Amiga imaginaria

Mi amiga imaginaria

Llevo ya tres días viendo cómo una multitud de compañeros ronda a Lucía. Por todo el colegio se ha hecho famosa como consejera y auténtica vidente. Todos quieren una parte de su sabiduría. La esperan a la salida del baño, se le acercan en el comedor y le llevan chocolatinas, libretas con deberes y otros regalos, que por alguna razón ella rechaza.

Lucía, me gusta mucho Javier, el de 5º B. ¿Tú crees que algún día podríamos formar una familia? me preguntaba Marta, mi compañera de clase, con un brillo ilusionado en los ojos.

No te lo recomiendo, Marta. Ese Javier, aunque parece majo, en realidad es un guarro; se mete el dedo en la nariz y se come los mocos. Vamos, que no te va a faltar comida, pero tampoco esperes mucho más respondió Lucía mientras mojaba un picatoste en su cola-cao.

¡Qué asco! ¿Y qué me dices de Álvaro? Es buen estudiante y está aprendiendo a tocar la guitarra insistió Marta, suspirando.

Ese Álvaro maltrata a los gatos. Les ata una lata al rabo y los persigue por el barrio. De mayor será un bruto y acabará bebiendo. Yo que tú no me fiaba.

¿Por qué piensas eso?

¿Acaso has visto algún guitarrista que no beba? Además, aún eres joven para comerte la cabeza; los chicos no van a desaparecer. Mejor dedícate a mejorar en mates y deja de morderte las uñas o te saldrán lombrices.

No tengo amigos. Todos me llaman gordo y no me invitan nunca a nada dijo Pedro de 4º C, empujando tan fuerte a Marta, que casi se cae del banco.

El miércoles empiezan las inscripciones para lucha en el gimnasio. Puedes apuntarte en el despacho del profe de educación física. No vas a adelgazar de golpe, pero al menos dejarán de insultarte. Y, por cierto, a tu futura novia no la tires así nunca más.

Lucía se levantó de la mesa y llevó la bandeja a la pila de platos.

Lucía, ¿tú crees que este año debería sacarme el carnet de conducir o mejor esperar al año que viene? preguntó la profesora de geografía, fingiendo que era casualidad verla en la pila.

Mire, Carmen, para sacarse el carnet hay que tener coche, y usted sólo tiene el Seat Ibiza de su padre. ¿Lo ve claro?

Pues creo que sí…

Lucía suspiró y, tras lavarse las manos, añadió:

Venda ese cascajo, con lo que saque cómprese mejor una bici y unos pantalones cortos, que en dos meses ya la llevarán a trabajar en coche. Y si quiere un consejo de verdad, pida una hipoteca: ahora los intereses están tirados y no queda bien vivir con los padres hasta los treinta y cinco. Se lo digo como entendida.

Atravesando las miradas entre atónitas y perplejas de los presentes, Lucía se fue a clase de tecnología.

Mientras todas aprendían a utilizar la máquina de coser y calculaban medidas, Lucía remendó unos pantalones que trajo de casa, entalló una falda y tejió con ganchillo unos calcetines para la profe, diciendo que las embarazadas debían tener siempre los pies calientes. La profesora, toda nerviosa, se marchó al centro de salud, y al día siguiente trajo una tarta de chocolate para toda la clase de agradecimiento.

En casa, Lucía también estaba rara. Regañó a su madre por comprar carne picada ya preparada, y ella misma se puso a hacer empanadillas. Por la noche, en vez de ver YouTube, se puso a leer Los tres mosqueteros y, de vez en cuando, cuchicheaba con alguien.

Mi padre observaba a Lucía desde el ordenador, hasta que ella le llamó la atención por encorvarse. Más te valdría ir a sacudir la alfombra, en vez de perder el tiempo en esas páginas raras, le soltó.

Empezaron a circular rumores. Algunos profesores empezaron a preocuparse y pidieron que la viera la orientadora. Organizaron una especie de intervención, con todo el profesorado e incluso la directora.

Lucía, cariño ¿te hacen pasar un mal rato en el cole? preguntó un psicólogo modernillo con barba y gafas.

Me molesta que el colegio reciba millones y en el gimnasio sólo haya una espaldera vieja y dos cuerdas medio rotas contestó Lucía con toda la seriedad.

Todos miraron a la directora, que, curiosamente, salió a una reunión por la ventana abierta.

¿No tienes amigas? insistió la orientadora.

Amistad eso es muy relativo dijo Lucía, entreteniéndose en enredar sus trenzas. Hoy juegas en el recreo y mañana se va tu amiga a fregar los platos de tu casa mientras tú rellenas la declaración de la renta.

Espera, ¿qué declaración de la renta? ¿Quién te dice esas cosas?

Mi amiga.

¡Ahí está el quid! ¿Puedes llamarla aquí?

Si está aquí comentó Lucía tan tranquila, dejando a todos sin palabras.

Pero no la vemos. ¿Cómo se llama?

Francisca Santos.

¿Madre mía, y cuántos años tiene?

Setenta.

¿Y qué te cuenta?

Dice que hay que cepillarse los dientes de encía hacia fuera, que el perro de mi calle no es malo, solo hambriento y asustado, y que no hay que olvidar a la familia. Y también que estos años os han cobrado mal el impuesto de bienes, que tenéis que ir a la oficina de catastro a reclamar el cálculo según precio de mercado, porque solo miran el valor catastral.

El psicólogo lo apuntó y subrayó lo del impuesto dos veces.

Llamaron a mis padres desde el colegio. Mi padre, que estaba trabajando, al oír el nombre, saltó:

¡Un momento! ¡Así se llamaba mi madre! Francisca Santos. Murió hace diez años.

El despacho se llenó de murmullos y alguno hasta rezó un padrenuestro de carrerilla.

Eso, diez años y nadie la ha ido a ver. Todo lleno de malas hierbas y la verja torcida protestó Lucía con rostro serio.

Bueno, sí quería, pero nunca saco tiempo… balbuceó papá.

La sesión terminó.

Al día siguiente, la familia entera fue al cementerio. Lucía nunca había visto a su abuela, de la que sólo sabía por los retazos de historias de papá. No fue fácil encontrar la tumba; el camposanto de mármol había crecido donde antes había un bello pinar. Lucía llevó un ramo de tulipanes amarillos y los puso en una botella de agua. Papá arregló la verja, mamá quitó las hierbas.

Papá, la abuela dice que eres buena persona, pero te has perdido en el trabajo y los ordenadores, y que por eso no tienes tiempo ni para mí le dijo Lucía.

Papá se puso rojo de vergüenza y solo pudo asentir en silencio.

Dile que vamos a mejorar nos acarició a Lucía y a la foto de la lápida.

Ahora ya está tranquila y no vendrá a verme, aunque yo la echaré mucho de menos. Es tan buena, alegre y lista

Totalmente. Abuela era sabia y miraba a las personas como si leyera su alma. ¿Te ha contado algo más?

Sí. Dice que tu dieta de pepino es una tontería. Si quieres adelgazar, vete al gimnasio. También que hacer una cuenta en divisas fue un error, que las cosas importantes se piensan antes. Y lo del pedido de cemento barato para la obra en el jardín, quePapá sonrió, mitad nostálgico, mitad aliviado. Mientras nos marchábamos, con los rayos de sol colándose entre los cipreses, sentí que Lucía caminaba más ligera, como liberada de un peso invisible. En el coche de camino a casa, nadie habló mucho; el aire olía a campo y pan tierno traído de la panadería cercana. Al fin, cuando estábamos doblando la esquina de nuestra calle, Lucía miró por la ventanilla y murmuró casi en un susurro:

Ya no necesito a mi amiga imaginaria.

Mamá le acarició la mejilla, con ojos que brillaban entre lágrimas, y papá, sin decir nada, nos cogió la mano a las dos. Esa noche cenamos sin prisas, riéndonos de los chistes malos de papá y compartiendo historias de la abuela Francisca, que ahora, al recordarlas juntos, sonaban menos lejanas y más vivas.

Y aunque, a veces, al atardecer, Lucía parecía hablar sola en voz baja bajo la higuera del patio, la verdad es que desde aquel día, todos estábamos un poco más cerca, como si una abuela sonriente tejiera hilos invisibles que nos abrazaran por dentro.

Y así, la sabiduría de Francisca Santos siguió rondando en casa, ya no como un secreto extraño, sino como una voz cálida y dulce que nos recordaba, cada día, cómo cuidar los unos de los otros.

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Amiga imaginaria
Tengo 47 años. Durante 15 años he sido el chófer personal de un alto directivo en una gran empresa tecnológica. Siempre me trató correctamente: me pagaba bien, recibía todos los bonus, ventajas sociales e incluso gratificaciones extra. Lo llevaba a todas partes: reuniones, aeropuerto, cenas de negocios y eventos familiares. Gracias a este trabajo, mi familia vivía tranquila; pude dar estudios a mis tres hijos, comprar una casita con hipoteca y nunca nos faltó de nada. El pasado martes debía llevarle a una reunión muy importante en un hotel. Como siempre: traje impecable, coche reluciente y puntual. Me dijo por el camino que la reunión era crucial, con invitados extranjeros, y me pidió que le esperase en el aparcamiento porque la cosa iría para largo. No hubo problema: le esperaría el tiempo que hiciera falta. La reunión empezó por la mañana. Yo me quedé en el coche. Pasó el mediodía, luego la tarde, y él seguía dentro. Le mandé un mensaje para ver si necesitaba algo. Me respondió que todo iba bien y que le diese una hora más. Se hizo de noche, tenía hambre pero no quise moverme para no arriesgarme a que saliera y no me encontrase. Sobre las ocho y media le vi salir del hotel con los demás. Reían y parecían satisfechos. Salí rápido a abrirles la puerta. Me pidió que los llevase a cenar. Respondí educadamente y nos pusimos en marcha. Durante el trayecto, los invitados conversaron en inglés. Yo, que había estudiado el idioma por las noches durante años, lo entendía todo aunque nunca lo había comentado en el trabajo. En un momento, uno preguntó si el chófer había estado esperando todo el día, diciendo que eso demostraba gran dedicación. Mi jefe se rió y contestó algo que me atravesó el corazón: “Para eso le pago. Es solo un chófer. No tiene nada mejor que hacer”. Los demás se rieron. Sentí un nudo en la garganta, pero aguanté y seguí conduciendo como si no hubiera escuchado nada. Al llegar, me dijo que la cena se alargaría y que fuera a cenar algo, que regresara en dos horas. Fui a un kiosco cercano y, mientras cenaba, sus palabras no dejaban de retumbarme: “Solo un chófer”. Quince años de lealtad, madrugones, horas esperando… ¿y eso era para él? Dos horas después regresé y les llevé de vuelta. Él estaba contento: la reunión había salido bien. Al día siguiente fui a buscarle como siempre. Al subir al coche encontró mi carta de renuncia en el asiento de al lado. Me preguntó sorprendido qué era. Le dije, muy respetuosamente pero firme, que presentaba mi dimisión. Se extrañó y quiso saber si era por dinero. Le respondí que no era cuestión de dinero, sino que era hora de buscar otras oportunidades. Insistió en saber el motivo real. Al parar en un semáforo, le miré y le confesé que la noche anterior me llamó “solo un chófer” sin nada mejor que hacer. Quizá era cierto para él, pero yo merecía trabajar para alguien que valorase mi trabajo. Se puso pálido. Intentó excusarse alegando que no lo pensaba así, que fue un comentario desafortunado. Le dije que lo entendía, pero que tras 15 años eso había sido suficientemente claro. Que tenía derecho a ser valorado. En la oficina me pidió que lo reconsiderase, me ofreció un gran aumento. Rechacé. Le dije que cumpliría el preaviso y me iría. Mi último día fue duro, intentó retenerme hasta el final con aún mejores condiciones. Pero mi decisión estaba tomada. Hoy trabajo en otro sitio. Me llamó alguien que me ofreció un puesto, no de chófer, sino de coordinador. Mejor salario, despacho propio y horario fijo. Me dijo que valora a las personas leales y trabajadoras. Acepté sin dudar. Más tarde recibí un mensaje de mi antiguo jefe. Admitía que se había equivocado y que yo era mucho más que un chófer: era alguien en quien confiaba. Me pidió perdón. Todavía no le he respondido. Ahora, en mi nuevo trabajo, me siento valorado, pero a veces me pregunto: ¿hice bien? ¿Debí darle otra oportunidad? A veces, una frase dicha en cinco segundos puede cambiar una relación construida durante 15 años. ¿Vosotros qué pensáis? ¿Hice bien o fui demasiado lejos?