A alguien le haces falta
Lunes.
Ay, cariño mío, ¡qué albóndigas ni qué albóndigas! ¡No hay tiempo! Me he escapado del despacho sólo por una hora, ¿lo entiendes? ¡Otro día! Otro Javier Roldán devora con la mirada, hambriento, a Lucía, mientras ella guarda obediente todo lo que iba a calentar, lo que ayer cocinó expresamente para Javier.
Lucía siempre espera a Javier los lunes. Sea por la mañana, por la tarde, por la noche, o de madrugada, siempre está esperando ese estruendo de llaves, esa puerta que se abre de repente, un beso rápido en los labios, y luego, todo se vuelve una neblina densa, sofocante pero dulce.
Da gracias de que su hijo, Álvaro, esos días no está en casa, desde la mañana hasta la noche, perdido en la Facultad. No molesta.
Álvaro intuye que su madre tiene a alguien pero nunca pregunta. ¿Para qué? Mejor no saber. Aunque lo ha visto una vez, a ese tipo cuadrado, tan serio, subiendo a su coche caro. Un personaje desagradable, pensó el chico, pero si a mamá le gusta, pues que sea. Después de esos encuentros, ella brilla.
Javier nunca trae flores. No quiere llamar la atención del conductor. No cuelan cuentos de tías ni de madres: las de Javier viven todas en Valencia.
Lucía ya está acostumbrada. ¿Para qué quiere flores? De sobra. Lo importante es que Javier sea aunque sea un poco suyo. Sólo suyo, no de la esposa, los hijos ni el banco.
Lucía no tiene derecho a celos, pues sabe que es ella la que irrumpe, la que rompe algo que no le pertenece. Por eso, los celos están prohibidos. Con lo que tiene, se consuela.
Adiós, mi vida susurra ella al oído de Javier.
Él la besa, se detiene un segundo; después abre la puerta de golpe y se va. Prolongar la despedida sólo sería para llorar más, aún queda mucho en la oficina, y su hija pequeña, Claudia, tiene exhibición de gimnasia y le pidió que vaya.
¡Javier! ¡La cartera! recuerda de repente Lucía, que siempre la esconde en una esquina para que Javier la olvide y así pueda regresar un minuto más.
¡Ah, sí, menudo despiste el mío! Gracias, cariño. Bueno, me marcho, adiós, adiós
Lucía sigue con la mirada al coche, le saluda desde la ventana, pero él no mira atrás, va con prisa.
Lucía se pone las gafas, se sienta ante el portátil. Trabaja como correctora para una pequeña editorial, desde casa. Se le van los pensamientos soñando con que algún día Javier se quedará para siempre, comiendo cada día sus albóndigas
Martes.
Ese día Javier sale antes del despacho, vuela en su lata de sardinas un Mercedes alemán a la oficina central, entrega papeles (que podría haber enviado por mensajero, pero lo prefiere así). Da la tarde libre al chófer, le deja algún que otro billete, acto de gran señor, y salta a un taxi para ir a Chamberí. Allí, en un edificio glorioso, con molduras y columnas y verjas de hierro forjado, vive Carmen, Carmen Trujillo. Fue bailarina, da clases particulares de ballet y sigue igual de elegante y delgada que cuando se retiró. No trabaja los martes. Espera.
Tampoco le compra flores demasiado visible aunque a Carmen le encantarían: tras tantos años sobre el escenario, el olor de rosas y lirios es lo suyo.
Lo entiendes, Carmina, amor Javier le acaricia la cabeza, el día que suba con flores, esos porteros cotillas lo sabrán al instante. Sin ramo, soy uno más; con ramo, empiezan las habladurías.
Yo no temo los cotilleos, Javier. No tengo miedo de nada. Pero te echo de menos. Estoy dando una clase y pienso en ti, en tus manos, en tus hombros, en tus labios Carmen sabe hablar con pasión, tan ardiente que a Javier se le retuerce el corazón. Y tú siempre lejos ¡Vete de casa de Begoña, anda! ¿Quieres que la llame yo y se lo cuente todo ahora mismo?
Carmen agarra el móvil, pero Javier, besando su mano fina y fría, se lo quita con dulzura.
Espera, Carmen, paciencia, mi bella. Que los críos crezcan un poco y, te lo juro, me marcharé, te lo prometo. Pero mientras, mucho champagne y felicidad por lo que tenemos ahora. Anda, baila para mí
Toda la vida bailó para alguien: para la abuela sentada en la quinta fila, para sus padres, para el público, el jurado anónimo, los directores. Ahora, para Javier.
A Carmen le gusta que le aplaudan y Javier aplaude, algo tímido pero con amor, que compensa. Tras el amor, café fuerte en la cocina, miran el horizonte de la ciudad, ríen, y ambos saben que, terminada la segunda taza de café, Javier se vestirá y se irá. Ella lo acompaña hasta el ascensor, despeinada, en bata. Los vecinos, lo de siempre, pero Carmen ya está acostumbrada. Hablar de la bailarina es parte de su fama.
Miércoles.
Aquí tampoco hay misterio ni ornamento. Javier llega al chalé de Maite, ella ya le espera en bata y con las sábanas limpias. Le abre, lo arrastra adentro, lo aferra por el cuello de la camisa, y se lanza sobre él como fiera hambrienta.
Se conocieron en una fiesta, Maite ya borracha y tan seductora, Javier apenas iba por cinco minutos. Pero se ahogó en los ojos de Maite.
Y sigue ahogándose. Y a Maite, salvarlo, ni se le ocurre.
Maite no pide flores ni cenas, ni nada. Ni se levanta para despedirse.
¡Hasta luego, ratoncito! le besa Javier la mano rechoncha que asoma bajo la manta.
Maite ni se inmuta, sólo gruñe y vuelve a dormir. Con ella, Javier lo tiene fácil: no pide, no llora, no exige. Va, y listo.
Pero Maite no es tan sencilla. Javier sabe que si Maite quiere algo, lo consigue con uñas y dientes.
A veces teme que decida forzarlo a divorciarse de Begoña. A ver, claro, los críos, los papeles, los abuelos, los juzgados, los chismes en el trabajo
A Maite se lo ha dejado claro: ni lo quiere llevarse.
No eres ni caballo ni cabrito le pellizca la oreja, riendo. Aquí vienes cuando quieras, pero no abuses.
No, Javier no es cabrito. O sólo un poco… Y a veces le preocupa que Begoña le ponga los cuernos algún día. ¡Eso sí que sería el colmo!
Jueves.
Día de pescado. Javier empieza, claro, en la oficina, manda, ordena, pero después se va a casa de Teresa. Ella es una artista con el pescado: hasta los diecisiete vivió frente al mar, cocina todo lo que nada. Hasta parece que le huele la piel a yodo y alga marina, o eso le parece a Javier, y le regresa a los veranos de Valencia.
A Javier le encanta el pescado blanco a la plancha. Teresa lo compra en el sitio de confianza, prepara la mesa, pone vino, copas, servilletas limpias, enciende velas. Adora lo bohemio.
Javier cena pescado. Sólo lo come en casa de Teresa, pues Begoña le tenía alergia y ni se podía acercar un boquerón. Pero los jueves Begoña duerme en casa de su madre, así que Javier aprovecha. Ayuda a recoger, se asea. Teresa, muy puntillosa con el orden. Javier va siempre con camisa limpia y colonia.
A veces ella propone vivir juntos, formar familia.
Me encantan los niños, Javier habla medio afrancesando la j., se me dan bien. No será un peso, los llevamos los fines de semana con los primos a la playa, tú y yo juntos. Seremos felices.
Sólo propone, segura. Cuando Javier pone excusas, ella se encoge de hombros y abre otra botella de vino.
Teresa es la de más edad de las amantes. No tiene el cuerpo firme de antes, ni la energía. Mejor, a Javier las fuerzas ya le fallan. Cosas de la edad…
Se va a casa tarde, ducha y descanso. Ni mujer ni hijos. Begoña ni llama para preguntar por el día. Así puede quedarse tumbado soñando con Teresa. Pero cuando la mujer está, corre las cortinas y Javier siente, otra vez, que está en el fondo de un pozo: húmedo, oscuro, y helado. Con Begoña el frío es otra cosa. Quizá corriente Da igual…
Viernes.
Esto ya es rutina. Javier va con los hijos a casa de su madre. Hoy le toca entretenerlos. Begoña nunca va los viernes, se la retiene el trabajo.
Con su madre Javier se arrastra de un lado a otro, mientras ella juega al bingo con los niños y luego cenan.
¿Y Begoña? ¿No pudo venir? siempre pregunta, y sonríe con sorna señora María del Carmen, vaya hija te tocó, hijo,
Cada viernes Javier repite que Begoña tiene un seminario fuera de Madrid, está de camino.
Interesante, siempre de seminario la nena. A este paso doctora honoris causa La madre tamborilea la mesa y luego asiente. Ya basta de hablar de los ausentes. Irene, Diego, ¿quién se ha olvidado del roscón?
Todos a la cocina, carreras, platos, confusión. Sólo Javier se sienta, agotado. A sus cuarenta y siete, ser donjuán y jefe y padre… todo cansa mucho.
Sobre todo cuando tienes bailarina, empresaria, pescadera
A todas ellas, Javier, lo que les interesa es lo mismo dijo un día Eduardo, conductor de Javier.
¿Y qué es lo que quieren, Edu? sonrió Javier, rascándose la barba. Lucía detestaba esa barba
¡Serán cosas! ¡Dinero, hombre! Tienes pasta, bienvenido; si no, a dar vueltas. Fíjate, cuando yo ganaba poco mi mujer me tenía por el pito de un sereno; ahora, acaricia el volante corren detrás de mí. Es el dinero, Javier, seguro que lo sabes
Javier lo mira serio, Eduardo finge vigilar el tráfico, pita, grita a los coches.
Qué va, no, Edu. Las mías no son así. Quizá, sólo Begoña Ella sí mira los billetes. ¿Desde cuándo? Javier se rasca la rodilla, limpia una mancha vieja de café. No se sabe Así fue, nos enfriamos, vivimos juntos, en abundancia, pero nada más. Los sentimientos Los míos están fuera; el calor, el cuidado, la ternura, el aliento, la espera y el abrazo Todo eso con otras. Pero que le vaya bien. Y gracias le debo, ¡fue ella quien me introdujo en el despacho importante! Begoña es inteligencia y cálculo, pero sólo eso.”
Vamos, ¿no duermes o qué? corta Javier al chófer. ¡Llegamos tarde!
Y se lanzan por las avenidas congestionadas, colándose entre coches, girando hasta llegar al portal de Lucía, donde, como explica Javier a su conductor, le atiende un osteópata privado.
Eduardo nunca pregunta. ¿Osteópata, podólogo, manicurista? Qué más da. Javier paga bien. A todos les gusta el dinero. A él también
La noticia del adiós, Begoña la lanzó un lunes, en el día de Lucía”.
¿Cómo que te vas? Javier, desvelado, se frota los ojos en la cama.
Mira, así, andando ríe Begoña y se da unos golpecitos en las caderas. Lo gestiono yo, luego me llevo a los críos, todo a su tiempo Cosas que cerrar.
Sentada ante el espejo, rizándose el pelo, lo cuenta como quien narra una anécdota del trabajo. De su compañero, el empollón Andrés Gómez, a quien Javier apenas conoce.
A ver, explícate bien, ¿te vas y a dónde? Javier ponen los pies en el suelo, le hormiguean los dedos. Ya le están saliendo los juanetes, igual que a su madre. Mala cosa…
Pero, chiquillo, ¿eres tonto? Me separo de ti. Y no te importa a dónde ni con quién. Igual que yo no te pregunto dónde te pierdes cada noche. A mí no me interesa. Así que tú tampoco preguntes por mí. No te preocupes, los niños, me los llevo, en cuanto arregle unos papeles con Gómez Bueno, hay que instalarse, después Begoña deja el rizador porque Javier está detrás encorvado, con los puños apretados, ceño torcido.
¿Qué, te duele? Anda, Javier, no pasa nada, no te vas a quedar solo, hombre. Sólo que, eso sí, Eduardo, el chófer Ahora es mío. Se dio el caso. Y los infiernos, para ti. Haz cuentas con los pagos, ya sabes que tengo toda tu contabilidad memorizada. Quítate de en medio, hueles mal, Javier.
Se maquilla con prisa, se mete en un vestido, Javier le sube distraído la cremallera, quiere preguntar pero Begoña ya se ha ido.
Llevo yo a los niños al cole. ¡Hasta nunca! y da un portazo…
Al principio Javier recorre el piso vacío riendo por lo bajo. Vaya jugada la de Begoña.
Pero después le sube un furor, una rabia densa, como ganas de estrellar la taza del desayuno esa que dice Hogar, familia, rutina contra la pared, pisar los trozos hasta hacerse sangre, hasta gritar.
Javier entiende el porqué de su dificultad: Begoña le ha atacado por la espalda. Discretamente, a su modo, ha liado algo y encima con ese González. ¡Asqueroso! Eso es.
Begoña era suya y de nadie más. La conoció bonita, divertida, triste, apasionada y furiosa. Él, no Gómez, la llevó en brazos bajo la nieve cuando iban al hospital y no podían pasar los coches, porque a ella le dio por parir justo entonces. Él, y sólo él, sabe que cuando le duele la cabeza hay que darle café fuerte con licor. Sólo a ella le funciona. Sólo él sabe por qué corre las cortinas de noche, aunque viven en el ático y nadie puede mirar. Begoña tiene miedo. De pequeña se perdió del pueblo, cogió fiebre y soñó que la perseguían figuras oscuras que la arrastraban al infierno.
Eso nunca lo contó a nadie más.
No encuentra el coche, tiene que llamar a un VTC. En el trabajo grita a los empleados, barre folios del escritorio, por primera vez no encuentra papeles. Antes sí, ahora no.
Y sólo piensa: Begoña se fue. Se fue
Después, a los pocos días, esa llamada de la clínica…
No se preocupe, don Javier el médico hojea su historial reluciente. Hay que hacer un chequeo completo. Se queda unos días, vitamina, sueño, masajes, y ya ve los diagnósticos ¿Qué le parece? ¿Le reservamos cama?
Javier, estirando el cuello para ver lo que está escrito, siente correr una gota de sudor.
¿Ingresar? ¿Dónde? Lo van a atiborrar de pastillas, lo desplumaran y al cementerio.
No. No es nada. ¡No tengo tiempo! barre la mesa con los nudillos. ¡Basta de amenazas! ¿Quieren sacarme dinero? Pues no.
Y le enseña al médico el pulgar.
¿Dinero? Aquí tiene sus papeles, vaya a quien quiera. Los reproches económicos, mejor a su esposa. Yo sólo tengo hipotecas Fuera, consulta cerrada.
Javier da un portazo, se descascarilla la pintura y cae una grieta por la pared.
Ya lo arreglarán. Si total, dinero les falta suelta indignado a la enfermera.
Para qué pensar en dinero ahora
Al final, se va a casa de Lucía para el lunes. Ella seguro que espera.
Lucía espera. Pero no como siempre.
Está llorosa, deprimida, ni le abraza ni le ofrece albóndigas. Ni siquiera el pelo se peinó.
Javier ¡Javiercito! berrea fea, desesperada, le araña la mano. Álvaro se ha ido. Llamó ayer, dice que se marcha con la abuela, que no quiere estorbar entre tú y yo.
¿Entre nosotros? balbucea Javier.
Eso. Dijo que le telefoneó una tal Begoña y le contó que os separáis, que ahora vivirás aquí. ¿Cómo has podido, Javier? ¡Has decidido por mí a mis espaldas! grita Lucía, se retuerce las manos.
¡No he decidido nada! ¡Begoña me lo contó sólo hoy! la aparta él como si fuera una mosca molesta.
¡Mentiroso! ¡Qué más da cuándo te lo dijo! ¡No quiero vivir contigo! ¡Tráeme a mi hijo, ¿me oyes?! ¡Tráemelo!
¿Y yo qué? Llámale, que venga Yo no iba a
¿Qué? ¿No ibas a qué? ¡Tú lo prometiste! ¡Eres un cerdo! ¡Te odio! Y le echa de la casa.
Javier ni alcanza a decirle que, de hecho, se está muriendo. A Lucía ya le da igual.
Cuando su hijo estaba, aún la extrañaba. Ahora, no.
Javier deambula por el bulevar, tan familiar y tan extraño. Hay unos obreros tirando el kiosco de prensa. Van a hacer una autopista ahora.
Sin kiosco faltará vida, faltará calor; sin kiosco, esto no será igual piensa, sonriendo tristemente.
Y también él. Y Lucía. Cuando todo estaba en su sitio aunque torcido y equivocado parecía que todo iba bien: Begoña como ancla, y Javier vivía tranquilo. Se fue, y el universo se hizo pedazos girando locamente.
Lucía tenía a Álvaro: venía, iba, intentaba alegrarla, y así las citas eran equilibradas: una Lucía apenada, un Javier confortador y un hijo que parecía perdonar.
¿Ahora? ¿Quién la excusará? ¿O tendrá que admitir que lo suyo fue un juego y aceptar que era sólo la otra? No, mejor volver al mundo anterior
Javier se sienta en un banco, saca los resultados médicos e intenta entenderlos, sin éxito. Llama a Carmen, pero ella da clase, suena un acordeón detrás, pasos de baile acompasados.
Ay, Javier, no ahora, ¿vale? Y ni vengas esta semana, no estaré. Mi hermana me llama a Sydney, vuelo allí. ¿Cuánto tiempo? Ni idea. Cuando acabes el divorcio, avisa cómo ha ido, ¿vale? Perdón, no puedo
También Carmen lo sabe. También ella ha recibido la noticia. Como si Javier fuera un ratón arrojado por Begoña a una caja de víboras.
Pero este ratón no interesa, no le quiere nadie.
Maite lo recibe, aunque no era su día. Lo mete en casa, lo arrastra a la cama, y luego, fumando, le dice que está embarazada. Y no, no es de Javier.
Mira tú tantos años buscando y ahora ni sé si quiero tenerlo. ¡Oye, tú ahí dentro! grita a su barriga. No sé qué hacer
Javier balbucea que conoce médicos, que ayudará, pagará, que Maite debe cuidarse
Venga ya, dame otra lección de vida bufa Maite apartándolo como un bicho. ¿A qué has venido? Se fue Begoña y huyes aquí, ¿eh? ¿Buscas consuelo? Pues no. Y mira, Javier solloza, se tapa la boca. Vete, anda Me das náusea. Mejor vete.
Tampoco le sirve ya. Ahora Maite tiene sus propios problemas.
Venía a consultar tengo los análisis intenta Javier.
Y yo, un conflicto de Rh se burla ella. ¡Vete ya!
Javier se va. Toda su vida, que parecía tan rica, se le ha ido entre las manos. Tantas camas, tantos abrazos cálidos y ahora ¿nadie lo espera? De soltero era útil. Así era más sencillo. Ahora todo arruinado.
Teresa, tras escuchar sus quejidos por el mal pronóstico, sólo le dice que viaje al Tíbet y le da un número. Le pide que no la llame más.
Creo en el aura, Javier. La suya está enferma, podría contagiar la mía. No debemos vernos más.
Y desaparece, con su pescado y su vino. Ahora cocinará para otra persona de aura dorada
A su madre no le habla de la enfermedad. Si lo hiciera, echaría la culpa a Begoña, y luego se pondría a relatar sus propias dolencias, que no se acaban nunca.
Javier vuelve a casa destrozado, cae en la cama sin cenar y se despierta presa de un miedo extraño. Miedo a no haber vivido lo suficiente. ¿Y los hijos? ¿Cómo seguirán?
¿Y antes? Tú con Maite, Carmen, Lucía, y ellos con su madre así seguirá. Cuando tú no estés, te entierran.
Javier ingresa en el hospital, no por curarse sino porque ya en casa todo es vacío y silencio. En el hospital también, pero al menos hay ruido de camillas o pasan enfermeras.
La operación, a primera hora.
¿Ha avisado a su familia? Si no, estarán llamando cada minuto gruñe el vecino de cama, un anciano huraño del cuarto de al lado. Yo no pienso atender llamadas.
No llamará nadie, no se preocupe responde Javier.
Se lo llevan.
Cuando despierta, se sienta, mira las vendas y enciende el móvil. Le vienen ganas de llorar. De verdad, nadie ha llamado. Nadie. Como si nunca hubiera existido
Y, entonces, deja de tener miedo. No es nadie, y está bien, puede desaparecer. Lástima por sus hijos, por su madre, sufrirán. Pero por sí mismo, ya no. Javier es como ese kiosco viejo. Lo quitarán y pondrán otro. Que Maite tenga su hijo y viva mejor. Que Javier se marche.
De noche, la fiebre se dispara y lo trasladan a la UCI. Hay otros cuerpos al lado, callados, medio ausentes. Javier se hunde en sueños.
Al despertar, descubre, a su lado, dormida sobre la sábana, está Begoña.
Y el sol, intensamente blanco, entra por la ventana.
Habrá que correr las cortinas, tú odias el sol musita Javier, tosiendo. La garganta le arde, le pide agua.
Begoña se reincorpora, le mira severa.
No hace falta. Mejor así. Aquí la luz escasea. Deja la ventana.
Le acaricia la mejilla, pero retira la mano pronto.
Perdón, no me he afeitado. Ahora
Él quiere levantarse, ir al baño, asearse, pero no puede.
Vamos a luchar, Javier. Tú y yo vamos a pelear. ¿Me oyes? le corta Begoña. Ella lo sabe todo, y todo se lo perdona. O, al menos, no lo abandona.
Y Javier lo comprende. No es un viejo kiosco. Es una persona a la que quieren. Y eso, duele más que todoJavier cierra los ojos. No tiene fuerza para hablar, pero tampoco hace falta; la mano cálida de Begoña sigue posada sobre la sábana, y esa caricia le llena todo el cuerpo, como si en ella circulara por fin la vida que le faltaba.
No sabe cuánto tiempo pasa así, ni si duerme o sólo flota entre voces y zumbidos lejanos. A ratos, entre sueños, oye a las enfermeras, siente cosquillas cuando le humedecen los labios. A veces cree distinguir risas infantiles, muy cerca, y luego el perfume de café fuerte y licor, y el sonido hueco de pasos apresurados: Claudia y Diego jugando en el pasillo del hospital, despreocupados, igual que antes.
Por la ventana abierta, flota un eco de ciudad, claxon y ruidos de albañil, calle viva. Y ese recuerdo le refriega el alma: hay un mundo allá afuera, y él, aunque apenas sea, sigue adentro.
Begoña se queda cada noche, con una toalla en la mano y los ojos cansados pero firmes. A veces no hablan: basta el silencio, reconocer la presencia sin exigir cuentas. Otras noches ella le lee mensajes de los niños. Javier sonríe. Hay esperanza, piensa. No perfecta ¿cuándo lo fue?, pero al menos suficiente para empezar, para hacer sitio por si alguien falta.
En una madrugada de fiebre baja, Begoña le sopla al oído, como si le leyera el pensamiento.
¿Sabes, Javier? Cuando todo se rompe, al menos podemos ver lo que había dentro.
Él no responde. Sólo se atreve, muy despacio, a apretar sus dedos entre los de ella.
Al amanecer llega la enfermera y, por primera vez, Javier tiene hambre.
Pide café y pan tostado, y cuando lo traen, la vida sabe de nuevo a algo, aunque sea a hospital.
Mira a Begoña. Ella cruza los brazos y sonríe, esa sonrisa escasa y dura que solo enseña cuando están solos. Hay ternura, y un perdón que costará pero que, por un instante, les pertenece.
Vamos a pelear repite ella, bajito. Pero hoy desayunas.
Javier asiente. El sol cruza la sábana, tibio y limpio.
Alguien me hace falta musita, y sabe que, por fin, no está solo.
Y así, en el cuarto que huele a desinfectante pero también a promesa, ambos, por una vez, piensan que basta con quedarse, con tomarse de la mano y esperar, simplemente, a que les sobre un poco de futuro.







