No me arrepiento de nada

¡Y que cuando vuelva quiero el piso impecable! Carmen Gutiérrez salió disparada al rellano y cerró la puerta de un portazo tan fuerte que las ventanas del portal temblaron.

Lucía, que en ese momento bajaba por las escaleras, dio un respingo. Y luego se quedó inmóvil, con la esperanza de que la vecina no la viera. Pero fue inútil. Carmen la había visto.

¡Ah, Lucía Buenos días!

Carmen dejó con desdén una caja de cartón en el suelo y empezó a abrocharse el abrigo con prisas. Se notaba que iba muy apurada.

Buenos días, Carmen, respondió Lucía con una sonrisa cortés. ¿Otra vez te han liado algo los niños?

¡No te imaginas! De verdad que me tienen negra soltó la vecina mientras luchaba con el último botón.

Justo entonces la caja se movió de manera sospechosa.

Lucía estuvo a punto de saltar hacia atrás, aunque se encontraba a una distancia prudente.

No, nunca había sido miedosa. Simplemente no esperaba que dentro de esa caja hubiese… ¿alguien? o ¿algo?

¿Quién será…?

Una parte de su imaginación le mostró una olla programable con vida propia, rebelde, lanzando verduras crudas por la cocina y condenada a acabar en el punto limpio.

Mira tú misma dijo Carmen, levantando la caja para enseñarle su contenido.

Lucía bajó al rellano, se acercó con cautela y miró dentro.

Por supuesto, ahí no había ninguna olla saltarina. Pero lo que sí vio la tomó completamente por sorpresa, aunque fue una sorpresa agradable.

Desde el fondo de la caja, dos ojos la miraban llenos de curiosidad. Eran los ojos de un pequeño gatito.

¡Ay, pero qué monada! exclamó Lucía.

Mira que entusiasmarse… murmuró Carmen, cerrando la caja con gesto resignado.

¿De dónde ha salido?

Me lo han traído los niños a casa Y ahora me arrepiento tanto de haberlo dejado quedárselo. Da más guerra de la que te imaginas. Yo también caí rendida ante esos ojitos, pero ya sabías lo que dicen: No es oro todo lo que reluce. Por fuera, es una ricura. Por dentro… mejor ni te cuento, igualito que mi exmarido.

Bueno, Carmen, seguro que en cuanto crezca un poco se tranquiliza intentó animarla Lucía. ¿Vas al veterinario para las vacunas?

¡Qué va! ¿Veterinario? ¿Vacunas? ¡Ni hablar, Lucía! No puedo más con él, mira. He decidido llevármelo al pueblo. Que se espabile allí.

Lucía la miró sorprendida, esperando que fuese una broma.

Pero con una sola mirada a esas cejas fruncidas supo que Carmen lo decía totalmente en serio; y tampoco era primero de abril, sino 15 de noviembre.

¿Al pueblo? ¿En pleno otoño?

¿Y qué hago, esperar hasta primavera? Me da igual cuándo llevarlo. Si fuera invierno, lo mismo me daba. ¡No es un gato, es un desastre!

Del disgusto, Carmen tuvo que parar un momento para coger aire.

Al recuperar el aliento, siguió:

¡Deberías ver lo que hace ese bichito! Y mira que ni cuando me vi sola con los dos niños tuve que tomar tanto tranquilizante. Así que es mi decisión y no hay vuelta de hoja. Se va al pueblo.

Pero espera, que…

Bueno, podría dejarlo aquí en el patio, que para eso apareció allí. Pero claro, los críos lo volverán a meter en casa, seguro. ¡Y otra vez a esconderlo en el armario! No, gracias, ya he tenido suficiente felicidad.

Sacó el móvil del bolso, miró la hora y negó con la cabeza:

Me tienes enganchada, Lucía. Me tengo que ir ya, que pierdo el autobús.

Acomodó bien la caja, dio media vuelta y empezó a bajar, agarrándose fuerte al pasamanos.

Lucía la observó bajar, incapaz de comprender cómo podía llevar a ese gatito al pueblo, solo, en pleno otoño. ¡No duraría ni un día!

¡Carmen, espera! gritó.

¿Qué pasa ahora? ¡Que llego tarde!

No dejes al gato en el pueblo. Dame un poco de tiempo y busco alguien que quiera adoptarlo. ¡Dámelo, por favor!

Carmen se paró en seco y, lentamente, se volvió.

¿En buenas manos? ¿Insinúas que las mías son malas, o qué? la miró entrecerrando los ojos. ¡Con estas manos he criado yo sola a dos hijos!

No insinúo nada, solo quiero ayudar al pequeñajo. En el pueblo no se las apañará solo.

Pues si quiere, que se apañe. Y si no, será que no tenía que haber nacido

Eso no es justo

¿Y qué culpa tengo yo? Es el gato el que no sabe comportarse en casa.

¡Pero sólo es un bebé! ¡Aún aprenderá! suspiró Lucía. Al fin y al cabo, tú no mandaste a tus hijos al pueblo, aunque a veces grites tanto

Mis hijos son mis hijos. ¡A este no me lo compares! En fin, si lo quieres, ahí lo tienes.

Dejó la caja en el suelo.

Mejor para mí: ni pierdo el tiempo ni pesetas en el viaje. Veamos cuánto te dura la alegría dijo con una sonrisa ácida.

Entró de nuevo en el piso dando otro portazo, y Lucía oyó su voz gritar desde dentro:

¿Esto qué es? ¿Por qué no habéis empezado a limpiar? ¡Dadme ya los móviles!

Lucía ya no oyó nada más. Cogió la caja, comprobó que el gatito seguía dentro y subió a su casa.

Así, sin esperarlo, acababa de convertirse en la propietaria provisional de una caja de una olla… y de un pequeño felino que ocupaba su interior.

No se le había pasado nunca por la cabeza tener compañeros de cuatro patas en casa.

Menos hoy, que sólo iba a comprar café porque se había terminado, y se encontró a la hora y el lugar equivocados.

Eso sí: si bien nunca fue amante incondicional de los animales carecía de esa pasión que cuentan los dueños de perros y gatos, tampoco podía ser tan cruel como para dejar que Carmen abandonara a ese pequeño en mitad del campo.

Porque la indiferencia no es lo mismo que la falta de humanidad. Hay cosas que no se pueden hacer.

Y además, no entendía por qué tomar semejantes medidas drásticas si seguro que había gente deseando adoptar un gato tan bonito.

Seguro que encontraría alguien. Bastaría hacerle un par de fotos bonitas, ponerlas por internet y pronto habría filas esperando llevárselo.

¡Menudo problema!

*****

Lucía decidió actuar enseguida. Cuando llegó a casa, fotografió al gatito desde todos los ángulos y subió sus imágenes a foros de Adopto y Buscando buen hogar.

Luego salió de nuevo, por fin, a comprar café… y también comida de gatos, claro (cualquier cosa, hasta que alguien viniera a recogerlo).

Ya de paso, se llevó un arenero y su arena. Eran gastos inesperados, pero qué se le iba a hacer.

Ya se lo regalo al que venga por el gatito, pensaba, sonriendo por estar haciendo algo bueno. No le dolía gastar unos euros en una buena acción.

Según Carmen, el minino se llamaba Bolita, pero ni respondía a ese nombre, así que Lucía pensó otro.

Tras varias ideas, se decantó por el número ciento treinta y dos.

Ahora te vas a llamar Trasto, ¿te parece? le preguntó al gatín.

¡Miau! respondió él, y salió disparado a pelearse con unas zapatillas peludas, indignado de que alguien más en casa compitiera por el puesto de peluche más blando y blanco.

Lucía no pudo evitar reír al verle corretear antes de sentarse a trabajar.

Trabajaba por cuenta propia como fotógrafa y le encantaba. Además, no solo era gratificante, sino que la ayudaba a ganarse bien la vida.

Necesitaba terminar de editar unas fotos, así que encendió el ordenador, inició Photoshop y se dispuso a retocar la primera imagen.

Pero no pudo concentrarse mucho.

Trasto, tras vencer a las zapatillas, comenzó su particular rally por el piso, chocando contra las esquinas y haciendo un jaleo tremendo.

¡Eh, pequeñín! Lucía giró en su silla, le advirtió con el dedo.

El gatito se quedó quieto en mitad del salón, esperando instrucciones; él tenía prisa por seguir jugando.

Entiendo que te aburras y tengas energía, pero recuerda que esto es provisional

¡Miau!

Y no me protestes. Ahora eres mi invitado, así que pórtate bien y no des guerra, por favor.

Mala idea. Trasto la miró tan apenado que Lucía sintió una punzada de remordimiento. La vergüenza la cubrió entera.

¿Cómo se le puede regañar a alguien tan pequeño?

Vale, juega, pero en silencio cedió al final.

Trasto maulló feliz y siguió con sus carreras por la casa, estrellándose una y otra vez contra sillas y armarios.

¡Veo el objetivo, no veo obstáculos! Definitivamente, le viene al pelo, pensó Lucía.

Se puso los auriculares y, para abstraerse, puso música y siguió editando fotos.

Al poco rato, Trasto, corriendo como una bala, acabó bajo la mesa y, de un zarpazo, desconectó el cable del ordenador antes de desaparecer en algún rincón.

¡Pero bueno…! sólo pudo decir Lucía, mirando impotente la pantalla apagada.

Los siguientes treinta minutos, tanto Trasto como ella corrieron por toda la casa. A Trasto ni lo olió.

Eso sí, dos dedos magullados y una rodilla arañada acabaron en la cuenta de daños colaterales.

Finalmente, encendió el ordenador y, con un tic nervioso en el ojo, revisó los foros donde publicaba la foto del gato buscando adoptante. Vio cientos de me gusta, se ilusionó, pero al leer los comentarios casi se deprime.

Todos decían lo mismo: ¡Qué monada!, ¡Qué suerte tienes con ese minino!, ¡Una maravilla!

Pero ninguno parecía querer adoptar al gato.

Nadie la llamaba. Nadie tocaba el timbre. Ni uno.

Pensando que igual la distancia desanimaba, añadió en sus mensajes: ¡Lo llevo personalmente, a cualquier rincón de Madrid, incluso fuera! Donde sea.

Seguro que así alguien se anima, pensó.

Mientras tanto, el cachorrito se cansó de correr y, tras varios intentos, saltó al sofá y se tumbó boca arriba. Lucía no pudo evitar sentarse a acariciarle la barriga hasta que ambos terminaron por quedarse dormidos.

Pasaron así el resto del día, sin apenas trabajar. Tampoco fue tan grave.

*****

Una semana después, Lucía comprendió que encontrar un hogar para Trasto sería más difícil de lo que sospechaba. Las redes estaban llenas de likes y comentarios, pero nada cambiaba; ni un solo mensaje privado.

A los diez días, ya empezó a pensar en voz alta:

¿Y si nadie lo adopta jamás? ¿Acabará viviendo aquí para siempre?

¡Lo que me faltaba! resopló, para luego reprenderse a sí misma.

Trasto dormía encima del teclado, abrazado a su ratón, impidiendo que Lucía trabajara ya hacía rato. Al oírla protestar, abrió un ojo y maulló indignado, como diciendo: ¡Es hora de siesta, no grites, mujer!

Lucía suspiró, cogió el móvil e intentó animarse revisando, de nuevo, los comentarios. Tampoco había novedades. La gente seguía admirando al adorable Trasto, repitiendo lo afortunada que era, y ella…

…ella, con cada corazón y cada mensaje bonito, sentía menos esperanza de dejarlo marchar.

De pronto, recordó su visita reciente al psicólogo, cuando buscaba entender por qué, aun teniendo un trabajo que le gustaba, estabilidad económica y un piso propio (gracias a sus padres), sentía que algo le faltaba.

No, no era cuestión de novios. Ella misma había dejado el tema de lado un tiempo.

¿Qué otra cosa podía ser?

Ni el psicólogo pudo ayudar. Siguió su consejo y habló consigo misma, pero lo único que logró fue tomarse un vaso de agua y un paracetamol.

Aún así, seguía dándole vueltas al asunto.

Luego, consultó con sus amigas.

Mira, Lucía, lo tuyo es puro capricho opinó Alba, que secretamente envidiaba la vida de Lucía. Vas sobrada.

¿Capricho? ¡Pero si no paro de currar como cualquiera!

A lo mejor, lo que necesitas es eso sugirió Marta, apurando su tarta.

¿Cómo? ¿Eso qué?

¡Eso! ¡Comida! Estás tan delgada, chica, que parece que no hubieras comido un donut en tu infancia.

Tampoco la charla con sus amigas resolvió el misterio. Así que decidió dejar de marear la cabeza… aunque a veces la duda volvía: ¿Y si Trasto era justo lo que me faltaba para ser feliz? Bueno, ya lo veremos.

*****

Desde que Trasto llegó, había pasado un mes. O, mejor dicho, volado un mes.

Nadie vino a adoptarlo, y Lucía se preguntaba cómo podía ser que, de más de mil doscientos veinte me gusta a sus fotos, nadie quisiera llevárselo a casa.

Ahora, tras treinta días, creía entender por qué.

Habían pasado tantas cosas Si las contara con pelos y señales, sería como redactar un Quijote en cuatro tomos.

Pero, resumiendo: Trasto resultó ser un gato listo, que, con una palabra o una mirada, entendía cuándo debía dejar (o no) en paz el sofá.

También se dedicó a aprender todos los empleos posibles, comenzando por interiorista: gracias a él, Lucía cambió cuatro veces de cortinas, hasta que decidió que el salón estaba mejor sin ellas.

Tras fracasar en esa vocación, intentó ser chef, probando cuanto plato se encontraba (y rechazando casi todo); pero pronto comprendió que nada podía competir con el pienso del armario.

Así que Trasto se limitó a hacer feliz a Lucía. Y aunque sus conceptos de felicidad no coincidían siempre, había momentos realmente entrañables.

Por ejemplo, Lucía encontró que, desde que el gato estaba en su vida, ya no se preguntaba qué le faltaba para ser feliz. Sencillamente, dejó de buscar.

Además, aprendió a limpiar rápido antes de que Trasto despertara y armara el caos.

Y las emociones ¡Había tantos recuerdos preciosos! Ella se alegró como una madre cuando él, por fin, aprendió a usar el arenero solo.

Por las noches, le gustaba jugar con la lamparita, encendiéndola y apagándola hasta que Lucía la escondió junto con las cortinas.

En definitiva, llegó a la conclusión de que no era el gato quien vivía con ella, sino que era ella quien entraba de visita en el mundo de Trasto: él era quien la recibía al regresar y la despedía cada mañana. El verdadero dueño de la casa.

Y entonces, Lucía aceptó que ya no hacía falta buscar un nuevo hogar para él: ella era ese “buenas manos”, esa persona que lo quería de verdad. Dispuesta a aguantarle, a levantarse a horas imposibles para jugar o acurrucarse juntos, a acariciarle durante horas…

Ya está, no tenía duda: quería a Trasto y no se arrepentía de nada. Porque el amor también llega sin buscarlo. Porque querer a alguien así, inesperadamente, puede colmar todos los huecos.

Y Trasto también la quería. Ahora no la despertaba a primera hora, sino que se tumbaba junto a ella en silencio y esperaba a que Lucía abriera los ojos.

¿Cuánto más vas a dormir, humana? parecía decirle su mirada. ¡Que te echo de menos!

La vida a veces trae felicidad en una caja inesperada. Basta con saber ver esos pequeños milagros y no dejar escapar la oportunidad de querer y hacerse querer, incluso cuando llega de la manera más improbable. Porque al final, si se mira atrás, uno comprende que no hay nada que lamentar cuando se actúa con el corazón.

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