EL LADRÓN DE EMBUTIDO
No podía dejar de fijarse en aquel gato. Simplemente, porque robaba en su humilde tienda de alimentación en un barrio de Madrid. Y lo hacía de tal manera, que era imposible enfadarse. Todo lo contrario.
El tendero esperaba con cierta ilusión el comienzo del ritual. Siempre lo grababa con el móvil. Por la noche, le enseñaba el vídeo a su mujer y ambos reían a carcajadas. Así eran las cosas.
El gato tardaba largo rato en sentarse frente a la puerta abierta, simulando que sólo descansaba allí y no que tramaba nada. Miraba a un lado y a otro, asegurándose de que nadie le observaba. El tendero se escondía astutamente tras el gran frigorífico, cámara en mano.
El gato entraba con sigilo, directo hacia la estantería de los embutidos. Allí aceleraba el paso, agarraba un trozo de chorizo o una salchicha y, sin perder tiempo, salía disparado. Sin embargo
El hambre le impedía llegar lejos. A dos metros escasos de la tienda, se detenía y empezaba a zamparse el botín.
El tendero salía a la puerta, manteniendo cierta distancia:
¿Está rico?
El gato alzaba la cabeza y maullaba con aprobación.
Pues que aproveche, respondía el tendero con una sonrisa. Vuelve cuando quieras.
Quizá os sorprenda ¿Por qué tenía allí los embutidos, así, sin refrigerar ni a la vista, y trozos sueltos de chorizo y salchichón? Es muy sencillo.
El dueño de la tienda tenía un corazón generoso.
Decidió alimentar al gato de esa forma. El animal se presentó a la tienda muy flaco, demacrado. Pero rehusaba acercarse a las personas o aceptar comida de sus manos. Así que el hombre ideó aquel método.
Al principio dejó los trozos justo al lado de la puerta, para que el gato, al que bautizó como Sabio, pudiera “ganarse” la comida con su hurto honorable.
Y funcionó. Poco a poco fue alejando los embutidos hacia la estantería del fondo, junto a otros productos. En la balda más baja, casi a ras de suelo, organizó su peculiar punto de alimentación.
Sabio podría entra libremente, coger lo que quisiera y marcharse, pero El encanto estaba en el acto. Lo robado siempre sabe mejor.
Después puso un bebedero en la calle, un bol grande con el mejor pienso de gatos, e incluso, junto a la tienda, una caja de plástico con arena. Pronto, hasta una pequeña casita de perro con manta apareció bajo la marquesina.
Sabio continuaba siendo desconfiado y no se dejaba tocar, aunque era hablador. El tendero le seguía cuando él salía raudo con su botín, iniciando una charla absurda. El gato, entre mordisco y mordisco, le respondía con miradas cómplices.
Pero últimamente, una inquietud rondaba la mente del tendero.
A Sabio ya no se le veía hambriento ni desaliñado; incluso se notaba reluciente. A pesar de ello, seguía robando sus raciones un par de veces al día y desaparecía tras la esquina. El tendero intentó durante días descubrir adónde iba, pero el gato era escurridizo.
Así que el hombre compró una pequeña cámara de vigilancia, que conectó al ordenador de su pequeño despacho.
Una tarde, por fin desveló el misterio.
De una rendija del sótano en la casa tras la tienda, saltó un diminuto gato atigrado y rojizo, que corrió hacia el chorizo traído por Sabio. Temblando por la emoción, se abalanzó sobre el festín.
¡Mañana mismo! ¿Me oyes? ¡Mañana mismo me los traes a casa! gritó por la noche la esposa del tendero, con lágrimas en los ojos.
Pero era imposible. Capturar a Sabio era ya tarea sencilla ya se dormía en medio de la tienda pero al pequeño, ni pensarlo.
Los días pasaban, y en la cámara, el tendero miraba cómo el gatito se acercaba a beber del bebedero o dormía en la casita abrigada, pero a la mínima presencia humana, huía erguido como una flechita anaranjada.
Todo cambió esa mañana. Un ruido extraño, procedente de la puerta, alertó al tendero, que salió curioso al encuentro.
En el umbral estaba el pequeño atigrado, llorando con todas sus fuerzas.
¿Qué pasa, chiquitín? preguntó.
El gatito se acercó, le miró directo a los ojos y corrió hacia la esquina. El tendero lo siguió sin dudar.
Allí, junto al muro, yacía Sabio, gimiendo de dolor. Una herida ensangrentada, en su pata trasera, fruto de la mordedura de un perro. Había conseguido escaparse, pero la herida era grave.
El cachorro se acurrucó con la diminuta cabeza en el lomo del herido y volvió a maullar con desesperación.
Ay, Virgen santa murmuró el tendero.
Se quitó la chaqueta, recogió a Sabio, y con el pequeño en el bolsillo de la americana, cerró la tienda de un portazo y se fue en coche directo al veterinario.
Estuvieron cinco horas allí, mientras curaban y cosían la herida de Sabio. En ese tiempo, el tendero se encariñó con el pequeño atigrado, al que llamó Candil, por su color y su viveza.
Aquella noche, cerró la tienda y llevó a Sabio y a Candil a casa. Sabio aún atontado por la anestesia, Candil tan curioso y juguetón como siempre.
La esposa no cabía en sí de la alegría. ¿Y qué hace una mujer española cuando está feliz? Exacto: llama a todas sus amigas para contar cada detalle, pedir consejos y escuchar exclamaciones.
Cuando al fin colgó, el marido, Sabio y Candil dormían despatarrados en la cama.
¡Pues vaya! dijo la esposa, divertida. ¿Y yo, dónde me tumbo ahora?
Candil se acomodó, dándole sitio, y con sus patitas empezó a amasarle el brazo feliz.
Así encontraron por fin su hogar.
Hoy, dos gatos majestuosos recorren la casa satisfechos, convertidos en señores de su castillo, y ni sombra queda de aquellos callejeros hambrientos.
A veces, Sabio, por costumbre, lame con ternura a Candil, y el otro ronronea aceptando el mimo.
Frente a la tienda, junto a la zapatería, una pequeña gata gris se dejó ver. Y la dependienta se hace habitual en la tienda de embutidos, comprando latitas para ella.
¿La llevará un día a casa?
¿Y si un día todos los gatos tuvieran hogar? ¿Se volverían tan escasos como para formarse lista de espera, con cursos y entrevistas?
¿Vosotros qué pensáis? ¿Podría suceder?






