tiempo para buscar otras.
Lo siento, Teresa, en cuanto pueda te traigo unas mejores. Pero no te preocupes, ¡si te van a dar el alta ya! dijo Manuel, fingiendo alegría y animando a su suegra. Le avisó de que ya habían aceptado las cosas. Te he metido unas mandarinas. Cómelas hoy, ¿vale? ¡Hay que coger vitaminas! añadió antes de irse.
Clara consideraba que su madre elegía el peor momento para operarse. Algo le habrán encontrado ¡Pero justo ahora que le mandan en comisión a la costa! ¿Dónde deja entonces a Martina, la niña? Si la dejaba con su marido, éste la taladraba a llamadas: qué darle de comer, cómo vestirla Pero con la abuela, no. Eso era como dejar tu dinero en el Banco de España y olvidarte hasta nuevo aviso. Al menos, gratis; que tiene la pensión, ¡menos mal!
¿No puedes esperar para lo de la operación? ¿No puede ser después? suplicaba Clara por enésima vez.
Pero después no era posible. Teresa sufría ese mal de mujeres, los médicos habían sido categóricos: a urgencias con las pruebas y después, a quirófano.
¿Quieres vivir? Si la respuesta es sí, hay que operarse. Sin historias sentenció aquel doctor.
Teresa Fernández gira despacio, cierra los ojos porque la habitación oscila, le da náuseas y un dolor agudo le parte el vientre. Pero debe levantarse.
¿A dónde vas, Teresa? le dice la vecina de cama. A ver si te vas a caer
No me pasa nada. Mi hija ha venido y me ha pedido que baje. Lo haré con calma. El médico ha dicho que hay que caminar
Que suba ella. Mira los horarios de las visitas, seguro que no la dejan entrar
A Clara no le gusta el olor a hospital. De niña estuvo mucho ingresada Por eso
A nadie le gusta, mujer, pero si hay que venir, se viene.
Ya nos apañaremos, gracias.
Se sienta, se pone la bata sobre el camisón. Le cae un sudor frío, los hombros se estremecen. Da igual. Con calma. Llegar solo al ascensor
Clara espera abajo, en el hall espacioso del hospital, sillas de hierro pegadas a la pared, macetas en el centro. Pacientes en albornoces y chándales, familiares cargados de bolsas. Cada poco, el ascensor escupe otro alta con papeles y bolsas: el informe, recomendaciones, recetas
Clara entrecierra los ojos buscando a su madre entre el grupo que baja, tira de la niña.
¡Deja de moverte y ponte la bufanda en la cara! Aquí hay virus por todas partes le ordena.
Martina obedece y se cubre casi hasta los ojos. Pero cuesta respirar; huele a comida recalentada y el aire está viciado.
¿Cuánto tarda? ¡Solo eran tres pisos! ¡Ah, ahí viene! Corre, Martina, tráela para aquí dirige Clara, empujando a su hija hacia la bata con florecitas.
Martina abre los brazos y corre hacia la abuela, casi la tira de un abrazo.
¡Cuidado, cielo! ¡Me vas a tirar! ríe Teresa, llevándose la mano al vientre, retirándola rápido al ver la preocupación en los ojos de la niña. ¿Y tú qué haces aquí, Martina?
¿Y dónde la iba a dejar, mamá? salta Clara. ¡Eres la monda! Vamos, siéntate. Quiten las bolsas, mi madre viene de cirugía, ¡dejen sitio! ordena al señor en pijama rayado. Él amontona sus bolsas en el suelo y se aparta, resignado.
Siéntate, venga. ¿Ves? No muerde nadie. Anda, aquí tienes la comida. Manuel te ha hecho pollo, macarrones ¡Y yo le dije que macarrones no, que luego acabas con un atasco de cuidado!
A Teresa le parece que todos callan y giran para ver a la del estreñimiento. Se sonroja. Pero Clara sigue.
Zumo. Era de oferta, de cereza. Sé que no te gusta pero ¡ya sabes! Madre, cógelo.
Teresa agarra la bolsa y la arrima lo justo, ve imposible llevarla hasta la habitación.
Gracias, hija. Martina, quítate algo de ropa, vas a sudar y luego afuera te congelas dice, tirando de la bufanda hasta que Clara la detiene.
¡¿Quieres que coja una neumonía?! En un hospital como este, la infección está en cada esquina. No dejaré que se ponga mala responde enfadada, con una mirada fría.
Bah, no exageres. No es esa planta Y no sé para qué has traído a la niña. ¡Esto no es para críos! suspira Teresa con pena.
¿Dices? ¿La dejo sola en casa y me paso la vida sufriendo porque pueda pasarle algo? Si no hubieras organizado esto de la operación ahora, todo iría mejor. ¿Qué dicen los médicos?
Que hay que moverse contesta Teresa. A mí me duele, me vendría bien otra faja, dicen que aquí venden buenas. La que tengo no vale.
Bah, siempre igual. Esos te venden lo más caro que pueden. Manuel ya se dejó un dineral y ¿ahora otra vez? Nada, átate la bufanda y listo. Hablando de dinero, justo quería hablarte al instante la voz de Clara se suaviza, acaricia el hombro de su madre, que tiembla.
¿Qué pasa, hija? Teresa mira a Martina, tan guapa, tan lista Qué niña más buena, tan discreta, con las piernitas recogidas y sin alborotar. Pero esos ojos asustados, mirando a los pacientes, a las sillas de ruedas, a los goteros Un hospital no es lugar para niños, eso Teresa lo sabe bien. No deberías haber traído a Martina
Clara la trajo a propósito. Es más fácil lograr compasión.
Mira, mamá, ha llegado el recibo del piso. Y esto, la comida, la faja, ¡todo dinero y nosotros no somos ricos! Además, Isabel está en el extranjero, Víctor igual, todo para mí porque vivo cerca, ¿tengo que hacer de burra de carga? ¡No! Así que dime aquí mismo el PIN de tu tarjeta.
¿El PIN? Teresa no lo entiende, se nota aturdida.
¡De la tarjeta, mamá! ¿Quieres que me invente el dinero? Apunta aquí, papel y boli. ¡Martina, siéntate! Clara se pone nerviosa. Teresa no parece muy dispuesta a dejarle la pensión. ¡Pero sería justo!
Eso No sé si se puede murmura Teresa.
¡Que soy tu hija! ¡Tu hija pequeña! Bastante he sufrido y tú no me tienes confianza.
Clara tuerce el gesto, parece a punto de llorar y se gira de modo teatral, para que la gente vea el drama: ¡mi madre me toma por ladrona!
Claro que te fío, pero por la tele dicen que pueden pararte, que da problemas. Mejor voy yo al banco cuando salga, saco el dinero y te lo doy. Para todo
¿Para todo de verdad? piensa Teresa con tristeza. Se siente muy culpable. Demasiado. Jamás la vida le bastará para compensarlo.
¡Ya estamos! Como siempre dices Que si a la niña le compras esto, le das lo otro Vamos, ¿el número?
Clara se prepara para apuntar. Si sale bien, este mes cae el abrigo de visón casi nuevo de la tienda de Antonia y el bolso de la escaparate en la Gran Vía. ¿Para qué quiere dinero la madre? Para el entierro, y eso hay ayudas públicas, ¡que ahorre en vida! Clara sabe que si pone una queja por los gastos de sepelio, encima igual ni paga un duro. Así que
No conviene dar los datos a terceros interviene el hombre en pijama rayado, encogiéndose al recibir la mirada furiosa de Clara, pero vuelve a erguirse. Ten cuidado, señora.
¡Mire, a usted no le incumbe, deje de fisgonear! ¡Así roban a los pensionistas luego! Clara monta una escena. Mamá, vámonos a otro lado o dilo ya, tengo calor y quiero irme. ¡Encima le traigo comida, a la nieta, y tú con maniobras! ¡Atrágantate con esos euros, ya que tanto te cuestan! Me amargaste la infancia y ahora me lo haces otra vez. Martina, vámonos. A la abuela no le importamos.
Clara se pone de pie, coge el abrigo, hace teatro. Observa reojo: la gente mira. Bien, a su madre no le gustan las miradas.
¡Clara, espera! ¡Toma, lo apunto! No te enfades grita Teresa tras ellas.
Que se largue la bienhechora dice el del pijama, dirigiéndose a la puerta. Qué vergüenza. ¡Vamos, le ayudo con la bolsa! Está bien, Román, está bien.
Román, que parece su hijo, bufa resignado.
Llegan al ascensor en silencio. Teresa mira atrás, busca a Clara con la mirada. Pero ya se ha ido.
¿A qué planta va? Por cierto, soy Julián Zacarías, de digestivo. ¿Y usted?
Al tercero, por favor dice distraída Teresa.
Cirugía, ya. Por allí hay una palmera muy bonita.
Teresa no responde.
Salen en el tercer piso, se sientan en un banco. Julián no aguanta más, deja la bolsa, extiende las manos indignado.
¿Cómo deja que la traten así? ¡Usted la ha criado y ahora se porta así! ¡Y usa de excusa a su hija! Es indignante. Los hijos deberían
Los hijos no nos deben nada responde Teresa, fría.
¿Cómo que no? ¡Le ha dedicado la vida! Julián va a decir algo más pero Teresa gime, sea de dolor o tristeza.
Me quedaré aquí sentada. Vuelva usted con los de digestivo dice Teresa.
No, me quedo con usted. Ya soy mayorcito para ir y venir sin que me manden. Julián se sienta, muestra las pantuflas decoradas con margaritas, da unos golpecitos pensativo.
Huele bien, no a medicinas ni a ropa sucia, huele a limpio y un poco a colonia. A Teresa le cae simpático. Le dan ganas de apoyar la cabeza sobre su hombro y dormir. Lleva noches sin dormir; el dolor la desvela. Por primera vez se relaja un poco.
Como si Julián lo notara, se acerca un poco más, casi instintivamente para consolar.
Teresa se endereza y, de repente, dice:
No juzgue a Clara, por favor. Nada sabe usted. Yo tengo la culpa de todo. Le arruiné la infancia, es cierto No me lo perdonaré jamás.
¿Y eso? Julián tose, sorprendido.
Era la pequeña, están también Isabel y Víctor. Cuando nació Clara, yo estaba loca de contenta. Tenía tres añitos y me mandaron de viaje por trabajo. Dudé pero mi marido, Santiago, sabía lo importante que era. Decidí marcharme ¿en qué estaría pensando?
No exageres. Mi mujer viajó mucho y yo críe solo a Román y aquí estamos.
No es lo mismo, yo era la madre. La dejé sola por mis cosas, y cayó enferma, muy enferma. Santiago me llamó: neumonía, la llevaron urgente al hospital. Y allí sola, rodeada de extraños, muchos días Yo sólo podía volar de vuelta, lo antes posible.
¿Y ya? Julián hace un gesto.
Desde entonces, Clara decía te olvidas de mí, si tanto me quieres, ¿por qué te fuiste?. Desde los doce años, me lo repetía. Yo intentaba compensar, le daba dinero a escondidas, la vestía con lo mejor, le compré el vestido más caro del baile de fin de curso. Pero nunca bastaba.
Así malcriaste a tu hija, permítame decírselo resumió Julián. ¿Por qué?
Al imaginarla sola en la salita de hospital, me muero. Lo siento, sí.
Las amigas le decían que fuera al psicólogo, el marido también. Teresa regaló los ahorros para unos zapatos a Clara para ir al cine con sus amigas. Le pasaba todo.
Clara creció, un día se quedó embarazada de un compañero, Manuel. Teresa les convenció para que se casaran; Clara la amenazaba con quitarse la vida si no. Luego dejó los estudios y seguía llamando a la madre con sus males de salud, y Teresa, con un enorme sentimiento de culpa, lo hacía todo por ella. Los médicos insinuaban que quizás era herencia genética esa debilidad, y Teresa lo asumía como propio. Así fue.
Clara tardó mucho en buscar trabajo, seguía sacando dinero a todos, dejaba a Martina constantemente en casa de la abuela. Decía que era joven, que quería salir, que había sacrificado mucho por su culpa, por casarse. Manuel estaba siempre fuera por trabajo, Teresa asumía el papel de madre para Martina. Cuando murió Santiago, Manuel se ocupó de todo el funeral, porque Clara solo lloraba y gritaba, Teresa se quedó bloqueada. Manuel ayudó a todos.
Y así, poco a poco, Teresa le contó toda su vida a Julián. ¿Por qué, a ese hombre con pantuflas de margaritas? Porque estaba cansada. Porque extraña a Santiago. Porque quizás Julián le recuerda a él: serio, fuerte, seguro.
Yo la quiero muchísimo y quiero compensarla. Hasta daría todo mi dinero si así se siente mejor.
Julián suspira, exactamente como lo hacía Santiago.
Has criado a un monstruo. No ve límites, extrae todo de ti y no es verdad, los hijos sí deben. Deben respeto, cuidado, cariño. Es difícil querer así, cuando toca arrimar el hombro. Eso es amor de verdad. Yo y Román nunca fuimos demasiado cariñosos, hasta que mi mujer enfermó. Entonces él me ayudó, peleó por mí. Ahora, aunque solo nos demos los buenos días, sé que me quiere. Y yo a él.
¿Y qué hago yo? pregunta Teresa casi en susurro.
Vivir. Para ti. Y deja de culparte. Es muy injusto. Si te fuiste a trabajar fue por darle una vida digna, no para hacerle daño. ¿Quién le metió en la cabeza que todo es culpa tuya?
Una vecina la cuidó algunos días.
Lo sabía ríe Julián. Busca la mujer y tendrás la culpa.
Esa noche, Teresa duerme mejor que en mucho tiempo. A la mañana siguiente, la joven enfermera Laura le deja un ramo de flores.
¿Para mí? ¿De quién?
Es de parte de los del estómago, ríe Laura. Un tal Julián, insistió mucho.
Teresa pronto tiene zapatillas nuevas, con margaritas, y tras el alta va a casa en el coche de Román. Julián la acompaña, habla de tonterías, no se atreve a invitarla ni a un café.
¿Tienes prisa, papá? bromea Román tras oír divagar a su padre sobre qué decirle a Teresa.
A nuestra edad, hijo, hay que ir deprisa responde Julián.
Clara sigue llamando, discute, pero Teresa ahora está muy ocupada y no siempre coge el móvil. Julián la convence de que haga su vida.
¡Mamá! ¿Así que ahora te buscas novio y pasas de mí? ¡Como siempre! grita Clara, apretando los puños y mirando con rabia serpentina.
Teresa baja la mirada, pero respira hondo:
Te quiero mucho, Clara. Siempre he querido lo mejor para ti. Y me fui, sí, porque necesitábamos el dinero, porque a tu padre lo echaron. No soy culpable. ¡No soy culpable! dice con firmeza. Y basta.
Julián aparece a su espalda, serio, firme.
Clara ahogada por el enfado, estira de Martina y sale del hospital. Pero con Julián no puede. Ya buscará a Manuel, él también tiene culpa.
Manuel se lleva a Martina a Burgos para pasar unas semanas con su madre, trabaja desde allí igual que desde casa. Martina se queda contenta con su otra abuela.
¿Y mamá? pregunta Martina al preparar la mochila.
Mamá necesita descanso, cariño responde Manuel, mirando serio a su esposa resignada.
Clara se da la vuelta, a la espera de que Víctor o Isabel la llamen, pues seguro, seguro, ellos también serán culpables ¡Eso es! ¡A llamarles!






