Diecisiete calcetines

Diecisiete calcetines

Mira, te lo cuento como si estuviéramos de cañas en una terraza de Madrid y te estuviera abriendo mi corazón una tarde cualquiera. La historia empieza con Aurora, cincuenta y dos años, sentada al otro lado de la mesa del comedor, con un plato de sopa de cocido delante. Su marido, Tomás, mira el móvil y ni siquiera le dedica una mirada. Ella ya sabe lo que va a soltar, porque después de veintitrés años juntos en el mismo piso de Arturo Soria, sabe leerle la cara mejor que la etiqueta de un bote de tomate triturado.

Otra vez te has pasado con la sal suelta Tomás, sin levantar la cabeza.

Pues yo no la noté salada responde Aurora, voz tranquila.

He dicho salada. Lo está. Da igual, siempre lo mismo.

Aurora deja la cuchara al lado del plato. Con cuidado, porque sabe que si la deja con un poco de fuerza, él dirá que es una histérica. Siempre lo decía. Da igual lo pequeño que fuera el gesto: para él, era histeria, o ganas de discutir.

Tomás, llevo veinte años siguiendo la receta.

Pues igual es hora de cambiar de receta, ¿no crees?

Empuja el plato, lo lleva a la cocina sin ni molestarse en pasarle un poco de agua. Deja los restos de cocido en el fondo, como un mensaje silencioso. Aurora mira su espalda ancha, de hombre que nunca pregunta cómo te ha ido el día.

Era un martes cualquiera. El piso no estaba mal: tres habitaciones, decorado bastante a gusto de Tomás, que siempre presumía delante de las visitas de lo bien que lo había amueblado. Aurora callaba. Si decía algo, luego había bronca, así que, mejor guardar silencio.

Aurora llevaba toda la vida trabajando. Era contable en el centro de salud de Ventas y cobraba lo suficiente para llenar la nevera, pagar la luz y comprar los chismes de casa. Tomás, por su parte, era director comercial en una empresa madrileña de construcción, ProBau Iberia. Ganaba mucho más, claro, y le encantaba dejarlo claro, aunque sólo de vez en cuando.

Tu sueldo sirve para poco más que el pan solía decir con esa voz de yo sólo constato un dato.

Aurora ya ni contestaba. Para qué. Si total, él lo cobraba y lo gastaba en lo que le parecía. Ni prohibía ni nada; simplemente, las cosas fluían así: su sueldo, para casa; el de él, para cosas importantes.

Nunca tuvieron hijos Un tema que Aurora había aprendido a dejar fuera de sus pensamientos. Dolía demasiado, y cada vez que lo abordaban, las palabras dolían aún más. No todos los recuerdos se olvidan igual.

La suegra, Carmen, vivía en Arganzuela, a diez minutos en metro. Entraba en casa cuando le daba la gana: aún guardaba la llave que Tomás le dio hace quince años y que nunca le recogió, porque Aurora le pedía suave y Carmen protestaba fuerte. Siempre encontraba algo que señalar.

Aurorita, esa estantería tiene polvo decía con voz aguda, como si fuese una cortesía usar su nombre cariño.

La limpié ayer, Carmen.

Pues no se nota. Mira.

Pasaba el dedo, lo enseñaba como si Aurora fuera tonta. Tomás, en el sillón delante del televisor, callado. Nunca le decía a su madre que parara. Le era más cómodo que su madre se fuera contenta y Aurora callada. Y así, la paz reinaba.

Aurora, con el tiempo, dejó de llamarlo debilidad. Simplemente, asumió que así era la vida: Tomás, ella y Carmen, que siempre estaba ahí, aunque no estuviera.

Los calcetines de Tomás, qué decir. Por todas partes. Era rutina. A veces pensaba que los veía igual que el rodapié: simplemente, forman parte del paisaje. Junto al sofá, bajo la mesa de centro Una vez encontró uno en la encimera de la cocina y ni preguntó. Lo guardó para lavar, como siempre.

Muchas cosas las hacía en silencio. Limpiar, cocinar, planchar, ir al supermercado con las bolsas pesadas, porque para Tomás eso era de mujeres. Subir las bolsas del carrefour, no; pero si había que llevar algo al trastero, entonces sí ayudaba.

Si pasas por allí de camino, para qué voy a ir yo decía, tan ancho.

Y sí, Aurora siempre acababa pasando.

Un día, en el curro, celebraron el aniversario del centro de salud. Hicieron un trivial sobre historia de la sanidad y Aurora se llevó el primer premio: un bono de 25 euros para el spa Silueta. Llegó a casa con ilusión, por primera vez en años.

Tomás vio el papel, leyó el sello, giró la cabeza y soltó:

Pues mi madre lleva tiempo quejándose de la espalda. Le va a venir de perlas un masaje.

Tomás, es mi premio.

Bah, tienes cosas que hacer, no te va a dar tiempo. Que vaya mi madre, le viene bien.

Llamó a Carmen y al día siguiente pasó a recogerlo. Dio las gracias a su hijo. A Aurora, nada.

De noche Aurora se quedó mirando por la ventana. Los árboles, la luz de la calle, casi sin hojas. No lloró. Se preguntó por qué. Quizá era que ya no le sorprendía nada. Quizá el dolor era tan de fondo como la tele de la otra habitación.

Y luego el día del calcetín.

Aurora limpiaba el salón. Sábado. Movió el sofá para pasar la aspiradora y encontró, claro, un calcetín gris de algodón, sin pareja. Lo sostuvo un rato en la mano, ni con asco ni cariño. Simplemente, lo miró.

Algo en ella giró, despacio y en silencio. Como una cerradura atascada que de repente cede.

Esta vez no lo lavó.

Fue al armario del pasillo, buscó una caja de botas, puso el calcetín dentro y la cerró.

Tomás esa tarde veía el fútbol. Aurora le trajo el té, él ni un gracias. Se metió a la cocina. Y pensó. Mucho rato.

Aquella noche, sentada tomando un té frío, pensó que en tres semanas y media tendrían una cena especial en casa. Tomás llevaba un mes dando la brasa con que venía el nuevo director general, don Alfredo Montero, con su mujer. Tomás aspiraba a un ascenso, y la cena era de esas que lo podían cambiar todo.

¿Ves la oportunidad que es esto? dijo Tomás muy serio. Montero es de los que miran el conjunto. Casa, familia, mujer. Tienes que estar perfecta: peinada, vestida bien, pero cállate. Tu misión es la mesa y no estorbar.

Claro que sí, Tomás.

Y vendrá mi madre, que tiene don de gentes.

Aurora asintió. Siempre sabía cómo asentir.

Y esa noche, sentada con la caja de botas guardada, pensó tranquila, casi metódica. Tenía tres semanas y media.

Al día siguiente, camino a casa, entró en la ferretería. Compró frascos de cristal pequeños: de los de mermelada, pero tamaño muestra. Luego, en otra tienda, pilló una grabadora de voz barata y un retal de terciopelo verde oscuro. Guardó todo en el trastero. Tomás ni se fijó. Sólo se daba cuenta de lo que se podía masticar o manchar, nunca del resto.

Aurora comenzó a llevar la grabadora en el bolsillo del delantal. Solo la encendía cuando algo por dentro le empujaba: esto hay que grabarlo. Nunca se equivocaba.

La primera vez fue a los tres días. Cena: Aurora había hecho pollo asado.

Esto está seco dijo Tomás, moviendo la cabeza.

Lo he hecho igual que siempre.

Ese es el problema. Igual que siempre.

¿Qué quieres cambiar?

Quiero cenar bien. ¿Eso es tanto pedir?

El pollo está jugoso.

Pues yo te digo que está seco. Yo soy el que se lo come, ¿no?

Aurora ya había encendido la grabadora justo antes del yo soy el que…. Quedó todo registrado. También registraba los calcetines: cada uno encontrado iba a un bote de mermelada. Le escribía la fecha y una frase del día, sacada de alguna contestación de Tomás.

No le costaba. Tenía memoria de números y de palabras: muchas veces de noche se repetía frases suyas, intentando entender qué le pasaba. Ahora, simplemente las anotaba en tarjetitas.

¿Por qué te quejas tanto? Deberías alegrarte de tener casa y marido.

Ese jueves, cuando se quejó de dolor de cabeza tras el trabajo.

Mi madre decía que no valías para mucho. No quise creerlo. Ahora veo que tenía razón.

Un sábado, después de un pastel que Carmen criticó por tener el bizcocho gordo.

Al acabar de recoger los platos, Aurora iba al baño, abría el grifo de agua fría. Se miraba las manos.

Por las noches, cuando Tomás roncaba, Aurora desplegaba la colección: botes, tarjetitas, luces que encontró en Wallapop por diez euros. Aprendió por YouTube a hacer pequeños pedestales de cartón forrado de terciopelo. Todo quedaba bonito, recogido, casi elegante.

Tomás no se daba cuenta de nada. Ni falta que hacía.

Una mañana le comentó:

Tienes mala cara.

Duermo poco.

¿Otra vez? Pues tómate algo.

Y vuelta al periódico.

En el curro, su compañera de mesa, Elena, le preguntó:

Aurora, ¿estás rara? Como si le estuvieras dando vueltas a algo grande.

Aurora le sonrió.

Nada importante.

No era una amiga de las de quedar, pero Aurora sospechaba que si alguna vez la necesitaba de verdad, Elena no fallaría. De esas discretas.

Su amiga de la universidad, Catalina, era diferente: llevaba años en Zaragoza, divorciada, viviendo sola. Hablaban una vez por semana, o casi.

Aurora la llamó tarde, cuando Tomás ya se había encerrado con el fútbol.

Cata, necesito tu ayuda.

¿Qué pasa?

Nada malo. Pero el dieciocho tengo que mudarme. Necesito que vengas.

¿Mudarte?

He alquilado un estudio en Goya. Ya está pagado el primer mes.

¿Vas en serio, verdad?

Muy.

¿Lo tenías claro desde hace mucho?

No. Pero ahora sí.

Pues dime cómo te ayudo.

Sólo vente el quince. Con tus manos basta. Y tu sensatez.

Cuenta conmigo.

Colgó, fue a contar los botes: nueve.

Buscó abogada por internet. Una mujer de cuarenta y pocos, Belén Fernández. Aurora fue a su despacho en expansión de Gran Vía en el descanso de la comida. Relató todo concisa.

¿Bienes en común?

El piso. Comprado juntos, con el dinero de él principalmente.

Pero está a nombre de los dos. ¿Seguro que no quieres reclamar nada?

No. Me arreglo.

Belén la miró, sin sorpresa. Habría visto muchas Auroras que solo querían salir sin más.

Podemos presentar la demanda el quince.

Perfecto.

Salió a la calle y se dio cuenta de que hacía sol, que en septiembre Madrid huele a bocadillo de calamares si pasas cerca de cualquier bar. Pensó que no sentía ni miedo ni euforia. Sólo la garganta seca. Fue al VIPS, compró agua y volvió.

Esa noche sirvió cena. Tomás dijo que el bacalao estaba aceptable. Lo máximo que podía esperar en su escala.

Recuerda que la cena importante es el dieciocho dijo, tipo facturación de Amazon.

Sí, lo tengo apuntado.

A Montero le gusta la comida española. Haz algo especial: pato asado o un buen solomillo.

Haré pato.

Usa la mantelería buena, la que trajimos de San Sebastián.

Vale.

Y elige un vestido decente. No el azul, que te ensancha.

Aurora aguantó la mirada.

Vale, Tomás.

Mandó un mensaje a Cata: El dieciocho. Las cajas estarán listas.

Esa semana, informes trimestrales en el trabajo, menús de la cena y la colección de calcetines completándose. Ya llevaba trece botes. Las tarjetas, cada vez más cuidadas.

La grabadora captó frases de todos los colores. Algunas de las peores, ni gritadas ni dramáticas. Tristes.

Podrías esforzarte más. Mira la plancha de esta camisa.

El cuello está bien.

Crees que está bien. Porque no sabes mirar. Ya la llevaré yo a la tintorería.

Aurora miró sus manos. Veintitrés años planchando camisas, miles. Apagó la plancha, se fue a la cocina a poner el agua.

Una grabación del todo fortuita se coló. Tomás creía estar solo, hablando con un colega por teléfono:

No te rayes. Todas las mujeres igual. Mi mujer pone morros, pero bueno. Es lo que hay. Al menos, casa limpia y cocido hecho.

Se ríen.

Divorciarme no, qué va. Mi madre no me deja, ¿a quién le va a hacer el cocido?

Aurora, en el pasillo con el carro del súper, oyó el remate. Dejó la compra despacito en la cocina. El grabador, encendido.

Lo más duro quizá fue saber que él, en el fondo, entendía perfectamente lo que hacía. Y le daba igual.

Cata llegó el quince, como prometió. A Tomás le pillaba en el curro.

Menuda casa tienes dijo, mirando alrededor. Tres habitaciones ¿Y te vas?

Sí.

Las dos empaquetaron pocas cosas: ropa, algo de vajilla, joyas, papeles, y ya. Lo metieron todo en el coche de una amiga suya de Madrid.

El estudio de Goya era pequeño, pero tenía ventanal y luz. Aurora dejó las cajas, volvió a casa. Tomás no notó nada. Ni tendría tiempo: la mitad del armario siempre fue de Aurora. La otra mitad, suya.

El mismo quince, después de despedirse de Cata, Aurora firmó la demanda de divorcio con Belén.

Tomás, por la noche:

¿Dónde estabas?

Me quedé en el trabajo.

¿La cena está?

Ahora la hago.

Apenas quedaban tres días.

Los dedicó a la cena: pato macerado en hierbas toda la noche, receta de salsa de arándanos que nunca había probado, tres entrantes y un tiramisú que llevaba horas enfríándose en la nevera. La mesa, impoluta: mantel de lino bueno, copas de cristal, velas desempolvadas del trastero.

El último día, se duchó, arregló el pelo, estrenó un vestido rojo que había comprado meses antes y nunca había usado; Tomás no sabía de él. Muy favorecedor: justo por debajo de la rodilla, discreto. Se miró al espejo, se maquilló lo justo, pendientes pequeñitos de plata que había recibido en la universidad.

A las cinco y media, Cata llama por WhatsApp.

¿Cómo vas?

Bien, el pato al horno.

Aurora

Tranquila, estoy bien. Si hace falta algo, sé que estás cerca.

Eso es. Venga, te vigilo en la sombra.

Nervios, pero controlados.

Carmen llegó puntual a las seis, entrando sin llamar.

Uy, mira quién se ha vestido hoy

Buenas tardes, Carmen.

Pato, ¿eh? A Tomás le gusta muy hecho, ya lo sabes.

A Tomás le gusta jugoso. Llevo veintitrés años haciéndole pato, Carmen.

La suegra la miró con extrañeza. Aurora sonrió y fue a abrir la puerta a Tomás, que acababa de llegar.

¿De dónde has sacado ese vestido?

Lo he comprado yo, Tomás.

Es rojo.

El color de la vida, ¿no?

Él no contestó, fue al dormitorio.

A las siete y media, la pareja de jefes llegaron, puntuales. Alfredo Montero era un hombre alto, canoso, muy serio en el trato, pero educado. Aurora fue la primera en saludarle.

Encantado, Alfredo. Le dio la mano.

Aurora.

Me gusta mucho el vestido, Aurora.

Su esposa, Teresa, morena, pequeña y muy observadora, le trajo un ramo de flores y una sonrisa cálida.

La velada fue civilizada, la charla correcta: hablaron de trabajo, de proyectos, de la vida en Madrid. Teresa preguntó:

¿Dónde trabajas, Aurora?

De contable en el centro de salud.

Duro, ¿no? Mucha gestión.

Sí. Pero me apaño.

Después del pato y el vino, Aurora pidió permiso para mostrar una pequeña exposición que había preparado para la ocasión.

Tomás puso cara de póker. Nadie tenía ni idea de qué hablaba.

¿Una exposición? preguntó Montero, curioso.

Me gustan las sorpresas. Os invito al salón.

En el salón, Aurora descorrió el paño verde: diecisiete botes de cristal alineados sobre pedestales de terciopelo. Cada uno contenía un calcetín de hombre y una tarjetita con fecha y cita. En la pared, tres frases ampliadas. En una vitrina, el bono del spa bien enmarcado con rotulador: Regalo que mi suegra decidió que no me merecía.

Aurora tomó un mando pequeño. Pulsó. Por el altavoz portátil, la voz de Tomás sonó, clara y conocida.

¿Por qué te quejas? Una mujer debería estar agradecida por tener casa y marido.

Siguiente corte.

Te ha salido seco. Como siempre. Ya podías cambiar de receta.

Uno más.

Hay que aguantar. Pero al menos, la casa limpia y el cocido en su sitio.

Y el último:

Mi madre decía que no valías. Ya veo que era verdad.

La sala quedó muda de repente.

Teresa fijó los ojos en la vitrina y luego evitó mirar a Tomás.

Alfredo Montero se levantó despacio y se giró hacia Tomás.

Había escuchado que optabas al puesto de subdirector dijo con ese tono que no iba a ceder. Para mí, la confianza empieza en casa. Con alguien que trata así a su mujer, no quiero ningún trato profesional.

Miró a Aurora:

El pato, exquisito. Gracias.

Teresa le apretó la mano un segundo. Se fueron. Tomás seguía de pie, sin moverse.

Carmen, pálida, abrió la boca para soltar alguna acusación, cuando sonó el siguiente audio: la conversación de Tomás hablando de su madre, críticas incluidas. Carmen palideció aún más, fue a dejar la llave en la mesa del recibidor y salió sin hacer ruido.

Aurora apagó la grabadora. Tomás entró rojo de ira.

¿Pero qué demonios acabas de hacer?

Una exposición.

¿Eres consciente de que has destrozado mi carrera? ¿Es que te has vuelto loca?

No. Son tus palabras, Tomás. Y tus calcetines. Yo sólo los coleccioné.

¡Me grabaste a escondidas! ¡Eso es ilegal!

Lo grabé en mi casa, Tomás. Si quieres, consulta al abogado.

Aurora lo miró. Recordó aquel chico de hace años, esperando bajo la lluvia sin saber si ella aparecería. Ahora era otro hombre, o tal vez el mismo de siempre.

El lunes firmo el divorcio. Mis cosas ya no están en este piso. Tienes la llave en el recibidor. Nunca tuviste la decencia de darme una. No importa.

Se fue hacia la puerta, cogió el bolso.

Tienes el pato listo para cenar. No pienso limpiar la bandeja. Se acabó lo mío.

Salió.

El portal olía a losa mojada y a ese típico aroma entre gasolina y pan tostado, mezcla de los atardeceres de septiembre en Madrid. Esperó el ascensor. Solo el ruido del motor bajando. Alguien lanzó algo contra el suelo dentro del piso, probablemente Tomás. Silencio otra vez.

Bajó. Salió a la acera, la luz del atardecer le hacía los ojos pequeños pero alegres. Caminó despacio, sintiendo el aire fresco, los sonidos de la ciudad y el aroma, sólo perceptible, de algún bizcocho horneado en un piso cercano.

Iba elegante, de rojo, con su bolso. Nadie la miraba: la ciudad seguía. En paralelo, en un piso de Arturo Soria, un hombre solo, perdido entre diecisiete botes de cristal y la bandeja sucia de un pato frío.

No sabía cómo sería su nueva vida: piso pequeño, noches solitarias, la responsabilidad completa de todo, desde la bombilla fundida hasta el desayuno del domingo. No sabía si se arrepentiría, si la juzgarían, si Carmen llamaría algún día.

No sabía muchas cosas.

El móvil vibró. Era Cata.

¿Cómo vas?

Caminando.

¿A dónde?

Al principio, para adelante. Luego veré.

Cata rió.

Llevo vino. ¿Te veo en tu casa nueva?

Vente. Goya, setenta y uno. Veinte minutos.

Aurora sonrió, colgó. Caminó un poco más, esperando el semáforo. A su lado, un tipo con una bolsa del Lidl. Miró su vestido, miró hacia otro lado. Cruzó.

Allí, en ese piso de Madrid, quedaban diecisiete frascos y el eco de veintitrés años en la cocina. Aurora supo, en el centro del pecho, que el aire era distinto. Ni mejor ni peor. Suyo.

No sabía qué escribiría en la página en blanco que tenía delante, pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que la pluma la llevaba ella.

Cata susurró, aunque no había nadie. Así, al aire, al bullicio del barrio, a la ciudad que la esperaba, nueva y arrugada, con un par de copas y un corazón que empezaba otra vez de cero.

Y en vez de música, sólo el taconeo de sus propios pasos la acompañó. Una vez. Y otra. Y otra.

Así arrancan las vidas propias: sin orquesta, ni aplausos. Solo con el olor de un roscón de horno ajeno y veinte minutos hasta la llegada de tu mejor amiga con una botella de vino.

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