La exnovia

Exnovia

Perdóname, Lucía… Ya no te quiero. No puedo hacer nada contra eso dije mientras metía a toda prisa mis camisetas y vaqueros en la mochila, evitando mirarla a los ojos.

No hacía falta. Sabía que Lucía estaba de pie, mirando por la ventana, con su nariz pecosa y respingona esa que en su día tanto me enamoró levantada hacia el cielo.

Me dejó de gustar. O mis gustos cambiaron, o simplemente la vida va como va. Ahora estoy enamorado de Carmen.

No Carmencita, ni Carmela: Carmen. A ver quién es el valiente que la llama de otra manera. No encaja, sería ridículo.

Carmen es guapísima. Impone. Parece una estatua de mármol, perfecta para ser admirada en un museo. Así la veo yo. Esbelta, culta, inteligente, amante de la poesía y de las cosas profundas. No entiendo cómo se fijó en mí, tan simple y llano como un duro de los de antes.

Así me lo dice siempre mi abuela, doña Pilar. Y si lo dice ella, por algo será; a fin de cuentas, fue la que me crió. Cuando mi madre decidió irse de casa a buscar un amor nuevo y mi padre me llevó con mi abuela y se desentendió de mí, como si aquel chiquillo llorón nunca hubiese existido.

Mi abuela Pilar nunca discutió con su hijo. Me aceptó sin rechistar y echó el cerrojo a la puerta. “Por si acaso”, decía. Y aunque algún día volvieran mis padres a buscarme, dijo que de ella no me sacaban. “Que lloren, pero que no esperen piedad”.

Dura mi abuela, no hay duda, pero sabía querer como nadie. Siempre tenía para mí la mejor ración de postre y el tiempo que necesitase. Me ayudaba en todo.

Pero hubo una vez que me dijo no. Cuando fui todo contento a contarle que me había enamorado de Carmen, no quiso escuchar más. Me echó de la cocina y hasta me dio un paño de cocina en la espalda.

¡Qué vergüenza! ¿Y qué harás con tu mujer, a la que juraste amor eterno?

Nada, abuela. Nos divorciamos, como todo el mundo.

¿Nada? ¿Así de fácil lo ves tú? gritó, agitando el paño. ¡Te he criado para esto? ¡¿De verdad?!

Acepté su bronca, pero no la entendí. ¿Cuál era mi pecado? ¿Haber dejado de querer a Lucía? ¿Que Carmen me pareciera mucho mejor?

Con Lucía, he compartido toda una vida. Desde el parvulario, donde me daba capones por responder mal a la seño o negarme a comer el puré. Luego, en la entrada del colegio, cuando me pellizcaba y me imponía que me portara bien. Lucía, siempre tan limpia, con los lazos nuevos y el ramo más grande de flores, parecía de otra galaxia.

Yo, sin embargo, sabía que ella era igual de normal que yo. Que, después del cole, volvíamos siempre a casa, comíamos y, pidiendo “un ratito”, subíamos juntos al cerezo del patio para reírnos y ver cómo se pelean los gatos o cómo discuten los gorriones. Lucía vestía igual que yo, se raspaba las rodillas igual que yo, y se sabía todas mis canciones favoritas, aunque yo desafinara siempre.

Tantas cosas juntos…

Hasta que sus padres se marcharon a trabajar fuera y se la llevaron durante tres años. A África, ni más ni menos. Allí vio elefantes y hasta hipopótamos, y me contaba mil historias cuando volvió.

Me hablaba de cómo me echaba de menos, de cómo soñaba con subir otra vez al cerezo juntos y tirar huesos a los pájaros, aunque estuviera mal.

Y yo la escuchaba, embobado, sintiéndome importante cuando me eligió a mí. Porque Lucía, en aquellos años, ya era la chica de los ojos azules que hacía reír a todo el barrio. Y me escogió a mí.

Sus padres no daban crédito cuando, con diecisiete años, fuimos a decirles que pensábamos casarnos.

Su madre casi se desmaya y su padre, por primera vez, cogió el cinturón. Pero abuela Pilar intervino.

Bueno, que se casen, pero con cabeza. Mi nieto es joven, sí. Pero primero que saque una profesión y pueda cuidar de Lucía. Después, ya veremos. ¿Qué decís?

Llegamos a ese acuerdo. Lucía y yo sabíamos que no era el momento. Hacíamos planes, soñábamos, pero nunca cruzábamos ciertos límites. Sabíamos que no estábamos preparados para ser padres y que mi abuela ya bastante había hecho criando a un nieto.

Y cuando finalmente nos casamos, fue una fiesta.

Vinieron familiares de todas partes, aunque en su día nadie se acordó mucho de mí. Y abuela Pilar ni guardó rencor ni permitió que yo lo guardara. Estaba demasiado feliz. Yo, más aún. No podía quitar ojos de Lucía.

Entró como un sueño, vestida de blanco, y me dijo al oído, apenas audible:

Te quiero…

Me lo había dicho otras veces, pero nunca como ese día. Sentí que ese lazo entre nosotros era irrompible.

Pero me equivoqué. Resultó tan fácil romperlo…

A Carmen la conocí de casualidad. Volvía del trabajo, diluviando, y vi a una chica elegante, de pie en una parada, bailando bajo la lluvia. Me dio pena y paré el coche.

¿Te acerco?

Me miró con desdén y soltó:

¿Quién te ha dicho que no me guste la lluvia?

Sus ojos oscuros parecían pozos. Algo en esa mirada me dejó sin respiración.

Caminamos juntos hasta su casa, empapados. Ya en su portal, me dijo:

¿Vas a entrar o no?

Y así, sin más, me perdí. No volví a casa aquella noche ni en toda la semana siguiente. Sabía que Lucía y abuela Pilar me buscaban, veía las llamadas perdidas, pero era como haber caído en un agujero donde sólo existía Carmen.

Regresé a casa semana y media después. Aparté las manos de Lucía cuando intentó abrazarme y le solté, imitando a Carmen:

Ahora no.

Le resumí lo ocurrido y le anuncié que me iba.

Ni protestó. No entendía nada, y aun así, me ayudó a colocar mis cosas en la mochila. Luego me miró a los ojos y preguntó, con ese azul tan hondo suyo:

¿De verdad, de verdad, ya no me quieres?

Algo dentro de mí tembló. Pero al instante, la vergüenza me estranguló: ¿qué hacía allí? La había traicionado. A ella y a mí mismo. No había vuelta atrás. Así que salí por la puerta, convenciéndome de que era lo mejor para Lucía.

Abuela Pilar tampoco me recibió. Cerró la puerta en mi cara. A través de un amigo, me mandó decir que no quería verme hasta que espabilase y recuperase la conciencia.

Yo, sin embargo, estaba demasiado ocupado en mi nueva vida. Nadie preguntaba cómo me había ido el día. Yo lavaba mi ropa, hacía mi cena…

Pero Carmen, siempre vestida con algo traslúcido, caminaba por la casa como si yo no estuviera; nunca se dirigía a mí, ni para bien ni para mal. Sentía que con eso debía bastarme para ser feliz.

Ni tenía ganas de apodarla Carmencita o Carmela. Era fría, distante, inteligente, ajena a todo. Tal vez por eso me atrapó pensaba yo, por el deseo de calentarla y lograr una sonrisa parecida a la de Lucía.

Pero a Carmen, mis caricias y mi afecto no le importaban.

A veces me echaba, otras veces me llamaba. Jugaba conmigo, como un gato con un ratón. Yo corría detrás de ella, olvidando a Lucía y a mi abuela, y todo lo demás.

Así pasó un año. Y otro. Adelgacé hasta parecerme a un galgo; soñaba cosas feas y pedía ayuda en sueños, aunque a quien de verdad pedía era a Lucía. En esas noches dormía como un niño, hasta que Carmen se enfadaba porque, según ella, roncaba.

Pero no era cierto. Me giraba y temía volver a cerrar los ojos. Sabía que Lucía sólo volvería en mis sueños hasta el amanecer.

Un año más tarde, Carmen me echó de casa. Me dijo que estaba hartísima, que me fuera. Nos peleamos. Me arañó, intentó darme en el ojo con la uña, yo la sujeté y ella se soltó gritando:

¡Eres peor que una piedra! ¡Ya no te aguanto! ¡Vete, anda… vete con tu Lucía!

No entendía por qué dijo ese nombre. Yo nunca le había contado a Carmen nada de Lucía ni de mi abuela. Como si nunca hubieran existido. Carmen debería haber sospechado que, si encontrase otra “gran pasión”, también la olvidaría.

Probablemente por eso estaba tan enrabietada.

De pronto, me quedé pensando: ¿a Lucía? Y en ese instante, regresaron todos aquellos recuerdos: su nariz respingona, sus pecas, ese gesto tan suyo para apartarse el flequillo. Y, con el corazón encogido, me dije: “Estoy cansado… Toca volver a casa”.

Mi coche, cómo no, decidió no arrancar. Así que atravesé toda la ciudad andando, con la vieja mochila más gastada que nunca sobre el hombro, rumbo a casa de mi abuela.

Pero no abrieron. Por mucho que golpeé la puerta, nadie respondió.

¿Quién es? asomó la vecina. ¡Andrés! Aquí no está la abuela. Hace tiempo ya…

¿Dónde está Pilar?

¡Ahora te acuerdas! Dale las gracias a tu Lucía, que no la dejó sola cuando no se te encontraba ni por dinero ni por amor. La abuela tuvo un ictus, chico. Y tú ni te enteraste… ¡Cambiaste de móvil, de trabajo, todo!

¿Pero cuándo?

¡Hace un año, Andrés!

¿Y vive? ¿Dónde?

¡Cuidado con lo que dices! Está viva, claro que sí. Lucía se la llevó con ella y la cuidó. La ayudó a recuperarse, le devolvió la vida, mientras tú… ibas a lo tuyo. Y ni una queja. Está hecha de otra pasta, Lucía.

La vecina se metió de nuevo y cerró la puerta de un portazo. Yo me lancé escaleras abajo, me olvidé del ascensor, y corrí al piso pequeño donde antes vivíamos Lucía y yo, el que le dejó su abuelo.

Allí, sí, abrieron la puerta.

Me derrumbé en el recibidor, mirando al suelo. Lucía, con un niño en brazos, me vio así.

¿Vienes? Pasa, la abuela te espera.

¿Y tú? me salió del alma.

No me atrevía a mirar.

Yo… dejé de esperarte hace tiempo, Andrés. El cariño no se puede forzar.

¿Y cómo se llama nuestro hijo?

Javier.

Bonito nombre.

Fue idea de la abuela. Era el nombre de tu abuelo. Un buen hombre.

No como yo…

¿A qué viene eso? Eres joven, aún puedes cambiar.

¿Y tú, Lucía? ¿Tú has cambiado?

Claro y su risa era suave y auténtica, que hasta a mí me templó el ánimo. Esta es mi vida.

Besó a su hijo en la cabeza y, poniéndolo en el suelo, lo empujó hacia mí:

Venga, anda. Ve a conocer a tu padre.

Mi hijo lloró cuando intenté abrazarlo.

Eso dijo Lucía, sosteniéndolo de nuevo y haciéndose a un lado, ponte las pilas. Visita a la abuela, llévate las llaves del piso. Está vacío, te vendrá bien.

Lucía, ¿y si…?

No hay si, Andrés negó con la cabeza. Ya pasó. Puedes ver al niño cuando quieras, me alegraré. No es bueno que crezca sin padre. Pero lo demás… olvídalo.

Tú no lo has olvidado…

No, no pude, aunque lo intenté… pero me hiciste demasiado daño.

Gracias por cuidar de la abuela…

Por Dios, no me des las gracias. Es lo que hace la gente decente.

Quise rebatirle, pero me perdí otra vez en el azul de sus ojos y me quedé mudo.

Con el tiempo, pasaron los años y todo se recolocó. Un día, en el Retiro, jugarían los niños y nuestros caminos se cruzarían.

¡Papá! Javier me llamaría, sin soltar de la mano a su hermana, aún insegura pero corriendo tras él.

Hola, hijo diría yo, empujando el carrito de la pequeña de mi nueva esposa, abrazando a Mariana y asintiendo con la cabeza a Lucía, que pasearía de la mano de su marido.

¿Carrusel y helado? reiría Lucía, viendo a su pequeña hermana intentar seguir el ritmo de Javier.

A la bisabuela seguro que le gustaría corría Javier hacia mi abuela Pilar, sentada en un banco. Pero yo elijo los helados, que si no se manchan todas.

Se escucharía la risa por todo el parque. Lucía se asustaría al montar en la montaña rusa con su marido, yo me quedaría mirando a Lucía y a los niños, recordando.

¿Por qué esa cara, Andrés? abue Pilar me cogería del brazo. ¿Todavía echas de menos la felicidad que perdiste? Se te escapó volando y encontró otro nido…

¿Para qué hablar de esto, abuela?

¡Para qué, dice! golpeaba el suelo con su bastón. ¡Nunca valoráis lo que tenéis! ¡Y cuando lo perdéis, lloráis! Siempre te ha pasado igual, chico. Piensa en Mariana, en lo que te queda. Que no te pase lo mismo otra vez. Mira hacia el futuro, como hizo Lucía cuando te fuiste. ¿Se arrepiente? ¡Por supuesto! Nadie olvida el primer amor. Pero aprendió a seguir adelante y criar a tu hijo como toca. Y tú… tú podrás cambiar, o podrás seguir tropezando con la misma piedra. Tú eliges.

Mi abuela fue tras los niños, yo miré al cielo y escondí mis lágrimas. Luego llamé a mi esposa:

¡Mari! ¿Un helado?

Andrés…

Ya habrá tiempo para dietas, si acaso. Yo te veo preciosa igual.

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La exnovia
Regalo del corazón.