Una madre incómoda

Madre incómoda

Carmen Rodríguez llega sin avisar. Sabe perfectamente que no se hace. Que a una hija adulta y casada se le debería primero enviar un mensaje, después llamar, esperar respuesta y, sólo entonces, cruzar toda Madrid con dos transbordos. Pero eso mismo es lo que le ha enfadado esta mañana, de pie junto a la ventana con el té ya frío, mirando el patio mojado. ¿Qué significa eso de tienes que escribir antes? Es su madre. Tiene derecho.

El telefonillo no suena al momento. Hay una pausa larga, seguida de la voz de su hija, seca y algo sorprendida:

¿Mamá? ¿Estás sola?

Sola, Lucía. Ábreme.

La pausa dura más de lo necesario. Carmen sabe calibrar bien los silencios. Los colecciona, como otros coleccionan agravios.

El piso de Lucía es nuevo, va por su tercer año, y Carmen aún no se acostumbra. No al piso en sí es amplio, noveno piso con vistas al Retiro, sino al olor. O, mejor dicho, a su ausencia: nada de puchero, ni dulces, ni siquiera esa fritura de cebolla que siempre hace llorar pero indica que allí se vive. Huele a algún limpiador neutro y un poco a café de cápsulas. Según Carmen, eso no es café, sino un lujo aparente.

Lucía abre la puerta con chándal, móvil en mano, el pelo en coleta, la cara limpia, sin maquillaje. Treinta y cuatro años, sigue siendo una niña, piensa Carmen, y sonríe por dentro. Pero enseguida llega otro pensamiento, menos amable: una niña que mira a su madre como si fuera una complicación inesperada.

He traído empanada proclama Carmen, levantando la bolsa.

Mamá, te avisé que hoy…

Eso fue la última vez. Dijiste que teníais algo, ya ni recuerdo el qué.

Diego trabaja en casa, tiene llamadas hasta las tres.

Yo estoy callada.

Lucía se aparta. No enseguida, pero lo hace.

La cocina es blanca, completamente: muebles, encimera, azulejos, hasta la nevera con asa plateada. La encimera, vacía por completo, ni una taza fuera de lugar, ni paño a la vista, ni una miga. Carmen coloca la bolsa y mira a su alrededor con la extraña mezcla de admiración, envidia y una pizca de tristeza que sólo experimenta en esa cocina.

Siéntate, pongo el hervidor dice Lucía sin mirarla.

Me siento. Dime dónde dejo la empanada. ¿Sobre la tabla?

Sí, en la gris, que es para cosas cocinadas. La de madera es para carne cruda.

Carmen obedece. La empanada es de repollo, envuelta en paño, aún templada. Se queda de pie, sin saber dónde meter las manos.

Es de repollo, tu favorita.

Mamá, ahora no como harinas, te lo dije.

Sí, hace un mes. No sabía que iba en serio.

No es “en serio”, es sólo mi elección.

Lucía pronuncia esa palabra elección con especial énfasis, Carmen se ha dado cuenta hace tiempo. Como si fuera escudo, siempre preparado.

Bueno cedió Carmen, Diego la comerá. O mañana recalientas, la de repollo mejora al día siguiente.

Lucía saca dos tazas, la cafetera de cápsulas zumba y huele un poco más a café. Carmen observa la encimera blanca, buscando en la memoria la última vez que se sentaron en la cocina sin tensión. Sólo sentarse, no por obligación, ni por el pretexto de alguna causa.

Has adelgazado comenta al fin.

No. El año pasado estaba igual.

No lo parece.

Mamá… Lucía levanta la mirada, ahí está ese cansancio que Carmen también sabe leer. Por favor, no empecemos con mi peso.

No he empezado, sólo lo decía.

Siempre “sólo dices”. Y luego resulta que era el inicio de una conversación.

Carmen rodea la taza con las manos. El café está bueno, lo reconoce; amargo y fuerte, como le gusta. Quizá no sea tan falso como suponía.

No he venido a discutir murmura.

Vale.

Sólo he venido… porque hace mucho que no te veo. Tres semanas.

Mamá, hablamos el domingo.

Por teléfono. No es lo mismo.

Lucía calla y bebe. Carmen observa sus manos: dedos largos, cuidados, uñas cortas cubiertas de brillo transparente. Las mismas manos que tenía su madre, Ana María, y que un día tuvo ella, antes de que se volvieran rústicas y secas, insensibles incluso a las cremas.

Lu… empieza Carmen.

Mamá.

Hablan a la vez. Se callan.

Dime tú propone Carmen.

No, tú.

Quería preguntarte por Nochevieja. ¿Venís a casa?

Silencio, de esos que Carmen sabe detectar.

No hemos decidido todavía contesta Lucía.

Estamos en noviembre.

Mamá, queda mes y medio.

Para mí ya está encima. Debo organizarme: qué comprar, cuánto preparar.

Lo entiendo. Cuando lo decidamos, te lo decimos.

Bien Carmen procura que su voz suene neutra, pero dentro hay algo que se mueve. Una piedrecita rodando. Así que decidís y avisáis. Como en vuestra costumbre.

¿Qué insinúas?

Nada. Sólo una observación.

Mamá Lucía deja la taza con un golpecito suave. Ya estás otra vez.

¿Otra vez?

Dices algo neutral, pero el tono lo cambia. Es una crítica, sólo que no la nombras.

Carmen mira a su hija, luego a la empanada bajo el trapo, luego a la encimera blanca.

Puede que sí admite.

***

Se marcha una hora después. La empanada queda en la tabla gris, algo vencida ya. Diego no salió del despacho en toda la visita. Lucía acompaña a su madre hasta la puerta. Se abrazan brevemente, a la costumbre, como quienes no saben decir lo importante.

En el ascensor, Carmen revuelve un viejo ticket del supermercado en el bolsillo y lo estrecha entre los dedos, sin propósito. Sólo para tener algo que hacer con las manos.

Llueve. Se resguarda bajo un soportal, abrocha el abrigo y piensa: siempre igual. Vas con una empanada. Vuelves con nada. No con las manos vacías, no, sino con un vacío pesado dentro, que no puedes meter en una bolsa ni dejar en casa.

Treinta y cuatro años criando. Treinta y cuatro.

No, eso no es justo, se corrige Carmen. Sabe decirse, de vez en cuando, que su pensamiento es injusto. No por ello lo deja ir, pero lo reconoce.

***

En casa, lo primero es sacar la sopa de ayer y ponerla a calentar. El piso de Carmen es corriente, de dos habitaciones, en un bloque del 84. Cocina pequeña con ventana al patio. En el alféizar, tres macetas de geranio: uno florecido, dos no. Siempre hay un hule con flores pequeñitas sobre la mesa, gastado en las esquinas; lo cambia cada dos años, pero siempre elige uno parecido. Ni sabe por qué.

La sopa hierve. Apaga el gas, se sirve.

Sin apetito.

Piensa en la cocina de Lucía, esa blancura que tanto le molesta. ¿Por qué le molesta? La limpieza es buena. El orden es bueno. A su madre, Ana María, también le gustaba el orden. Pero en su cocina siempre había un salero en forma de gallo, lleno de grietas, comprado en la feria en el 70, nunca lo tiraba: Está salado hasta por dentro, eso no se tira porque sí, decía.

En la cocina de Lucía no hay nada así. Todo correcto, medido, cómodo. Tabla de carne, de verdura, de todo. Cada utensilio en su justo lugar. Carmen lo entiende: Lucía es así. ¿Qué hay de malo? Nada. Sólo que es todo tan frío.

No, te pasas, se dice Carmen. Tiene su vida, su trabajo, su Diego, sus llamadas. Has venido sin avisar; lo sabes bien.

Pero esa otra voz la que siempre habita en el pecho responde: soy su madre, ¿por qué tengo que pedir cita?

Este debate le acompaña desde hace tres años, desde que Lucía se mudó con sus cajas y sus nuevas normas. Nadie se las explicó a Carmen, pero debe acatarlas.

Se levanta, lava el plato y saca harina, aceite y un paquete de levadura. Sus manos se mueven sin querer. A veces hay que amasar porque la cabeza no da a basto y las manos necesitan hacer algo.

La levadura, fresca, la disuelve en agua tibia con una pizca de azúcar. Mientras burbujea, mira al patio. Lluvia sobre el parque, zona de juegos vacía. Bajo el porche, la vecina Pilar Morales, setenta y dos años, pasea a una perrita con correa.

Pilar vive sola. Los hijos, lejos, uno en Barcelona, la otra en París. Llaman, dice Pilar, pero llamar no es lo mismo. Carmen asiente. Esta vez entiende más que antes.

La levadura, espumosa ya. Añade la harina, amasa. Primero pegajosa, tosca, luego elástica, viva y templada. Carmen conoce esa sensación mejor que las palabras.

Piensa mientras amasa.

No empezó hace tres años; eso se lo dice por consolarse. En verdad empezó el día que Lucía, con veintisiete años, le dijo por primera vez: Mamá, yo me apaño. Sin brusquedad, pero una frontera. Carmen se había ofrecido para acompañarla al médico, revisiones corrientes. Me apaño. Se ofendió, de verdad, por días. Porque en ese me apaño escuchaba: No te necesito.

Pero Lucía sólo quería decir: Ya soy adulta.

Igual, quizá ya desde el principio no hablaban el mismo idioma.

Cubre la masa con un paño y la deja reposar. Se sienta.

Silencio bueno, propio. Carmen se ha acostumbrado en los seis años desde que murió Julián. No, no murió, se corrige: se fue hace seis años. Lo repite, porque las cosas hay que nombrarlas bien. Julián murió, es la verdad; no la escondas. Hoy, sin embargo, no quiere pensar mucho en eso.

Pero piensa.

Julián era blando. No débil. Blando, como la masa en punto. Escuchaba a Lucía y no se metía, raro en un padre. Las dos tenéis razón, y las dos estáis equivocadas. Es normal, decía. Carmen se enfadaba con ese equilibrio. Ahora piensa que era más sabio que las dos juntas.

Sin él, Lucía cambió. No de golpe, poco a poco, como si al faltar el puente padre, ya no pudieran cruzar el río.

Una hora después, la masa ha subido, con su olor ácido que recuerda a la infancia. Carmen inspira, empieza a formar empanadillas.

Entonces suena el móvil. Lucía.

Se limpia las manos en el delantal antes de responder.

¿Sí?

¿Mamá, has llegado bien?

Bien. Llovía, pero nada.

Vale. Breve silencio. Al final hemos probado la empanada, Diego y yo. Está buena. Realmente la bordas.

Carmen se detiene, mira las empanadillas sobre la tabla.

Gracias responde. Antes te encantaba.

Me sigue gustando. Ahora intento comer menos gluten.

Ajá.

No te enfades.

No me enfado.

Mamá.

Lucía.

Silencio de otro tipo, no frío, sino tierno, casi cálido.

Te llamo el finde dice Lucía. Charlamos con calma.

Vale. Llámame.

Carmen mira largo rato sus empanadillas, luego las mete al horno.

***

La semana siguiente Lucía llama, como prometió. Hablan siete minutos de manera civilizada, hasta que algo se tuerce.

Surge por una tontería. Carmen pregunta si necesita ayuda con la limpieza antes de la fiesta de cumpleaños que Lucía dará en casa. Mamá, lo tenemos controlado. Ya, sólo por si acaso. Cuando tú sólo ayudas, parece que crees que va a estar todo sucio. No es eso en absoluto. Mamá, siempre lo haces. ¿El qué?. Lucía explica largamente, y surge la palabra control.

¿Control? Solo he ofrecido ayudar a limpiar, ¿eso es control?

No es la primera vez. Es constante. Vienes sin avisar. Traes comida sin pedirla. Preguntas por Nochevieja en noviembre porque quieres todo a tu manera.

¿A mi manera?

A tu ritmo, a lo que quieres. No preguntas si yo quiero, tú estipulas.

Carmen está en la cocina, el teléfono entre las dos manos. Los geranios, bajo la luz ya mustia de otoño. Uno, el florecido, ha perdido pétalos.

No estipulo dice, voz neutra pero costosa.

Mamá. Viniste ayer sin avisar.

Soy tu madre.

Sé que eres mi madre.

¿Entonces no puedo venir?

Sí, pero llama antes.

¿Para que te prepares? ¿Para la madre?

¡Para saber qué esperar! La voz de Lucía sube, ya ha aguantado bastante. Vienes, miras mi cocina, me miras, y siento que me estás juzgando. Sea como sea mi vida, hay un listón al que no llego jamás.

¿Qué listón? Carmen nota una punzada directa al pecho. Eso te lo imaginas tú.

No lo imagino. Llegas y lo primero es mi peso.

¡Porque has adelgazado!

Porque observas cómo estoy y encuentras un pero. Siempre lo hay: la comida, el orden, los planes. Traes la empanada como si fuera un reproche.

Eso ya es demasiado.

¿Un reproche? el tono es bajo, peligroso. Horneé esa empanada desde las cinco y la he traído cruzando Madrid porque sabía que te gusta. ¿Eso es un reproche?

Mamá…

No. Has hablado, ahora te toca escuchar. Te he hecho empanadas toda la vida. Cuando estabas enferma, cuando tenías exámenes, cuando lloraste tres días por lo de Marcos, llevé una de repollo y te la comiste casi entera. ¿Te acuerdas?

Silencio.

¿Te acuerdas o no?

Me acuerdo susurra Lucía.

Y ahora esto es control y reproche. Bien. Entendido.

Mamá, cambias todo de sitio…

Quizá. Carmen se levanta, va hacia la ventana. El patio, vacío. Pilar y su perra ya no están. O tal vez, simplemente, ahora te resulta incómoda la madre que recuerda que te gustaba la empanada.

Eso no es justo.

Lo sé. Perdona.

Cuelga primero. Mira el móvil durante largo rato, esperando que Lucía devuelva la llamada. No lo hace.

***

Pasan dos semanas.

Para Carmen no era habitual. Jamás, ni tras la mayor discusión, aguantaban tanto en silencio. Antes, en dos o tres días alguna de las dos encontraba un pretexto. Oye, ¿cómo se llama aquel producto para…? o Mamá, he encontrado tu mantita, ¿la quieres?. Pretextos mínimos, pero funcionando como postigos por donde colarse de vuelta.

Esta vez, ninguno. Ni de un lado ni de otro.

Carmen trabaja en la biblioteca municipal tres días a la semana, y eso la sostiene. Las novelas le gustan, más aún los lectores. Especialmente una, Emilia Fernández, de sesenta y ocho, siempre leyendo novelas de misterio y contando el final antes de tiempo. Carmen disfruta esa ligereza, sin dobleces.

En la segunda semana de silencio, le escribe un mensaje a Lucía. No llama, escribe. Algo de lo que Lucía dijo la ha tocado hondo.

¿Cómo estás, Lucía?

Tres palabras. Espera.

Cuatro horas después, respuesta: Bien, mamá. Mucho trabajo. ¿Y tú?

Carmen: Yo también bien. Hoy he puesto masa para empanadillas. Hace fresquito.

Lucía responde con un emoticono sonriente.

Carmen observa el emoticono, sin saber qué hacer. ¿Significa reconciliación o sólo educación? Los emoticonos no son tan identificables como los silencios.

Esta vez, la empanada la come sola. De a poco, con té.

***

Finales de noviembre. Lucía llama, no escribe. Carmen está en la biblioteca, se aparta a la zona de archivo.

Mamá, una pregunta.

Dime.

¿Me enseñas a preparar tu masa de empanada? La de levadura.

Carmen guarda un silencio corto.

Claro. ¿Cuándo?

¿El sábado? Diego y yo vamos, él también llevaba tiempo con ganas.

Bien responde Carmen. Veníos.

Cuelga y se queda un rato entre los estantes polvorientos. Luego sonríe, sin exuberancia, pero sincera.

***

Llegan a mediodía.

Carmen se ha levantado a las ocho. No por obligación, sino porque no puede dormir. Ha limpiado ya limpio, cambiado el hule por el nuevo, con flores grandes, puesto las tazas buenas: azul y blanco, de un viaje a Soria con Julián hace décadas.

A las once pone el hervidor, pero todavía falta. Lo apaga.

A las doce menos diez, suena el portero.

Diego es alto, un poco tímido. Carmen cree que se cohíbe con ella, aunque quizá sea normal con todos. Trae uvas y una bolsa. Es sólo un litro de leche.

Lucía dice que la masa lleva leche. No sabía cuál, he elegido entera.

Bien elegida asiente Carmen. Pasad, quitaos los abrigos.

Lucía la abraza en el umbral, más tiempo que en ocasiones anteriores. Carmen percibe el perfume suave, el pelo rozando su mejilla. Nadie dice nada. A veces, no hace falta.

En la cocina, todo es más estrecho. Para dos está bien, tres ya deben organizarse. Diego se va al salón. Carmen pone en la encimera todo lo necesario.

Atenta empieza. Levadura, fresca, nada de polvo.

¿Por qué?

Por el resultado. Con fresca, la masa está viva de verdad sonríe ante la palabra.

¿Dónde la compras? Casi nadie ya.

En la tienda junto al mercado de Chamberí. Busca en el lácteo. Rompe el bloque, el olor ácido invade la cocina. Huele.

Lucía acerca la nariz.

Así olía tu cocina siempre.

Sí. La de mi madre igual.

Es verdad, los sábados en casa de la abuela.

Los sábados tocaba horno, sí.

Se callan. Es otro tipo de silencio, agradable, a fermento.

Disolvemos en agua tibia. No caliente. Toca a ver. Más que tu mano, menos que el agua para té. Si quema, mata la levadura.

Lucía mete el dedo.

¿Así?

Un poco más fría. Ahora azúcar, sólo una pizca.

Trabajan juntas. Carmen explica, Lucía hace. Si se equivoca, Carmen corrige con las manos, no con la voz: así, sin decir nada, enseñó a abrochar botones, hace ya mucho.

La harina se echa poco a poco explica. No toda. Vas sintiendo, la masa avisa.

¿Cómo avisa?

Deja de pegarse, queda suave. Esto va de manos, no de medidas.

Me acostumbré a las recetas exactas dice Lucía. Dan seguridad.

Ya. Carmen lo dice sin reproche, sólo afirmando. La masa no ama las exactitudes. Ama que la cuiden.

Lucía amasa, torpe al principio, luego fluye.

No corras. Tiene su tiempo.

Está templada.

Porque está viva.

Diego entra:

¿Ya hay té?

Ponlo tú, anda. Carmen señala latas y azucarero. Diego lo prepara y sale otra vez.

Es buen hombre musita Carmen mientras él no está.

Lucía sigue amasando.

Lo sé responde directa, sin defensas.

Sé que a veces me entrometo…

Lucía levanta la mirada.

Mamá…

Déjame terminar. Lo sé. No siempre me doy cuenta, pero cuando hablaste de control, le di muchas vueltas. Llevas algo de razón. Me meto.

Yo también… Lucía baja la voz. Fui dura. Decir que traías empanada para reprochar fue injusto. Sólo la trajiste.

Sin avisar.

Ya, pero es mi límite. Me agobia no estar preparada. No es que seas mala, sólo me cuesta.

Carmen ve las manos empolvadas, la manga manchada.

Te has puesto perdida.

Ya lo veo.

Remoja la manga luego.

Mamá.

Ya, ya me callo.

Ambas se ríen, sin estridencia, pero juntas.

Cuando papá se fue Carmen casi se detiene, pero sigue. Cuando murió, supe que todo ese cuidado tenía que ir a algún sitio. No se evapora. Hay que darlo.

Lucía calla, manos quietas en la masa.

Lo entiendo susurra.

Y tú eres la única que tengo.

Lo entiendo, mamá.

No es excusa, sólo explicación.

Sé distinguir.

La masa sube y Carmen la pone junto al fogón, tapada. Lucía se lava las manos y restriega la mancha.

Quedará marca advierte Carmen.

Que quede. Es buena mancha.

***

En el té, Diego cuenta una anécdota del trabajo. Carmen ríe de verdad. Lucía los mira y en su gesto hay algo indefinible, bueno.

Cuando las empanadillas huelen, Lucía pasea por la cocina y toca los geranios.

Han florecido.

Uno sí, los otros no quieren.

¿Les faltará algo?

Les he dado todo lo que sé. No lo sé.

Quizá no es su momento.

Quizá.

***

Las empanadillas salen perfectas. Lucía come dos, luego un tercero: “No cuenta, lo hice yo”. Carmen finge no recordar lo del gluten y Lucía, no notarlo.

Tras la comida, Diego sale a hacer un recado. Madre e hija recogen, una lava y la otra seca.

¿Te acuerdas cuando discutimos por la carrera?

¿La universidad?

Sí. Querías que fuera a Magisterio. Fui a Empresariales.

Me acuerdo. Pensé que te arrepentirías.

No me arrepentí.

Ya lo veo.

Después no me hablaste dos semanas.

Tres días. No dos semanas.

Mamá… Al menos dos.

Carmen seca una taza.

Puede. Yo estaba convencida.

Siempre lo has estado.

No siempre.

Casi siempre corrige Lucía, cariñosa.

Es posible. Papá también lo solía decir. Que confiaba en sí mismo, no tanto en los demás.

Lucía le pasa un plato.

¿Y ahora confías en lo que debemos hacer?

Carmen lo seca y responde con sinceridad.

No. No me gusta que comáis de tupper, ni que la casa no huela a comida. No me gusta esa esterilidad. Pero eso es mi gusto, no una verdad.

Gracias por ser sincera dice Lucía.

Lo intento.

Me gusta tu casa. Aquí siempre huele a algo: a comida, a geranios, a hogar. Yo no consigo eso.

Eres distinta.

O aún no he aprendido.

Hoy aprendiste una masa sonríe Carmen.

Sólo una.

Ya tienes el primer paso.

Lucía se seca las manos con el paño que Carmen trajo con la empanada. Se lo quedó; Carmen lo nota y no dice nada.

Mamá, sobre Nochevieja. Queremos pasarla contigo, si te parece bien.

Carmen coloca la última taza.

Me parece bien.

¿Puedo preparar algo? Sin comprar.

Por supuesto.

¿Me enseñas otra receta?

Claro.

No se abrazan otra vez. Se quedan en la pequeña cocina, casi sin rastro a empanadillas, sólo el aroma de la levadura flotando. Fuera, la noche ha caído, diciembre asoma, y el patio se ilumina con farolas.

Vuelve Diego. Trae mandarinas, sin motivo. Las pone sobre la mesa y la cocina cambia: el olor cítrico se mezcla con la masa aún tibia.

Mandarinas dice Lucía.

A mí me apetecían explica Diego. Huele a Navidad.

Carmen pela una, ofrece a Lucía y Diego, toma un gajo. Comen en silencio.

***

Por la noche, al irse, Carmen repasa los cacharros una vez más. Va al salón, enciende la lámpara, toma el libro que lleva semanas sin mirar. Lee un párrafo.

Lo deja.

Se sienta en silencio, pensando en la masa. Está viva: no se la puede dejar, ni apurar. Necesita tiempo, su calor, su aire.

Piensa si realmente todo está arreglado. Quizá no. Lucía seguirá cerrándose a veces; ella se presentará sin avisar. Algo entre ellas siempre chirriará, por ser distintas, por ser demasiado parecidas. Así son madres e hijas: nunca sin rozaduras.

Pero hoy amasaron juntas. Y salió bien.

Los geranios en el alféizar, sumidos en la oscuridad. Uno, en flor, ya cerrando pétalos para dormir. Los otros, verdes y vivos, esperando su turno.

Carmen no enciende la luz de la cocina. Simplemente los contempla desde el salón y se dice: quizá aún no sea su tiempo.

Quizá llegue.

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