Vivía en nuestro pueblo vecino de Alamedas, junto al río, una chica. Se llamaba Lucía. Muy tímida, discreta. ¿Sabéis? Hay gente así: parece que está, pero casi ni se nota su presencia. Siempre la mirada hacia el suelo, una trenza finita color rubio ceniza, un pañuelito viejo. Trabajaba en correos, clasificaba cartas y repartía las pensiones.

En el pueblo vecino de Castañares, junto al cauce lento del río Jarama, vivía una muchacha sola. Se llamaba Estrella, un nombre que parecía iluminar poco, porque ella era de esas personas que casi se deslizan por la vida: apenas un murmullo, casi transparente. Los ojos siempre al suelo, la trenza pobre y color cobrizo, un pañuelo desgastado que cubría el cabello. Trabajaba en la oficina de correos, clasificando cartas y repartiendo las pensiones por el pueblo.

Nadie prestaba real atención a Estrella. Los muchachos de Castañares más orgullosos que gallos en patio solo buscaban chicas vivas, risueñas, de las que te cruzan la mirada y te retan a un pulso de palabras. Pero Estrella…

Esa primavera, el campo olía distinto. Trajeron al nuevo mecánico para la cooperativa: era don Antonio. Alto, de hombros anchos, el cabello negro y revuelto, con una sonrisa que escondía secretos antiguos. Y sabía tocar el acordeón como nadie; al caer la tarde, salía a la plaza y, en cuanto soltaba las notas, el corazón de todas las chicas latía al compás. También el de Estrella, con tanta fuerza que casi le robó el juicio.

Pero, ¿qué podía hacer una sombra silenciosa frente a ese halcón? En torno a Antonio giraban las guapas como hiedras vivas; Estrella miraba desde lejos, suspirando tan hondo que a mí, al verla, se me desgarraba el alma.

Entonces, comenzó a azularse el aire del pueblo con cosas raras y de otro mundo.

De pronto, Estrella empezó a recibir cartas. Llegaban del centro de Madrid, dentro de sobres sólidos y hermosos, escritos con una caligrafía firme, de hombre. Como trabajaba en correos, era la primera en ver los envíos, pero pronto toda Castañares supo la noticia: fue la señora Jacinta, la jefa de carteras, quien lo pregonó en el mercado:

¡Que nuestra Estrella tiene un romance! ¡Desde la capital, nada menos! ¡Ya veréis, de aquí a ná la piden en matrimonio!

Estrella caminaba por las calles envuelta en misterio; la sangre le subía a las mejillas y los ojos brillaban. Se puso guapa, enderezó la espalda, trenzó el pelo con una cinta de raso. Caminaba agarrada al sobre como si llevara la medalla de la Orden del Mérito.

Y Antonio lo notó. De cuando en cuando, posaba los ojos en ella. Ya se sabe cómo son los hombres: basta con que vean que otra la mira para que despierte su interés.

Estrella se sumergía cada vez más en su propio ensueño. Sentada en los escalones de correos, leía sus cartas y sonreía a un mundo invisible. Las vecinas murmuraban: «¡Qué suerte tuvo la sosa ésta!»

La resolución llegó de improviso, como una ráfaga de aire marino en fiesta de pueblo.

Aquel día era San Juan y la explanada de la plaza hervía. Las castañuelas y los acordes de la guitarra no dejaban silencio. Estrella estaba allí, discreta en su nuevo vestido de algodón floreado, con su bolso cruzado. Los gemelos Rubén y Sergio, los gamberros del pueblo, un poco achispados, quisieron hacer una gracia y tiraron de la bandolera. El cinturón, ya gastado, cedió. De la bolsa cayó todo el tesoro tímido de la muchacha, incluida una ristra de cartas atadas con lazo.

Rubén atrapó el fajo y, riendo, anunció:

¡Vamos a leer los poemas de su galán capitalino!

Estrella saltó hacia él, más blanca que el mantel de las fiestas:

¡Dámelas! ¡No te atrevas!

Pero no valía de nada. Rubén abrió el primer sobre y, a todo pulmón, leyó:

«Estrella mía, tus ojos, dos mares de tintero…»

La plaza entera quedó muda. Era bello. Pero Rubén se detuvo, dubitativo. Cogió otra carta, arrugada y manchada de nervios, y se acercó bajo la luz triste de la lámpara municipal.

¡Escuchad esto, amigos! bramó de pronto, y hasta el acordeonista se calló. ¡Esto es de película!

Alzó el papel para todos:

Aquí está todo tachado. Primero pone: Estimada Estrella, luego lo borra con furia. Más abajo: Mi luz querida, y otra vez tachado. ¡Si es un borrador! ¡Es ella quien los escribe! ¡Se contesta a sí misma!

Las risas estallaron como el estallido de una traca en feria patronal. «¡Se inventa su galán!», gritaban.

Estrella quedó en medio del círculo, cubriéndose el rostro. Los hombros se le movían como olas de pena. Yo era joven entonces, y solo podía mirar boquiabierta, sin saber cómo ampararla.

De repente, el acordeón calló de veras.

Don Antonio, que hasta entonces aguardaba en lo alto de las escaleras, bajó despacio. Había en su cara un peso, una firmeza de caliza.

Se plantó ante Rubén, le quitó las cartas, sin palabras, y Rubén, mudo ya, solo deshizo su sonrisa.

Antonio recogió del suelo los sobres, los sacudió y fue hasta Estrella. Ella seguía tapándose, deseando fundirse con la tierra.

Entonces, la agarró del brazo con dulzura, pero sin soltura y habló fuerte, para todos:

¿De qué os reís, machotes? ¿Acaso no habéis visto nunca un corazón humano?

Después, en voz baja, le dijo:

Vamos, Estrella. Te acompaño a casa; ya es de noche.

Y atravesaron la plaza en silencio sonoro. Antonio caminaba erguido, llevando en una mano el bolso desgraciado con todas sus cartas imposibles, y con la otra apoyaba el codo tembloroso de Estrella.

Desde aquella noche todo cambió. Al principio Estrella no podía mirar a nadie de frente, pero Antonio no la dejó caer en su sombra. La esperaba, la cuidaba. A los seis meses celebraron la boda, con confeti y vino de Valdepeñas.

Vivieron como dos almendros en primavera. Él la miraba como quien mira el último tesoro de Toledo. Ella floreció, se hizo ama de la casa, fuerte y madre de tres varones. Jamás, y digo jamás, nadie en Castañares volvió a mencionar aquel episodio; bastaba la mirada de Antonio para que los entrometidos se atragantaran con sus propias palabras.

Han pasado los años. Hace tres que Antonio nos dejó, el corazón quebrado. Estrella ahora doña Estrella Fernández se fue apagando sin él. A menudo voy a verla, a tomar un café, medirse la tensión.

Un día de lluvia, sentadas en su sala, el reloj marcando las horas como si escurriese miel, Estrella rebuscó en el viejo arcón. Sacó una cajita de madera labrada que Antonio mismo había tallado.

La abre y… allí están. Las cartas. Amarillas, frágiles, aún en sus sobres.

¿Sabes, María Teresa? me dice, con la voz hecha hilos. Pensé que él las había quemado o tirado después de aquello. Me daba tanta vergüenza preguntar. Toda la vida me ha pesado aquella mentira.

Saca el primer sobre. Debajo, un folio a cuadros, limpio, recién escrito, sin el perfume antiguo del resto. Quizá lo redactó Antonio el mes antes de partir.

Estrella se pone las gafas, lee, las lágrimas rodando despacio.

Me lo tiende: Léelo tú. Los ojos se me nublan.

Tomo la hoja y leo, descifrando aquel pulso tembloroso:

«Estrella mía. He encontrado la cajita, la he vuelto a esconder. Perdóname por callar todos estos años, por ver la herida y dejarla sin remedio. Tenía que haberte hablado entonces, para que tu alma no cargara toda su pena. Aquel día en la plaza supe que eras tú. Ya conocía tu letra, por los certificados de las pensiones. ¿Y sabes por qué no me reí? Porque sentí el alma caerme dentro. Pensé: cuánto dolor se necesita para inventarse palabras de ternura cuando nadie las da. Y qué ciegos fuimos los hombres del pueblo para no ver tu fondo. Debo dar gracias a esas cartas, Estrella. Si no, quizá habría pasado de largo y perdido mi dicha. Para mí, siempre fuiste la más bella. Tu Antonio.»

Lloramos juntas aquella tarde. Olía a marialuisa, a manzanas pasadas y a esa clase de amor viejo, profundo y ya casi imposible.

Así son los sueños y los anhelos, mis queridas. Estrella mintió por no resignarse al olvido. Antonio vio a través de la mentira y, en vez de juzgar el engaño, curó la herida. Y la estuvo curando toda la vida.

Miro la cajita y pienso: no seamos duros con quienes hacen tonterías por amor. ¿Quién sabe qué selva de soledad late tras cada palabra inventada?

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Vivía en nuestro pueblo vecino de Alamedas, junto al río, una chica. Se llamaba Lucía. Muy tímida, discreta. ¿Sabéis? Hay gente así: parece que está, pero casi ni se nota su presencia. Siempre la mirada hacia el suelo, una trenza finita color rubio ceniza, un pañuelito viejo. Trabajaba en correos, clasificaba cartas y repartía las pensiones.
Nina Pérez recuerda perfectamente el día en que tuvo que decidir el destino de un niño que no era suyo. Era miércoles, su marido llegó del trabajo antes de lo habitual, con el ceño fruncido. Sin decir palabra, Víctor le entregó un sobre.