Una gata entra en la iglesia y se tumba junto al altar: el sacerdote lo comprende todo

Te cuento una historia que me tiene el corazón encogido, y sé que te va a llegar. Escucha.

La misa de la mañana avanzaba tranquila, como siempre en la iglesia de San Sebastián, allí en un rincón tranquilo del barrio de Chamberí, en Madrid. El padre Alejandro llevaba ya veintitrés años celebrando misa y poco esperaba que, en un jueves de diario, el templo se llenara de gente Ya se lo sabía: siempre las mismas caras, la mayoría abuelitas vecinas del barrio, no más de una docena, fieles incondicionales.

Estaba ya terminando la liturgia cuando se oyó el suave chirrido de la puerta de entrada. Miró hacia arriba y se quedó de piedra.

Por el pasillo central, andando con toda la calma del mundo, como si fuera dueña del lugar, avanzaba una gata.

Gris, peluda, con un manchón blanco en el pecho. La cola enhiesta. Caminaba segura, como si tuviera bien claro a dónde iba.

Entre las señoras hubo murmullos; algunas se santiguaron, otras exclamaron asombradas. Pero la gata las ignoró por completo, cruzó frente a los santos y las velas y fue directa al altar, donde se acurrucó hecha una bola, apoyando la cabeza en las patas. Sus ojos amarillos y enormes miraban fijos, abiertos, penetrantes, sin parpadear.

Al padre Alejandro se le encogió el alma.

La había reconocido.

¡Válgame Dios! ¿Cómo había llegado hasta ahí, esa gata?

Le temblaron las manos. Cerró por un segundo los ojos, buscando concentración, pero al instante le vino a la mente la imagen de Doña Amalia García.

Amalia una anciana tranquila, ojos cansados pero siempre amables. Vivía sola, en un antiguo piso de dos dormitorios, allá en Argüelles. Venía cada domingo a misa, despacio, apoyada en su bastón siempre estaba.

Y siempre llevaba comida para los gatos del portal.

También son criaturas de Dios, padre le dijo una vez, cuando él había ido a llevarle la comunión. ¿Cómo no compadecerse de ellos?

Y la Gata, llamada Duquesa por Amalia, era su favorita. Una gata gris, de pelo largo, que Doña Amalia rescató de cachorrita, la amamantó, la curó Y Duquesa le devolvía el cariño siendo inseparable: nunca la dejaba sola.

Cuando el padre fue a verla por última vez, hace unas tres semanas, Duquesa estaba sentada en la ventana, atenta, mirándola fijo, como entendiendo todo.

Padre le dijo Amalia en un susurro aquella última visita, si algún día me pasa algo, cuide usted de Duquesa. Es lista, y buena.

Él asintió, le apretó la mano con ternura.

Y ahora aquí estaba: Duquesa tumbada junto al altar.

Y Alejandro lo entendió todo. Un frío por dentro.

Terminó la misa como en una bruma.

Las palabras de las últimas oraciones le salían solas, casi automáticas; en su cabeza, sólo un pensamiento: tengo que ir. Ahora.

Las feligresas salían despacio, velas en mano, en silencio. Algunas miraban hacia la gata, aún inmóvil junto al altar.

Padre, ¿y eso? empezó una abuela, pero él sólo levantó la mano.

Después. Ahora no.

Se quitó los ornamentos, se puso la sotana negra; le temblaban tanto los dedos que apenas podía abotonarse.

Dios mío, ojalá me equivoque.

Pero en el fondo lo sabía todo. Lo sabía hasta los huesos: no se equivocaba.

Duquesa alzó la cabeza al verle acercarse. Lo miró largo rato a los ojos, soltó un maullidito débil.

Una sola vez.

Como diciendo: ¿ves? Ya lo has entendido. Pues venga.

Vamos susurró el padre, tendiéndole la mano.

La gata se levantó, se desperezó como después de una siesta y caminó hacia la calle. Él, detrás.

Fuera, el día estaba gris, tirando a lluvioso. El viento zarandeaba las ramas peladas y barría hojas secas por la acera. Hasta el piso de Doña Amalia había un cuarto de hora andando.

Caminaba deprisa, casi a trote; Duquesa, pegada a su lado, pelusilla moviéndose tras él.

Solo pensaba: llegar a tiempo.

Aunque entendía que, si la gata había ido hasta la iglesia y se tumbó al altar todo estaba ya decidido.

Fue recordando a Doña Amalia, sus tardes calladas, sentada en la butaca junto a la ventana, bajo una manta. Su sonrisa al verle llegar. Su mano temblorosa haciéndose la señal de la cruz para comulgar.

¿Sabe, padre? le dijo la última vez, hace tres semanas. No tengo miedo. De verdad. He tenido una buena vida. Un marido que quise, una hija que creció bien. Nietos que, bueno, lejos, casi nunca nos vemos. Pero Dios nunca me ha dejado, nunca.

Y no te dejará contestó él.

La anciana suspiró:

Lo sé, pero Es tan callado todo en casa. Duquesa está, claro. Pero el silencio pesa.

Él no le dio mayor importancia: la escuchó, la animó. No comprendió que igual era una despedida.

Llegaron al portal, viejo, con desconchones; el telefonillo llevaba años averiado. Subió al tercer piso: el ascensor tampoco funcionaba, como siempre.

El corazón le galopaba. De nervios o de prisa.

Duquesa fue por delante, paró ante la puerta: pintura saltada, número treinta y siete colgando torcido.

Se sentó.

El padre Alejandro llamó.

Una, dos, tres veces.

Nada.

Pulsó el timbre, una campanilla cascada que se perdió por la casa.

Silencio.

¡Doña Amalia! ¡Soy el padre Alejandro!

Nada.

Puso la oreja en la puerta: con la edad, igual no escuchaba bien.

Pero el silencio era denso, de esos que pesan.

Se agachó, miró a Duquesa, que no apartaba la vista de la puerta.

Tembloroso, el padre sacó el móvil, marcó el número del policía del barrio, el mismo que echó una mano la vez que entraron unos vándalos en la iglesia.

¿Pedro Martín? Soy el padre Alejandro, sí. Necesito ayuda, urgentemente. Una vecina mayor no contesta Hay que abrir la puerta.

Voz tranquila:

Dígame la dirección.

Calle Mayor, 32, tercer piso, puerta 37.

Voy para allá, tranquilo.

Dejó el móvil y se sentó en el suelo, la espalda contra la pared.

Duquesa se le acercó, se rozó contra la sotana, ronroneando flojito, como apenada.

Eres muy lista le susurró. Has sabido venir a por mí.

La gata se tumbó a su lado.

Y allí los dos, en ese pasillo frío, él pensó en cuántas veces había dejado de visitar a la abuelita, cuántas veces no notó la soledad ni sospechó que estuviera peor de lo que ella decía. Quizá esperaba.

Perdóneme, Doña Amalia. Perdón.

El policía llegó a los quince minutos.

Pedro Martín, un hombre grandote, barba de tres días, subió los escalones resoplando. Al ver al padre en el suelo, preguntó preocupado:

¿Padre Alejandro? ¿Qué ha pasado?

Doña Amalia no abre. Temo que

No pudo terminar la frase.

El policía asintió. Sabía lo que tocaba.

Espere aquí.

Llamó fuerte con los nudillos:

¡Amalia García! ¡Abra, por favor! ¡Policía!

Nada.

Sacó una palanqueta del bolso, la metió entre la puerta y el marco, apoyó el hombro y empujó con fuerza.

Crujió la madera, rechinó el hierro, el cerrojo cedió.

Abrieron.

Dentro, olor a cerrado, a medicamentos y a ese silencio espeso.

El padre Alejandro se persignó y entró tras el agente.

Todo le era familiar: el abrigo marrón de Amalia colgado, ya gastado, sus zapatillas colocadas a la entrada.

El corredor oscuro, y la puerta de la sala.

Pedro la abrió, quedó clavado en el umbral.

El sacerdote miró por encima del hombro y el corazón se le fue a los pies.

Amalia estaba en su sillón, junto a la ventana, bajo un chal. Las manos cruzadas, la cabeza ligeramente echada atrás.

Parecía dormida.

Pero la cara estaba pálida, cera blanquecina.

Dios mío susurró el padre.

El policía se acercó, acarició la muñeca buscando pulso. Negó con la cabeza.

Llevará así tres días. O más.

Tres días.

El padre Alejandro se arrodilló allí mismo, quebrado.

Tres días sola En su piso. Y nadie fue. Nadie se dio cuenta.

La hija, en otra ciudad. Los nietos, lejos. ¿Los vecinos? Quién se acuerda hoy de los vecinos.

Solo Duquesa.

Solo ella se quedó. No se fue, aunque la ventana estaba entreabierta.

Y cuando lo entendió, fue hasta la iglesia.

¿La conocía usted mucho? preguntó el policía sacando el móvil.

Sí, era mi feligresa. Buena mujer.

Habrá que avisar a la familia. ¿Sabe dónde están los papeles?

En el escritorio o el armario. El teléfono de la hija lo tengo yo, se lo dejo.

Pedro asintió:

Bien, yo llamo a emergencias.

El padre se levantó, fue hasta el sillón y miró el rostro de Amalia: sereno, casi luminoso.

No había sufrido. Dios se la llevó en paz, seguramente dormida.

Perdón susurró, por no venir antes, por no percatarme.

Se atrevió, le acarició con cariño el pelo cano.

La santiguó y comenzó a rezar en voz bajísima, una oración por los difuntos. Los versículos salían solos, como lágrimas.

En la puerta, Duquesa no apartaba la vista de su dueña.

Y entonces, el padre Alejandro lo entendió del todo: esa gata había querido a Amalia más que nadie.

Más que su hija, que llamaba cada mes.

Más que los nietos, que la veían una vez al año.

Duquesa estuvo con ella hasta el último suspiro.

Y al final no la dejó: fue a avisar, fue a buscar ayuda.

El sacerdote se arrodilló, la tomó delicadamente en brazos.

Duquesa no se resistió, se apretó contra él, ronroneando suavito.

Ya está, pequeñita. Yo me encargo de todo. La enterraremos como Dios manda. Y tú te vienes conmigo, ¿vale?

Se le escaparon las lágrimas.

Le caían sobre el pelaje gris y suave, y él la acariciaba, pensando que la verdadera lealtad se muestra en los hechos, no en las palabras.

Enterraron a Amalia tres días después.

La hija vino, muy pálida, ojos hinchados, todo de negro. Sin nietos: «mucho lío, exámenes», dijo.

Unas veinte feligresas fueron al funeral, las abuelitas de siempre. Cantaron el Descansa en paz con voces temblorosas.

El padre Alejandro ofició la misa de difunto. Leía las plegarias mirando el féretro, el rostro sosegado de Amalia bajo el pañuelo blanco.

Perdón, sierva de Dios, por tanta indiferencia, por falta de cariño.

A los pies del ataúd, hecha un ovillo en el frío suelo de la iglesia, estaba Duquesa.

Había venido sola, temprano, al saberse Amalia ya no volvería.

Se tumbó ahí y no se movió.

La hija quiso echarla, agitando el pañuelo:

¡Fuera de aquí, bicho! ¡Este no es tu sitio!

Pero el sacerdote la frenó:

Déjela. Que se despida de su dueña.

La mujer quiso protestar, pero al cruzarse su mirada con la del padre, calló.

A Duquesa también la llevaron al cementerio. No se la iban a dejar sola. El padre Alejandro la llevó en brazos durante todo el trayecto.

Tras el entierro, la hija se acercó:

Gracias, de verdad. Por avisar, por todo.

No me dé las gracias a mí murmuró él, déselas a Duquesa. Ella fue quien me trajo.

La mujer miró a la gata con extrañeza y, al final, soltó:

Quédese con ella, por favor. Yo no puedo, tengo alergia y en fin.

Ya contaba con ello, tranquila.

Ella asintió, se marchó sin mirar siquiera la tumba recién tapada.

El padre Alejandro se quedó allí.

Mirando el montículo húmedo, la cruz provisional.

Amalia García. Quietecita. Tan sola.

¿Cuántas como ella viven así, desperdigadas por pisos fríos? Dicen adiós y nadie se entera. Parecen no importarle a nadie.

Excepto a los gatos. Y a Dios.

Acarició a Duquesa:

¿Nos vamos a casa?

La gata le respondió con un ronroneo suave.

Desde entonces, en la iglesia de San Sebastián, sobre el alféizar junto al altar, siempre descansa una gata gris y suave.

Las abuelas le traen latitas, la miman, le cuchichean:

Qué buena es, qué noble alma.

El padre Alejandro sonríe sin decir nada.

Y por las noches, ya en su silla, toma a Duquesa en el regazo y la acaricia despacio, notando su calorcito.

La gata cierra los ojos y ronronea.

En sus ojos amarillos se refleja la luz cálida de la lamparilla.

Suave. Que nunca se apaga. Eterna.

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El Regreso a Uno Mismo