— Hija mía, dame al menos un cuarto de barra de pan, y mañana te devolveré el dinero. Tengo la cabeza dando vueltas del hambre…

Hija, por favor, ¿podrías darme aunque sea un cuarto de barra de pan? Mañana te pago, te lo juro. Estoy mareada del hambre

Venga ya, me respondieron, eso no puede ser. Esto es una panadería, aquí no aceptamos botellas. ¿Sabes leer? Ahí lo pone bien claro: las botellas deben entregarse en el punto de recogida, allí te dan el dinero y con eso puedes comprar pan. ¿Qué es lo que quieres?

Yo ni sabía que el punto de recogida cerraba a las doce del mediodía. Llegué tarde. Nunca antes había recogido botellas para sobrevivir. La desesperación me invadió y seguí de largo, sin saber cómo conseguir unas monedas.

Pues, me dijo después, hay que madrugar más. Mañana vienes antes y entregas las botellas, ya tendrás para tu pan.

Hija, aunque sea un trocito de pan, mañana te lo pago. Me duele la cabeza del hambre.

Se veía a la legua que a la señora mayor le daba mucha vergüenza pedir, y aun así mantenía la dignidad y el porte erguido.

No, le contestó la dependienta, no soy ninguna benefactora. Bastante tengo con apañármelas yo. Aquí viene demasiada gente a pedir, no te quedes delante.

Buenos días, saludó entonces la dependienta a un hombre que esperaba junto al expositor. Acaban de traer tu pan favorito. Los napolitanas de albaricoque están recién hechos, los de cereza son de ayer.

Buenos días, contestó el hombre, distraído en sus pensamientos. Me das una barra con nueces y frutas secas y seis napolitanas de cereza.

¿De albaricoque? le corrigió la dependienta. Entonces de albaricoque.

El hombre miraba con aire distraído, sin apenas notar a la anciana que lo observaba desde cerca.

Por la ventanilla del puesto, la dependienta le pasó la bolsa con los productos. Él sacó una cartera abultada y pagó con un billete grande. Sus ojos se detuvieron en la gran broche que la anciana llevaba prendida en su chaqueta.

La señora no tenía pinta alguna de indigente. Se notaba que era una mujer con buena educación y aplomo. Vestía ropa vieja pero limpia y arreglada.

Pablo se montó en su coche, dejó las compras en el asiento del copiloto y se marchó.

A poca distancia estaba la oficina de su empresa.

Al entrar, le recibió su secretaria, Marina.

Don Pablo Álvarez, su esposa ha llamado varias veces. Le pide que la contacte.

Ay, Marina, ¿qué ha pasado? preguntó preocupado.

Pablo Álvarez era el dueño de una empresa de electrodomésticos. Había iniciado su negocio a principios de los años noventa. Gracias a su sagacidad y sentido para los negocios, la firma creció rápidamente.

La oficina de Pablo se hallaba en la periferia de Madrid. Podía permitirse un despacho en el centro, pero prefería ahorrar en gastos innecesarios.

Se había construido un bonito chalet a las afueras, donde vivía con su esposa y sus dos hijos.

En dos semanas, nacería su tercer hijo, por lo que la llamada de su mujer lo inquietó.

Carmen, ¿qué ocurre? preguntó.

Pablo, el colegio nos cita otra vez. Arturo se ha peleado con un compañero.

Cariño, no sé si podré ir, tengo mucho trabajo. Estoy cerrando un trato importante con un proveedor.

Pablo, entiéndeme, se me hace muy cuesta arriba ir sola.

No, no, tú quédate tranquila, no te preocupes. Iré yo, te lo prometo.

Si Arturo no entiende con palabras, lo va a entender con el cinturón. Perdóname, amor, pero tengo mucho lío. Hoy llegaré tarde, no me esperes para cenar.

Ay, querido, apenas estás en casa. Los niños casi no te ven: llegas cuando están dormidos y te marchas antes de que despierten. Me preocupa que no descanses nada.

Es lo que toca ahora. Espero que solo sea una semana más a este ritmo y luego todo se normalice. Por cierto, cuando vayas al hospital, ¿con quién se quedan los niños?

Ya pensaré algo Contrataremos una niñera.

No quiero dejarles todo el día con una desconocida.

Pablo, hablamos luego; tú tienes mucho que hacer, y yo también.

Siento que ya no te preocupas ni por mí ni por los niños.

Amor, no digas eso. Todo lo que hago es por nuestra familia, por ti, Arturo, Guillermo, y nuestra niña que pronto nacerá.

Perdón, no debí decirte eso. Te echo mucho de menos; desearía tenerte más tiempo conmigo.

Aquella noche, Pablo trabajó hasta tarde. Cuando regresó, los niños dormían y Carmen le esperaba en el salón.

Perdóname, cariño, antes te hablé mal.

No pasa nada, deberías descansar y no esperarme. Ven a la cocina, te caliento la cena.

No, gracias, no tengo hambre. Pedí comida en la oficina y, por cierto, traje napolitanas de albaricoque. Son únicas, no las encuentras como esas en ningún sitio. El pan con nueces y frutas

Sí, los napolitanas muy bien, pero el pan ese a los niños y a mí no nos gustó nada.

Pablo se quedó pensativo, recordando a la anciana del puesto de pan.

Cariño, vete a dormir, que mañana volverás al despacho al amanecer. Pablo insistía ella, ¿te pasa algo en la empresa?

No, todo bien. Si consigo cerrar el acuerdo con ese proveedor, nos irá mejor que nunca.

Estás agotado.

En realidad, le doy vueltas a una cosa. Hoy en la panadería vi a una señora mayor. Yo iba ensimismado, no presté atención al diálogo entre la dependienta y la anciana. Ahora me asaltan los recuerdos. Su cara se me hace muy conocida, pero no caigo en quién es. Y esa broche tan grande en la chaqueta

Pablo tenía un corazón generoso, siempre dispuesto a ayudar.

No lograba olvidar a la anciana de la panadería. Se reprochaba no haberla ayudado cuando lo necesitaba. Y lo más extraño: esa apariencia conocida, ¿dónde la habría visto antes?

Aquel día llegó muy temprano a la oficina y se puso a hacer cuentas, intentando resolver unos cálculos básicos.

“Quizá no he dormido nada o la cabeza hoy no me da para más”, sonrió.

De repente exclamó: ¿Será doña Ramona Fernández? y la reconoció por la broche y la chaqueta. Llevaba diecisiete años sin verla, y había envejecido mucho.

Ramona Fernández fue su profesora de matemáticas, muy querida por todos. Incluso los padres de los alumnos le pedían consejo.

Se casó mayor, a los treinta y ocho años. Tuvo una hija, pero era enfermiza, y falleció a los tres años.

Tras la pérdida, Ramona se separó de su marido.

El cariño que no pudo dar a su hija lo volcó en sus alumnos.

La infancia de Pablo fue muy dura. Le crió su abuela, pues sus padres fallecieron de jóvenes, en la carretera, yendo a una finca de Cuenca en un camión.

Era inteligente y trabajador, sabía que debía esforzarse mucho para prosperar. Los profesores le alababan por su tesón, y Ramona le tenía especial afecto.

Visitaba su casa a menudo durante la adolescencia para echarle una mano. Ella vivía en una casita baja y siempre le ofrecía comer.

Sabía que Pablo y su abuela pasaban estrecheces y que, a veces, faltaba comida. Le invitó varias veces a comer, pero él, por vergüenza, rehusaba.

Ramona entonces le ofreció pequeños trabajos para que aceptara la comida sin incomodidad. Trabajos sencillos, pero siempre seguidos de un buen almuerzo.

Además, Ramona hacía pan en horno de leña. Siempre contaba que ese molde lo heredó de su abuela.

El pan salía tierno y esponjoso, y Pablo decía que no había probado nada igual.

Pues si crees que es el mejor, deberías llevarle a tu abuela sonreía Ramona. Y le cortaba más de media hogaza.

Sumido en los recuerdos, Pablo olvidó el trabajo y ni oyó llegar al resto de empleados.

Sabía que en el solar donde vivía Ramona ahora levantaban bloques de pisos. Decidió llamar a un viejo amigo policía para ver si podía averiguar la nueva dirección. Una hora después, tenía el dato.

Sin embargo, no pudo visitarla aún: mil cosas pendientes en la empresa se lo impidieron.

Aquella noche, ya en casa, contó a Carmen.

He pensado en doña Ramona Fernández. Es una mujer honesta y dignísima. Tú te preocupabas por dejar a los niños solos cuando estés en el hospital. ¿Por qué no le proponemos quedarse con nosotros unos meses? Me ayudó mucho de joven y me dio consejos para la vida. Sin ella, quizá no habría llegado tan lejos. No puedo dejarla desamparada dijo Pablo.

Por supuesto, cariño. Ve a buscarla y que se venga. Nos vendrá bien y, quién sabe, quizá consiga que Arturo deje de meterse en líos respondió su esposa.

Es que doña Ramona tiene un don para convencer sonrió Pablo.

Se entendían a la perfección.

Por fin, el domingo Pablo tuvo un rato y pasó por la floristería antes de ir a ver a su antigua profesora.

Nervioso, llamó al timbre. Abrió Ramona Fernández, visiblemente más ajada, los ojillos algo tristes. Las puertas y ventanas dejaban pasar poca luz.

Buenos días, doña Ramona, soy Pablo Álvarez. ¿No sé si me recuerda Me gradué en su clase, hace diecisiete años.

¡Claro que sí, Pablo! Te reconocí inmediatamente en la panadería.

Perdóneme, doña Ramona. No le reconocí en el momento, iba perdido en mis pensamientos. ¿Quizá creyó que le di la espalda?

A la profesora le temblaron las manos y se le escaparon unas lágrimas.

¡Qué va! La buscaba y me alegro de haberla encontrado.

Le tendió el ramo de flores.

Gracias. Hace cuatro años que no recibía flores, desde el último Primero de Septiembre que di clase. Luego bueno, me jubilaron.

Siento no poder ofrecerle ni un café. Hasta dentro de dos días no cobro la pensión.

Vengo para llevársela a casa. Vivo en un chalet cercano, estoy casado, tengo dos hijos y en breve una niña.

No, Pablo, no puedo ser una carga para vosotros. Y seguro que tu familia no quiere una extraña en casa.

Doña Ramona, le ofrezco un trabajo. Hablé con mi esposa, está de acuerdo. Mis hijos necesitan un guía, una buena maestra. ¿Quién mejor que usted?

Arturo, el mayor, se mete en líos. Hace unos días tuvimos que ir al colegio por él.

¿Se ve con ánimos, doña Ramona?

El año que viene cumplo setenta, pero me atrevo.

Haga la maleta, doña Ramona, le esperan en mi casa.

Desde ese día, Ramona Fernández se instaló con nosotros y olvidó sus apuros.

Carmen disfrutaba muchísimo conversando con aquella mujer sabia y calmada, maestra de otra época. Pronto, fue un tesoro para la familia.

Poco después nació la esperada niña, a la que llamamos Lucía. Mientras Carmen estaba en el hospital, los hijos de Pablo estaban encantados con Ramona, quien les preparaba platos ricos y les ayudaba con los deberes.

Pablo y Carmen respiraban tranquilos sabiendo que sus hijos estaban en buenas manos.

Arturo, siempre revoltoso, no tardó en quedarse boquiabierto ante la señora Ramona, que nunca tuvo que levantarle la voz. Realmente tenía un don, y Arturo se olvidó de meterse en peleas.

Por fin llegó el esperado día en que Pablo fue a buscar a su esposa y a la pequeña Lucía al hospital.

¡Cuánto os he echado de menos, mis amores! abrazó Carmen a sus hijos.

¡Todo perfecto, mamá! sonrió el pequeño Guillermo.

Mamá, hemos hecho pan con doña Ramona presumió Arturo.

Estaba rico, pero ella dice que en el horno siempre sale distinto que en la leña. En la leña sabe mucho mejor añadió con una sonrisa.

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