¡Cámara! ¡Acción!
¡Madre mía del amor hermoso! exclamó la abuela Tomasa, avanzando trabajosamente por el camino con dos grandes bolsas, pues hoy era día de mercadillo en la estación, y sin demasiadas ganas de subir al bordillo, cuando de repente un rugido de motor tras ella la sobresaltó. Al final, saltó de un brinco justo a tiempo, cuando una furgoneta adornada con pegatinas y un par de coches pasaron volando a una velocidad que a Tomasa, acostumbrada a la vida pausada y tranquila del pueblo, le pareció de locos.
¡Ni que esto fuera el Gran Premio, demonios! ¡Así no hay quien camine! murmuró, ofendida, mientras veía cómo los coches desaparecían calle arriba. ¡Rubén! Rubén, hijo, ¿qué demonios les pasa hoy que corren como caballos hacia el bebedero? ¿Ha pasado algo gordo? ¿Se ha muerto alguien?
¿Morirse? Qué bestia eres, abue contestó el chaval sentado en el banco, se encogió de hombros mientras hurgaba en una bolsa de patatas fritas, sacó unas cuantas y se las llevó a la boca. Vienen de la tele. Van a rodar una peli aquí, dicen que viene hasta la mismísima Culebra añadió orgulloso.
¿Culebra? ¿Van a traer un bicho? ¡Estamos apañados! Aquí hay niños, paz, tranquilidad, y van y traen alimañas venenosas ¿Y eso quién lo ha decidido? Tomasa, con las manos en las caderas, bufaba y resoplaba, hinchando los mofletes de indignación.
Ay, abuela Tomasa, cada día más desactualizada en temas modernos Rubén cogió otra patata, y con la otra mano apartó la bolsa cuando vio que la abuela se animaba a probar. ¡Que no puedes, abue, el colesterol! le dijo, escondiéndola tras la espalda.
Pero, hijo, que solo quiero probar una ¿Qué daño te hace mi colesterol? Mira, como dicen, el que no fuma ni bebe, también se muere sano ¡Déjame aunque sea una miguita! suplicó Tomasa, moviendo sus cortas piernecitas de abuelilla y mordisqueándose el labio como una colegiala.
Abue, no seas trapisonda, que luego la culpa me cae a mí Anda, toma, llévate todas, pero no resoples más cedió Rubén, exasperado.
Tomasa, con su cabecita apoyada en las manos, recuperó fuerzas en un instante, pescó unas pocas patatas de la bolsa, las olió con placer, y su cara, arrugada como un buñuelo y con una naricilla de patata, se iluminó.
Están un poco churruscadas, pero están riquísimas, tus patatas. Oye, entonces, ¿eso de la culebra va en serio? ¿Y de qué va la película, de «El hombre y la tierra» o qué? Como se escape la bicha me mata todas las gallinas ¿Tú crees que la controlan?
Rubén alzó la mirada a la abuela-buñuelo, con cara de resignación.
¡Pero abue, espabila! Que no es una serpiente, es una actriz famosa, la Culebra. Esa que salía en ¿A cómo está el aceite?, ¿te suena?
Tomasa arrugó el ceño, cogiendo otra patata.
¿La del pelo largo y el traje rosa? preguntó.
No, mujer, morena, jovencita, tendrá unos veintitrés. Guapísima, por cierto Rubén bebió un poco de refresco y le ofreció la botella a Tomasa, que rechazó.
Guapa y de melena, joven No, no me suena esa Culebra. ¿Y para qué hablaba del aceite? ¿Decía que subía? ¡Mentirosa! Que yo hoy he estado en el mercado y está igual Bueno, me voy, que se me va a derretir la mantequilla. Y tú, Rubén, no andes mucho por ahí, que nunca se sabe lo que buscan esos de la tele ¡Vete a casa, hombre!
Y allá iba Tomasa, apretando el paso camino de su casita, donde llevaba viviendo años, agasajando a los niños con caramelos y regalándoles huevos de Pascua pintados a mano, como le enseñó su difunto marido, con filigranas y motitas amarillas de mimosa, quedaban preciosos.
Rubén, en verano, siempre rondaba la valla de Tomasa, saltaba en la barra de ejercicio, hacía como que boxeaba, colgaba y se balanceaba, pero ni una sóla flexión. Tomasa decía que tenía la faja blanda y que lo que necesitaba el chaval era darle al trabajo duro, así crecen los músculos. Pero a Rubén, como buen adolescente perezoso, no le daba la gana, así que pasaba el verano vageando por el pueblo y comiendo patatas mientras compartía con la abuela.
Ahora era tradición: se sentaban, comentaban el tiempo, Tomasa contaba sus batallitas, Rubén le daba el visto bueno, luego la abuela relataba cómo había dormido, qué compró en el mercado, él soltaba alguna ocurrencia de internet, ella resoplaba, movía la cabeza imitándole, y seguía su camino arrastrando los pies.
Pero hoy la abuela caminaba deprisa, daba taconazos como una potrilla, porque la mantequilla, de verdad, se derretía.
Al pasar por la plaza, Tomasa se paró ante las caravanas y furgonetas llenas de cajas, mesas, contenedores y bancos ocupados por gente trajeada con ordenadores, mordiéndoles bocadillos casi sin mirar la vida alrededor. Le miró con lástima a aquella gente tan seria, tan tensa, como si nada les alegrara la vida.
“Mariposa”, “Pelusa”, “Chispa”, “Estrellita”, “Bolita” muchos nombres simpáticos en los cartelitos de las caravanas; a Tomasa hasta le hizo gracia uno, Pelusa, como su antigua gata.
Había bastantes y cada uno parecía tener dueño, quizás un actor repasando su papel. Qué cosas
Tomasa buscó algún rincón con sombra para dejar las bolsas, pero no había. Las dejó sobre la hierba, sobre lo mullidito, para que no se rompieran los huevos, y se puso a curiosear los trajes colgados en perchas de acero, faldas, pantalones y cosas incomprensibles para ella.
Separaba lo que le gustaba y lo que no apenas lo apartaba.
¡Eh, seguridad! ¿Por qué hay gente ajena aquí? El hombre delgado que asomaba de la caravana Chispa le pareció la viva imagen del malo de la película . ¡Saquen a esta mujer, que está fisgando y tocándolo todo!
¡Que no fisgo! Si esto parece un mercadillo, y encima me pisáis el trébol donde me sentaba con mi marido a soñar Encima, con la ropa esta, si eso es segunda mano, que mi nieta me ha contado que hoy día la gente recicla lo que lleva, pues eso, que no me líe la cabeza se defendió Tomasa.
¡Vamos, esto es el colmo! gritó el Chispa ¡Venga, sacadla de aquí!
Dos roperos cachas vestidos de negro se acercaron, la cogieron con delicadeza pero firmeza. Tomasa pataleaba en el aire, y los grandotes se reían.
¡Soltadme! ¡Tengo las bolsas, os digo que son mías! forcejeó Tomasa, apañándose el chándal azul de lana del difunto, herencia en vida”, y de golpe soltó un grito de esos que en los pueblos anuncian desgracia:
¡Por las ánimas benditas! ¿Pero esto qué es? ¡Que me matan! ¡Socorro, gente!
Inspiró hondo para seguir, pero en esto apareció Rubén.
No grites, abue Tomasa, que esta gente es seria y nosotros no podemos contra ellos. Vamos a casa, que se te va a derretir la mantequilla, y tus gallinas están por todo el barrio, ándate con ojo susurró él.
La amenaza de ver perder las gallinas le despejó la mente. Se zafó, cogió las bolsas y marcharon a casa. ¿Cómo se habrían escapado? Si Rubén le enseñó a cerrar bien la cancela
Abue, no la líes, que esta peña tiene contactos. Y la Culebra esa, dicen que es amiga de la consejera de la Junta. Lo mismo te encierran le advirtió Rubén.
¿Qué me van a encerrar? ¿Al exilio como al abuelo, por robar un puñado de harina? Le pillaron, pero uno se apiadó y le largaron en un tren, no le mataron por poco suspiró Tomasa.
¿Por un puñado? Si eso ni da para un bizcocho se sorprendió Rubén.
Antes cada migaja contaba, hijo, era el hambre, recién acabada la guerra ¡¿Dónde están mis gallinas?! ¡Pío, pío, pío! clamó Tomasa Si la cancela sigue cerrada Anda, suelta las bolsas que te voy a dar de comer. ¿Y tu madre?
Estoy bien, la mamá está en el centro, hace dos turnos hoy, le falta personal contestó Rubén.
La mamá de Rubén, Estrella, trabajaba en el centro de salud del pueblo. Faltaban manos, ella a veces no venía ni en tres días y luego se caía rendida en la cama. Rubén esperaba a que se repusiera, luego le llevaba un té con miel como Tomasa le enseñó. Estrella le sonreía, y él le besaba la frente.
Perdona, hijo mío, otra vez sin ir al cine susurraba ella. Y Rubén, como un cachorrillo, se metía en su melena y la mimaba.
No pasa nada, mamá. Tú te tomas el té y yo te caliento la cena. Hoy he hecho croquetas y patatas. ¿Te apetece?
Rubén era autosuficiente, un apoyo para su madre desde que el padre murió, hacía dos años, por un cáncer. Estrella no se perdonaba no haberle salvado, aunque sabía que no estaba en su mano.
¿Con cebollita? preguntaba ella.
Sí, mamá.
¿Y las croquetas, tienen ese toque tostadito?
Claro, lo que tú quieres.
Pues entonces, voy enseguida.
Tomasa miró a Rubén, arrugó aún más la cara y resopló.
Mira, tu madre salvando gente y tú rescatando a la abuela, qué seria yo sin vosotros. Ea, lávate que voy a hacer unas tortitas de requesón. ¿Las quieres con mermelada de grosellas o de fresa? preguntó, arremangándose y sacando el cuenco con leche y requesón, el bote de harina
Rubén se lavó las manos y se puso a ayudar.
Ni Rubén ni Estrella eran familiares de Tomasa, ni siquiera vecinos directos. Cuando llegaron al piso de ladrillo desde la ciudad, por el trabajo en la consulta, no conocían a nadie, hasta que Tomasa apareció por casualidad.
Un día la abuela apenas se arrastró hasta la consulta. Sentada en el banco, sujetándose el brazo, suspiraba, hasta que Rubén que iba a ver a su madre, la vio.
¡Ay mujer, que tenía que haber llamado al 112! la regañó luego Estrella.
Para qué molestar, si sé bien que vais de cabeza. Aguanté la noche, solo fue una caída en la huerta Me senté y luego cuando el mareo pasara, iba para Urgencias explicó Tomasa.
Le escayolaron el brazo y aunque quisieron que se quedara un día, ella se negó, pero invitó a madre e hijo a merendar.
¿Y cómo va a hacer tartas con un solo brazo, eh? bromeó Estrella.
Pero la abuela resultó entrañable, con su chándal azul heredado, cara de buñuelo y andares torpones. Por mucho que Estrella le rogaba que cambiase las zapatillas por unas deportivas nuevas, no había manera.
Desde entonces, Rubén se convirtió en visita frecuente de Tomasa, ayudando y así su madre estaba tranquila, aunque aún era un chaval de quince años con la cabeza llena de aire, como decía Tomasa.
Fritaron tortas de requesón, Rubén puso a la abuela en el sitio de honor, repartió la mermelada, puso cucharas, tenedores y sirvió el té.
Menudo anfitrión, hijo se felicitó Tomasa con una sonrisa cansada. Las piernas le dolían, los hombros encajados como si la agarrotaran tenazas: seguro que cambiaba el tiempo, y la fresa se iba a aguar con tanta agua
Apenas habían repartido las tortitas cuando sollozos apagados llegaban de la ventana.
Come, Rubén, ya voy yo, será la vecina de enfrente, que con lo de Manolo, su marido, en paro, está hecha polvo.
Tomasa se levantó, fue a la ventana, llamando a alguien; la puerta se abrió, y entró una mujer enorme. Rubén se asombró de ver alguien tan grande.
Siéntate, Carmen, toma algo caliente. Venga, mujer, no llores, Manolo se repondrá, ya verás Tomasa la animaba.
Rubén la atendió, sin dejar de mirarla impresionado.
Al rato, la cartera, Pili, que era una chiquilla risueña, entró, mirando a Rubén con cierta envidia de ciudadana reciente.
¡Habéis visto, que hay rodaje en el pueblo! soltó Tomasa mientras revisaba la mesa . Rubén dice que incluso han traído culebras Así que, cuidado por la noche, chicas, que estos de las pelis no son de nuestra tierra.
Que no es serpiente, abuela, es una actriz espetó Rubén, un poco irritado.
Yo digo lo mismo, hija, actriz será y en el circo, todos los artistas son animales de cuatro patas, ¿no? le tocó la mano Tomasa con cariño.
¡Que va, la Culebra hace pelis de acción! saltó Pili, la cartera . Aquí, ella, la mismísima ¡No me lo creo! Vi una peli suya hace nada, pelea como una fiera, menuda mujer
Bah, esas peleas las hacen los dobles de riesgo, hija replicó Carmen . Si son de hueso y pellejo, esas actrices ¡Dónde estará la madre!
¡Pues con lo que gana la hija, rehace la dentadura y arreglado! Todas esas artistas, si les pagan, te bailan hasta el pasodoble Pili se rascó una pierna picoteada por los mosquitos.
Bueno, mujeres, no seamos chismosas ¡Está lloviendo que da gusto! dijo Tomasa mirando por la ventana. Espero que no les estropeen los disfraces bajo esa tromba. Y que no me encarcelen, menos mal que Rubén me defendió
Y la abuela relató lo de los actores, el flaco Chispa, los guardaespaldas y cómo Rubén la rescató, adornando un poco el relato, claro.
Las mujeres escuchaban boquiabiertas. Tomasa exageró, asegurando que Rubén se enfrentó ella sola a los grandullones y la cargó a cuestas como un valiente.
Charlaron, se rieron, chismorrearon sobre las actrices y directores, y acabaron bostezando, aletargadas por el repiquetear de la lluvia en el tejado y el té caliente.
Rubén se levantó para irse, pero aún iba a pasar más cosas.
De repente, irrumpieron cinco personas: Chispa delante, murmurando disculpas y piropeando los muebles, tres hombres con equipo y una mujer con un maletín. Tomasa no sabía ya qué pensar, las mujeres se pusieron en guardia, Carmen bloqueando a la abuela mientras Pili chillaba y Rubén miraba sorprendido.
Rubén, ¿qué quieren? Te lo juro, no he cogido nada, ni hay más tortitas susurró Tomasa angustiada.
Que no quieren tortitas. Abuela, tienes que ir con ellos, es importante explicó Rubén, apretando su hombro.
Que no, no la llevo se impuso Carmen. ¡Aquí no entra quien yo no quiera!
Mientras los técnicos montaban cámaras y focos, iluminando todo de blanco.
El fin del mundo suspiró Tomasa, a quien le encantaba esa expresión.
Fina, maquíllala un poco, pero respetando el tipo. Vosotras, pañuelo en la cabeza, ¿los tenéis? gritó Chispa.
¿Pañuelo? ¿Eso no es de funerales? Carmen.
Es para la escena, queridísima, vosotras vais al ayuntamiento y habláis con la contable, que es esta señora señaló a Tomasa. Ella os regañará por molestar. Traedle papeles y una máquina de escribir ¡Qué grande eres, Mirón! se encolerizaba el Chispa director.
Desde que vio a Tomasa entre los disfraces, le pareció una joya: la personalidad de los secundarios suele salir de la gente común.
No te preocupes, Kike, hacemos la escena y listo murmuró Fina, esparciendo un poco de polvos en la cara-buñuelo de Tomasa, que casi se dormía del ajetreo.
¡A rodar! A ver, sin relojes ahora venga ordenó Chispa, mientas Carmen resoplaba y Pili brillaba en su papel.
Todos iban de un lado a otro, y de pronto entró una chiquilla menudita, botas de agua y pelo chorreando, con una naricilla respingona, igualita a Tomasa de joven. Se lanzó sobre la mesa donde la contable Tomasa tecleaba en la máquina de escribir y gritó que estaban ardiendo las vaquerizas.
Por un segundo hubo silencio, y Tomasa se levantó, apartó a Carmen, casi derribando a Chispa, y corrió hacia la puerta.
¿Pero dónde va, señora? La Fina le cerró el paso . ¡Está cayendo la mundial!
¡¿Y a mí qué?! ¡Las vacas! ¡No se enteran de nada ustedes! Rubén, ¡llama a los bomberos!
Tomasa, liada en el chubasquero, lo tiró y se echó a la calle.
Chispa la alcanzó en la cancela.
Tomasa, mujer, que es para la película, no tenemos vaquerizas aquí. ¡Queríamos naturalidad! Y usted lo ha bordado con sus vecinas. El sonido lo arreglamos y nos queda de cine. ¡Ya está bien, señora!
Chispa jadeaba, con la mano al pecho.
Tomasa inspiró, y miró alrededor. Cierto, no había vaquerizas.
¿Y la niña esa por qué monta el show? Venga, que yo les invito a unos pepinillos en vinagre, que les van a animar. No me asuste de esa manera, hombre le dijo, llevándoselo a casa.
El equipo ya les mostraba la escena grabada en el portátil: el susto de Carmen, la confusión de Pili, la determinación de Tomasa y Rubén rascándose la barbilla, que dijeron que tendría que repetir.
La chica que dio la alarma seguía de pie, mirando por la ventana.
Oye, bonita, ven, tengo un bata para que te cambies de ropa mojada, que te vas a constipar dijo Tomasa, acariciándole el hombro . Flaca, ¿allí no te dan de comer? Rubén, hazle un té, por favor
La muchacha sonrió:
No se preocupe, señora, es que este olor a harina y a mermelada me recuerda a mi bisabuela. Era igual, y este mismo ambiente ¿Puedo quedarme aquí un ratito?
Sí, pero vete con mi bata y sécate la cabeza insistió Tomasa.
La muchacha obedeció.
Rubén se acercó a Tomasa, le murmuró al oído:
Es ella, abuela, ¡la Culebra!
¿Dónde? los ojos como platos de Tomasa.
¡La que has mandado a cambiarse!
¿Tan pequeñaja? ¿Cómo hará acrobacias tan siendo tan cría? Y tú diciendo que es famosa Qué cosas musitó Tomasa, pensando en la gran actriz Gracita Morales.
Luego todos seguían a la mesa, Chispa llevó chorizo, Tomasa sacó los pepinillos, conversaron todos, rieron, y Rubén no apartaba la vista de la Culebra.
Es una chica normal con un apodo rarísimo, se sorprendía él. Luego pensó que sería artístico, y sonrió.
Ordenaron y pagaron una gratificación: Kike se peleaba con la productora asegurando que era por la calidad, no malversación. La Culebra, la actriz, sonreía escuchándole. Por fuera parecía frágil, pero tenía sustancia.
Cuando la película se estrenó al otoño, el pueblo entero vio a Tomasa la contable, a Carmen, Pili y Rubén en su breve papel, y todos se sentían orgullosos de sus paisanos.
La peli era divertida y realista, gustó a todos.
La Culebra, para Tomasa solo era Marta, que siguió visitando en cuanto podía, trayendo dulces de la ciudad, queriendo agradar. ¿Por qué? Porque con Tomasa todo el mundo, famosos, Carmenes, Rubenes o Martas, sentían esa calidez única, ese calor de hogar de verdad, algo que, si lo pruebas una vez, ya lo buscas para siempre
Y así aprendí que, por muy sencillo que sea el lugar donde vives, ese calor humano vale más que cualquier éxito, película o fama. Lo sencillo y lo auténtico siempre es lo que más llena la vida.






