EL ÚLTIMO RAYO DE SOL

EL ÚLTIMO RAYO

Todos en el hospital reparaban en la jefa de la sección de medicina interna: los hombres le seguían con interés, las mujeres con una envidia apenas disimulada. Alta, de ojos oscuros y figura esbelta, la bata blanca parecía haber sido confeccionada especialmente para ella. Recogía el cabello negro en un moño tirante, y el gorrito almidonado reposaba sobre su cabeza dándole aún más autoridad. Tal vez eran los tacones o su andar felino y silencioso, pero el sonido de sus pasos nunca molestaba. Aparantaba unos cuarenta y cinco, aunque nadie en el hospital supo nunca cuántos años tenía en realidad. Severina y sin concesiones, doña Pilar Jiménez de Haro imponía respeto entre empleados y pacientes.

Los hombres, tanto colegas como pacientes, intentaron cortejarla: la invitaban a salir, le traían bombones, flores. Pero bastaba con que doña Pilar les dirigiese una mirada grave, para que se quedaran de piedra y mudos como estatuas. Se contaban todo tipo de historias sobre ella. Que sufrió un desengaño amoroso, que el marido murió en Marruecos, en la mar, o vete tú a saber dónde. Que perdió un hijo… Nadie sabía la verdad, ni dónde empezaban los rumores ni dónde terminaba la realidad.

Lo único seguro es que vivía sola. No permitía que nadie se acercara de verdad, tampoco hacía amistades. Aunque nunca fue arisca ni antipática.

En su juventud, Pilar se había enamorado perdidamente de su compañero de facultad, el apuesto Álvaro Jiménez. No podía vivir sin él. Pero ese amor tan total y entregado abrumó a Álvaro, que ya era codiciado por muchas. Prefirió a otra y la dejó con un corazón roto.

Desde entonces, Pilar no dejó entrar a nadie más en su vida. Tal vez aún amaba a Álvaro en silencio. O quizá temía una nueva traición.

Se detuvo junto al mostrador de enfermería.

Carmen, pásame la historia de Gutiérrez, de la habitación cinco. Así prepararé el alta para mañana pidió, tomando la carpeta y llevándosela al pecho mientras regresaba a su despacho.

Se ha recuperado bien. Ahora ya sólo depende de él y de sus ganas de volver a la vida, de las fuerzas que le queden. Ya veremos si regresa algún día por aquí, murmuraba para sí mientras finalizaba la hoja de alta en el ordenador, repasando los análisis, los tratamientos…

Quedaba media hora para el final de la jornada.

Pilar salió del despacho, cerró con llave y vaciló al fondo del pasillo. Una mujer murmuraba algo al teléfono, de espaldas, junto a la ventana. Pilar alcanzó a oír unas palabras extrañas.

No. No ha muerto. Más vivo que nunca. No te enojes. Le he dicho Da igual ¿Tú crees que no lo sospechaba? Nada, por la noche lo hablamos.

La mujer guardó el móvil y se fue hacia la escalera sin mirar atrás.

Pilar entró en la habitación cinco. En otro momento, al ver las camas vacías, habría hecho alguna advertencia sobre el tabaco, pero reparó en la silueta tensa de un hombre, de espaldas a la ventana, y prefirió callar.

Don Tomás Gutiérrez, mañana empezó a decir, pero cuando él giró la cabeza, con los ojos cargados de dolor, le tembló la voz y no pudo continuar.

¿Sucede algo? Pilar se sentó en el borde de la cama, para no imponerse sobre él. ¿Le duele algo?

¿Puede no darme el alta aún? Verá no tengo a dónde ir susurró él, casi inaudible.

Le han quitado el sitio. Su mujer ha traído a otro replicó con sorna un señor canoso desde la cama del fondo. Tal cual: Fin de la comedia. Me entrego al otro y le seré fiel toda la vida. Y usted, fuera.

¿Es cierto? preguntó Pilar en voz muy baja.

Así que de esto hablaba la mujer del teléfono Su esposa esperaba que muriera. No ha ocurrido y le han quitado el sitio mientras estaba en el hospital, dedujo Pilar.

Don Tomás, hombre corpulento de más de cincuenta años, con el cabello plateado y los ojos tristes, permanecía de espaldas a la ventana, apretando los puños.

Ella también miró por la ventana. Era finales de abril. Los brotes de los árboles del parque hospitalario a punto de romperse, y el cielo, gris y frío, parecía a punto de volver a escupir nieve. Hoy el sol no se dejó ver.

¿No tiene realmente dónde ir? ¿Y amigos? ¿Hijos? le preguntó, compasiva.

Cada uno con su familia Un par de días, sí, pero luego Me da vergüenza, a mi edad, ir mendigando techo. Ya sabía yo que ella tenía otro. Pensé que se le pasaría…

Don Tomás, unos días más no van a salvarle. Y hay pacientes que también esperan cama Pilar dudó. Mire, tengo una casa en un pueblo, a ochenta kilómetros de Madrid. El camino está bien. La casa es sólida, aunque necesita unas cuantas reparaciones. Hace años que no vive nadie allí. Mañana por la mañana le traigo la llave y le explico el camino se levantó y salió resuelta, sin darle tiempo a replicar.

Caramba murmuró el vecino desde la esquina. Tan seria, y tan humana. Ni se te ocurra rechazarlo, Tomás. Tu infiel no merece ni uno de los clavos de esa casa.

Por fin la primavera venció al viento y el frío y llegaron los días soleados. Aquella mañana de domingo Pilar salió en su SEAT, con rumbo a la aldea, a visitar a Tomás.

Le sorprendió el cambio en la casa: los marcos de madera relucían de azul, el tejado remendado, una escalera nueva en el portal. Aparcó y apagó el motor. Salió Tomás al porche, en camiseta, vaqueros y descalzo. Nada quedaba ya de aquel hombre pálido y vencido: los hombros rectos, el rostro bronceado, las manos fuertes y vivas. Se veía a Tomás rejuvenecido, disfrutando de la vida.

Buenos días, vengo a ver cómo le va. ¿No le dan mucha guerra? saludó Pilar, apoyándose en la puerta del coche.

Aquí no me molesta nadie. Tres ancianas y poco más, que hasta agradecen que haya alguien más. Los veraneantes ni cuentan respondió él, aún asombrado de verla.

El aire del pueblo le ha sentado bien. ¿Y el trabajo? ella no se movía del coche, y él tampoco la invitó a entrar.

¿Trabajo? Bah, tonterías. Salí del ejército, y descubrí que no sabía hacer otra cosa que mandar soldados. Trabajé de vigilante. Nada que echar de menos. Y la pensión está bien.

Bueno, ¿me enseña cómo ha dejado la casa? Por fin Pilar cerró el coche de un portazo y subió el escalón.

¡Menudo soy yo! Tomás se dio un golpe en la frente. Me he quedado pasmado, discúlpeme entró el primero, abriendo las puertas de par en par.

Pilar se detuvo en la entrada. Las alfombras hechas a mano cubrían el suelo, la luz temblaba sobre ellas en dibujos soleados filtrados por las cortinas. Dos macetas de geranios en la ventana. Un viejo reloj de pared marcaba el tiempo con un tac-tac familiar.

Esos me los regaló Inés, la del final del pueblo… Con ellos parece más hogar explicó Tomás, tras notar sus ojos en los geranios.

¿Y ese olor tan rico? preguntó Pilar.

He preparado cocido en la lumbre y unas patatas. ¿Quiere probar? dijo Tomás, inquieto por primera vez al ver sonreír a Pilar. No me costó poco aprender. Nunca viví en un pueblo. Mis vecinas me ayudaron. A veces se me quemaba, otras quedaba crudo… se excusó él, ya entre cazuelas.

Pilar sintió ganas de estirarse, de dejarse envolver por la calidez de la casa y por los recuerdos infantiles de su abuela. No había ido allí desde la muerte de su madre. No podía. Ni quería vender la casa llena de recuerdos. La había heredado de sus abuelos, y después la madre, que sólo volvía en verano. Ya tampoco quedaba ella.

Evoó aquellos veranos, cargando el coche hasta arriba de botes de pepinillos, mermeladas, setas Y luego pasaban el invierno en la ciudad recordando el calor de julio. Mamá Cuánto tiempo había pasado.

Dígame, ¿cuánto más podré quedarme aquí? la voz de Tomás la sacó de sus recuerdos. Hable claro.

Viva aquí cuanto quiera. Hace casi diez años que no venía. No podía. Volveré a verle, si no le importa. Con usted la casa parece tan acogedora como con mi madre. Yo no sé, ni quiero, cuidar de esto ya bajó la mirada, y Tomás, delicado, no dijo más.

Por cierto, traje víveres y hasta se me olvidó Pilar salió al coche.

Tomás suspiró. Era la primera vez que la veía sin bata ni gorrito. El vestido ligero la rejuvenecía. Se le habían soltado unos mechones. Le parecía más cercana, sencilla. Se miró las manos ásperas de trabajar en el campo y, por un instante, recordó que ya no era joven.

Pilar se marchó entrada la tarde, dejando tras de sí un leve aroma a perfume. Lo que Tomás tocaba, olía a ella. Eso alteraba su ánimo, le inquietaba. Hacía tiempo que nadie le marcaba así. Hasta llegó a agradecer a su exmujer. Pasó la noche en vela, entre recuerdos y fantasías.

Pilar regresó a los dos meses: traía víveres y una caña nueva para pescar. Tomás había reparado también la cerca, y presumía de que hasta venían vecinas del pueblo de al lado para pedirle arreglos, le pagaban en leche, nata, huevos…

La casa parecía otra, orgullosa de volver a tener quien la habitase, como si mostrara orgullosa sus galardones en las contraventanas.

En invierno te traeré pepinillos para adornar la mesa presumía Tomás, y Pilar observaba que estaba más erguido, había perdido el vientre. Se sentía extraña bajo la mirada de él.

El sol rozaba ya la línea del bosque, tiñendo todo de último naranja.

Un momento, ahora vuelvo Tomás salió al patio.

Pilar paseó por la vivienda. Había cosas nuevas, otros olores. Se preguntó por qué tardaba en volver. Salió al porche, miró la calle, fue hasta el huerto y allí lo encontró, sentado con la cabeza apoyada en la valla.

¡Tomás! corrió hacia él y se arrodilló.

Le midió el pulso, corrió al coche por el botiquín, recordó el agua, fue a buscarla también. Su falda volaba en torno a sus piernas mientras iba y venía. Necesitaría ponerle una inyección, pensó, dándole a tomar una pastilla y agua.

Al cabo de quince minutos Tomás se levantó, y Pilar le ayudó a entrar y tenderse en el catre.

Hoy me he pasado con el sol intentó bromear él. Quería coger unos pepinos para dárselos Por favor, quédate pidió en voz baja, tuteándola ya.

Pilar dudó unos segundos, sin saber qué responder. Tomás apoyó la cabeza sobre su vientre, exhausto.

La felicidad es así. La buscas, la llamas, te acostumbras a vivir sin ella, sin miedo ni traiciones. Y de pronto, un cruce de caminos pone en tu vida a alguien y ya no caminas sola.

¿Y el amor? Hay amores apasionados, de juventud. Con los años, ese amor se vuelve dulce y tranquilo, como el último rayo de sol que besa el campo antes del anochecer.

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EL ÚLTIMO RAYO DE SOL
Primera impresión —Mamá, ella es Leonor —presentó Rodrigo, ligeramente sonrojado, trayendo a la chica a casa a horas intempestivas. —Buenas noches —respondió Fernanda, mirando a la inesperada visita con cierto desagrado—. ¡Vaya hora para presentaciones! Falta media hora para las doce… —Le dije a Rodrigo que ya era tarde —replicó la chica al instante—. Pero ¿me hace caso? ¡Es más terco que una mula! “Buena jugada,” pensó Fernanda. “Se ha justificado y encima le ha echado la culpa a él. Qué desagradable, esta muchacha.” —En fin, pasad —invitó la madre, sin añadir más, y desapareció por el pasillo hacia su cuarto. ¿Qué más podía hacer? No iba a echar de casa a su único hijo a medianoche, ¡y menos por culpa de una desconocida! Si querían vivir juntos, que vivieran. Una madre está para proteger a su hijo y hacerle ver la realidad. Y ella, Fernanda, iba a hacerlo rápido. Rodrigo acabaría dando la patada a esa tal Leonor, ¡sin remordimientos! Hasta se sentiría aliviado al librarse de ella. Pasó toda la noche en vela, maquinando un plan para echar a la intrusa. No estaba en contra de que Rodrigo se casara. El muchacho ya tenía treinta años, estaba más que listo para una vida en pareja. ¡Pero no con ella! Primero, era claramente más joven. Señal de cabeza de chorlito, inestabilidad. ¿Qué clase de esposa, madre o ama de casa sería? Segundo, el carácter ya lo decía todo: se planta en una casa ajena de noche, ¡ni siquiera pide disculpas! Peor aún, echa la culpa de todo a su hijo… Y para colmo, ¡se queda a dormir! ¿Sería la primera vez o sería costumbre? Tercero. Simplemente no le gustó. Así que, pronto, Rodrigo dejaría de gustarle también. ¿Para qué perder el tiempo? Al final, el plan no hizo falta. La propia Leonor le dio motivos suficientes a Fernanda para poner orden en la casa. El primer aviso llegó por la mañana. Leonor entró al baño y no salió hasta casi una hora después. Rodrigo iba de un lado a otro, nervioso, al borde del enfado. —Hijo, ¿pasa algo? —preguntó Fernanda dulcemente, demasiado dulcemente—. La chica se está arreglando, querrá gustarte… —¡Pero tengo que irme a trabajar! —Llama a la puerta y explícale que no está sola en el piso —sugirió la madre. —No puedo —bufó él—. Luego hablamos. ¿Tú, mamá? ¿No llegas tarde al trabajo? —¿Yo? No. Ya estoy lista. He hecho quesadas. Ven a desayunar. —¡Si ni me he lavado todavía! —No pasa nada, te duchas después. Aprovecha y desayuna bien, que te espera un largo día. Rodrigo se sentó a la mesa. Fue entonces cuando Leonor salió del baño, con la toalla en el pelo. Estaba estupenda. —¡Por fin! —exclamó Rodrigo, lanzándose sobre el espejo empañado. Se lavó a toda prisa, se afeitó corriendo, devoró la quesada más pequeña y, ya saliendo, gritó: —¡Hasta la noche! Espero que os llevéis bien. —¡Rodrigo! —llamó Leonor—. Hoy íbamos a por mis cosas, ¿te acuerdas? —Iremos. Esta noche. ¡No te enfades! —la voz ya venía del portal. Fernanda se levantó, fue a la entrada, cerró la puerta tras su hijo, se volvió hacia Leonor y preguntó, sin rodeos: —¿No tienes vergüenza? —No —sonrió la chica—. ¿Tendría que tener? —¡Rodrigo va a llegar tarde por tu culpa! —No llegará. Seguro coge un taxi. Tranquila, todo irá bien. —De todos modos, recuérdalo: aquí no estás sola. Si quieres pasar una hora en el baño, te levantas antes. Menos mal que hoy yo no tenía trabajo. —No lo volveré a hacer —respondió Leonor, muy sencilla—. Disculpe. Fernanda quedó un poco descolocada. Esperaba una bronca. Pero esto… —Está bien —refunfuñó, yendo hacia el baño. Lo primero que vio fue el tubo de pasta de dientes. Nuevo, abierto, aunque el otro aún tenía para rato. —Leonor, ¿por qué abriste otra pasta? —Me gusta más esa… —Espero que traigas la tuya, y tu champú también. —Por supuesto, doña Fernanda… —¡Y toallas! —Las traeré… Por más que intentó montar una discusión, Leonor no le dio pie. Todo lo aceptaba, asentía con docilidad, “anotando” las obligaciones futuras. Cansada de buscar excusas, Fernanda fue al grano. —¿A qué has venido aquí? —Rodrigo y yo nos queremos… —¡Claro que quieres a un chico así! Pero hay algo que no entiendo: ¿qué ve él en ti? —Nunca se lo he preguntado… —¿Quiénes son tus padres? —Mi madre es costurera en una fábrica. —¿Y tu padre? —Nunca lo conocí. —Ya veo. Criada sin padre. ¿Y cómo piensas ser una buena esposa para mi hijo? —Lo intentaré… —Inténtalo, no intentes… Contigo no hay nada que hacer, niña. Mi hijo no te ama. ¡Cree que te ama! Le conozco mejor que nadie. Jamás se casará contigo. ¿Para qué? Si ya lo has dado todo. —Él me quiere —la voz de Leonor tembló—. Lo sé. Descubre más —Te equivocas. ¿Te crees que eres la primera? —No lo pienso… Pero tampoco importa… —¿No importa? ¡En una semana se cansará de ti! ¡Ni sois de la misma categoría! ¡Intelecto! ¿Has oído esa palabra alguna vez? —La conozco. Pero aquí no viene al caso. —¿Y por qué? —Tengo estudios superiores. —¿Y qué? Mira, chica, lo mejor sería que volvieras a tu casa. Aquí no pintas nada. Llevo toda la mañana intentando explicártelo y no lo entiendes. —Está bien, me iré. ¿Pero qué le dirá a Rodrigo? No le va a gustar. —¡Eso no es asunto tuyo! Vete y no vuelvas. Aquí no eres bienvenida. Fernanda habló y se sorprendió de sí misma: ¿qué demonios le pasaba? Jamás le había dicho a nadie ni la décima parte de lo que le soltó a Leonor. Las palabras venenosas le salían a borbotones. ¿Y Leonor? La chica miró a Fernanda y lo comprendió todo. ¡La madre tenía celos de su hijo! Y llevaban menos de un día conociéndose y, aun así… Y, sin embargo, cuando el sol se puso sobre Madrid, Fernanda notó, por primera vez, el peso del silencio en un piso donde nunca resonaría la risa de un nieto.