Andresito

Álvaro

Hoy el hijo llegó sorprendentemente tarde.

Isabel había llamado ya una y otra vez al teléfono móvil de Álvaro, pero él no contestaba.

Sí, cuando conduce nunca responde a las llamadas. Isabel lo sabe bien. El padre de Álvaro murió hace años en un accidente de coche, precisamente por distraerse hablando por teléfono. El hijo no quiere repetir aquel destino. Pero… aun así…

Cuando finalmente vio el destello de los faros de su todoterreno detrás de la verja y escuchó el chirrido de la cancela abriéndose, Isabel, tiritando, se arrebujó más en su capa de lana por cierto, bien calentita, un buen regalo que le trajo Álvaro de una escapada a Salamanca, hace cuatro inviernos, poco después de que ella dejara la universidad y se mudara al chalet de las afueras. ¿O fue de León? Ya no lo recuerda. Poco importa.

Las noches de agosto, húmedas y frías, llenas de olor a hierba y manzanas descomponiéndose entre la maleza, sumían a Isabel en un estado de melancolía, y ni el cine ni los buenos libros lograban salvarla. Y eso que habían reservado una habitación completa del magnífico chalet, lleno de ventanales negros y barandillas de hierro forjado, para la biblioteca compartida.

Cada uno tenía su propio cuarto. Había tres habitaciones más para invitados, aunque cada año recibían menos visitas; a Isabel le agotaba el bullicio, nunca fue de cocinar, y prefería evitar las conversaciones largas. Pero a Álvaro y a ella les bastaba estar juntos. Se sentaban en el salón, escuchando el caer de las manzanas en el jardín. Guardaban silencio, y luego tomaban té, siempre con miel y rodajas de limón, o hierbabuena, “para dormir mejor”; después, el beso en la mejilla, el “buenas noches”, y el crujir de las puertas.

Él se acostaba. Ella también. Todo en su sitio.

Ni siquiera tenían gato, aunque los padres de Isabel siempre habían tenido mininos.

Pero ahora aquellos animales eran el azote de sus arbustos de arándanos, orgullo y ternura de Isabel. Los impertinentes gatos de los vecinos se dedicaban a orinar en las raíces cuidadas con esmero, y ella mascullaba indignada para sí: ¡No voy a poner trampas! ¿Por qué sus dueños no los cuidan? ¡Es de sentido común!

De niña, Isabel tuvo un gato llamado Ramón. Aquel deambulaba día y noche por el barrio, solo volvía a comer y a echarse en el regazo para que le rascaran la barriga. Nadie pensaba entonces que era necesario vigilarle.

Ahora Isabel lo entiende, y no tiene mascotas. Álvaro, ¡ay, los chicos! había traído un día de una tienda de animales una tarántula. Vivía en un terrario, se alimentaba de grillos, movía sus patas peludas cada vez que Isabel se asomaba, con una sensación de desagrado.

Es horroroso, Álvaro, ¿para qué quieres eso? repetía, encogiendo los hombros.

Pero su hijo contestaba siempre lo mismo: que era “por diversión”.

En casa hacía tiempo que no había “diversión”.

Antes, cuando Álvaro era joven, y aún vivían los abuelos, Antonio y Sofía, la finca rebosaba de amigos de la universidad y del colegio, organizaban barbacoas, subían la música, acampaban donde podían en el antiguo caserón de madera, fumaban tanto que parecía que no quedaba aire limpio. Nunca fregaban los platos, traían todo de usar y tirar. El jolgorio duraba hasta las tres y luego, cada uno a un rincón.

También venía entonces Lucía, la futura “esposa” de Álvaro. Lucía era de gustos exquisitos: piernas largas, enormes ojos grises. Parpadeaba con teatralidad, reía melodiosamente, posaba la mano en el hombro de Álvaro, y él le cedía su cazadora vaquera, disculpándose por las noches frías.

Isabel los sorprendió juntos en la misma cama a la quinta visita de Lucía a la finca. Ella se puso colorada, Álvaro, avergonzado, protestaba porque su madre no llamó antes de entrar.

¡Por favor, hijo! Dios me libre. Llamé, pero supongo que estabas demasiado… entretenido Isabel bajó los ojos hacia el bulto bajo la manta, donde Lucía se apresuraba a vestirse. Se me olvidaron los auriculares en tu cuarto, vine a cogerlos. Perdón por interrumpir…

Isabel salió en silencio, labios apretados, bajó las escaleras hasta el jardín y paseó, de la puerta a la verja, en un vaivén nervioso.

Álvaro vio esas vueltas de su madre, pero se distrajo de nuevo y, al desayuno, no aparecieron.

Después nació Pablo, prematuro. Lucía se volvió irritante, discutían sin cesar Álvaro quiso entonces construir una casa nueva para su familia, separarse pero sin irse del terreno, pero el rayo cayó sobre el abeto, la casa se quemó antes de estar terminada

Es una señal, Álvaro. Una señal asentía seria Isabel.

No digas tonterías, mamá. ¡Basta ya! Haremos otra. Ganaré dinero y haremos otra y Álvaro golpeaba maletas y puertas, recogiendo las cosas de Lucía.

Lucía no paraba de llamarlo, gritándole que regresara a Madrid, que Pablo lloraba y que ella no aguantaba más…

Nunca llegaron a casarse. Se separaron; Lucía se marchó a Soria con sus padres, amargada.

¿Y de qué te quejas? Tenías de todo, un marido con trabajo, dinero de sobra, ¿por qué te fuiste a estrellar? le reprochaba su madre, con Pablo en brazos, extraño ante aquella mujer severa.

No he nacido para malgastar la vida en pañales y platos sucios y tener que aguantar a su madre llamándome para que le dé de comer a su niño pálido y hambriento resoplaba Lucía.

Solo tenían en común a Pablo. Álvaro pasaba la pensión, lo veía de vez en cuando, Lucía no facilitaba encuentros

El hombre sufría. Isabel no pensaba que se encariñaría tanto con el niño, si él mismo aún era joven, la vida por delante. Pero él se había apegado, y le dolía, buscaba hablar con Lucía, pero ella se negaba.

Déjalo ya. El intento de familia ya pasó. Bastante. Ocúpate de ti, ¡eres joven! Tienes buen trabajo, pronto te ascenderán, y ya aparecerá otra mujer, otra familiaintentaba animarlo Isabel.

¿Y Pablo? Mamá, es mi hijo. ¡Mío, entiendes?! Cuando lo sostuve la primera vez, lloré. Aaay…

En aquella época, Álvaro iba mucho a verla, a la casa de la ciudad o a la finca. Se sentaba en la cocina, callado, cinco tazas de té y ni una palabra, luego levantarse y marcharse. Cuando bebía, se encerraba.

Todo pasa. Pablo crecía, iba al colegio, soñaba con ser piloto.

¿Y quién no a su edad? Bomberos, policías, buzos, capitanes murmuraba Isabel, experta en desilusiones.

Mamá, es tu nieto ¿ni te importa? le soltó un día Álvaro.

Ella calló, simulando estar muy ocupada recortando las rosas marchitas, y finalmente se encogió de hombros.

¡Ay, hijo mío! Lo digo por tu bien. Ya no depende de nosotros. Si Lucía fuera normal, si hablara conmigo de persona a persona, ayudaría a criar al chaval, ¡tengo contactos! Pero así Camina, tú sigue adelante. ¿Ahora qué te falta? Tranquilidad, libertad, viajes, la casa nueva. Eres un pedazo de hombre, Álvaro.

Lo despedía con beso en la frente y le encajaba tuppers de comida casera. Temía que, con la vida de empresario, su hijo comiera mal y engordara.

No era gran problema, a Isabel le gustaba siempre, incluso con esa barriguita debajo de la camiseta de marca. Pero el corazón…

Álvaro tenía problemas leves, y la obesidad podía traerle problemas serios. Por eso Isabel, retirada, se volcó en la cocina, le buscaba recetas, le recetó análisis, vitaminas y suplementos.

Basta, mamá un día explotó Álvaro, recogiendo cajas de calabacines rellenos. Quiero comer carne, normal, grasosa. Tomar cerveza, whisky… No estos experimentos. Dejó los tuppers torcidos sobre la mesa de resina encargada a un carpintero de Toledo. Esto, quédate tú. Hazte una escapada tú sola, vete al mar, busca a tus amigas, ¡invítalas aquí, espacio sobra! Y mejora tu digestión con tus calabacines, ¡pero déjame en paz!

No entendió ni él por qué gritó. Se fue sin cerrar la verja, que se quedó abriendo y cerrando con el viento.

Isabel la cerró sola y se pellizcó el dedo. Perdió un buen rato con el candado, pero perdonó a Álvaro. Los chicos son así, imprevisibles. Lo importante es que sigue volviendo.

En realidad, Isabel hace mucho que no tiene amigas de carne y hueso. Todas son mensajes por WhatsApp. Solo el hijo es real. Sufre, y ella está allí para salvarle.

Álvaro hizo las paces, pero tras un tiempo de mensajes lacónicos.

De pronto, a media agosto, llegó a la finca cargado con bolsas y cajas: tarta, encurtidos, carne para barbacoa, pastelitos favoritos de Isabel, sushi, frutas tropicales…

¡Álvaro! exclamó Isabel con mezcla de alegría y susto, quitándose la tierra de las manos. ¿Tenemos fiesta? ¿Vienen invitados?

Álvaro besó a su madre y entró en casa.

No, solo quiero pasar aquí estos días gritó desde el porche. He cogido tres días libres.

Isabel suspiró aliviada. Sin invitados, ni bullicio. Solo ella, Álvaro y la chimenea. Había una auténtica, aunque Isabel nunca sabía encenderla, tiraba de radiadores, pero Álvaro lo haría todo. ¡Qué felicidad tenerlo de vuelta!

Desde entonces todo se precipita: el hijo acabó la obra, reparando la terraza, trabajadores que entraban y salían pero al menos él siempre estaba allí, aunque saliera, siempre volvía al anochecer.

¡Hola, Isa! gritó un día la vecina. ¿Otra vez obras? ¿Álvaro planea boda?

Qué va, solo estamos acabando reformas negó ella.

Yo diría que lo noto… Se le ve tan contento… ¿No te das cuenta? la vecina le guiñó el ojo.

Isabel encogió los hombros. Álvaro está feliz con ella, y nada más.

Pero ese día, Álvaro se retrasó, y habían quedado para pelar manzanas. Isabel había recogido tres cestas y esperaba su ayuda. Pero…

Llegó con una mujer. Ella tardó en salir del coche, parecía hecha de niebla. Isabel la examinaba desde el resplandor cegador de los faros.

¿Quién será? ¿Lucía? No lo cree.

Mamá, ¿calientas toda la casa? Necesito habitación arriba para ella. En la mía hace frío balbuceó Álvaro. Dio la vuelta al coche y abrió la puerta del copiloto. Isabel no oyó lo que dijo.

Salió una mujer delgada, coleta, jersey de lana sin forma, vaqueros apretados, pulseras gordas de madera, un collar a juego.

Entra, hace frío. Mamá, esta es Carmen, compañera de trabajo. Prepara agua para té, comeré algo rápido y saldré por unos asuntos. Carmen necesita descansar.

Isabel arqueó las cejas. ¡Qué mandón! Agua caliente, descansar…

Ante todo, buenas noches. Y preferiría que avisaras cuando traigas invitados susurró en el oído de Álvaro, viendo el fruncido ceño de él. No estoy preparada, la cocina es un desastre, quedamos para lo de las manzanas…

Ya, pero no hay tiempo. Carmen, ven, pasa y él guiando a su acompañante, encendiendo la potente lámpara del salón. Isabel hasta se tapó los ojos. ¡A comer! ¡Debes comer y beber! Mamá, ¿queda algo fuerte, licor?…

Álvaro buscaba frenético en armarios y en la nevera.

Isabel se sorprendió con lo atento que era aunque no para ella, sino para esa mujer desvaída.

¡Toma! ¡Bebe! le ofreció un chupito.

Ella rechazó, negó con la cabeza.

Solo quiero acostarme, me mareo susurró.

Vale Mamá, subimos. Ya te contaré. Carmen, vamos. ¿Té dulce quizá?

Él preguntaba más cosas. Carmen respondía, y mientras Isabel se quedó sola en el salón con el vaso en la mano. Se lo bebió de un trago, arrugando el rostro.

Arriba se oía movimiento, Álvaro deambulaba, después bajó.

Isabel estaba en la mesa, las manos juntas.

¿Me aclaras por qué tengo que quedarme con una desconocida mientras tú te vas? Sí, esta es tu casa, tú mandas, pero barrió migas imaginarias de la mesa.

Álvaro suspiró.

Mamá, es Carmen. Trabajamos juntos. Y me gusta, de verdad. No te lo conté porque reaccionas siempre muy mal Tiene un problema grave. Su hijo bueno, desapareció, está todo turbio. Debo ir, allí donde hallaron a Pablo Carmen irá luego a identificarlo, así será más fácil… nos llamaron al despacho, un aviso Tengo que ir. ¿Recuerdas a Luis, el inspector? Le llamé, él lleva el caso. Vuelvo rápido, mamá. Pero no le amargues la vida a Carmen.

Cogió las llaves y se fue.

Isabel sabía que no dormiría esa noche, quedaría esperando el regreso de Álvaro. ¿Con qué entretenerse?

Se puso a ver una serie, pero no se concentraba, escuchaba si llegaba el coche. Preparó té, pero le supo amargo, a ajenjo. Anduvo por la estancia, recolocando mantas, figuritas, alfombrillas.

A las tres de la mañana, el sueño pesaba, la tensión hervía por dentro y entonces se sentó a pelar manzanas.

Las pieles caían en espiral en una ensaladera de cristal, la carne, rosada, se iba oxidando.

De pronto, pasos a la espalda.

Isabel se giró brusco, se cortó.

¡Ay! detesta la sangre, se marea enseguida.

Una vez Álvaro se abrió la ceja en la finca. Sangraba tanto que Isabel se quedó helada. Por poco no se desmaya. Por suerte, la vecina ayudó, lo vendó y lo llevaron a urgencias…

Ahora también, piernas flojas, palidez, caía de lado.

Pero Carmen fue más rápida, le sentó bien y le puso la cabeza baja.

¿Qué hace? ¡Déjeme! protestó Isabel, sin fuerzas.

Quiero ayudarla. ¿Dónde está el botiquín? explicó Carmen.

Isabel señaló al aire.

A los cinco minutos, tenía el dedo vendado y Carmen le servía té dulce.

No domine tanto advirtió de pronto Isabel.

No lo haré. Solo quiero ayudarla repitió la invitada.

Entonces sírvase usted también. No pienso beber sola gruñó.

Le sorprendió notar lo parecida que era Carmela a ella. O la figura. O el gesto. O todo junto.

“¡Los hijos eligen a quienes se parecen a sus madres!” recordó una frase de alguna amiga. ¿Será?

Bebían en silencio, el aire impregnado de manzana, hierbabuena y otoño, aroma que se demoraba en lo alto del salón como una bruma densa.

¿Va a hacer mermelada? rompió el silencio Carmen. Su voz, algo ronca, era extrañamente dulce en ese cuarto.

Sí. Álvaro iba a ayudarme, pero ya ve

Le ayudo yo, si no le importa. Necesito actividad, si no, me vuelvo loca ni las pastillas logran dormirme, cada noche es agonía, la mañana anestesia ya había cogido el cuchillo, acercado las fuentes y empezado a pelar manzanas. Me cargo de trabajo para no pensar, y sin embargo siempre todo vuelve

Hablaba sin parar, sin esperar respuestas, evocaba cómo desapareció su hijo, la mala compañía, el dinero que le robó pues sabía dónde su madre guardaba los euros, y ahora

Llamaron al despacho. Lo demás es niebla. Solo ahora empiezo a recordar se estremeció Carmen.

Isabel la escuchó atenta, y de pronto, recogiéndose toda, dijo:

No debe meter en esto a mi hijo. Es noble, ha sufrido bastante, justo acaba de reponerse y aparece usted con sus tragedias. ¡Cómo se le ocurre!

Ya no hablaba, gritaba, con ojos como ascuas, y el poncho caído al suelo.

Fue decisión de él negó Carmen.

¿Él? ¡Claro! Álvaro es bueno, sensible. ¡Usted lo utiliza! ¿A dónde ha ido? ¿Por qué debe encargarse de sus problemas? Mira, no aspira a que se case contigo. ¡Ay, todas igual! Él pasó ya lo suyo Las demandas por pensión, ¡y siempre era poco! Apenas logré curarlo, sufrió la pérdida, pudo rehacerse Ahora estamos juntos, luchamos

¿Contra quién? interrumpió Carmen.

La pregunta golpeó a Isabel.

¡Contra la vida! Contra los que buscan aprovecharse de mi hijo. Como usted

No necesita temerme. Álvaro y yo nos gustamos, pero sé que sólo le complicaría la existencia. Él me ayudó tras lo de… mi Pablo Carmen tragó saliva. Pero nada más. No se preocupe, ya no habrá nada

Pues le llamo un taxi y se va. Ahora mismo. Y dígale a Álvaro que no se meta en su vida zanjó Isabel. Es mejor así.

El taxi no llegaba. Carmen esperaba en el portal, llorando por dentro, mordía los nudillos, atascada en un grito sin voz.

Isabel, tras la puerta, sentada en la alfombra como un perro, escuchaba.

Va a perder a su hijo. Antes, aunque estuvo Lucía, Álvaro siempre acudía a la primera llamada de su madre. Ella ganó esa batalla, construyó para los dos un mundo propio, lo protegió y se sintió útil.

Pero él ha cambiado. Ayuda a esta mujer, sale en mitad de la noche, ni cena.

¿Y Carmen? Ha perdido a un hijo. Para siempre.

Isabel sintió un frío terrible: ¿y si pasa algo también a Álvaro? ¿Cómo seguir viviendo?

Primero, fue la rabia. ¡Todo por culpa de Carmen! Y ahora, allí, en la escalera, aullando al vacío.

Después, la compasión. Isabel no es insensible. Solo se había enfundado el poncho tan estrecho que sólo cabía ella y su amor. Pero tenía también una hermana, amigas que a veces escriben emails…

Pero bajo el poncho, no cabe más que ella.

Recuerda otra noche, tras otro juicio, cuando Álvaro, borracho, golpeó la pared y ella lo sujetó. El hijo la empujó sin querer, cayó, lloraron juntos después Pero aún lo tenía. Carmen, ya no tiene a su hijo…

Pasa. Hace frío. No te vayas. Toma, ponte esto Isabel tendió el poncho. Me parece que te sienta bien

Carmen asintió, agradecida. Isabel la reconocía, la acogía en su espacio.

Anularon el taxi. Más té, cepillos de mano y silencio compartido.

Álvaro volvió cerca del amanecer, entró en silencio, ceñudo.

Su madre y Carmen dormían abrazadas en el sofá. Isabel roncaba en voz baja.

“Es mayor… pensó Álvaro. Y teme quedarse sola.”

Junto a ellas, brillaba un montón de pañuelos de papel.

En la cazuela, ya listo, Álvaro tomó trozos de manzana cubiertos de azúcar. El sabor ácido mezclándose con el dulce lo hacía estremecer.

Carmen despertó primero, miró a Álvaro con ojos apagados.

Él negó.

No era él. Los papeles sí, pero no él anunció. Error.

Carmen rompió a llorar.

Isabel se removió, abrió los ojos y también lloró.

¡No era mi Pablo! ¡No era mi niño! sollozaba Carmen.

Gracias a Dios, Carmen. ¡Gracias a Dios! le acarició la espalda Isabel, luego abrazó a su hijo.

Su niño había crecido, no necesitaba ni calabacines ni mermelada, solo compasión. Y quizás era hora de abrir un poco ese cálido poncho, dejar entrar a otra persona. En la casa de Álvaro habrá luz, y otra mujer trajinará en la cocina.

Eso daba sentido.

A Pablo, el hijo de Carmen, lo encontraron después. Hubo un juicio. Y un día, junto a su madre, Álvaro reconoció en la sala a un hombre borroso, uno de aquellos que traía regalos de Navidad a Pablo y despedía a Carmen en el portal.

Pablo, dos años mayor que el hijo de Álvaro, destrozó vidas y traicionó. Pero supo que su madre tendría a alguien para curar sus heridas.

Los adultos merecen ser felices.

Ahora Isabel vive en la finca con su nuera. Carmen es una mujer culta, interesante. Junto a ella, Álvaro resplandece, parece rejuvenecer.

El poncho cuelga en la entrada, siempre dispuesto para quien lo necesite. Es de todos los corazones.

Pablo, un día, también se lo probó, y se sonrojó ante la mirada de su padre. Álvaro sonrió. En su casa, todos debían estar abrigados. No es cuestión de cosas…

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

1 × three =