Del odio al amor

De odio a amor

Aurelio siempre había detestado a los perros. Todo venía de aquel remoto día, cuando era un niño gordito y pelirrojo de primero de primaria, con gafas grandes y la cartera hinchada de libros y cuadernos, al que una jauría de perros rodeó en un descampado tras las casas de su barrio de Salamanca.

El jefe de la manada un perro negro, ágil, de morro afilado y cejas color canela le clavó los ojos a Aurelio.

El niño lloraba y suplicaba a los perros que lo dejaran ir, les arrojaba los bocadillos de chorizo que no había querido en el recreo, pero los perros se mantenían firmes.

Ante cualquier intento de moverse, el jefe de la manada alzaba el labio superior, enseñando unos colmillos blanquecinos y amarillentos, y gruñía grave, con una amenaza contenida.

Durante más de dos horas le tuvieron rodeado. De repente, el jefe giró su oreja derecha hacia atrás, escuchó algo y, sin ladrar, corrió hacia el pinar más allá del descampado. Toda la jauría le siguió, perdiéndose uno tras otro por entre los troncos.

Aurelio se secó las lágrimas, agarró con fuerza la cartera y echó a correr rumbo a casa.

Pero allí nunca llegó. El antiguo caserón de madera donde vivía con su familia y unos pocos vecinos ardía aún, consumido por un escape de gas.

En aquel incendio murió su abuelo, el padre de su padre, a quien Aurelio llamaba “abuelito”.

El abuelito había sido marinero, curtido por los vientos y las olas del Cantábrico. Llevaba un gran bigote y barba blanca que solo se afeitaba una vez al año, pasada la Noche de Reyes. Después le crecía de nuevo y, entonces, se la trenzaba a modo de coleta, con una gomilla de colorines, o a veces se la sujetaba tras la oreja, bromeando con los nietos.

Aurelio tartamudeó durante mucho tiempo después de perder a su abuelito y después de aquel encontronazo con los perros.

La segunda vez que le acechó un perro callejero fue cuando, ya más delgado y estirado, en segundo de la ESO, había cambiado aquellas gafas por lentillas. Aurelio se ofreció a acompañar hasta casa a la más guapa de clase, Leonor Cifuentes. Tras ella siempre andaba Salvador, un gamberro repetidor de cuarto, temido por toda la escuela. Aurelio, sin embargo, se atrevió a ir con Leonor.

El perro salió de la nada. Gruñendo, se interpuso entre él y la chica, obligándole a retroceder. Cuando Leonor se perdió tras la esquina de su portal, el perro desapareció en el patio contiguo.

Aurelio respiró hondo y marchó hacia su casa.

Al día siguiente, durante matemáticas, le llegó una nota con tres frases:

No me sigas. Ayer Salvador iba a pegarte. Lo siento.

La amistad con Leonor nunca floreció, y Aurelio sintió aún más rencor hacia los perros.

Con los años, Aurelio creció. Estudió en la Universidad de Salamanca y pronto montó su propio negocio. No le faltaba trabajo, ni amigos, ni dinero. La fortuna le sonreía, y hasta el amor vino bien: la guapísima Leonor, ahora apellidada como él, se convirtió en su esposa. Tuvieron un hijo precioso, Mingo, llamado así en honor de su adorado abuelito. El pequeño, de apenas ocho meses, no decía ni palabra, pero siempre reía desde su carrito cuando veía perros y exclamaba:

¡Guau, guau!

Aquel domingo Aurelio paseaba con Mingo por el parque. Empujaba despacio el carrito y le contaba historias sobre petirrojos que picoteaban pipas en los comederos o de ardillas que bajaban del abeto a recoger nueces de su mano.

Llegó la hora de volver a casa. Al salir del parque, Aurelio dirigió el carrito hacia el paso de peatones y, al ver la luz verde, se dispuso a cruzar.

¡De dónde había salido aquel loco perro salchicha!

Ladraba con tanta fuerza y furia, saltando como una centinela, que no dejaba pasar a Aurelio ni al carrito, como si en cualquier momento fuera a desgarrarse la garganta.

Justo entonces, a solo unos centímetros del carrito, pasó un coche como un rayo. Cruzó la acera, subió al césped y chocó contra una farola.

Del coche salieron unos adolescentes gritando y corrieron en estampida.

Aurelio tardó en poder respirar. Su corazón golpeaba tan fuerte que cualquier transeúnte podría escucharlo.

Ya no estaba el perro salchicha, pero un desconocido se acercó a Aurelio y le cogió del brazo:

¿Está bien? ¿La sillita y el niño están bien? dijo, con los ojos llenos de susto.

Aurelio solo pudo asentir. Todo estaba bien.

No recuerda bien cómo llegó a casa. Decidió no contarle nada a Leonor, para no inquietarla si todo había salido bien. Pero en su interior algo se removía: pensó en el perrito marrón. Por primera vez, sintió un sincero agradecimiento por un perro.

Durante la tarde Aurelio estuvo callado, repasando aquellos tres encuentros con perros y comprendiendo que nunca fueron una amenaza. Lo protegieron a su manera. Leonor le miraba extrañada, pero no preguntaba.

Al anochecer salieron todos juntos al patio a estirar las piernas antes de dormir. Junto a un banco, varios vecinos se agolpaban. Aurelio escuchó:

¿Y ahora qué hacemos? ¿Quién va a quererlo así?

Al asomarse, vio una caja de cartón sobre el banco y, dentro, un diminuto cachorro. El perrito, de pelaje color chocolate, no tenía ojos, seguramente de nacimiento. Las voces murmuraban.

Leonor y el carrito ya iban por delante, esperando a Aurelio.

¿Y ahora qué será de él?
¿A quién se le ocurre quedarse con un bichito así?
Yo no podría, pobrecillo… susurraban.

Aurelio se acercó al banco. El cachorro, indefenso, gemía bajito y giraba su hociquito buscando el calor de su madre.

No lo pensó más. Se quitó la bufanda (aunque era primavera, aún refrescaba) y, con mucho cuidado, levantó el perrito. Además de no tener ojos, tenía las patitas de atrás torcidas.

Una señora sollozó, conmovida.

Aurelio arropó al perrito con la bufanda, lo llevó como a un bebé en brazos y habló dulcemente:

Bueno, pequeño, parece que me toca a mí. Vamos, que te voy a presentar a mamá. Ella es buena y seguro que te espera algo de leche en casa.

Se encaminó hacia la bella joven que aguardaba junto al carrito, mirándole con ternura, mientras el mundo parecía, al fin, reconciliarse.

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