Esperaré
Nicolás, por favor, no demos más rodeos contestó de golpe Alba, cortante. Sé perfectamente lo que ocurrió hace seis meses y
¿¡Lo sabes!? el muchacho primero se sorprendió y después se puso pálido.
Alba se esperaba justo esa reacción, así que no se inquietó. Pero necesitaba llevar aquella conversación hasta el final.
*****
Alba caminaba por la Gran Vía de Madrid, absorta, ajena a las prisas y al murmullo de la ciudad.
Chica, ¿te apetece tomar un café conmigo? le gritó un joven parado junto a una máquina expendedora, esperanzado.
Ni siquiera giró la cabeza. Las casualidades de la calle nunca le llamaron la atención.
¡Allá tú, sigue sufriendo! le soltó, picado, ante el rechazo. Seguramente, no era la primera vez que le decían que no…
Ella no le prestó ningún caso, tenía otras preocupaciones.
Se acercaba Nochevieja, apenas faltaban dos semanas, pero Alba no tenía ganas de celebrarla. Apenas llevaba unos meses en Madrid y aún no había forjado nuevas amistades. Y, además…
…simplemente no tenía ánimo para fiestas.
Había conseguido con bastante esfuerzo entrar como periodista para un pequeño periódico regional. Llevaba tres meses y, según creía, pronto le entregarían la carta de despido. Por tanto, ¿qué tenía de especial celebrar?
Alba, somos una cabecera de gran tradición le comentó por la mañana el director, Don Antonio Pérez. Necesitamos artículos de calado, no tus historias lacrimógenas sobre gatos y perros abandonados. Creo que no eres lo que buscamos…
Don Antonio, ¡por favor! ¡He dejado mi ciudad solo por la ilusión de trabajar con ustedes! Alba apenas contenía las lágrimas.
Lo sé, pero… escúchame, te daré una última oportunidad. Faltan dos semanas para año nuevo. Si consigues redactar una historia atractiva, te quedarás. Si no…
He entendido.
Así que ahora Alba paseaba, respirando el aire frío del invierno madrileño y estrujando ideas para un nuevo artículo.
¿De qué podía escribir algo que interesara tanto al director como a los lectores?
No lo voy a lograr, en dos semanas no consigo tema exclusivo… Además, en esta ciudad no conocía ningún contacto útil.
Al llegar al paso de cebra, se quedó esperando el semáforo verde, nerviosa.
Tenía prisa por llegar a la comisaría de la Policía, donde confiaba en encontrar algún dato que le sirviera para su artículo. Sabía que los periodistas no eran bien recibidos allí, pero… por intentarlo.
No le quedaba otra opción. Había que probar algo.
Miró a la izquierda y a la derecha, como su madre le enseñó de pequeña. El semáforo aún estaba rojo.
A pocos metros, sobre la acera, reposaba un gato pelirrojo. Nada del otro mundo: un minino callejero más. Pero, en sus ojos…
Un escalofrío la recorrió. Había en su mirada tanta tristeza y desesperanza, pero también una chispa de esperanza. Aunque predominaba el dolor. Aquella expresión, pensó, la tienen quienes han perdido el sentido de la vida.
Pensó que el animal quizá se arrojaría bajo los coches cuando arrancaran… No iba a permitirlo. Había que vivir y tener fe en que las cosas mejorarían.
Anda, ¡ya está verde! Hay que pasar bufó una mujer con un niño.
Alba se apartó, pero volvió la vista al gato.
No dejaría que aquel pelirrojo se hiciera daño. Porque hay que VIVIR, pase lo que pase, y CREER que se puede salir adelante.
Al acercarse, el gato ni se inmutó. Seguía mirando a lo lejos, ajeno a todo.
¡Hola! le sonrió Alba. ¿Por qué estás aquí solito? ¿Esperas a alguien?
El gato callaba.
Esa quietud tenía algo profundamente doloroso, una tristeza que se sentía no en los ojos, sino en el alma. El gato seguía mudo…
Ni siquiera giró la cabeza cuando Alba le acarició el lomo.
¿Qué te ocurre?
¿Has visto la película de Hachiko? Alba se sobresaltó al oír a una anciana sentada cerca, vendiendo bufandas y gorros de lana artesanales.
Sí, la he visto. ¿Por?
Pues este gato es nuestro Hachiko madrileño. Le llamamos Gatito.
¿Nuestro? Alba se sorprendió.
Sí, los de aquí. Yo y otros vecinos que le damos de comer. Lleva medio año esperando en este mismo sitio.
¿¡Medio año?! se horrorizó Alba.
Sí, hija. Día tras día. Parece que espera a su dueño, el que lo dejó tirado.
¡Qué desalmado!, pensó Alba cabreada. ¿Cómo se puede abandonar así a un ser tan fiel?.
¡Me lo llevaré a casa! decidió segura y trató de cogerlo.
No puedes… rió la anciana.
¿Por?
Hija, muchas lo hemos intentado. Yo también. No se deja. Ni acepta brazos ni se va del sitio. Está esperando a alguien, ¿lo ves?
La abuela suspiró.
Si le intentas coger, se escapa corriendo y regresa. Lo único que conseguimos es darle de comer.
Alba trató de acariciarlo otra vez, pero el ronco bufido del gato la convenció de que mejor desistir. Si insistía, sacarían garras y colmillos.
La mirada de aquel animal la desarmaba. No podía leer pensamientos de animales, pero sentía claramente lo que estaba pasando. El gato esperaba. Lleva seis meses, y si tiene que estar seis años esperando, los estará.
¿Pero a quién espera?, se preguntaba Alba. ¿A un dueño ruin? ¿O hay otra cosa detrás?.
¿Sabe usted qué ocurrió aquí hace medio año? preguntó Alba.
Yo no vi nada, pero corren rumores. Dicen que atropellaron a un chico… en ese paso de peatones.
¿Y?
¿Llevas los dedos fríos? Ponte estos guantes, los tejí yo misma la abuela le ofreció unos guantes azules muy bonitos.
Gracias, pero no llevo dinero ahora…
Da igual, es un regalo, hija.
Alba los aceptó, algo ruborizada. Eran calentitos y le reconfortaron los dedos al momento.
Sobre aquel chico, ya te digo, nada claro. Cuentan que abandonó aquí al gatito y, poco después, le atropelló un coche. Algunos dicen que fue un castigo divino.
Pues bien merecido…
No sé más, solo que se lo llevó una ambulancia. Nunca volví a oír nada de él.
“Así que, quién lo abandona recibe su merecido. Karma instantánea”, pensó Alba. Aunque sigue sin tener explicación que el gato siga esperando.
Aquel instinto periodístico la mantenía atenta: Algo no cuadra… ¿Qué es?
No fue a la comisaría, sino que regresó a casa a investigar. Se preparó un té caliente y encendió el portátil.
Buscó alguna noticia sobre el atropello en el centro de Madrid, seis meses atrás.
Tan solo encontró una breve nota:
El 16 de junio de 2024, un joven cruzó corriendo el paso de peatones de la calle Mayor tras ignorar el semáforo en rojo y fue atropellado por un coche. El conductor alegó que no pudo frenar a tiempo.
Y unas líneas del conductor:
Ese chico apareció de la nada, juro que yo no fui culpable….
Qué raro… pensó Alba. ¿Por qué huía tan rápido, tras abandonar un gato? Podría haberlo dejado junto a un cubo de basura, ni siquiera hacía falta tanto jaleo.
Bebió un sorbo de té.
¿Y si intentó librarse del gato, pensando que el animal le seguiría y…?
Se horrorizó.
Aun así, Alba decidió buscar al chico. Quería saber qué fue de él. Además, si sobrevivió, le enfrentaría con la verdad.
No fue fácil hallarlo. Ni la policía ni el hospital le dieron información, alegando protección de datos.
Pero tuvo suerte: una antigua compañera del colegio, Lucía, era ahora enfermera en el Hospital General de Madrid.
¡Alba, qué ilusión! gritó Lucía en el pasillo.
Lucía, necesito un favor… Hace seis meses ingresaron aquí a un chico atropellado. Necesito su nombre y dirección.
No debería, pero… venga, esta vez sí, para saldar cuentas… y le entregó un papelito arrugado.
Alba salió casi corriendo. Leyó en voz alta para sí: Nicolás Maestre… Qué apellido tan peculiar para quien abandona gatos.
Esta vez sí que vas a tener que darme la cara, Maestre…
*****
Alba llamó al timbre varias veces. Nada.
Quizás está trabajando, o ya no vive aquí, pensó ella.
Cuando estaba a punto de preguntar a los vecinos, se oyó un paso tras ella.
Un joven, atractivo, de rostro bondadoso pero unos ojos tristes.
¿Eres Nicolás Maestre? las manos de Alba temblaban.
Sí… ¿y tú eres?
Me llamo Alba, soy periodista de El Madrileño y necesito hacerte unas preguntas.
¿Periodista? ¿A mí? Si solo soy administrador informático, ni famoso ni nada especial…
La profesión no importa ahora. ¿Podrías atenderme un momento? ella insistió.
Vale… Acabo de comprar pastas para el café. Pase, por favor.
Cinco minutos después, Alba estaba sentada en la cocina, observando las espaldas del joven.
Quería decirle de todo, pero algo la frenaba. Sus ojos… ¿se parecerían acaso a los del pelirrojo?
Tome, café con pastas.
Gracias.
Y bien, ¿sobre qué quiere preguntarme? él se sentó frente a ella.
¿No lo imaginas? ella sonrió irónicamente.
Nicolás se tensó. Ya está, piensa Alba, te tengo.
¿Sobre qué debo imaginar?
Nicolás, no demos vueltas. Sé lo que hiciste hace seis meses y…
¿¡Lo sabes!? primero asombrado, luego pálido.
Era exactamente la reacción que Alba esperaba. Pero no le bastaba.
Sí, lo sé. Y quiero decirte que eres un canalla. Uno de los peores.
Nicolás se desplomó en la silla, desorientado.
Solo he venido a mirarte a los ojos y decirte todo lo que pienso. Abandonaste a un gatito que te sigue esperando cada día… Mientras tú aquí, como si nada.
Alba… Por favor, escucha…
Adelante, justifícate. ¿Qué tienes que decir?
La verdad es que… no recuerdo nada.
Alba soltó una carcajada.
¡Qué excusa más gastada! Podrías esforzarte más.
Lo juro. Los médicos me dijeron que me atropelló un coche, pero no recuerdo nada de antes… Amnesia. Aquí tengo el informe médico si quiere verlo.
Fue a su cuarto y regresó con el papel del hospital.
Alba lo leyó con atención: Parece que no miente, pensó.
Entonces, ¿no recuerdas haber tenido un gato?
¿Un gato? No, ni idea. No tengo ni un arenero, ni cuenco, ni nada en casa que lo indique.
Espera, Nicolás. ¿Vivías solo hace seis meses?
No, estaba mi novia en aquel entonces.
¡Perfecto! Preguntémosle a ella si tuviste gato.
No puedo.
¿Por qué?
Me dejó durante la hospitalización. Solo dejó una carta… Le pasó la misiva.
Alba la leyó, encendida de rabia. Menos mal que no te casaste con ella. Te traicionaría sin dudar.
Llámala, por favor. ¿Tienes el número?
Sí.
Marca en altavoz.
Nicolás marcó.
¿Sí? ¿Nico? Te lo dije todo en la carta, no voy a volver contigo…
No es por eso. Necesito saber si antes del accidente teníamos un gatito en casa.
¿Un gato? ¡Jamás habría permitido que trajeras uno de esos bichos! Te lo dejé muy claro: si te empeñabas en adoptar uno, se acababa lo nuestro.
Pero…
No empieces otra vez… y colgó bruscamente.
¿Ves? No hay gato.
Lo comprobaremos. Viste y ven conmigo. Vamos al sitio exacto.
********
Frente al semáforo del Paseo de la Castellana, el mismo gato pelirrojo deambulaba de un lado a otro.
Alba sintió un escalofrío.
Nicolás bajó del taxi mirando desconcertado el lugar.
¿Por qué estamos aquí? preguntó.
Ven conmigo le indicó Alba.
Se acercaron al gato, que en ese instante se sentó en la acera, la mirada perdida.
¿Este es el gato del que hablabas? Nicolás no podía apartar la vista del animal.
Es él. Lleva seis meses aquí, esperando a alguien. Yo pensaba que eras tú su dueño.
Pero yo…
Prueba a acariciarlo. A ver si te reconoce.
¿Yo?
Solo hazlo.
Nicolás se agachó, pasó una mano sobre el lomo, y al instante la retiró.
¿Qué ocurre?
Me ha dado una especie de calambrazo…
El gato giró la cabeza. Durante un instante, pareció sorprenderse.
Creo que te ha reconocido susurró Alba.
¿De verdad? una voz femenina interrumpió. Era la abuela vendedora de bufandas.
No lo sé respondió Alba pero lo parece.
Gato y hombre se miraron unos segundos.
Entonces, el pelirrojo maulló alto, dio un salto y se encaramó a los brazos de Nicolás, quien, emocionado, le estrechó fuerte. De sus ojos caían lágrimas.
Nicolás, ¿recuerdas algo? insistió Alba.
Juraría que sí… Me resulta familiar…
¿Nada más?
Alba se sintió frustrada. Quería entender si el chico era culpable o víctima.
De repente, se detuvo un autobús y el conductor se bajó a toda prisa.
Otros coches le pitaban, algunos le insultaban, pero él ni caso. Se acercó a Nicolás, lo abrazó y le dio la mano.
¿Nos conocemos? preguntó Nicolás desconcertado.
No, pero te recuerdo. Hace seis meses salvaste a este gato señaló al pelirrojo. Aquel día, cruzó solo la carretera y tú saltaste a por él. Tuviste el accidente, pero él se salvó.
¿Yo hice eso? No logro recordarlo… solo a él…
Eres un valiente, chico. De los de verdad.
Alba, emocionada, pidió al conductor que relatara lo ocurrido.
Él accedió encantado:
Unos meses atrás, el gatito cruzó el paso cuando un coche aceleraba para pasar. El conductor, lejos de frenar, fue con odio directo hacia el animal. Nicolás se lanzó, agarró al gato y lo lanzó sano y salvo a la acera, mientras él fue embestido.
De milagro sigues vivo concluyó el conductor.
Alba miró a Nicolás.
Perdóname por pensar mal de ti. Fue todo un error.
Todo está bien sonrió él. Lo único que importa es que el gato, o mejor dicho, Gatito, está bien.
¿Lo adoptarás al final?
Por supuesto. Si él quiere venir conmigo.
El gato, apretado contra su pecho, ronroneaba. Por su expresión, Alba supo que sí: iría donde fuese, con tal de no separarse de su humano.
*********
Así terminó la historia del gato pelirrojo que nunca perdió la fe. Esperó pacientemente al ser humano que no solo no le abandonó, sino que le salvó la vida, arriesgando la suya.
Alba dejó de teclear y se recostó en la silla.
Nico, ¿le echas un vistazo antes de que publique el artículo?
Nicolás, con Gatito en las rodillas, vio a Alba aparecer en la cocina.
Alba, sólo faltan unas horas para las campanadas. ¿Por qué no las celebramos juntos?
Tienes razón, perdona. Me empeñé tanto en publicar la historia este año que casi olvido lo demás. ¿En qué ayudo?
Saca la tortilla y la ensaladilla. Y el pollo al horno.
Brindaron los tres juntos: Nicolás, Alba y el pelirrojo. Y aquella fue, sin duda, la mejor Nochevieja de sus vidas.
El futuro les traía nuevos retos y sueños; juntos, los superarían.
A las 23:59, cuando el reloj de la Puerta del Sol marcaba la última campanada, la periodista Alba Rodríguez publicó en redes una historia titulada: Esperaré.
No, no logró el gran artículo para su redacción y la despidieron, pero…
…consiguió compartir una historia real y emotiva sobre la devoción de un gato y el valor de una buena persona.
Tras las fiestas, Alba recibió una propuesta de una revista nacional.
¿Acepto? consultó a Nicolás.
Por supuesto sonrió él, y confesó que a él también le habían ascendido: ahora era jefe de informática.
Así debe ser. Porque quienes respetan y cuidan a los seres más vulnerables merecen lo mejor.
La vida a veces nos arrebata mucho, pero sólo la paciencia y la bondad nos devuelven lo que más importa. Porque quien sabe esperar, acaba encontrando el camino.






